Entre el 14 y el 24 de enero de 1943, Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill se reunieron en Casablanca, Marruecos, para coordinar la siguiente fase de la guerra aliada. La conferencia, celebrada en el lujoso hotel Anfa mientras las fuerzas aliadas combatían a pocos centenares de kilómetros en Túnez, produjo decisiones estratégicas cruciales y un principio político que marcaría el resto de la SGM: la exigencia de rendición incondicional de las potencias del Eje.

El contexto: un momento de inflexión
A principios de 1943, la guerra estaba cambiando de signo. En el frente oriental, la batalla de Stalingrado se acercaba a su desenlace: el 6.º Ejército alemán, cercado desde noviembre, se encontraba al borde de la capitulación. En el norte de África, la Operación Antorcha había llevado a las fuerzas angloamericanas al Magreb francés, aunque la campaña de Túnez se prolongaba más de lo previsto. En el Pacífico, la batalla de Guadalcanal se inclinaba decisivamente a favor de Estados Unidos.
Por primera vez desde el inicio de la guerra, los Aliados podían planificar desde una posición de fuerza relativa. Pero las divergencias estratégicas entre británicos y estadounidenses eran profundas. Estados Unidos quería una invasión directa de Francia a través del canal de la Mancha lo antes posible —la futura Operación Overlord—, considerándola la forma más rápida de derrotar a Alemania. El Reino Unido, traumatizado por las pérdidas de la Primera Guerra Mundial y escéptico sobre la viabilidad de un desembarco prematuro, prefería una estrategia periférica: agotar a Alemania mediante operaciones en el Mediterráneo, el bombardeo estratégico y el bloqueo naval.
Stalin fue invitado pero declinó asistir, alegando que la situación en Stalingrado requería su presencia. La ausencia soviética dio a Churchill mayor margen para defender su estrategia mediterránea sin la presión directa de Stalin, que reclamaba insistentemente la apertura de un segundo frente en el oeste de Europa.
Las decisiones estratégicas
Las discusiones militares ocuparon la mayor parte de la conferencia y fueron intensas. Los jefes de Estado Mayor británicos y estadounidenses debatieron durante días, a veces acaloradamente, sobre la dirección estratégica de la guerra.
La invasión de Sicilia. La decisión más concreta fue la aprobación de la invasión de Sicilia como siguiente paso tras la conquista de Túnez. Churchill argumentó que, con las fuerzas aliadas ya desplegadas en el norte de África, tenía sentido estratégico cruzar el Mediterráneo hacia Italia en lugar de trasladar todo el aparato bélico de vuelta a Inglaterra para un desembarco en Francia. Los estadounidenses aceptaron a regañadientes, convencidos de que la alternativa —dejar inactivas a las tropas en el Mediterráneo durante meses— era peor.
El aplazamiento de Overlord. La consecuencia directa de la decisión siciliana fue el aplazamiento de la invasión de Francia. No habría desembarco en el canal de la Mancha en 1943. La planificación continuaría, pero la fecha se posponía a la primavera de 1944. Stalin recibiría la noticia con amargura.
La ofensiva de bombardeo combinada. Se aprobó la directiva de Casablanca para la ofensiva de bombardeo combinada contra Alemania. El Bomber Command de la RAF continuaría sus ataques nocturnos de área mientras la Octava Fuerza Aérea estadounidense desarrollaría el bombardeo diurno de precisión. El objetivo conjunto era la destrucción progresiva y la desorganización del sistema militar, industrial y económico alemán, y el debilitamiento de la moral del pueblo alemán hasta el punto en que su capacidad de resistencia armada se vea fatalmente debilitada.
La batalla del Atlántico. Se acordó dar máxima prioridad a la derrota de los submarinos alemanes, sin la cual ninguna operación anfibia a gran escala sería posible. La batalla del Atlántico recibiría recursos adicionales en forma de aviones de largo alcance y escoltas navales.
La guerra en el Pacífico. Se reafirmó el principio de Germany first —Alemania primero—, pero se asignaron más recursos al Pacífico de los que los británicos habrían deseado. Las campañas de las islas Salomón y Nueva Guinea continuarían, y se planificó la reconquista de Birmania.
La rendición incondicional
El 24 de enero, en la conferencia de prensa que clausuró la cumbre, Roosevelt anunció que los Aliados exigirían la rendición incondicional de Alemania, Italia y Japón. El presidente estadounidense explicó que esto no significaba la destrucción de los pueblos enemigos, sino la destrucción de las filosofías basadas en la conquista y el sometimiento de otros pueblos.
La fórmula de la rendición incondicional se convertiría en una de las decisiones más debatidas de la guerra. Roosevelt afirmó posteriormente que se le había ocurrido de forma espontánea durante la conferencia de prensa, una afirmación que Churchill y otros desmienten: el concepto había sido discutido previamente, aunque los detalles de esas discusiones siguen siendo objeto de controversia histórica.
Churchill apoyó públicamente la declaración, aunque en privado expresó reservas sobre su aplicación a Italia, donde una rendición negociada podría acelerar la salida del Eje. De hecho, cuando Italia capituló en septiembre de 1943, las condiciones incluyeron cláusulas de un armisticio que, aunque duro, distaba de ser incondicional en la práctica.
El debate sobre la rendición incondicional
Los críticos de la política de rendición incondicional argumentaron que prolongó la guerra al eliminar cualquier incentivo para que los líderes del Eje o sus poblaciones buscaran una paz negociada. Si la alternativa a la lucha era la capitulación absoluta, sin garantías sobre el trato posterior, la resistencia se volvía la única opción racional. La propaganda de Goebbels explotó hábilmente la declaración para convencer a los alemanes de que la derrota significaría la destrucción total de su nación.
Los defensores de la política señalaban que la experiencia de la Primera Guerra Mundial había demostrado los peligros de una paz negociada. El armisticio de 1918 permitió a los nacionalistas alemanes construir el mito de la puñalada por la espalda y negar la derrota militar, alimentando el resentimiento que condujo al nazismo. Roosevelt estaba decidido a que esta vez no hubiera ambigüedad: Alemania sería derrotada de forma inequívoca, y el mundo entero lo sabría.
Además, la rendición incondicional cumplía una función diplomática crucial: tranquilizaba a Stalin. El dictador soviético sospechaba que los occidentales podrían buscar una paz separada con Alemania a costa de la URSS. La declaración de Casablanca eliminaba esa posibilidad y reforzaba la cohesión de la alianza.
La cuestión de la Francia Libre
Un aspecto secundario pero significativo de Casablanca fue el intento de reconciliar a los dos principales líderes franceses en el exilio: el general Charles de Gaulle, jefe de la Francia Libre desde Londres, y el general Henri Giraud, que había asumido el mando de las fuerzas francesas en el norte de África tras el asesinato del almirante Darlan en diciembre de 1942.
Roosevelt y Churchill organizaron un encuentro entre ambos generales durante la conferencia. De Gaulle acudió con reticencia y Giraud con perplejidad. La famosa fotografía del apretón de manos entre los dos franceses —con Roosevelt y Churchill observando como padrinos satisfechos— ocultaba una realidad de profunda desconfianza mutua. Roosevelt desconfiaba de De Gaulle, a quien consideraba un dictador en potencia, y prefería a Giraud, más dócil.
La rivalidad se resolvería en los meses siguientes a favor de De Gaulle, cuya superioridad política sobre el apolítico Giraud era aplastante. Para finales de 1943, De Gaulle había asumido el liderazgo indiscutido del movimiento francés libre.
El significado de Casablanca
La Conferencia de Casablanca fue la primera de las grandes cumbres aliadas que definirían la estrategia de la guerra. Precedió a la Conferencia de Teherán de noviembre de 1943, donde por primera vez se sentarían juntos Roosevelt, Churchill y Stalin, y a la Conferencia de Yalta de febrero de 1945.
Las decisiones de Casablanca configuraron la evolución de la guerra durante 1943: la conquista de Sicilia y la campaña de Italia , la intensificación del bombardeo estratégico y la prioridad dada a la batalla del Atlántico. El aplazamiento de Overlord a 1944 fue quizá la consecuencia más trascendental, ya que prolongó la ausencia de un segundo frente occidental y aumentó la presión sobre la Unión Soviética.
La exigencia de rendición incondicional, por su parte, eliminó cualquier posibilidad de una solución negociada y comprometió a los Aliados con una guerra total. Para bien o para mal, Casablanca fijó el rumbo hacia la destrucción completa de los regímenes del Eje y la transformación radical del orden mundial que vendría después.