De todas las historias insólitas que produjo la Segunda Guerra Mundial, pocas resultan tan entrañables como la de Wojtek, un oso pardo sirio adoptado por soldados polacos en las montañas de Irán que terminó convertido en cabo del ejército, héroe de la batalla de Monte Cassino y residente permanente del zoológico de Edimburgo. Su historia parece sacada de una novela, pero cada detalle está documentado por decenas de veteranos que convivieron con él durante años.

Un cachorro en las montañas de Irán
La historia de Wojtek comienza en 1942, en uno de los episodios más dramáticos y menos conocidos de la SGM: la odisea del ejército polaco en el exilio. Tras la invasión conjunta de Polonia por Alemania y la Unión Soviética en septiembre de 1939, cientos de miles de ciudadanos polacos fueron deportados a campos de trabajo soviéticos en Siberia y Asia Central. Cuando Alemania invadió la URSS con la Operación Barbarroja en junio de 1941, Stalin se vio obligado a liberar a los prisioneros polacos para que formaran un ejército aliado bajo el mando del general Wladyslaw Anders.
Estos soldados, muchos de ellos esqueléticos y enfermos tras años de cautiverio, emprendieron una marcha épica a través de la Unión Soviética hasta llegar a Irán, donde los británicos los reorganizaron como el II Cuerpo Polaco. Fue durante esta travesía, en la primavera de 1943, cuando un grupo de soldados de la 22.a Compañía de Suministros de Artillería se detuvo en una estación de tren cerca de Hamadán, en las montañas persas.
Allí, un niño iraní se acercó a los soldados cargando un saco que se movía. Dentro había un cachorro de oso pardo sirio, probablemente huérfano después de que un cazador matara a su madre. El animal era diminuto, estaba desnutrido y temblaba de frío. Los soldados, que habían sobrevivido a los horrores de los gulags soviéticos y que arrastraban una nostalgia profunda por la patria perdida, sintieron una conexión inmediata con aquella criatura desvalida.
El soldado Piotr (Peter) Prendys convenció a sus compañeros para comprarlo. Según diferentes versiones, el precio fue una navaja suiza, unas cuantas latas de comida o un puñado de monedas. Lo bautizaron Wojtek, un antiguo nombre eslavo que significa "guerrero feliz" o "el que disfruta de la guerra", una elección que resultaría profética.
Los primeros meses: de cachorro a mascota de compañía
El cachorro necesitaba cuidados constantes. Era tan pequeño que los soldados lo alimentaban con leche condensada diluida, administrada con una botella de vodka vacía convertida en biberón improvisado. Wojtek dormía acurrucado junto a los hombres, buscando calor corporal, y pronto se convirtió en la mascota inseparable de la compañía.
A medida que crecía, Wojtek desarrolló una personalidad que los veteranos describirían durante décadas con una mezcla de asombro y cariño. Le encantaba luchar en broma con los soldados, revolcándose por el suelo en combates simulados que dejaban a los hombres cubiertos de polvo pero invariablemente riendo. Aprendió a beber cerveza directamente de la botella, un hábito que sus cuidadores fomentaron con entusiasmo y que se convertiría en una de sus señas de identidad. También fumaba cigarrillos, o más bien se los comía, aunque prefería los que estaban encendidos.
Una de sus costumbres más llamativas era su afición por las duchas. Wojtek aprendió a abrir los grifos y se pasaba largos ratos bajo el agua, una conducta que en una ocasión le llevó a descubrir a un espía. Según el relato de los veteranos, una noche Wojtek entró en los baños de un campamento en Palestina y se encontró con un árabe que se había infiltrado para obtener información. El intruso, al verse cara a cara con un oso de más de cien kilos, soltó un grito que alertó a la guardia. Los polacos le concedieron a Wojtek una doble ración de cerveza como recompensa.
De Palestina a Italia: el viaje de un oso al frente
El II Cuerpo Polaco fue trasladado primero a Palestina y después a Egipto, donde completó su entrenamiento antes de ser enviado al frente italiano. En cada destino, Wojtek se adaptaba a las condiciones con una facilidad sorprendente. En los campamentos del desierto egipcio aprendió a dormir a la sombra de los camiones y a buscar agua con una determinación que impresionaba a los veteranos del desierto.
Pero cuando llegó el momento de embarcar hacia Italia en 1944, surgió un problema burocrático inesperado. Las regulaciones de transporte militar británicas prohibían llevar mascotas a bordo de los buques de guerra. Los oficiales polacos no estaban dispuestos a abandonar a Wojtek, así que encontraron una solución tan audaz como hilarante: alistaron al oso oficialmente en el ejército polaco.
Wojtek recibió un número de serie, un rango (soldado raso, posteriormente ascendido a cabo) y una cartilla de racionamiento. Aparecía en las listas de la compañía como un miembro más de la unidad. Cuando los inspectores británicos revisaron la documentación del embarque, encontraron todo en regla: el soldado Wojtek tenía sus papeles perfectamente tramitados. El hecho de que pesara unos 250 kilos y estuviera cubierto de pelo pardo no figuraba en ningún formulario.
Monte Cassino: un oso bajo el fuego
La batalla de Monte Cassino , que se prolongó de enero a mayo de 1944, fue uno de los enfrentamientos más encarnizados de la campaña italiana. La abadía benedictina, encaramada en lo alto de una montaña que dominaba el valle del Liri, bloqueaba el avance aliado hacia Roma. Cuatro ofensivas sucesivas intentaron tomar la posición, con pérdidas devastadoras en cada asalto.
El II Cuerpo Polaco recibió la misión de tomar la montaña en la cuarta y definitiva ofensiva, lanzada el 11 de mayo de 1944. Mientras los soldados de infantería escalaban las laderas bajo un fuego infernal, la 22.a Compañía de Suministros de Artillería tenía la tarea crucial de mantener el flujo de munición hacia las baterías que machacaban las posiciones alemanas.
Fue entonces cuando Wojtek se convirtió en leyenda. En medio del fragor de la batalla, con explosiones sacudiendo el terreno y proyectiles silbando por encima de las cabezas, el oso comenzó a imitar a los soldados que cargaban cajas de munición de 25 libras (unos 11 kilos cada una) desde los camiones hasta las posiciones de artillería. Se erguía sobre sus patas traseras, recibía una caja de proyectiles y la transportaba como si fuera un juguete, repitiendo el trayecto una y otra vez sin mostrar signo alguno de miedo o fatiga.
Los testimonios de los veteranos coinciden en este punto: Wojtek no dejó caer ni una sola caja. Mientras los hombres sudaban y jadeaban bajo el peso de la munición y el terror del bombardeo, el oso trabajaba con una calma desconcertante. No era solo una mascota siguiendo un juego aprendido; era un compañero de armas que, de alguna manera, entendía que había trabajo que hacer.
La imagen de Wojtek cargando proyectiles impresionó tanto a la unidad que la 22.a Compañía adoptó como emblema oficial la silueta de un oso sosteniendo un proyectil de artillería. Este distintivo fue aprobado por los mandos militares y se convirtió en el símbolo permanente de la compañía, visible en sus vehículos, uniformes y documentación oficial.
Después de Cassino: la vida en el frente
Tras la caída de Monte Cassino y la liberación de Roma, el II Cuerpo Polaco continuó combatiendo en Italia hasta el final de la guerra. Wojtek permaneció con la compañía durante toda la campaña, participando en los avances a través de la línea Gótica y las operaciones en el norte de Italia.
La convivencia diaria con un oso de casi 300 kilos en zona de guerra generaba situaciones que los veteranos recordarían con humor durante el resto de sus vidas. Wojtek dormía en tiendas de campaña con los soldados, a veces aplastando involuntariamente a algún compañero durante la noche. Robaba comida de las cocinas con una habilidad que habría envidiado cualquier soldado raso. Se peleaba amistosamente con los hombres, aunque a medida que crecía sus "juegos" podían dejar moratones considerables.
También tenía sus manías. Le aterrorizaban los caballos y los rebuznos de los burros. Le gustaba subirse a los camiones y, en al menos una ocasión, un conductor que no sabía de su existencia se llevó el susto de su vida al encontrarse un oso en la cabina de su vehículo. Los soldados de otras unidades, al principio incrédulos, terminaban acercándose al campamento polaco solo para ver al famoso oso soldado.
Para los hombres de la 22.a Compañía, Wojtek era mucho más que una mascota o una curiosidad. Era un símbolo de todo lo que habían sobrevivido juntos: la deportación a Siberia, la marcha a través de Asia, la travesía de Irán, los campos de entrenamiento en Palestina, el infierno de Monte Cassino. Era el hilo que conectaba sus recuerdos de guerra con algo positivo, con algo que les hacía sonreír incluso en los peores momentos.
Escocia: una jubilación con acento escocés
Cuando la guerra terminó en mayo de 1945, los soldados polacos se enfrentaron a una realidad demoledora. Polonia, el país por cuyo honor habían luchado durante seis años, había quedado bajo control soviético. Regresar significaba someterse al régimen comunista que los había deportado a los gulags. La mayoría de los hombres del II Cuerpo Polaco optaron por el exilio.
El gobierno británico acogió a miles de veteranos polacos, y muchos de ellos fueron trasladados a campamentos en Escocia. Wojtek viajó con ellos hasta el campamento de Hutton, cerca de la localidad de Duns, en la región de Berwickshire. Allí vivió durante varios años, rodeado de sus compañeros de siempre, en una granja reconvertida en residencia para veteranos polacos.
Pero los campamentos militares fueron cerrándose progresivamente a medida que los veteranos encontraban trabajo y se integraban en la sociedad británica. En 1947, cuando el campamento de Hutton iba a ser desmantelado, la compañía tuvo que tomar la decisión más difícil de todas: buscar un hogar permanente para Wojtek.
El oso fue entregado al zoológico de Edimburgo, donde pasaría los últimos años de su vida. La separación fue dolorosa para los veteranos. Muchos de ellos viajaban regularmente desde toda Escocia para visitarlo, y según los cuidadores del zoológico, Wojtek se animaba visiblemente cuando escuchaba hablar en polaco. Algunos veteranos saltaban la valla de su recinto para sentarse con él, compartiendo una cerveza y una conversación en el idioma de una patria a la que no podían regresar.
Los visitantes del zoológico que no conocían su historia veían un oso pardo enorme y apacible. Los que sabían quién era veían a un soldado jubilado, un veterano de Monte Cassino con rango de cabo y número de serie en los archivos del ejército polaco.
Muerte y legado
Wojtek murió el 15 de noviembre de 1963, a los 22 años de edad, en el zoológico de Edimburgo. La noticia apareció en periódicos de todo el mundo. Para entonces, su historia ya era legendaria entre las comunidades polacas del exilio, aunque tardaría décadas en alcanzar la fama internacional que tiene hoy.
Su legado ha crecido enormemente desde entonces. En 2015 se inauguró una estatua de bronce en los Jardines de Princes Street, en el centro de Edimburgo, que muestra a Wojtek erguido junto a un soldado polaco. Otra estatua fue erigida en el Museo Imperial de la Guerra en Londres. En Cracovia, la ciudad polaca más cercana a las montañas donde los osos pardos aún viven en libertad, también hay un monumento en su honor.
Se han escrito libros, producido documentales y hasta existe un proyecto de película sobre su vida. En Polonia, donde durante décadas la historia del II Cuerpo Polaco fue silenciada por el régimen comunista, Wojtek se ha convertido en un símbolo de la contribución polaca a la victoria aliada.
Más allá de la anécdota
La historia de Wojtek funciona a muchos niveles. Como anécdota, es irresistible: un oso que bebe cerveza, fuma cigarrillos y carga munición en una batalla. Pero debajo de la superficie divertida hay una historia profundamente humana sobre la soledad, el exilio y la necesidad de encontrar consuelo en medio del horror.
Los soldados polacos que adoptaron a Wojtek eran hombres que habían perdido todo: su país, sus familias, sus hogares. Habían sobrevivido a los campos de trabajo soviéticos, habían cruzado continentes a pie y luchaban por una nación que, cuando la guerra terminó, les fue arrebatada por segunda vez. En ese contexto, cuidar de un oso cachorro no era una excentricidad: era un acto de humanidad, una forma de mantener viva la capacidad de querer y proteger algo en un mundo que se empeñaba en destruirlo todo.
Wojtek les devolvió ese afecto con una lealtad que trascendía las barreras entre especies. No era un animal de circo ni un arma propagandística. Era un compañero que compartió con aquellos hombres el hambre, el frío, el miedo y las risas. Y cuando llegó la hora de la batalla, estuvo a su lado cargando proyectiles bajo el fuego, como el guerrero feliz que su nombre prometía.
Hoy, más de ochenta años después de Monte Cassino, la imagen de un oso sosteniendo un proyectil de artillería sigue siendo el emblema de una unidad que ya no existe, de unos hombres que ya no están y de una historia que se niega a ser olvidada. Porque algunas historias son demasiado extraordinarias para desaparecer, y la del cabo Wojtek es, sin duda, una de ellas.