Cuando la SGM terminó en 1945, miles de criminales de guerra nazis buscaron desesperadamente escapar de la justicia aliada. Muchos encontraron refugio al otro lado del Atlántico, en una Argentina gobernada por Juan Domingo Perón , cuyo régimen mantuvo una relación ambigua y bien documentada con el Tercer Reich. La figura de Eva Perón, primera dama carismática y poderosa, ha sido vinculada repetidamente a estas redes de evasión, aunque separar los hechos probados de la leyenda resulta complejo.

Argentina y el Tercer Reich durante la guerra
La relación entre Argentina y la Alemania nazi no comenzó con la huida de criminales en 1945. Durante toda la guerra, Argentina mantuvo una posición de neutralidad que en la práctica beneficiaba al Eje. El país no declaró la guerra a Alemania hasta el 27 de marzo de 1945, cuando la derrota nazi era ya inevitable y la declaración resultaba un mero formalismo para ser admitida en las Naciones Unidas.
Las razones de esta afinidad eran múltiples. Argentina tenía una comunidad alemana numerosa, estimada en unas 250.000 personas. El ejército argentino había sido entrenado y organizado según el modelo prusiano, y muchos oficiales admiraban la maquinaria militar germana. Además, sectores del nacionalismo argentino compartían con el fascismo europeo su rechazo al liberalismo anglosajón y al comunismo soviético.
Durante la guerra, agentes de inteligencia alemanes operaron con relativa libertad en Buenos Aires. La embajada alemana coordinó operaciones de espionaje en toda Sudamérica, y empresas alemanas radicadas en Argentina sirvieron como tapadera para transferencias financieras del Reich. Cuando el gobierno argentino finalmente cerró la embajada alemana bajo presión aliada, las redes clandestinas simplemente se reorganizaron.
Las ratlines: las rutas de escape nazis
Las llamadas «ratlines» o «rutas de las ratas» fueron las vías de escape utilizadas por criminales de guerra nazis para huir de Europa. Las dos rutas principales conducían a Sudamérica: una atravesaba España e Italia, y otra pasaba por Suiza y Escandinavia. Argentina era el destino preferido, aunque Brasil, Chile y Paraguay también acogieron a fugitivos.
Estas rutas contaron con la colaboración de actores diversos y sorprendentes. El Vaticano, a través de la Pontificia Comisión de Asistencia, proporcionó documentos de viaje a miles de personas que decían ser refugiados, sin verificar rigurosamente sus identidades. El obispo austríaco Alois Hudal y el fraile croata Krunoslav Draganović fueron figuras clave en esta red eclesiástica. La Cruz Roja Internacional también emitió documentos de viaje que los fugitivos utilizaron con identidades falsas.
El gobierno argentino facilitó activamente la llegada de estos fugitivos. La Dirección de Migraciones, bajo control del gobierno peronista, emitió permisos de desembarco para personas cuyas identidades eran evidentemente falsas. El servicio de inteligencia argentino envió agentes a Europa para coordinar la llegada de técnicos y científicos alemanes, algunos de los cuales eran criminales de guerra buscados.
El viaje europeo de Eva Perón en 1947
En junio de 1947, Eva Perón emprendió una gira europea de dos meses que la llevó a España, Italia, Portugal, Francia y Suiza. Oficialmente, el viaje era diplomático y humanitario. Extraoficialmente, según múltiples investigadores, Evita habría aprovechado el tour para consolidar las redes financieras y logísticas que facilitaban la llegada de nazis a Argentina.
En España, Eva fue recibida con honores por Franco en una visita que duró dos semanas. Las investigaciones del periodista argentino Uki Goñi, autor de «La auténtica Odessa», sugieren que durante su estancia en Europa se realizaron depósitos en bancos suizos procedentes de fondos nazis saqueados, aunque la participación directa de Eva en estas transacciones financieras sigue siendo debatida.
Lo que está mejor documentado es que el viaje sirvió para estrechar lazos con los gobiernos y las instituciones que facilitaban las ratlines. En Italia, Eva se reunió con funcionarios del Vaticano. En Suiza, la delegación argentina tuvo contactos con intermediarios financieros. Tras el viaje, el flujo de ex nazis hacia Argentina se intensificó notablemente.
Los nazis en la Argentina de Perón
La lista de criminales de guerra que encontraron refugio en Argentina es estremecedora. Adolf Eichmann, arquitecto logístico del Holocausto, vivió en Buenos Aires bajo el nombre de Ricardo Klement hasta que el Mossad lo secuestró en 1960. Josef Mengele, el «Ángel de la Muerte» de Auschwitz, residió en Argentina entre 1949 y 1959 antes de trasladarse a Paraguay y Brasil. Erich Priebke, responsable de la masacre de las Fosas Ardeatinas, vivió abiertamente en Bariloche durante décadas.
Pero no fueron solo los más notorios. Se estima que entre 5.000 y 10.000 ex nazis llegaron a Argentina en la posguerra, incluyendo a criminales de guerra croatas ustachas, colaboracionistas franceses de Vichy y fascistas de diversas nacionalidades. Muchos se establecieron en comunidades alemanas ya existentes en la Patagonia, Buenos Aires y Córdoba, donde podían pasar desapercibidos.
El régimen peronista no acogía a estos individuos por pura afinidad ideológica, aunque esta existiera. También había un cálculo pragmático: Argentina buscaba técnicos, ingenieros y científicos que pudieran impulsar su industrialización. El proyecto de desarrollar tecnología aeronáutica avanzada, liderado por el ingeniero alemán Kurt Tank, ejemplifica esta dimensión utilitaria.
El papel real de Eva Perón
La historiografía seria distingue entre el papel institucional del régimen peronista y la participación personal de Eva Perón. No existe evidencia documental directa de que Evita dirigiera personalmente las operaciones de acogida de nazis. Sin embargo, como figura central del gobierno y gestora de enormes fondos a través de la Fundación Eva Perón, su conocimiento e influencia en estas operaciones parece difícil de negar.
Eva Perón controlaba recursos significativos y tenía acceso directo al presidente. La Fundación Eva Perón manejaba presupuestos que rivalizaban con ministerios enteros y operaba con escasa supervisión. Algunos investigadores sostienen que parte de estos fondos pudieron proceder de activos nazis transferidos a Argentina, aunque las pruebas son circunstanciales.
Lo que resulta innegable es que la Argentina peronista, como proyecto político conjunto de Juan y Eva Perón, creó las condiciones institucionales para que criminales de guerra encontraran un refugio seguro. La combinación de simpatía ideológica, interés económico y oportunismo político convirtió a Buenos Aires en la capital mundial del exilio nazi.
La caza tardía y la memoria
Durante décadas, los criminales nazis vivieron tranquilamente en Argentina. Fue necesario el espectacular secuestro de Eichmann por el Mossad en 1960 para que el mundo tomara conciencia de la magnitud del problema. Aun así, muchos fugitivos nunca fueron capturados. Mengele murió ahogado en Brasil en 1979 sin haber sido juzgado. Priebke no fue extraditado a Italia hasta 1995, medio siglo después de sus crímenes.
La caza de nazis en la posguerra fue un proceso largo, irregular y a menudo frustrado por la falta de cooperación de los gobiernos sudamericanos. Solo con la desclasificación de archivos en las décadas de 1990 y 2000 comenzó a revelarse la verdadera magnitud de la complicidad institucional argentina.
La historia de Eva Perón y los nazis ilustra cómo la derrota militar del nazismo no significó su desaparición inmediata. Las redes de poder, dinero e influencia tejidas durante el Tercer Reich sobrevivieron a la guerra y encontraron en Sudamérica un terreno fértil para prolongar su existencia. Argentina, con su mezcla de ambición geopolítica, afinidad ideológica y oportunismo, se convirtió en el eslabón más importante de esa cadena de impunidad que tardó décadas en romperse.