En los primeros días de junio de 1942, a medio camino entre Hawái y Japón, se libró un combate naval que alteró el curso de la SGM en el Pacífico. La batalla de Midway no fue solo una victoria táctica estadounidense: fue el momento en que la expansión japonesa chocó contra un muro y comenzó su largo e inexorable retroceso. En apenas tres días, cuatro portaaviones japoneses y centenares de pilotos veteranos desaparecieron bajo las aguas del Pacífico central, y con ellos la capacidad ofensiva que había permitido a Japón dominar un océano entero durante seis meses.
1942: el año que empezó con derrota
Para comprender el significado de Midway es necesario situarla en el contexto de un año que comenzó de forma desastrosa para los aliados. Tras el ataque a Pearl Harbor en diciembre de 1941, Japón había desatado una ofensiva relámpago que superó las previsiones más pesimistas de los planificadores occidentales.
En enero de 1942, Manila cayó ante el avance japonés. El 15 de febrero, Singapur se rindió con más de 80.000 soldados prisioneros: la mayor capitulación de la historia militar británica. En marzo, las Indias Orientales Neerlandesas fueron conquistadas, otorgando a Japón los pozos petrolíferos que necesitaba para sostener su máquina de guerra. Birmania cayó en abril, cortando la ruta terrestre de suministros a China y dejando a la India expuesta. En pocas semanas, un imperio que se extendía desde las fronteras de la India hasta las islas del Pacífico central había surgido de la nada.
La moral aliada estaba por los suelos. Australia temía una invasión directa. La Flota del Pacífico estadounidense, todavía lamiendo sus heridas tras Pearl Harbor, operaba en inferioridad numérica frente a una Marina Imperial japonesa que parecía invencible. La pregunta no era si los aliados podrían contraatacar, sino cuánto tiempo podrían resistir antes de que Japón consolidara un perímetro defensivo imposible de penetrar.
La situación estratégica antes de Midway
Sin embargo, bajo la apariencia de victoria total, Japón enfrentaba problemas estructurales que sus propios líderes preferían ignorar. La expansión había sido tan rápida que las fuerzas japonesas estaban dispersas en un perímetro de miles de kilómetros, difícil de defender y aún más difícil de abastecer. La industria japonesa no podía reemplazar las pérdidas al ritmo que lo hacía la estadounidense. Y lo más importante: los tres portaaviones de la Flota del Pacífico no estaban en Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. Seguían intactos, y con ellos la capacidad estadounidense de proyectar poder aéreo en el océano.
La incursión de Doolittle sobre Tokio, el 18 de abril de 1942, fue un golpe simbólico que causó daños materiales mínimos pero provocó una conmoción profunda en el alto mando japonés. Que bombarderos enemigos hubieran sobrevolado la capital imperial y puesto en riesgo al emperador resultaba inaceptable. El almirante Yamamoto, comandante de la Flota Combinada, aprovechó la situación para impulsar un plan que llevaba meses madurando: atacar el atolón de Midway, a 2.100 kilómetros al noroeste de Hawái, para provocar una batalla decisiva que destruyera los portaaviones estadounidenses restantes.
La batalla del mar del Coral, en mayo, había ofrecido un anticipo del nuevo tipo de guerra naval. Por primera vez en la historia, los buques de ambos bandos combatieron sin llegar a verse, luchando exclusivamente mediante aviación embarcada. Aunque el resultado fue un empate táctico, frenó el avance japonés hacia Australia y demostró que la Marina Imperial no era imbatible. También dejó fuera de combate al portaaviones japonés Shōkaku y diezmó los grupos aéreos del Zuikaku, dos unidades que harían falta desesperadamente en Midway.
El arma secreta: la inteligencia
El factor que transformó Midway de una posible catástrofe en una victoria decisiva no fue la superioridad material, porque Estados Unidos seguía en inferioridad numérica, sino la inteligencia. Los criptoanalistas de la Estación HYPO, en Pearl Harbor, bajo el mando del comandante Joseph Rochefort, habían logrado descifrar parcialmente el código naval japonés JN-25. Gracias a este trabajo minucioso y a una trampa ingeniosa para confirmar que "AF" en los mensajes interceptados se refería a Midway, el almirante Chester Nimitz conocía las intenciones japonesas, la composición aproximada de sus fuerzas y la fecha del ataque.
Esta ventaja de inteligencia fue absolutamente decisiva. Permitió a Nimitz desplegar sus limitados recursos —los portaaviones Enterprise, Hornet y el Yorktown, reparado apresuradamente tras los daños sufridos en el mar del Coral— en una posición de emboscada al noreste de Midway. Yamamoto creía que el factor sorpresa estaba de su lado; en realidad, navegaba hacia una trampa.
El descifrado de los códigos japoneses en 1942 fue una de las mayores hazañas de la inteligencia militar en toda la SGM. Si en Europa la inteligencia Ultra, obtenida del descifrado de Enigma, proporcionó ventajas estratégicas a largo plazo, en el Pacífico el descifrado de JN-25 produjo un resultado inmediato y espectacular en Midway. Sin Rochefort y su equipo, Nimitz habría estado ciego, y el resultado podría haber sido radicalmente distinto.
Los cinco minutos que cambiaron la guerra
La batalla se libró entre el 4 y el 7 de junio de 1942, aunque el combate decisivo se concentró en unas pocas horas de la mañana del día 4. Los detalles tácticos del enfrentamiento, las oleadas de ataques, los torpederos sacrificados y la devastación final de los portaaviones japoneses se narran en profundidad en el artículo dedicado a la batalla de Midway . Desde la perspectiva cronológica de 1942, lo que importa es el resultado y su significado.
En apenas cinco minutos, entre las 10:22 y las 10:27 de la mañana, bombarderos en picado SBD Dauntless de los portaaviones Enterprise y Yorktown alcanzaron tres de los cuatro portaaviones japoneses —el Akagi, el Kaga y el Sōryū— mientras estos tenían las cubiertas llenas de aviones armados y repostando combustible. Las explosiones en cadena de bombas, torpedos y depósitos de gasolina convirtieron los tres buques en infiernos flotantes en cuestión de minutos. El cuarto portaaviones, el Hiryū, fue hundido horas después tras lanzar los ataques que dañaron mortalmente al Yorktown.
Japón perdió cuatro portaaviones de flota, un crucero pesado, 248 aviones y más de 3.000 hombres. Entre los muertos había centenares de pilotos y tripulaciones aéreas veteranas, formadas durante años de riguroso entrenamiento, que la industria y el sistema de instrucción japonés no podían reemplazar. Estados Unidos perdió el Yorktown, un destructor y 307 hombres: un precio alto, pero incomparablemente menor.
Por qué Midway fue el punto de inflexión
Midway no ganó la guerra en el Pacífico. Quedaban tres años de combates brutales, desde Guadalcanal hasta Okinawa, antes de la rendición japonesa. Pero transformó la naturaleza del conflicto de forma fundamental e irreversible por varias razones.
En primer lugar, destruyó la capacidad ofensiva de la Marina Imperial. Antes de Midway, Japón tenía seis portaaviones de flota veteranos y experimentados; después, le quedaban dos, ninguno de los cuales había participado en la batalla. La era de las conquistas japonesas había terminado. A partir de junio de 1942, Japón luchó siempre a la defensiva, intentando proteger lo que ya había conquistado frente a un enemigo que se fortalecía cada mes.
En segundo lugar, eliminó pilotos y tripulaciones irreemplazables. A diferencia de Estados Unidos, que implementó un sistema de rotación para preservar a sus veteranos y transmitir su experiencia a las nuevas promociones, Japón mantuvo a sus mejores aviadores en primera línea hasta que morían. Los pilotos perdidos en Midway representaban la élite de la aviación naval japonesa, hombres con miles de horas de vuelo que no podían ser sustituidos por reclutas con un entrenamiento cada vez más breve y deficiente.
En tercer lugar, igualó la correlación de fuerzas en portaaviones justo cuando la inmensa maquinaria industrial estadounidense comenzaba a producir nuevos buques a un ritmo que Japón no podía igualar. Mientras los astilleros japoneses tardarían años en reemplazar lo perdido, los estadounidenses estaban construyendo los portaaviones de la clase Essex que dominarían el Pacífico a partir de 1943.
Finalmente, Midway proporcionó un impulso moral incalculable. Demostró que la Marina Imperial podía ser derrotada en batalla campal, destruyó el aura de invencibilidad que rodeaba a las fuerzas armadas japonesas desde Pearl Harbor y dio a los estadounidenses la confianza necesaria para pasar a la ofensiva.
Las consecuencias inmediatas
La derrota en Midway obligó a Japón a cancelar o retrasar múltiples operaciones planificadas. La invasión de Nueva Caledonia, Fiyi y Samoa, destinada a cortar las líneas de comunicación entre Estados Unidos y Australia, fue abandonada. Sin los portaaviones perdidos en Midway, Japón no podía proporcionar cobertura aérea para operaciones anfibias de gran envergadura.
Solo dos meses después de Midway, en agosto de 1942, los Marines estadounidenses desembarcaron en Guadalcanal, iniciando la primera ofensiva terrestre aliada en el Pacífico. Esta campaña, que se prolongaría durante seis meses de combates agotadores, habría sido impensable sin la victoria en Midway. Guadalcanal demostró que Japón no solo había perdido la capacidad de atacar, sino que empezaba a perder la capacidad de defender lo que había conquistado.
El alto mando japonés ocultó la magnitud del desastre a su propia población e incluso a la mayor parte de sus fuerzas armadas. Los marineros supervivientes fueron aislados para evitar que difundieran lo ocurrido. Los heridos fueron atendidos en hospitales separados del resto de militares. La verdad sobre Midway no se conoció públicamente en Japón hasta después de la guerra.
Midway en el contexto global de 1942
La batalla de Midway no fue un acontecimiento aislado, sino parte de una serie de derrotas que marcaron el principio del fin para las potencias del Eje durante 1942. En el frente oriental, el 6.º Ejército alemán avanzaba hacia Stalingrado, donde le esperaba un cerco y una catástrofe que destruirían un ejército entero. En el norte de África, la ofensiva de Rommel se agotaría en El Alamein antes de ser aplastada por la contraofensiva de Montgomery y los desembarcos aliados de la Operación Antorcha.
En los tres teatros principales de la SGM, el Eje alcanzó su máxima extensión territorial en 1942 y comenzó a retroceder. Midway fue la primera de estas derrotas estratégicas, la que inauguró el patrón que definiría el resto de la guerra: las potencias del Eje habían apostado todo a una victoria rápida, y ahora enfrentaban una guerra de desgaste que no podían ganar.
La diferencia fundamental era industrial. Estados Unidos producía más barcos, aviones y armas cada mes. La Unión Soviética, con sus fábricas trasladadas a los Urales, superaba ya a Alemania en producción de tanques y artillería. El Imperio Británico y sus dominios aportaban recursos de todo el mundo. Frente a esta coalición, ni Alemania ni Japón podían sostener una guerra prolongada. Midway fue el momento en que esta realidad se hizo tangible en el Pacífico.
El legado de Midway en la cronología de la guerra
Vista con la perspectiva que da el tiempo, la batalla de Midway ocupa un lugar singular en la cronología de la SGM. No fue la batalla más sangrienta, ni la más larga, ni la que involucró más fuerzas. Pero fue, posiblemente, la que tuvo un impacto estratégico más desproporcionado respecto a su duración y escala. En unas pocas horas de combate, el equilibrio de poder en el Pacífico cambió de forma permanente.
Midway demostró que la guerra moderna podía decidirse en minutos, que la inteligencia podía compensar la inferioridad numérica y que un enemigo aparentemente invencible podía ser derrotado con audacia, preparación y una dosis considerable de fortuna. Para los millones de personas que vivirían los tres años restantes de guerra en el Pacífico, Midway fue el momento en que la derrota dejó de parecer inevitable y la victoria empezó a ser imaginable.