Cuando estalló la SGM en septiembre de 1939, el mundo del deporte se vio sacudido de inmediato. Ligas suspendidas, atletas convertidos en soldados, estadios transformados en almacenes militares y olimpiadas canceladas marcaron un paréntesis en la historia deportiva mundial. Sin embargo, el deporte no desapareció por completo. En los frentes, en la retaguardia y hasta en los campos de prisioneros, la actividad deportiva sobrevivió como instrumento de propaganda, herramienta de moral y refugio psicológico frente al horror de la guerra.

Soldados practicando deporte durante la Segunda Guerra Mundial
El deporte fue una vía de escape y normalidad durante los años de guerra. Fotógrafo desconocido · Dominio público

Las olimpiadas que nunca se celebraron

Los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 habían sido la gran vitrina propagandística del régimen nazi, una demostración de poder organizativo que el Tercer Reich utilizó para proyectar una imagen de modernidad y fortaleza ante el mundo. Sin embargo, las siguientes citas olímpicas fueron víctimas directas de la guerra.

Los Juegos de 1940 habían sido asignados inicialmente a Tokio, pero Japón renunció a la organización en 1938, oficialmente por la guerra con China. Helsinki asumió la sede, pero la invasión soviética de Finlandia en noviembre de 1939 y el estallido de la guerra europea forzaron la cancelación definitiva. Los Juegos de 1944, que debían celebrarse en Londres, corrieron la misma suerte. El deporte olímpico no regresaría hasta los Juegos de Londres de 1948, conocidos como los «Juegos de la Austeridad», celebrados en una ciudad todavía marcada por los bombardeos.

La generación de atletas que habría competido en 1940 y 1944 fue la más castigada. Muchos deportistas de élite murieron en combate o fueron hechos prisioneros. Luz Long, el atleta alemán que había entablado una célebre amistad con Jesse Owens en Berlín 1936, murió en Sicilia en 1943 luchando con la Wehrmacht. El corredor de fondo finlandés Gunnar Höckert, campeón olímpico en 1936, cayó en la Guerra de Invierno contra la Unión Soviética.

El fútbol bajo las bombas: las ligas europeas durante la guerra

En Gran Bretaña, la Football League se suspendió oficialmente al estallar la guerra, pero se crearon competiciones regionales para mantener la moral de la población. Los equipos jugaban con plantillas improvisadas, ya que muchos futbolistas estaban movilizados. Era habitual que jugadores invitados —soldados destinados temporalmente en una ciudad— reforzaran al equipo local para un partido.

Los estadios británicos sufrieron daños considerables durante el Blitz. Old Trafford, la casa del Manchester United, fue bombardeado en marzo de 1941 y quedó tan dañado que el club tuvo que jugar en Maine Road, el estadio del rival Manchester City, hasta 1949. A pesar de los bombardeos, los partidos atraían multitudes notables, y el gobierno los consideraba esenciales para la moral civil.

En la Alemania nazi, la liga de fútbol continuó durante buena parte de la guerra, reorganizada en ligas regionales (Gauligen) que se adaptaban a las cambiantes fronteras del Reich. El fútbol fue utilizado como instrumento de propaganda y normalidad: mientras las ciudades eran devastadas por los bombardeos aliados, los partidos seguían celebrándose como demostración de que la vida continuaba. La última temporada completa se jugó en 1943-1944; para la primavera de 1945, con el país desmoronándose, el fútbol organizado había cesado por completo.

En Italia, el campeonato de fútbol continuó hasta la temporada 1942-1943, cuando la invasión aliada de Sicilia y el armisticio de septiembre de 1943 hicieron imposible mantenerlo. En la Francia ocupada, el campeonato se mantuvo con modificaciones, y los alemanes alentaron el deporte como herramienta de distracción para la población sometida.

El partido de la muerte: fútbol y propaganda en Kiev

Uno de los episodios más controvertidos del deporte durante la SGM es el llamado «partido de la muerte» de Kiev. En agosto de 1942, con la ciudad ucraniana bajo ocupación alemana, un equipo formado por jugadores del Dinamo y el Lokomotiv de Kiev, rebautizado como FC Start, se enfrentó a un equipo de la Luftwaffe llamado Flakelf en una serie de partidos.

La leyenda cuenta que los jugadores ucranianos fueron advertidos de que debían perder el último partido, pero desafiaron la orden y ganaron 5-3, lo que provocó la ejecución de varios de ellos por la Gestapo. La realidad histórica es más compleja: aunque varios jugadores fueron efectivamente arrestados y algunos murieron en campos de concentración, las investigaciones posteriores sugieren que los arrestos se debieron a sus vínculos con la policía secreta soviética antes de la guerra, no directamente al resultado del partido.

Sea cual fuere la verdad exacta, el episodio se convirtió en un poderoso símbolo de resistencia a través del deporte y fue utilizado profusamente por la propaganda soviética durante y después de la guerra. Un monumento en el exterior del estadio del Dinamo de Kiev conmemora a los jugadores que perdieron la vida.

El deporte en los campos de prisioneros

En los campos de prisioneros de guerra, el deporte desempeñó un papel vital para la salud física y mental de los cautivos. Los convenios de Ginebra obligaban a las potencias detentoras a facilitar actividades recreativas a los prisioneros, y muchos campos organizaban ligas de fútbol, cricket, rugby, boxeo y atletismo con una formalidad sorprendente.

En los Stalags alemanes, los prisioneros británicos y de la Commonwealth organizaron competiciones de cricket y fútbol con equipamiento proporcionado por la Cruz Roja. Algunos campos llegaron a tener ligas completas con calendarios de partidos, árbitros designados y hasta programas impresos. El deporte proporcionaba estructura a días interminables de cautiverio y mantenía la cohesión del grupo.

Los prisioneros aliados en el Lejano Oriente, por el contrario, rara vez tuvieron la oportunidad de practicar deporte organizado. Las condiciones brutales de los campos japoneses —hambre, enfermedades tropicales, trabajo forzado— dejaban poco margen para actividades recreativas. Sin embargo, incluso en circunstancias extremas se registraron partidos improvisados y competiciones atléticas rudimentarias como forma de mantener la dignidad y la moral.

En algunos campos de concentración nazis, los deportes fueron utilizados de forma perversa. En Theresienstadt , el campo modelo que los nazis utilizaban como escaparate de propaganda, se organizaron partidos de fútbol que fueron filmados para mostrar al mundo las supuestas buenas condiciones de vida de los prisioneros. Estas imágenes formaron parte de la película propagandística «El Führer regala una ciudad a los judíos», una de las falsificaciones más cínicas de la guerra.

El boxeo: combates entre soldados y para soldados

El boxeo ocupó un lugar especial en el deporte militar durante la SGM. Los ejércitos de prácticamente todos los países beligerantes organizaban veladas de boxeo como entretenimiento para las tropas y como método de entrenamiento en combate cuerpo a cuerpo.

El ejército estadounidense, en particular, utilizó el boxeo como herramienta de cohesión y moral. Joe Louis, campeón mundial de los pesos pesados y el deportista afroamericano más famoso de su época, se alistó en 1942 y realizó giras por bases militares ofreciendo exhibiciones y combates benéficos. Su participación en la guerra fue utilizada como símbolo de unidad nacional, aunque la contradicción de un hombre negro luchando por un país que le negaba derechos civiles básicos no pasó desapercibida.

En los campos de prisioneros, el boxeo era especialmente popular. Los combates atraían multitudes de cautivos y proporcionaban una válvula de escape para las tensiones del confinamiento. Algunos prisioneros que habían sido boxeadores profesionales o amateurs antes de la guerra alcanzaron cierta notoriedad dentro de los campos.

El deporte como herramienta de propaganda

Todos los bandos utilizaron el deporte como instrumento propagandístico durante la guerra. Los regímenes totalitarios, que ya habían integrado el deporte en su maquinaria ideológica antes del conflicto, intensificaron esta instrumentalización.

En la Alemania nazi, la cultura física y el deporte estaban profundamente vinculados a la ideología racial. Las Juventudes Hitlerianas enfatizaban el entrenamiento deportivo como preparación para el servicio militar, y la superioridad atlética se presentaba como prueba de la superioridad racial aria, una narrativa que Jesse Owens había desmentido brillantemente en los Juegos de 1936.

La Unión Soviética utilizó igualmente el deporte como demostración de la vitalidad del sistema comunista. Las victorias deportivas soviéticas se presentaban como triunfos del colectivismo sobre el individualismo capitalista. Los atletas soviéticos que combatieron en la guerra fueron ensalzados como ejemplos de la fusión entre deporte y patriotismo.

En el bando aliado, el deporte se utilizó para mantener la moral tanto en el frente como en la retaguardia. Las Fuerzas Armadas estadounidenses organizaron competiciones deportivas a gran escala, y las estrellas del deporte que se alistaron —como Ted Williams, el legendario bateador de los Red Sox, que sirvió como piloto de combate— se convirtieron en iconos del esfuerzo bélico.

Atletas que fueron a la guerra

La SGM interrumpió o destruyó las carreras de incontables deportistas. Algunos de los casos más notables ilustran el coste humano del conflicto para el mundo del deporte.

El capitán de cricket de Inglaterra, Hedley Verity, uno de los mejores jugadores de su generación, murió en Sicilia en 1943 liderando un asalto nocturno con el regimiento de los Green Howards. El esquiador noruego Birger Ruud, campeón olímpico en 1932 y 1936, fue internado en un campo de concentración por su participación en la resistencia noruega, pero sobrevivió y compitió de nuevo tras la guerra.

El caso más extraordinario fue quizás el de Zamperini, Louis Zamperini, un corredor olímpico estadounidense que participó en los Juegos de Berlín de 1936. Su bombardero fue derribado sobre el Pacífico en 1943 y sobrevivió cuarenta y siete días a la deriva en una balsa antes de ser capturado por los japoneses, soportando más de dos años de cautiverio brutal. Su historia se convirtió en una de las narrativas más poderosas de supervivencia de toda la guerra.

El regreso: los Juegos de la Austeridad de 1948

Cuando la guerra terminó, el mundo del deporte tardó en recuperarse. Los Juegos Olímpicos de Londres de 1948 simbolizaron esta difícil transición. Celebrados en una ciudad con edificios bombardeados y racionamiento todavía vigente, los atletas se alojaron en barracones militares y las instalaciones fueron modestas comparadas con la opulencia de Berlín 1936.

Alemania y Japón fueron excluidos de estos Juegos, como lo habían sido tras la Primera Guerra Mundial. La Unión Soviética optó por no participar todavía, reservando su debut olímpico para Helsinki 1952. A pesar de las limitaciones, los Juegos de 1948 representaron un mensaje de esperanza y normalidad para un mundo que empezaba a reconstruirse.

El deporte durante la SGM fue mucho más que una nota a pie de página. Fue herramienta de propaganda y de resistencia, refugio psicológico y campo de batalla simbólico. Las historias de atletas que combatieron, de prisioneros que jugaron y de competiciones celebradas bajo las bombas revelan una dimensión profundamente humana de un conflicto que afectó todos los aspectos de la vida.