En agosto de 1945, Estados Unidos lanzó dos bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Fueron los únicos ataques nucleares de la historia y marcaron un punto de inflexión absoluto en el curso de la SGM y en la historia de la humanidad. En cuestión de días, Japón anunció su rendición y la guerra más devastadora jamás librada llegó a su fin. Pero el precio pagado por la población civil de ambas ciudades fue de una magnitud difícil de comprender, y el debate moral sobre la decisión de emplear estas armas perdura hasta nuestros días.

El Proyecto Manhattan: la gestación del arma definitiva
El camino hacia Hiroshima y Nagasaki comenzó años antes de que las bombas cayeran. En 1939, Albert Einstein firmó una carta dirigida al presidente Franklin D. Roosevelt advirtiendo de la posibilidad teórica de construir un arma de una potencia sin precedentes basada en la fisión del átomo de uranio. Einstein alertaba también de que la Alemania nazi podría estar trabajando en el mismo objetivo.
La advertencia dio fruto. En 1942, el gobierno estadounidense puso en marcha el Proyecto Manhattan , un programa secreto de desarrollo de armas nucleares que llegaría a emplear a más de 125.000 personas y costaría unos 2.000 millones de dólares de la época, equivalentes a más de 28.000 millones actuales. El físico Robert Oppenheimer fue nombrado director científico del laboratorio de Los Álamos, en Nuevo México, donde se diseñaron y construyeron las primeras bombas.
El proyecto avanzó con una urgencia extrema. Los científicos trabajaban contra reloj, convencidos de que Alemania podría desarrollar su propia bomba. Cuando en 1944 se descubrió que el programa nuclear alemán estaba muy atrasado, el impulso del proyecto ya era imparable. La atención se había desplazado hacia Japón como objetivo potencial.
La prueba Trinity: el amanecer de la era atómica
El 16 de julio de 1945, a las 5:29 de la madrugada, el desierto de Alamogordo, en Nuevo México, se iluminó con un resplandor más brillante que mil soles. La prueba Trinity detonó con éxito el primer artefacto nuclear de la historia, un dispositivo de plutonio que produjo una explosión equivalente a 21.000 toneladas de TNT. La bola de fuego fundió la arena del desierto, creando un nuevo mineral que los científicos bautizaron como trinitita.
Oppenheimer, al contemplar la explosión, recordó un verso del texto sagrado hindú Bhagavad Gita: «Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos». Kenneth Bainbridge, director de la prueba, fue más directo: «Ahora todos somos unos hijos de perra». La reacción de los científicos oscilaba entre el orgullo por el logro técnico y el horror ante lo que habían desatado.
El presidente Harry Truman, que se encontraba en la conferencia de Potsdam negociando con Stalin y Churchill el futuro de la posguerra, recibió la noticia en clave. La confirmación del éxito de Trinity transformó la posición negociadora de Estados Unidos y abrió la puerta a una nueva estrategia para acabar con la guerra en el Pacífico sin necesidad de una invasión terrestre de Japón.
La decisión de lanzar la bomba
La decisión de emplear la bomba atómica contra Japón no fue tomada a la ligera, pero tampoco fue objeto de un debate tan amplio como podría esperarse dada su trascendencia. Truman autorizó el uso del arma tras consultar con un reducido círculo de asesores militares y políticos.
El contexto era determinante. La batalla de Okinawa, finalizada en junio de 1945, había costado más de 12.000 vidas estadounidenses y más de 100.000 japonesas. Los planes para la invasión de las islas principales de Japón, denominados Operación Downfall, estimaban que las bajas aliadas podrían alcanzar cifras devastadoras. La resistencia japonesa en cada isla del Pacífico había demostrado que la rendición no formaba parte de la doctrina militar nipona.
El 26 de julio, la Declaración de Potsdam exigió la rendición incondicional de Japón, advirtiendo de una «destrucción pronta y total» en caso de rechazo. El gobierno japonés, dominado por la facción militarista, rechazó el ultimátum. El primer ministro Kantaro Suzuki utilizó la palabra mokusatsu, que se interpretó como un desprecio o un «matar con el silencio».
Un comité de selección de objetivos había identificado varias ciudades japonesas que no habían sufrido bombardeos significativos, precisamente para poder evaluar con claridad los efectos de la nueva arma. Hiroshima, un importante centro militar e industrial, encabezaba la lista. Nagasaki, Kokura y Niigata figuraban como alternativas.
6 de agosto: Hiroshima
A las 2:45 de la madrugada del 6 de agosto de 1945, el bombardero B-29 Enola Gay despegó de la isla de Tinian , en las Marianas, con una tripulación de doce hombres comandada por el coronel Paul Tibbets. En su bodega llevaba Little Boy, una bomba de uranio-235 de cuatro toneladas de peso que nunca había sido probada en una detonación real. Los científicos confiaban tanto en su diseño que consideraron innecesario un ensayo previo.
A las 8:15 de la mañana, hora local, Little Boy fue lanzada sobre el centro de Hiroshima. La bomba detonó a unos 580 metros de altura con una potencia equivalente a 15.000 toneladas de TNT. En una fracción de segundo, la temperatura en el punto de impacto superó el millón de grados centígrados. Una onda expansiva de viento a más de 1.000 kilómetros por hora arrasó todo en un radio de dos kilómetros.
La destrucción fue absoluta. De los 76.000 edificios de la ciudad, más de 70.000 quedaron dañados o destruidos. Entre 70.000 y 80.000 personas murieron instantáneamente, vaporizadas, aplastadas o calcinadas. Miles más quedaron atrapadas bajo los escombros en llamas. Los supervivientes, muchos de ellos con quemaduras espantosas y la piel colgando del cuerpo, deambulaban entre las ruinas buscando agua y ayuda que no llegaría.
En las horas y días posteriores, una lluvia negra radiactiva cayó sobre la ciudad. Los efectos de la radiación, desconocidos para la mayoría de los supervivientes, provocarían miles de muertes adicionales en las semanas y meses siguientes. Para finales de 1945, el número de víctimas mortales en Hiroshima se estima en unas 140.000 personas.
Los supervivientes de las bombas, conocidos en japonés como hibakusha, cargarían durante el resto de sus vidas con las secuelas físicas y psicológicas de la exposición a la radiación, además de un estigma social que les acompañaría en la posguerra.
9 de agosto: Nagasaki
Japón no se rindió inmediatamente después de Hiroshima. El gobierno japonés se encontraba dividido entre quienes comprendían que la guerra estaba perdida y los militaristas que abogaban por resistir hasta el final, incluso ante la aniquilación total. Entre ambos bombardeos, el 8 de agosto, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón y lanzó una ofensiva masiva contra el ejército japonés en Manchuria, eliminando cualquier esperanza nipona de que Moscú pudiera mediar en una paz negociada.
El 9 de agosto, el B-29 Bockscar partió de Tinian con Fat Man, una bomba de plutonio de mayor potencia que Little Boy. El objetivo original era la ciudad de Kokura, pero la cobertura de nubes impidió la aproximación visual y el avión se desvió hacia el objetivo secundario: Nagasaki.
A las 11:02 de la mañana, Fat Man detonó sobre el barrio de Urakami, a unos tres kilómetros del punto de mira previsto, con una potencia de 21.000 toneladas de TNT. La topografía montañosa de Nagasaki confinó parte de la explosión en el valle, lo que paradójicamente limitó la destrucción en comparación con la llanura abierta de Hiroshima. Aun así, el efecto fue devastador: entre 40.000 y 50.000 personas murieron de forma inmediata. Para finales de 1945, el total de víctimas alcanzó unas 70.000.
La catedral de Urakami, el mayor templo católico de Asia Oriental, quedó destruida. La comunidad católica de Nagasaki, que había sobrevivido a siglos de persecución religiosa, perdió a miles de sus fieles en un instante.
La rendición de Japón
Tras Nagasaki, el debate en el gobierno japonés alcanzó un punto crítico. El Consejo Supremo de Guerra estaba dividido en un empate de tres contra tres entre quienes aceptaban la rendición y quienes insistían en continuar la lucha. En una situación sin precedentes, el emperador Hirohito intervino directamente para romper el impasse, pronunciándose a favor de aceptar los términos de Potsdam con la única condición de preservar la institución imperial.
El 15 de agosto, Hirohito se dirigió a la nación por radio en lo que se conoce como el Gyokuon-hōsō, la «emisión de la voz del Joya». Era la primera vez que la inmensa mayoría de los japoneses escuchaban la voz de su emperador. En un lenguaje formal y arcaico, Hirohito reconoció que «la situación de la guerra se ha desarrollado no necesariamente en ventaja de Japón» y mencionó explícitamente «una bomba nueva y muy cruel» como razón para la rendición. En todo el país, soldados y civiles lloraron al escuchar sus palabras.
La rendición formal se firmó el 2 de septiembre de 1945 a bordo del acorazado USS Missouri en la bahía de Tokio. La SGM había terminado.
El legado y el debate moral
Las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki plantearon cuestiones morales que la humanidad sigue debatiendo. Los defensores de la decisión sostienen que la alternativa era una invasión terrestre de Japón que habría costado cientos de miles de vidas aliadas y millones de japonesas. Las proyecciones militares estadounidenses hablaban de entre 250.000 y un millón de bajas aliadas, y las pérdidas japonesas habrían sido incomparablemente mayores.
Los críticos argumentan que Japón estaba ya al borde del colapso, con su marina destruida, su aviación diezmada y sus ciudades arrasadas por el bombardeo convencional. Algunos historiadores señalan que la entrada de la Unión Soviética en la guerra del Pacífico fue un factor tan decisivo como las bombas en la decisión japonesa de rendirse. Otros sostienen que las bombas sirvieron también como demostración de poder frente a la Unión Soviética, inaugurando la carrera armamentística nuclear de la Guerra Fría.
Lo que resulta indiscutible es el sufrimiento de las víctimas. Los hibakusha de Hiroshima y Nagasaki no solo perdieron a sus familias y sus hogares: muchos sufrieron durante décadas enfermedades causadas por la radiación, incluyendo leucemias y otros tipos de cáncer. Su testimonio ha sido fundamental para mantener viva la memoria de lo que significan las armas nucleares en términos humanos.
La bomba atómica inauguró una era nueva. Desde agosto de 1945, la humanidad vive con la capacidad de autodestruirse. Las bombas de Hiroshima y Nagasaki, con toda su potencia devastadora, eran primitivas en comparación con los arsenales termonucleares desarrollados durante la Guerra Fría, miles de veces más destructivos. El hecho de que no se hayan vuelto a emplear armas nucleares en un conflicto es, quizá, la lección más importante que el mundo extrajo de aquellos días de agosto de 1945.
Hiroshima y Nagasaki no son solo capítulos de la historia de la SGM. Son una advertencia permanente sobre los límites que la humanidad no debe volver a cruzar.