El 25 de abril de 1945, mientras las tropas soviéticas y estadounidenses se encontraban en el río Elba y la guerra en Europa agonizaba, 850 delegados de 50 naciones se reunieron en San Francisco para fundar una organización que impidiera que el horror de la SGM se repitiera. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Organización Internacional —conocida como la Conferencia de San Francisco— trabajó durante dos meses para redactar la Carta de las Naciones Unidas, el documento fundacional de la ONU , que sigue siendo la base del orden internacional contemporáneo.

Los antecedentes: de la Sociedad de Naciones a las Naciones Unidas
La idea de una organización internacional para mantener la paz no era nueva. La Sociedad de Naciones, creada tras la Primera Guerra Mundial por impulso del presidente estadounidense Woodrow Wilson, había fracasado estrepitosamente. Estados Unidos nunca se adhirió, las potencias agresoras —Alemania, Italia, Japón— la abandonaron sin consecuencias, y la Sociedad fue incapaz de prevenir la agresión japonesa en Manchuria (1931), la invasión italiana de Etiopía (1935) o la remilitarización del Rin (1936). Cuando estalló la SGM, la Sociedad era un cadáver institucional.
Sin embargo, la necesidad de un mecanismo internacional para resolver conflictos era más evidente que nunca. Roosevelt y Churchill habían esbozado los principios de un nuevo orden mundial en la Carta del Atlántico de agosto de 1941, incluso antes de que Estados Unidos entrara formalmente en la guerra. La declaración de las Naciones Unidas del 1 de enero de 1942, firmada por 26 países en guerra contra el Eje, dio nombre al proyecto.
Las conversaciones se concretaron en la Conferencia de Dumbarton Oaks (septiembre-octubre de 1944), donde delegados de Estados Unidos, el Reino Unido, la URSS y China elaboraron un borrador de la estructura de la futura organización. En la Conferencia de Yalta de febrero de 1945, Roosevelt, Churchill y Stalin acordaron los últimos puntos pendientes, especialmente el controvertido mecanismo de voto en el Consejo de Seguridad, y fijaron la fecha y lugar de la conferencia fundacional.
La conferencia se inaugura
San Francisco fue elegida como sede en gran parte por deseo de Roosevelt, que quería subrayar el compromiso estadounidense con la nueva organización y evitar el error de Wilson con la Sociedad de Naciones. Trágicamente, Roosevelt murió el 12 de abril de 1945, trece días antes de la inauguración. Su sucesor, Harry Truman, mantuvo el compromiso y la conferencia se abrió según lo previsto.
La ceremonia inaugural tuvo lugar en el War Memorial Opera House el 25 de abril. El secretario de Estado Edward Stettinius presidió la delegación estadounidense. Anthony Eden representaba al Reino Unido. Viacheslav Mólotov encabezaba la delegación soviética, un gesto que subrayaba la importancia que Moscú concedía al evento. Los 50 países representados abarcaban a todas las naciones que habían declarado la guerra al Eje antes del 1 de marzo de 1945.
La ausencia más notable fue la de la Argentina, que no fue invitada por haber mantenido su neutralidad durante la mayor parte de la guerra y por sus simpatías pro-Eje. Sin embargo, tras una polémica maniobra diplomática apadrinada por Estados Unidos, Argentina fue admitida durante la propia conferencia, para disgusto de la URSS.
Las grandes negociaciones
Las discusiones se organizaron en comisiones y comités que trabajaban en paralelo sobre los diferentes capítulos de la Carta. Los debates fueron intensos y reflejaron las tensiones entre las grandes potencias, entre los estados grandes y pequeños, y entre las visiones idealistas y realistas de las relaciones internacionales.
El derecho de veto. La cuestión más controvertida fue el mecanismo de voto en el Consejo de Seguridad. En Yalta se había acordado que los cinco miembros permanentes —Estados Unidos, Reino Unido, URSS, Francia y China— tendrían derecho de veto sobre las decisiones sustantivas del Consejo. Las potencias menores protestaron enérgicamente: el veto significaba que ninguna acción coercitiva podía tomarse contra una gran potencia o sus aliados, vaciando de contenido la propia organización.
Australia, encabezada por su combativo ministro de Exteriores Herbert Evatt, lideró la oposición al veto. Las potencias latinoamericanas, los países árabes y otras naciones pequeñas se sumaron. El argumento era simple: una organización donde los poderosos podían bloquearlo todo reproducía las desigualdades del viejo orden mundial.
La respuesta de las grandes potencias fue pragmática: sin el veto, ni Estados Unidos ni la URSS ratificarían la Carta. Era preferible una organización imperfecta pero funcional a una perfecta sobre el papel pero inexistente en la realidad. El veto se mantuvo, aunque se incluyó la disposición de que un miembro permanente parte en una disputa debía abstenerse de votar en la resolución pacífica de esa disputa.
La Asamblea General. Las potencias menores obtuvieron concesiones en la Asamblea General, donde cada nación —grande o pequeña— tendría un voto. La Asamblea no podía tomar decisiones vinculantes sobre seguridad (eso correspondía al Consejo), pero tenía competencia amplia para discutir cualquier cuestión y hacer recomendaciones. Fue un compromiso entre la igualdad soberana de los estados y la realidad del poder.
Los territorios en fideicomiso. La cuestión colonial provocó debates acalorados. La URSS y las naciones anticolonialistas presionaron por mecanismos que aceleraran la descolonización. Francia y el Reino Unido resistieron, temerosos de que la nueva organización se utilizara para socavar sus imperios. El compromiso fue el sistema de administración fiduciaria, aplicable a los mandatos de la Sociedad de Naciones y a los territorios arrebatados al Eje, pero no a las colonias existentes de las potencias aliadas.
Los derechos humanos. Varias delegaciones, especialmente las latinoamericanas, insistieron en que la Carta incluyera referencias a los derechos humanos. La delegación panameña presentó una propuesta de declaración de derechos que, aunque no fue incorporada a la Carta, sentó las bases para la futura Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. La Carta final incluyó múltiples referencias a los derechos humanos como uno de los propósitos fundamentales de la organización.
La firma de la Carta
El 26 de junio de 1945, las delegaciones de los 50 países firmaron la Carta de las Naciones Unidas en una ceremonia solemne en el Veterans War Memorial Building. La firma se realizó en orden alfabético por países, empezando por China, en reconocimiento a su larga resistencia contra Japón. El documento, redactado en cinco idiomas oficiales —inglés, francés, español, ruso y chino—, constaba de un preámbulo y 111 artículos organizados en 19 capítulos.
El preámbulo, célebre por su apertura —Nosotros los pueblos de las Naciones Unidas, resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra—, fue redactado por un comité que incluyó al estadista sudafricano Jan Smuts, quien también había participado en la redacción del pacto de la Sociedad de Naciones un cuarto de siglo antes.
La Carta establecía seis órganos principales: la Asamblea General, el Consejo de Seguridad, el Consejo Económico y Social, el Consejo de Administración Fiduciaria, la Corte Internacional de Justicia y la Secretaría General. El propósito central era el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales, pero la Carta también abarcaba la cooperación económica, social, cultural y humanitaria.
El contexto de guerra
La conferencia se desarrolló en un momento extraordinario. Mientras los delegados debatían en San Francisco, la guerra en Europa terminaba: Alemania capituló el 8 de mayo, durante las sesiones. Los delegados celebraron el Día de la Victoria en Europa con una mezcla de alivio y determinación renovada, conscientes de que la paz que estaban construyendo debía ser más duradera que la de 1919.
En el Pacífico, la guerra continuaba con ferocidad. La batalla de Okinawa , que había comenzado el 1 de abril, se prolongaba con un coste terrible en vidas. La bomba atómica, cuya existencia era desconocida para la inmensa mayoría de los delegados, se encontraba en las últimas fases de preparación.
La sombra de las tensiones entre Estados Unidos y la Unión Soviética ya era visible en San Francisco. Mólotov adoptó posiciones duras en múltiples cuestiones, y las disputas sobre el veto, la admisión de nuevos miembros y la representación de Europa del Este anticiparon los conflictos de la Guerra Fría . Pero en junio de 1945, la alianza antifascista aún se mantenía, y la voluntad de construir un orden mundial más justo era genuina en la mayoría de los participantes.
Legado
La Carta de las Naciones Unidas entró en vigor el 24 de octubre de 1945, fecha que desde entonces se celebra como el Día de las Naciones Unidas. La organización ha sobrevivido más de ocho décadas, infinitamente más longeva que su predecesora, la Sociedad de Naciones.
Sus críticos señalan que el Consejo de Seguridad y el veto han paralizado la organización en múltiples crisis. Sus defensores argumentan que, pese a sus limitaciones, la ONU ha proporcionado un foro de diálogo, ha desarrollado el derecho internacional, ha gestionado operaciones de mantenimiento de la paz y ha coordinado la cooperación en campos que van desde la salud pública hasta los derechos humanos.
La Conferencia de San Francisco fue, en última instancia, un acto de fe en medio de la destrucción. Mientras las ruinas de Europa y Asia aún humeaban, cincuenta naciones se reunieron para intentar que el horror no se repitiera. Que lo hayan conseguido solo parcialmente no disminuye la ambición del intento.