El 20 de octubre de 1944, el general Douglas MacArthur vadeó las aguas de la playa Roja en Leyte, Filipinas, y habló por radio a la nación filipina: he regresado. Dos años y medio después de su evacuación forzosa de Corregidor, MacArthur cumplía la promesa que se había convertido en una de las frases más célebres de la SGM. La liberación de Filipinas fue una campaña colosal que involucró a cientos de miles de soldados, desencadenó la mayor batalla naval de la historia y costó la vida a cientos de miles de filipinos.

El largo camino de regreso
En marzo de 1942, MacArthur había abandonado las Filipinas por orden del presidente Roosevelt, dejando atrás a las tropas estadounidenses y filipinas que combatían en la península de Bataan y la isla de Corregidor. La caída de Filipinas en mayo de 1942 fue una de las peores derrotas de la historia militar estadounidense, con más de 70.000 soldados capturados y sometidos a la infame Marcha de la Muerte de Bataan.
MacArthur, desde Australia, hizo de la reconquista de Filipinas su obsesión personal. No era solo una cuestión estratégica sino de honor: había prometido a los filipinos que volvería, y su reputación dependía de cumplir esa promesa. Durante 1943 y 1944, su estrategia de saltos anfibios a lo largo de la costa de Nueva Guinea, apoyada por el poder aéreo, fue acercándolo progresivamente al archipiélago.
Sin embargo, la decisión de liberar Filipinas no era obvia. El almirante Chester Nimitz y muchos planificadores de la Armada preferían esquivar el archipiélago e invadir directamente Formosa (Taiwán) o incluso Okinawa, para cortar las líneas de comunicación japonesas con el sudeste asiático sin empantanarse en una larga campaña terrestre. MacArthur argumentó —con éxito— que Estados Unidos tenía una obligación moral con los filipinos y que abandonarlos por segunda vez destruiría la credibilidad estadounidense en Asia.
En la conferencia de Pearl Harbor de julio de 1944, MacArthur expuso su caso directamente a Roosevelt. El presidente, influido tanto por los argumentos estratégicos como por las consideraciones políticas en un año de elecciones, autorizó la invasión de Filipinas.
El desembarco en Leyte
El plan original contemplaba desembarcos progresivos en Mindanao y luego en Leyte, pero la audacia del almirante William Halsey aceleró el calendario. Halsey, tras comprobar en sus incursiones aéreas que las defensas japonesas en Filipinas centrales eran más débiles de lo esperado, propuso saltar directamente a Leyte. MacArthur aceptó y la fecha se adelantó al 20 de octubre de 1944.
La fuerza de invasión era impresionante: más de 700 buques transportaban a cuatro divisiones del 6.º Ejército del general Walter Krueger. La 3.ª y la 7.ª flotas de la Armada estadounidense proporcionaban cobertura naval y apoyo aéreo. En total, más de 200.000 soldados participaron en la operación inicial.
Los desembarcos en la costa oriental de Leyte encontraron una resistencia inicial moderada. Las playas fueron aseguradas con relativa rapidez, y MacArthur escenificó su regreso con el famoso desembarco que la prensa inmortalizó. Su discurso de radio fue un golpe maestro propagandístico que revitalizó la moral de la guerrilla filipina en todo el archipiélago.
La batalla del golfo de Leyte
La respuesta japonesa a los desembarcos fue desesperada y masiva. La Armada Imperial japonesa lanzó prácticamente todos sus buques disponibles en un plan complejo denominado Sho-Go (Operación Victoria) para destruir la flota de invasión aliada. La batalla del golfo de Leyte , librada entre el 23 y el 26 de octubre de 1944, fue la mayor batalla naval de la historia, tanto por el número de buques implicados como por la extensión geográfica del combate.
El plan japonés era audaz: una fuerza señuelo de portaaviones prácticamente vacíos, al mando del almirante Ozawa, atraería a la flota principal de Halsey hacia el norte, lejos de los desembarcos. Mientras tanto, dos fuerzas de superficie con acorazados y cruceros pesados se abrirían paso hacia el golfo de Leyte por los estrechos de San Bernardino y Surigao para destruir los transportes de tropas indefensos.
El plan estuvo a punto de funcionar. Halsey mordió el anzuelo y persiguió a los portaaviones de Ozawa hacia el norte con toda la 3.ª Flota, dejando el estrecho de San Bernardino desprotegido. La fuerza central japonesa del almirante Kurita, con el superacorazado Yamato y otros buques pesados, emergió del estrecho la mañana del 25 de octubre y se encontró frente a un grupo de pequeños portaaviones de escolta y destructores que constituían la protección más cercana de los transportes.
Lo que siguió fue uno de los episodios más heroicos de la guerra naval. Los destructores y destructores de escolta estadounidenses cargaron contra los acorazados japoneses en ataques suicidas, mientras los pilotos de los portaaviones de escolta lanzaban todo lo que tenían, incluyendo bombas de profundidad y metralla, contra los buques enemigos. Contra toda lógica, Kurita, confundido por la ferocidad de la resistencia y temiendo una trampa, ordenó la retirada cuando tenía la victoria al alcance de la mano.
En el estrecho de Surigao , la fuerza sur japonesa fue destruida en la última batalla de línea de la historia naval, cuando los acorazados del almirante Oldendorf cruzaron la T a la columna enemiga. En el norte, Halsey hundió los portaaviones señuelo de Ozawa pero llegó demasiado tarde para intervenir en la crisis del estrecho de San Bernardino.
La batalla del golfo de Leyte fue también el escenario de los primeros ataques kamikaze organizados. Pilotos japoneses se lanzaron deliberadamente contra buques estadounidenses, hundiendo el portaaviones de escolta USS St. Lo e inaugurando una táctica que se convertiría en una pesadilla para la flota aliada durante el resto de la guerra.
La campaña terrestre en Leyte
Si la batalla naval fue relativamente breve, la campaña terrestre en Leyte se prolongó durante meses en condiciones atroces. La isla, montañosa y cubierta de selva tropical, se convirtió en un lodazal durante la temporada de lluvias. Los aeródromos que MacArthur necesitaba para proporcionar cobertura aérea a las operaciones siguientes quedaron inutilizables por las lluvias.
Los japoneses reforzaron Leyte con decenas de miles de soldados transportados desde otras islas, convirtiendo lo que debería haber sido una operación rápida en una batalla de desgaste. La 1.ª División japonesa defendió posiciones en el Valle de Ormoc con una tenacidad feroz, y los combates en la selva y las montañas se prolongaron hasta finales de diciembre.
Cuando la resistencia organizada cesó en Leyte a finales de 1944, los japoneses habían perdido más de 55.000 muertos. Las bajas estadounidenses fueron de unos 3.500 muertos y 12.000 heridos. Miles de soldados japoneses supervivientes se internaron en las montañas, donde muchos murieron de hambre y enfermedades.
Luzón y Manila
Con Leyte asegurada, MacArthur dirigió su atención a Luzón, la isla principal del archipiélago. El 9 de enero de 1945, cuatro divisiones desembarcaron en el golfo de Lingayén, siguiendo la misma ruta que los japoneses habían utilizado para invadir Filipinas en 1941. El avance hacia Manila fue rápido al principio, pero la batalla por la capital se convirtió en un infierno urbano.
El almirante Iwabuchi, comandante de la guarnición naval japonesa de Manila, desobedeció las órdenes de evacuar la ciudad y decidió defenderla hasta la muerte. La batalla de Manila, de febrero a marzo de 1945, destruyó el centro histórico de una de las ciudades más hermosas de Asia. Los japoneses masacraron a civiles filipinos en una orgía de violencia que dejó más de 100.000 muertos, incluyendo la masacre de hospitales, iglesias y el campus de la Universidad de Santo Tomás.
MacArthur, que había prohibido el bombardeo aéreo de Manila para proteger a los civiles, autorizó sin embargo el uso masivo de artillería que contribuyó a la destrucción. La contradicción entre su deseo de liberar a los filipinos y la devastación que la liberación causó fue una de las tragedias de la campaña.
La guerrilla filipina
Un factor decisivo en la liberación fue la guerrilla filipina. Desde la caída de las islas en 1942, decenas de miles de filipinos habían mantenido una resistencia armada contra los ocupantes japoneses. Organizados en unidades que variaban desde bandas locales hasta fuerzas estructuradas con comunicaciones por radio con Australia, los guerrilleros proporcionaron inteligencia, hostigaron a las guarniciones japonesas y se levantaron en armas cuando llegaron los libertadores.
MacArthur había mantenido contacto con la guerrilla a través de submarinos que transportaban suministros, armas y agentes. Cuando la invasión comenzó, la guerrilla controló carreteras, destruyó puentes y emboscó columnas japonesas en todo el archipiélago, multiplicando enormemente la eficacia de las operaciones regulares.
Consecuencias
La liberación de Filipinas fue una de las campañas más costosas del Pacífico. Las bajas estadounidenses totales superaron las 60.000 entre muertos, heridos y desaparecidos. Las pérdidas japonesas excedieron los 300.000 muertos. Pero el precio más terrible lo pagó la población civil filipina: más de un millón de filipinos murieron durante la ocupación y la liberación, víctimas de las atrocidades japonesas, los combates y la destrucción de infraestructuras.
Estratégicamente, la reconquista de Filipinas cortó las líneas de comunicación japonesas con las Indias Orientales Holandesas, privando al imperio japonés del petróleo, caucho y minerales del sudeste asiático. Fue un golpe del que Japón no pudo recuperarse, acelerando el colapso económico y militar que culminaría con la rendición en agosto de 1945.
Para MacArthur, Filipinas fue su vindicación personal. Había cumplido su promesa, aunque el coste en vidas humanas —especialmente filipinas— ensombreció el triunfo. La liberación del archipiélago aseguró también el escenario para las batallas finales de la guerra: Iwo Jima y Okinawa .