Si hay un objeto cotidiano que atravesó todos los frentes, todas las trincheras y todos los campos de prisioneros de la SGM, ese objeto fue el cigarrillo. Mucho más que un producto de consumo, el tabaco se convirtió durante la guerra en una herramienta de supervivencia emocional para millones de soldados, en una moneda de cambio más fiable que el dinero en efectivo y en el centro de una de las paradojas más llamativas del conflicto: mientras el régimen nazi lanzaba la primera campaña antitabaco de la historia moderna, los ejércitos aliados distribuían cigarrillos a sus tropas como si fueran munición.

El cigarrillo en las raciones militares aliadas
Para el ejército estadounidense, el tabaco era un suministro esencial, casi tan importante como las balas y la comida. Las célebres raciones K , diseñadas por el fisiólogo Ancel Keys para proporcionar alimentación compacta a los soldados en combate, incluían un paquete de cuatro cigarrillos en cada una de sus tres comidas diarias. Un soldado americano que consumiera sus raciones reglamentarias fumaba, como mínimo, doce cigarrillos al día proporcionados por su propio gobierno.
Las raciones C, más voluminosas y destinadas a periodos de menor movilidad, también incluían tabaco. Además del contenido oficial de las raciones, el Servicio Postal Militar facilitaba el envío de tabaco desde casa, y las organizaciones de bienestar como la Cruz Roja y la USO distribuían cigarrillos gratuitos en las bases, los hospitales y las zonas de descanso.
El ejército británico seguía una política similar. Cada soldado del British Army recibía una asignación semanal de cigarrillos como parte de sus suministros regulares. El tabaco era considerado un factor esencial para mantener la moral de las tropas. Winston Churchill, él mismo un fumador empedernido de puros, nunca cuestionó esta práctica.
En el Ejército Rojo soviético, la situación era más precaria debido a las dificultades logísticas, pero el tabaco seguía siendo un producto codiciado. Los soldados soviéticos fumaban majorca, un tabaco basto y fuerte que enrollaban en papel de periódico cuando no disponían de papel de fumar. El intercambio de tabaco entre soldados aliados y soviéticos fue uno de los primeros gestos de fraternización cuando ambos ejércitos se encontraron en el Elba en abril de 1945.
Lucky Strike se va a la guerra
La relación entre la industria tabacalera estadounidense y el esfuerzo bélico alcanzó su máxima expresión en la célebre campaña de Lucky Strike. En 1942, la American Tobacco Company cambió el color de su icónico paquete: el fondo verde oscuro fue sustituido por un blanco inmaculado. La empresa justificó el cambio con el eslogan publicitario más audaz de la guerra: Lucky Strike Green Has Gone to War —«el verde de Lucky Strike se ha ido a la guerra»—, sugiriendo que el tinte verde se necesitaba para el camuflaje militar.
La realidad era más prosaica. El cambio de color obedecía principalmente a una decisión comercial: el tinte verde a base de cromo era caro y escaso, y el paquete blanco resultaba más atractivo en los estantes. Pero la campaña funcionó de forma brillante, vinculando el acto de fumar con el patriotismo. Las ventas de Lucky Strike aumentaron un 38 % en el año siguiente al cambio.
Las grandes tabacaleras —Philip Morris, R. J. Reynolds, Liggett & Myers— competían por suministrar cigarrillos al ejército, conscientes de que cada soldado que adquiría el hábito durante el servicio sería un cliente fiel durante décadas. El gobierno colaboró encantado: un soldado que fumaba era un soldado menos ansioso, más capaz de soportar el tedio de las largas esperas entre combates. Nadie se preocupaba entonces por las consecuencias sanitarias a largo plazo.
La campaña antitabaco nazi: pionera y paradójica
Mientras los aliados distribuían cigarrillos a manos llenas, la Alemania nazi emprendía la primera campaña antitabaco con respaldo estatal de la era moderna. Esta iniciativa, prácticamente desconocida durante décadas, ha sido recuperada por los historiadores como uno de los episodios más sorprendentes y contradictorios del Tercer Reich.
La campaña tenía raíces científicas sólidas. Investigadores alemanes, particularmente los epidemiólogos Franz Hermann Müller y Eberhard Schairer, publicaron en 1939 y 1943 estudios pioneros que vinculaban estadísticamente el tabaquismo con el cáncer de pulmón, adelantándose en más de una década a las conclusiones del informe del Surgeon General estadounidense de 1964. El propio Hitler, abstemio y no fumador convencido, apoyaba personalmente la causa antitabaco y solía jactarse de haber abandonado el hábito en su juventud.
El régimen implementó medidas que no se verían en otros países hasta finales del siglo XX: prohibición de fumar en oficinas públicas, restaurantes y transportes, restricciones a la publicidad de tabaco, aumento de impuestos sobre los cigarrillos y campañas de propaganda que presentaban el tabaco como un veneno incompatible con la pureza racial aria.
La paradoja era múltiple. El mismo régimen que prohibía fumar en los tranvías administraba metanfetaminas (Pervitin) a sus soldados para mantenerlos despiertos durante días. El mismo gobierno que financiaba investigaciones sobre los efectos nocivos del tabaco desarrollaba programas de exterminio masivo en los campos de concentración. Y a pesar de toda la propaganda antitabaco, la tasa de consumo entre los soldados de la Wehrmacht nunca descendió significativamente: en el frente, las prohibiciones del Führer se evaporaban ante la necesidad de calmar los nervios bajo el fuego enemigo.
El cigarrillo como moneda universal
En los campos de prisioneros de guerra, el cigarrillo se convirtió en la moneda de facto de una economía paralela que funcionaba con notable eficiencia. El economista británico R. A. Radford, prisionero él mismo en un Stalag alemán, documentó este fenómeno en un artículo académico publicado en 1945 que se convertiría en un clásico de la teoría económica.
En los campos, todo se medía en cigarrillos. Una barra de chocolate valía entre dos y cuatro cigarrillos. Una lata de carne en conserva podía costar entre seis y doce. Un jersey de lana se intercambiaba por un cartón entero. Existían tipos de cambio relativamente estables entre las distintas marcas: los cigarrillos americanos —especialmente los Camel y Lucky Strike— cotizaban más alto que los británicos o los alemanes.
La Cruz Roja Internacional desempeñó un papel crucial en esta economía al distribuir paquetes que incluían cigarrillos a los prisioneros aliados. Estos paquetes se convertían inmediatamente en capital circulante. Los no fumadores acumulaban cigarrillos como ahorro, actuando en la práctica como banqueros improvisados. Los fumadores empedernidos, en cambio, se empobrecían al consumir su propia moneda.
El sistema tenía incluso fenómenos macroeconómicos reconocibles: cuando llegaba un cargamento grande de paquetes de la Cruz Roja, la inflación hacía que los precios subieran (había más cigarrillos en circulación). Cuando el suministro se interrumpía, la deflación provocaba el efecto contrario. Algunos prisioneros particularmente astutos aprovechaban estas fluctuaciones para especular, comprando barato tras una entrega y vendiendo caro cuando escaseaban los suministros.
El mercado negro de posguerra
Cuando la guerra terminó en 1945, el cigarrillo no perdió su condición de moneda; al contrario, la reforzó. En la Europa devastada de la posguerra, donde las monedas nacionales habían perdido gran parte de su valor y la economía formal estaba paralizada, los cigarrillos americanos se convirtieron en el medio de pago más fiable del continente.
En la Alemania ocupada, el reichsmark era prácticamente papel sin valor. Los cigarrillos americanos, en cambio, tenían un poder adquisitivo tangible y universalmente reconocido. Un cartón de cigarrillos podía comprar favores, alimentos, combustible, ropa e incluso documentos falsos. El mercado negro alemán, que operaba abiertamente en las ruinas de las grandes ciudades, funcionaba casi exclusivamente con tabaco como divisa.
Los soldados americanos destinados en Europa descubrieron que su ración de cigarrillos les otorgaba un poder económico desproporcionado. Un soldado raso podía vivir como un rey con solo revender parte de su asignación de tabaco. Esta situación generó un tráfico organizado que las autoridades militares intentaron controlar sin éxito durante años.
La hegemonía del cigarrillo como moneda en Alemania solo terminó con la reforma monetaria de junio de 1948, cuando se introdujo el marco alemán occidental y la economía formal comenzó a funcionar de nuevo. De la noche a la mañana, los cigarrillos dejaron de ser dinero para volver a ser simplemente cigarrillos.
El legado sanitario de una guerra de humo
La SGM fue, sin exageración, la mayor campaña de promoción del tabaco de la historia. Millones de jóvenes que nunca habían fumado antes de alistarse regresaron a casa con una adicción firmemente establecida. El gobierno estadounidense, que había distribuido gratuitamente miles de millones de cigarrillos a sus tropas, había creado una generación entera de fumadores.
Las consecuencias sanitarias tardaron décadas en manifestarse, pero fueron devastadoras. La epidemia de cáncer de pulmón, enfermedades cardiovasculares y enfisema que azotó a los veteranos de la SGM en las décadas de 1960 y 1970 está directamente vinculada al consumo masivo de tabaco durante y después del conflicto.
La ironía final es que los científicos nazis, pese a servir a un régimen criminal, tenían razón en sus advertencias sobre el tabaco. Sus investigaciones, desacreditadas durante décadas por su asociación con el nazismo, anticiparon correctamente los hallazgos que la medicina occidental no confirmaría hasta los años sesenta. La ciencia antitabaco más avanzada del mundo surgió del mismo régimen que perpetró el Holocausto, una paradoja que sigue incomodando a los historiadores de la medicina.
El cigarrillo en la SGM fue simultáneamente consuelo, moneda, arma de propaganda y veneno silencioso. Su historia atraviesa todos los bandos y todas las fronteras del conflicto, recordándonos que incluso los objetos más cotidianos pueden revelar las contradicciones más profundas de una guerra.