El 30 de abril de 1945, a las 15:30 aproximadamente, Adolf Hitler se disparó un tiro en la sien derecha en su despacho del Führerbunker, bajo la Cancillería del Reich en Berlín. A su lado, Eva Braun, con quien se había casado apenas unas horas antes, yacía muerta por una cápsula de cianuro. Mientras la batalla de Berlín rugía sobre sus cabezas y los soldados soviéticos combatían a menos de 500 metros del búnker, el hombre que había desencadenado la guerra más destructiva de la historia puso fin a su vida. El Tercer Reich, que debía durar mil años, le sobrevivió apenas una semana.

Los últimos meses: el derrumbe
A principios de 1945, la derrota de Alemania era un hecho consumado para cualquier observador racional. En el este, el Ejército Rojo había liberado Polonia y penetraba en el territorio del Reich. En el oeste, las fuerzas angloamericanas habían cruzado el Rin. En Italia, la resistencia alemana se desmoronaba. La Luftwaffe existía solo nominalmente y la producción industrial, pese a los esfuerzos desesperados de Albert Speer, se hundía bajo el peso del bombardeo aliado.
Hitler, recluido en su búnker desde enero de 1945, se negaba a aceptar la realidad. Se aferraba a la ilusión de que ejércitos inexistentes podían lanzar contraofensivas decisivas. Movía divisiones fantasma sobre los mapas de situación y despedía o arrestaba a generales que le transmitían malas noticias. Su salud física se había deteriorado dramáticamente: las manos le temblaban sin control, arrastraba la pierna izquierda, su espalda estaba encorvada y su rostro había envejecido décadas en meses. Los testigos describían a un hombre que parecía tener setenta años cuando apenas había cumplido cincuenta y seis.
El búnker se había convertido en un mundo irreal, herméticamente sellado contra la realidad exterior. A veinte metros bajo tierra, protegido por muros de hormigón de más de tres metros de espesor, Hitler celebraba conferencias diarias de situación con un puñado de generales y funcionarios. La atmósfera era de claustrofobia, tensión permanente y arrebatos de furia del Führer contra la supuesta traición de todos los que le rodeaban.
La batalla de Berlín
El 16 de abril de 1945, el Ejército Rojo lanzó su ofensiva final contra Berlín. Dos millones y medio de soldados soviéticos, apoyados por más de 6.000 tanques y 40.000 piezas de artillería, convergieron sobre la capital del Reich. La defensa alemana, compuesta por restos de unidades regulares, miembros de las Volkssturm (milicias populares integradas por ancianos y adolescentes) y unidades de las SS, combatió con una desesperación nacida de la propaganda sobre las represalias soviéticas y del terror que inspiraban los comisarios del partido.
El 20 de abril, día del cumpleaños de Hitler, los primeros proyectiles de artillería soviética cayeron sobre el centro de Berlín. Los altos mandos del régimen acudieron a felicitar al Führer en lo que sería la última recepción del Tercer Reich. Hermann Göring, Heinrich Himmler, Albert Speer, Joseph Goebbels y los jefes militares se reunieron brevemente en el búnker. La mayoría abandonó Berlín esa misma noche, dirigiéndose hacia el norte o el sur. Hitler se quedó.
En los días siguientes, el cerco se estrechó inexorablemente. El 25 de abril, las fuerzas soviéticas completaron la envolvente de Berlín. Un millón de soldados combatían en el interior de la ciudad, avanzando manzana a manzana, edificio por edificio. Los combates eran de una brutalidad extrema. Las tropas soviéticas, que habían atravesado miles de kilómetros de destrucción desde Stalingrado, luchaban con la determinación de quien sabe que el final está cerca.
La crisis del 22 de abril
El 22 de abril marcó un punto de ruptura psicológico. Durante la conferencia de situación, Hitler se enteró de que el contraataque del SS-Obergruppenführer Felix Steiner, al que había ordenado lanzar una ofensiva con fuerzas que no existían, no se había producido. Lo que siguió fue un estallido de furia sin precedentes: durante horas, Hitler gritó que había sido traicionado por todos, que el ejército era incompetente y cobarde, y que la guerra estaba perdida.
Por primera vez, Hitler admitió abiertamente la derrota. Anunció que se quedaría en Berlín y se suicidaría antes de caer en manos del enemigo. Sus colaboradores intentaron persuadirle de que abandonara la ciudad y se trasladara al Berghof, en Baviera, donde aún existían tropas que podían protegerle. Hitler se negó categóricamente.
La noticia de que Hitler contemplaba el suicidio se extendió rápidamente. Göring, desde Baviera, envió un telegrama ofreciéndose a asumir la dirección del Reich si Hitler estaba incapacitado. Hitler, furioso, lo interpretó como un golpe de Estado, destituyó a Göring de todos sus cargos y ordenó su arresto.
Pocos días después, Hitler se enteró de que Himmler, a quien había considerado el más leal de sus subordinados, estaba negociando secretamente la rendición con los Aliados occidentales a través del conde Bernadotte, de la Cruz Roja sueca. La noticia fue el golpe definitivo. Hitler destituyó a Himmler y ordenó la ejecución de Hermann Fegelein, oficial de enlace de las SS en el búnker y cuñado de Eva Braun, que fue fusilado en el jardín de la Cancillería.
La boda y el testamento
En la madrugada del 29 de abril, Hitler se casó con Eva Braun en una breve ceremonia civil celebrada en el búnker. Braun, que había sido la compañera de Hitler durante más de una década pero cuya existencia era casi desconocida para el público alemán, se convirtió en Eva Hitler durante las últimas horas de su vida. La ceremonia fue oficializada por Walter Wagner, un funcionario municipal de Berlín que fue localizado combatiendo en las defensas de la ciudad y traído al búnker para la ocasión. Wagner moriría en combate días después.
Tras la boda, Hitler dictó su testamento político y personal. En el testamento político, expulsaba formalmente a Göring y Himmler del partido y nombraba al almirante Karl Dönitz como su sucesor al frente del Estado y Goebbels como canciller. El documento concluía con una diatriba contra los judíos y una exhortación al pueblo alemán a continuar la resistencia.
El testamento personal era más mundano: disponía de sus escasas posesiones personales y manifestaba su deseo de que sus restos y los de su esposa fueran incinerados para evitar que cayeran en manos del enemigo.
30 de abril: el final
El 30 de abril, Hitler almorzó con sus secretarias y su cocinera vegetariana. La comida fue una escena surrealista de normalidad forzada en medio del apocalipsis. Después del almuerzo, Hitler se despidió individualmente de los miembros de su círculo íntimo. Su piloto personal, Hans Baur, le suplicó que huyera a Argentina, Japón o cualquier otro país. Hitler rechazó todas las propuestas.
A primera hora de la tarde, Hitler y Eva Braun se retiraron a su despacho privado. Los presentes esperaron en el corredor exterior. Hacia las 15:30, oyeron un disparo. Tras unos minutos de espera, el ayudante Otto Günsche y el mayordomo Heinz Linge abrieron la puerta. Hitler yacía en el sofá con un agujero en la sien derecha. Eva Braun estaba a su lado, sin heridas visibles, envenenada por cianuro. Una pistola Walther PPK 7,65 mm estaba en el suelo.
Siguiendo las instrucciones de Hitler, los cuerpos fueron envueltos en mantas y subidos al jardín de la Cancillería, donde fueron colocados en un cráter de bomba y rociados con unos 200 litros de gasolina. Bajo el fuego de la artillería soviética, los asistentes encendieron el fuego y permanecieron brevemente en posición de saludo. La cremación fue parcial: los restos carbonizados fueron enterrados en un cráter cercano.
Los últimos días del búnker
Tras la muerte de Hitler, Goebbels asumió brevemente la cancillería. Al día siguiente, 1 de mayo, él y su esposa Magda envenenaron a sus seis hijos con cianuro en el búnker y luego se suicidaron en el jardín. Fue uno de los actos más estremecedores de todo el conflicto.
El general Helmuth Weidling, comandante de la defensa de Berlín, ordenó a las tropas restantes intentar romper el cerco soviético durante la noche del 1 al 2 de mayo. Algunos grupos consiguieron escapar hacia el oeste; la mayoría fue capturada o murió en el intento. El 2 de mayo, Weidling capituló formalmente ante el general Vasili Chuikov. La batalla de Berlín había costado más de 300.000 muertos entre civiles y combatientes de ambos bandos.
Los restos de Hitler y Eva Braun fueron descubiertos por tropas soviéticas el 5 de mayo. Identificados mediante registros dentales, los cadáveres fueron trasladados repetidamente durante las décadas siguientes. En 1970, por orden del KGB, los restos fueron definitivamente incinerados y las cenizas esparcidas en un río.
El fin del Tercer Reich
La muerte de Hitler no detuvo inmediatamente la guerra. Dönitz, desde Flensburgo, intentó negociar una rendición parcial ante los occidentales que permitiera a las tropas alemanas escapar de la captura soviética. Los Aliados exigieron la rendición incondicional. El 7 de mayo, el general Alfred Jodl firmó la rendición en Reims, y el 8 de mayo se repitió la ceremonia en Berlín-Karlshorst ante los soviéticos. La guerra en Europa había terminado.
Hitler dejó tras de sí una Alemania en ruinas, un continente devastado y decenas de millones de muertos. El régimen que había construido se desintegró con una velocidad que demostraba cuánto dependía de un solo hombre y su voluntad destructora. A diferencia de otras dictaduras que sobreviven a sus fundadores, el Tercer Reich no podía existir sin Hitler, porque Hitler era su razón de ser.
El búnker de la Cancillería fue parcialmente demolido por los soviéticos y posteriormente sellado. Hoy, un anodino aparcamiento y un panel informativo marcan el lugar donde terminó una de las vidas más destructivas de la historia humana.