La rendición de Japón el 2 de septiembre de 1945 puso fin a la SGM, el conflicto más devastador de la historia humana. Los acontecimientos que condujeron a esa firma en la bahía de Tokio se concentraron en apenas tres semanas de agosto: dos bombas atómicas, la entrada de la Unión Soviética en la guerra contra Japón y una decisión sin precedentes del emperador Hirohito de intervenir personalmente para aceptar la rendición. El mundo que emergió el 2 de septiembre era radicalmente distinto del que existía un mes antes: la era nuclear había comenzado.

Representantes del Imperio de Japón a bordo del USS Missouri durante la ceremonia de rendición, 2 de septiembre de 1945
La delegación japonesa a bordo del USS Missouri durante la ceremonia de rendición, bahía de Tokio, 2 de septiembre de 1945. Army Signal Corps / U.S. National Archives · Dominio público

Japón en el verano de 1945: un imperio acorralado

Para agosto de 1945, la derrota de Japón era un hecho militar consumado. La batalla de Okinawa , terminada en junio, había demostrado el precio terrorífico que costaría una invasión de las islas principales: más de 12.000 estadounidenses muertos, más de 100.000 japoneses y decenas de miles de civiles okinawenses. Los kamikaze habían hundido o dañado docenas de buques. La marina japonesa había dejado de existir como fuerza de combate. Los B-29 del general LeMay bombardeaban las ciudades japonesas a voluntad: Tokio ya había sido arrasada en marzo.

Sin embargo, la cúpula militar japonesa se negaba a rendirse. El Consejo Supremo de Guerra estaba dividido entre los que buscaban una salida negociada —con condiciones como el mantenimiento del sistema imperial— y los que querían luchar hasta el final. Los militaristas argumentaban que una resistencia feroz en las playas de Kyushu y Honshu, con millones de civiles armados con lanzas de bambú, infligiría pérdidas tan graves a los invasores que los estadounidenses aceptarían negociar. El plan de defensa, bautizado Ketsu-Go, movilizaba a 28 millones de civiles.

El presidente Harry Truman , que había asumido la presidencia tras la muerte de Roosevelt en abril, se enfrentaba a una decisión terrible. La invasión de Japón —planificada como Operación Downfall— implicaba un coste estimado de centenares de miles de bajas estadounidenses. Pero Truman disponía de un arma nueva.

Hiroshima: 6 de agosto de 1945

A las 8:15 de la mañana del 6 de agosto, el B-29 Enola Gay, pilotado por el coronel Paul Tibbets, lanzó la primera bomba atómica de la historia sobre la ciudad de Hiroshima . La bomba, apodada Little Boy, era un artefacto de uranio-235 desarrollado por el Proyecto Manhattan . Explotó a 580 metros de altitud con una potencia equivalente a 15.000 toneladas de TNT.

El centro de Hiroshima desapareció instantáneamente. La bola de fuego alcanzó temperaturas de millones de grados. La onda expansiva arrasó todo en un radio de dos kilómetros. Los edificios de hormigón quedaron como esqueletos calcinados. Las personas que se encontraban a menos de un kilómetro del epicentro fueron vaporizadas; las que estaban más lejos sufrieron quemaduras térmicas devastadoras. La lluvia radiactiva contaminó toda la zona.

Las cifras de víctimas en Hiroshima son aproximadas: entre 70.000 y 80.000 personas murieron instantáneamente o en las horas siguientes. Para finales de 1945, el total alcanzaría unas 140.000 muertes. Miles más morirían en los años posteriores por los efectos de la radiación.

La entrada soviética y Nagasaki

El 8 de agosto, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón y lanzó una ofensiva masiva en Manchuria con 1,5 millones de soldados. El Ejército Rojo aplastó al Ejército de Kwantung japonés en cuestión de días, destruyendo la última esperanza japonesa de utilizar a la URSS como mediadora para una paz negociada. Stalin , que había prometido entrar en la guerra contra Japón tres meses después de la rendición de Alemania, cumplió su plazo casi al día.

El 9 de agosto, un segundo B-29, el Bockscar, lanzó una bomba de plutonio —Fat Man— sobre Nagasaki. La bomba era más potente que la de Hiroshima, pero el terreno montañoso de Nagasaki limitó la destrucción. Aun así, entre 40.000 y 70.000 personas murieron inmediatamente, y el total para finales de 1945 alcanzó unas 80.000 muertes.

El doble golpe —las bombas atómicas y la invasión soviética— puso al gobierno japonés ante una realidad que ya no podía ignorarse. La facción militarista seguía oponiéndose a la rendición, pero los argumentos para resistir se habían desvanecido.

La decisión del emperador

El 9 de agosto, el Consejo Supremo de Guerra se reunió en sesión de emergencia. Los seis miembros estaban divididos: tres a favor de aceptar la Declaración de Potsdam —que exigía la rendición incondicional— con la condición de preservar la institución imperial, y tres contra cualquier rendición. El empate fue roto por una decisión sin precedentes: el primer ministro Suzuki solicitó la intervención directa del emperador.

En la madrugada del 10 de agosto, Hirohito habló ante el Consejo. Su intervención fue extraordinaria: el emperador japonés, que constitucionalmente no gobernaba sino que reinaba, expresó su deseo de aceptar la rendición. "Soportar lo insoportable" fue la frase que empleó. Los presentes lloraron.

Los Aliados respondieron con la Nota Byrnes, que aceptaba implícitamente la continuidad del emperador bajo la autoridad del Comandante Supremo aliado. El 14 de agosto, tras un intento de golpe de estado militar que fue sofocado por oficiales leales, Hirohito grabó un mensaje radiofónico dirigido a la nación.

La voz del emperador: 15 de agosto de 1945

Al mediodía del 15 de agosto, los japoneses escucharon por primera vez la voz de su emperador. En un lenguaje cortesano tan elaborado que muchos oyentes no comprendieron inmediatamente el mensaje, Hirohito anunció que Japón aceptaba los términos de la Declaración de Potsdam. "La situación de la guerra se ha desarrollado no necesariamente en beneficio de Japón", dijo, en lo que muchos consideran el eufemismo más notable de la historia.

En todo Japón, millones de personas escucharon la transmisión arrodilladas. Muchos lloraban. Algunos militares se suicidaron antes que aceptar la rendición. Pero la obediencia al emperador prevaleció, y la resistencia cesó de forma general, aunque las últimas tropas japonesas en islas remotas tardarían años en enterarse o en aceptar que la guerra había terminado.

La ceremonia en el USS Missouri

El 2 de septiembre de 1945, en la bahía de Tokio, el acorazado USS Missouri fue el escenario de la firma de la rendición formal. El general Douglas MacArthur , designado Comandante Supremo aliado, presidió la ceremonia. El ministro de Asuntos Exteriores Mamoru Shigemitsu firmó en nombre del gobierno japonés; el general Yoshijiro Umezu firmó por el Estado Mayor Imperial.

MacArthur pronunció un breve discurso en el que expresó la esperanza de que "un mundo mejor emerja de la sangre y la carnicería del pasado". Tras las firmas japonesas, MacArthur, Nimitz y representantes de las nueve potencias aliadas firmaron el documento. La ceremonia duró apenas 23 minutos.

Mientras se firmaba la rendición, 2.000 aviones sobrevolaron la bahía de Tokio en formación. La SGM, que había comenzado seis años y un día antes con la invasión alemana de Polonia, había terminado.

El fin de la SGM y el comienzo de otra era

La rendición de Japón cerró un conflicto que había matado a entre 70 y 85 millones de personas, devastado continentes enteros y transformado el orden mundial. Las consecuencias se extenderían durante décadas: la Guerra Fría , la descolonización, la creación de la ONU , el Plan Marshall y la carrera nuclear eran todas hijas directas de la SGM.

Las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki inauguraron la era nuclear y plantearon cuestiones morales que siguen debatiéndose. ¿Era necesario lanzarlas para acabar la guerra? ¿Habría capitulado Japón sin ellas, solo por la invasión soviética? ¿Justifica el fin de la guerra más rápida los medios de destrucción masiva sobre poblaciones civiles? Estas preguntas no tienen respuestas sencillas y probablemente nunca las tendrán.

Lo que es indiscutible es que el 2 de septiembre de 1945 marcó el final del conflicto más destructivo de la historia humana y el comienzo de un mundo nuevo. Un mundo que vivía bajo la sombra del hongo atómico, pero también un mundo que, con todos sus defectos, intentó construir instituciones para que la catástrofe no se repitiera.