De todas las historias personales que produjo la Segunda Guerra Mundial, pocas ilustran mejor el absurdo de los conflictos globales que la de Yang Kyoungjong, un joven coreano que fue obligado a combatir sucesivamente en el ejército imperial japonés, el Ejército Rojo soviético y la Wehrmacht alemana antes de ser capturado por soldados estadounidenses en las playas de Normandía. Su odisea, que durante décadas fue considerada una leyenda urbana, ha sido verificada por historiadores y representa el caso más extremo documentado de un combatiente forzado a servir en bandos opuestos durante una misma guerra.

Un joven coreano bajo dominio japonés
Yang Kyoungjong nació en 1920 en Corea, entonces una colonia del Imperio japonés desde la anexión de 1910. Como millones de coreanos, creció bajo un régimen de ocupación que imponía la lengua japonesa, suprimía la identidad cultural coreana y obligaba a los jóvenes a servir en las fuerzas armadas imperiales. En 1938, con apenas dieciocho años, Yang fue reclutado por el ejército del Kwantung, la poderosa fuerza japonesa estacionada en Manchuria, el estado títere que Japón había creado en el noreste de China.
La vida de un soldado colonial coreano en el ejército japonés era especialmente dura. Los coreanos ocupaban los escalafones más bajos de la jerarquía militar, eran tratados con desprecio por los oficiales japoneses y recibían las misiones más peligrosas. Muchos ni siquiera hablaban japonés con fluidez, lo que complicaba la comunicación y aumentaba su vulnerabilidad en combate.
En el verano de 1939, Yang se encontró en medio de uno de los enfrentamientos más desconocidos que precedieron a la SGM: la batalla de Jaljin Gol (también conocida como los incidentes de Nomonhan), un conflicto fronterizo entre Japón y la Unión Soviética en la frontera entre Manchuria y Mongolia. Lo que comenzó como una escaramuza se transformó en una batalla a gran escala en la que las fuerzas soviéticas, bajo el mando del entonces desconocido general Gueorgui Zhúkov , infligieron una derrota aplastante a los japoneses.
Capturado por los soviéticos
Durante los combates de Jaljin Gol, Yang fue capturado por el Ejército Rojo. Los soviéticos enviaban habitualmente a los prisioneros de guerra a campos de trabajo en Siberia, donde las condiciones eran brutales y la tasa de mortalidad altísima. Sin embargo, el destino de Yang tomó un giro inesperado. Cuando Alemania invadió la Unión Soviética en junio de 1941 con la Operación Barbarroja , las pérdidas soviéticas fueron tan catastróficas que Stalin necesitaba desesperadamente soldados para cubrir los enormes huecos en el frente.
Los soviéticos comenzaron a reclutar prisioneros de guerra de diversas nacionalidades para incorporarlos a sus filas. Yang, como otros prisioneros asiáticos, fue sacado del campo de trabajo y enviado al frente. No se sabe con certeza en qué unidad sirvió ni en qué sector del frente fue destinado, pero los registros indican que combatió durante varios meses en algún punto del vasto teatro oriental.
La experiencia de Yang en el Ejército Rojo no debió ser muy diferente de la que vivió en el ejército japonés. Los soldados extranjeros reclutados a la fuerza eran tratados con desconfianza por los comisarios políticos soviéticos y se les asignaban las posiciones más expuestas. Muchos morían en las primeras semanas sin haber comprendido siquiera las órdenes que recibían.
En las filas de la Wehrmacht
En 1943, durante una de las muchas ofensivas y contraofensivas que marcaron el frente oriental , Yang fue capturado de nuevo, esta vez por tropas alemanas. A esas alturas de la guerra, la Wehrmacht también se encontraba en una situación de escasez crónica de efectivos. La solución que encontraron los mandos alemanes fue la creación de los Ostbataillone (batallones del este) y las Ostlegionen (legiones del este), unidades compuestas por prisioneros de guerra soviéticos, desertores y voluntarios de las repúblicas ocupadas.
Estos Osttruppen representaron uno de los fenómenos más peculiares de la SGM. Para 1944, se estima que entre 800.000 y un millón de soldados de diversas nacionalidades soviéticas servían bajo bandera alemana. Había georgianos, armenios, azerbaiyanos, turcomanos, uzbecos y, en casos excepcionales como el de Yang, combatientes de origen asiático oriental que habían llegado al frente europeo a través de una cadena improbable de capturas y reclutamientos forzosos.
Yang fue incorporado a uno de estos batallones y destinado a la costa atlántica francesa, concretamente a la península de Cotentín, en Normandía. Los mandos alemanes utilizaban habitualmente a los Osttruppen para tareas de defensa costera en sectores considerados secundarios, reservando a las tropas alemanas veteranas para los puntos más críticos. Irónicamente, lo que los planificadores alemanes consideraban un sector tranquilo estaba a punto de convertirse en el escenario del mayor desembarco anfibio de la historia.
Normandía: el final de la odisea
El 6 de junio de 1944, cuando las fuerzas aliadas lanzaron la Operación Overlord , Yang se encontraba en una de las posiciones defensivas de la costa normanda. La confusión del Día D fue enorme para todos los implicados, pero debió ser especialmente surrealista para un soldado coreano que defendía territorio francés con uniforme alemán contra un ejército estadounidense.
Según los relatos, Yang fue capturado por paracaidistas estadounidenses de la 101.a División Aerotransportada en las inmediaciones de Utah Beach. Los soldados americanos quedaron desconcertados al encontrar entre los prisioneros alemanes a un hombre de rasgos claramente asiáticos. Ningún intérprete disponible podía comunicarse con él: no hablaba alemán, ni ruso, ni inglés. Solo hablaba coreano y algo de japonés.
La fotografía que supuestamente muestra a Yang entre los prisioneros capturados en Normandía se ha convertido en una de las imágenes más icónicas y debatidas de la guerra. Aunque la identidad exacta del hombre de la foto sigue siendo objeto de controversia entre historiadores, la existencia de Yang Kyoungjong y su extraordinaria trayectoria están documentadas.
La vida después de la guerra
Tras su captura, Yang fue enviado a un campo de prisioneros de guerra en Gran Bretaña. Cuando la guerra terminó en 1945, se enfrentó a un dilema que compartían miles de prisioneros de orígenes diversos: ¿adónde regresar? Corea, su patria, había sido dividida en dos zonas de ocupación, una soviética y otra estadounidense, preludio de la futura división del país. Regresar a Corea del Norte significaba volver a caer bajo un régimen comunista, mientras que Corea del Sur estaba todavía en una situación política inestable.
Yang decidió no volver a Asia. Según las investigaciones del historiador coreano-japonés Kang Byung-joo, Yang emigró a Estados Unidos, donde se estableció en Illinois bajo un nuevo nombre. Vivió el resto de su vida en el anonimato, sin hablar nunca públicamente de sus experiencias bélicas. Falleció en 1992, llevándose consigo los detalles más íntimos de una odisea que había abarcado tres continentes, tres ejércitos y seis años de guerra.
Otros soldados forzados a cambiar de bando
Aunque el caso de Yang Kyoungjong es el más conocido, no fue el único combatiente que sirvió en múltiples ejércitos durante la SGM. El fenómeno de los Osttruppen alemanes generó miles de historias similares, aunque generalmente limitadas a dos ejércitos en lugar de tres.
Los Malgré-nous (a pesar nuestro) fueron ciudadanos franceses de Alsacia y Lorena que, tras la anexión de estas regiones por Alemania, fueron reclutados a la fuerza en la Wehrmacht. Aproximadamente 130.000 alsacianos y loreneses sirvieron en el ejército alemán, muchos de ellos en el frente oriental . Los que sobrevivieron y fueron capturados por los soviéticos pasaron años en campos de prisioneros antes de poder regresar a Francia. Su situación generó un profundo trauma colectivo en Alsacia que perduró durante décadas.
También hubo casos de soldados italianos que, tras el armisticio italiano de septiembre de 1943, fueron capturados por los alemanes y forzados a trabajar como mano de obra esclava o incorporados a unidades de combate. Algunos de estos italianos terminaron luchando contra los mismos aliados junto a los cuales habían combatido meses antes.
En el Pacífico, miles de soldados coloniales indonesios, birmanos y filipinos fueron reclutados sucesivamente por potencias coloniales europeas, por Japón durante la ocupación y, en algunos casos, por fuerzas de resistencia aliadas. El sudeste asiático fue un escenario particularmente complejo donde las lealtades cambiaban con cada conquista territorial.
Los Osttruppen en Normandía
La presencia de los batallones del este en las defensas de Normandía fue un factor significativo que los aliados no habían previsto completamente. Cuando los soldados estadounidenses y británicos comenzaron a tomar prisioneros tras el desembarco , se encontraron con una torre de Babel de lenguas y nacionalidades que desbordó la capacidad de los servicios de inteligencia aliados.
Se capturaron georgianos, turcomanos, azerbaiyanos, cosacos, ucranianos y, como en el caso de Yang, incluso prisioneros de origen asiático oriental cuya presencia en la costa francesa parecía desafiar toda lógica geográfica. Los interrogadores aliados necesitaron semanas para clasificar a todos los prisioneros por nacionalidad y determinar su estatus legal.
Muchos de estos Osttruppen se rindieron con entusiasmo, a veces incluso antes de que comenzara el combate. No tenían ninguna lealtad hacia el régimen nazi y veían la captura como una liberación. Otros, sin embargo, combatieron con determinación sorprendente, ya fuera por miedo a las represalias o porque sus oficiales alemanes les habían convencido de que los aliados los ejecutarían.
El alto mando alemán era consciente de la poca fiabilidad de estas tropas. El mariscal de campo Erwin Rommel , al inspeccionar las defensas del Muro Atlántico, había expresado su preocupación por la calidad de las unidades costeras, muchas de ellas compuestas por Osttruppen mal armados y peor motivados. Sin embargo, la escasez de tropas alemanas veteranas no dejaba alternativa.
El símbolo de una guerra global
La historia de Yang Kyoungjong trasciende lo anecdótico para convertirse en un símbolo del carácter verdaderamente global de la SGM. A diferencia de conflictos anteriores, esta guerra arrastró a personas de todos los continentes a combatir en teatros de operaciones que nada tenían que ver con sus patrias de origen. Un joven coreano podía terminar defendiendo una playa normanda, un indio podía combatir en el desierto del norte de África y un brasileño podía luchar en las montañas italianas.
Esta dimensión humana de la guerra a menudo se pierde en las grandes narrativas de estrategia y geopolítica. Pero son las historias como la de Yang las que revelan el impacto real del conflicto en millones de individuos que no eligieron participar en él, que fueron arrastrados por fuerzas que no comprendían y que sobrevivieron gracias a una combinación de resistencia, suerte y la voluntad obstinada de seguir vivos un día más.
La difusión de la historia de Yang en los últimos años, gracias en parte a la película surcoreana My Way (2011) y a numerosas investigaciones académicas, ha contribuido a visibilizar la experiencia de los millones de combatientes coloniales y forzados que la historiografía oficial había relegado al olvido. Corea, que fue colonia japonesa durante toda la guerra, perdió a cientos de miles de jóvenes reclutados a la fuerza para servir como soldados, trabajadores forzados y, en el caso de miles de mujeres, como esclavas sexuales para el ejército japonés.
Un recordatorio incómodo
La historia de Yang Kyoungjong también plantea preguntas incómodas sobre los conceptos de enemigo, aliado y traición en tiempos de guerra. Yang no traicionó a ningún bando porque nunca perteneció a ninguno de ellos por voluntad propia. Fue una pieza arrastrada por el tablero de la historia, movida por manos ajenas en una partida que no había elegido jugar.
Su caso extremo ilustra una realidad que afectó a millones de personas durante la SGM: la guerra no siempre se libra entre voluntarios convencidos de una causa. A menudo se combate porque no hay alternativa, porque la deserción se castiga con la muerte, porque un prisionero de guerra no tiene más opción que aceptar un fusil o morir de hambre en un campo de concentración.
Yang eligió vivir. Y para ello tuvo que ponerse tres uniformes diferentes, disparar en tres direcciones opuestas y sobrevivir a seis años de combate continuo sin haber querido participar en ninguno de ellos. Cuando por fin llegó la paz, hizo la elección más radicalmente personal de toda su vida: desaparecer, fundirse con el anonimato de un país nuevo y no volver a hablar jamás de la guerra. Quizá fue la decisión más sabia que tomó en su extraordinaria existencia.