La Carta del Atlántico fue una declaración conjunta firmada por el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt y el primer ministro británico Winston Churchill el 14 de agosto de 1941. Redactada en secreto a bordo de buques de guerra anclados en la bahía de Placentia, en Terranova, este documento estableció ocho principios que debían regir el mundo una vez derrotadas las potencias del Eje. Aunque carecía de fuerza legal vinculante, la Carta del Atlántico se convirtió en la piedra angular de la diplomacia aliada y en el embrión de las instituciones internacionales de posguerra, incluida la propia Organización de las Naciones Unidas.

Roosevelt y Churchill se reúnen a bordo del USS Augusta durante la Conferencia del Atlántico en agosto de 1941
Roosevelt y Churchill a bordo del USS Augusta durante la Conferencia del Atlántico, 9 de agosto de 1941. National Archives and Records Administration · Dominio público

Contexto: una guerra que Estados Unidos aún no combatía

En el verano de 1941, la situación de los aliados era precaria. Gran Bretaña llevaba más de un año resistiendo en solitario tras la caída de Francia. La Luftwaffe había fracasado en la batalla de Inglaterra, pero la batalla del Atlántico estaba lejos de ganarse: los submarinos alemanes hundían buques mercantes a un ritmo alarmante y amenazaban con estrangular las líneas de suministro británicas. En el frente oriental, la Operación Barbarroja avanzaba a una velocidad devastadora desde el 22 de junio, y muchos analistas daban por perdida a la Unión Soviética.

Estados Unidos, por su parte, mantenía oficialmente su neutralidad. La opinión pública norteamericana era mayoritariamente aislacionista: el recuerdo de la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión alimentaban un rechazo visceral a involucrarse en otro conflicto europeo. Roosevelt, sin embargo, estaba convencido de que una victoria del Eje supondría una amenaza existencial para la democracia. Desde 1940 venía buscando fórmulas para ayudar a Gran Bretaña sin declarar formalmente la guerra. La Ley de Préstamo y Arriendo, aprobada en marzo de 1941, permitía suministrar material bélico a cualquier nación cuya defensa se considerara vital para la seguridad de Estados Unidos. Era, como dijo el propio Roosevelt, convertir a América en "el arsenal de la democracia".

Pero Churchill necesitaba más que armas. Necesitaba un compromiso político que vinculara a Estados Unidos con la causa aliada y que sentara las bases del mundo que ambos querían construir una vez acabada la guerra. Para ello hacía falta una reunión cara a cara.

La conferencia secreta de la bahía de Placentia

La idea de un encuentro en alta mar partió de Roosevelt. El secreto era esencial: si se filtraba que el presidente de una nación neutral se reunía con el líder de un país en guerra, el escándalo político en Washington podría ser incontrolable. La operación se planificó con extremo sigilo. Roosevelt anunció que se tomaría unos días de descanso para pescar frente a la costa de Nueva Inglaterra. El 5 de agosto de 1941, a bordo del yate presidencial Potomac, zarpó de New London, Connecticut. Una vez fuera del alcance de la prensa, transbordó al crucero pesado USS Augusta, que puso rumbo al norte.

Churchill, por su parte, cruzó el Atlántico a bordo del acorazado HMS Prince of Wales, el buque más moderno de la Royal Navy. El viaje no estuvo exento de riesgos: los U-Boote alemanes infestaban las aguas del Atlántico Norte y el Prince of Wales aún mostraba las cicatrices de su reciente combate contra el Bismarck, tres meses antes. El primer ministro viajaba acompañado de un nutrido grupo de asesores militares y diplomáticos, decidido a aprovechar al máximo cada minuto con Roosevelt.

El 9 de agosto, ambos líderes se encontraron en la bahía de Placentia, en la costa sureste de Terranova, actual provincia canadiense de Terranova y Labrador. Fue la primera vez que se veían como jefes de Estado, aunque se habían conocido brevemente en 1918. La química entre ambos fue inmediata. Churchill, con su talento para la teatralidad, organizó un oficio religioso conjunto a bordo del Prince of Wales, donde marineros británicos y estadounidenses cantaron himnos lado a lado. Fue una imagen cuidadosamente orquestada para transmitir unidad angloamericana, aunque Estados Unidos estaba técnicamente en paz.

Las conversaciones se prolongaron durante cuatro días, del 9 al 12 de agosto. Los temas abarcaron desde la estrategia militar —qué hacer si Japón atacaba las posesiones británicas en el Pacífico, cómo gestionar la ayuda a la Unión Soviética— hasta las cuestiones políticas de largo plazo que darían forma a la Carta del Atlántico.

Los ocho principios de la Carta del Atlántico

El documento final, publicado el 14 de agosto de 1941 como una declaración conjunta, enunciaba ocho principios fundamentales:

  1. Renuncia a la expansión territorial. Ni Estados Unidos ni Gran Bretaña buscaban ganancias territoriales como resultado de la guerra. Este principio contrastaba deliberadamente con los tratados secretos de la Primera Guerra Mundial, que habían repartido territorios entre los vencedores.

  2. Autodeterminación de los pueblos. Los cambios territoriales debían respetar la voluntad libremente expresada de las poblaciones afectadas. Era una condena implícita de las anexiones forzosas del Eje: Austria, Checoslovaquia, Polonia, los Países Bálticos.

  3. Derecho a elegir su forma de gobierno. Todos los pueblos tenían derecho a escoger libremente el sistema político bajo el cual vivirían. Se prometía restaurar la soberanía y el autogobierno a aquellos que hubieran sido privados de ellos por la fuerza.

  4. Acceso igualitario al comercio y las materias primas. Todos los estados, grandes o pequeños, vencedores o vencidos, debían tener acceso en igualdad de condiciones a los mercados y recursos del mundo. Este punto reflejaba la convicción rooseveltiana de que el proteccionismo y los bloques económicos cerrados habían contribuido a provocar la guerra.

  5. Cooperación económica internacional. Las naciones debían colaborar para mejorar las condiciones laborales, el progreso económico y la seguridad social de todos los pueblos.

  6. Libertad frente al temor y la necesidad. Tras la destrucción de la tiranía nazi, debía establecerse una paz que permitiera a todas las naciones vivir en seguridad dentro de sus fronteras y a todos los individuos vivir libres del miedo y la miseria. Roosevelt ya había enunciado las "cuatro libertades" en enero de 1941 —libertad de expresión, libertad de culto, libertad frente a la necesidad y libertad frente al miedo—, y este principio las incorporaba al marco internacional.

  7. Libertad de navegación en los mares. Los mares debían estar abiertos a todos sin restricciones. Este principio tenía una resonancia inmediata en el contexto de la guerra submarina alemana que amenazaba la supervivencia británica.

  8. Desarme y renuncia al uso de la fuerza. Las naciones agresoras debían ser desarmadas, y debía establecerse un sistema de seguridad colectiva que hiciera innecesario el mantenimiento de grandes ejércitos. Este punto apuntaba directamente a la creación de una organización internacional de seguridad.

Un documento sin firma

Uno de los aspectos más curiosos de la Carta del Atlántico es que nunca fue firmada formalmente. No existe un documento original con las rúbricas de Roosevelt y Churchill. Lo que se publicó fue un comunicado de prensa conjunto, una declaración de principios sin rango de tratado ni fuerza legal vinculante. Esto no fue casual: Roosevelt sabía que un tratado formal requeriría la ratificación del Senado, donde los aislacionistas se opondrían ferozmente. Una declaración de principios, en cambio, no necesitaba aprobación legislativa.

A pesar de su informalidad jurídica, la Carta tuvo un impacto político enorme. Definía públicamente los objetivos de guerra aliados en términos idealistas y universalistas, lo que dificultaba que cualquier potencia aliada pudiera luego reclamar botines territoriales sin contradecir los principios que ella misma había suscrito. Era un compromiso moral más que legal, pero no por ello menos poderoso.

Reacciones y consecuencias inmediatas

La publicación de la Carta del Atlántico provocó reacciones diversas. En Gran Bretaña, fue recibida con entusiasmo moderado. Churchill obtuvo lo que más necesitaba: una demostración pública de la sintonía angloamericana que reforzaba la moral británica y enviaba un mensaje inequívoco a Hitler. Sin embargo, el primer ministro no logró lo que realmente había ido a buscar: una declaración de guerra estadounidense o, al menos, un compromiso militar explícito. Roosevelt se mantuvo firme en su posición de apoyo sin beligerancia.

En Estados Unidos, los aislacionistas reaccionaron con alarma. El senador Gerald Nye acusó a Roosevelt de estar arrastrando al país hacia la guerra a espaldas del Congreso. Otros congresistas denunciaron que un presidente neutral no debía reunirse en secreto con un jefe de gobierno beligerante. Pero la opinión pública, aunque dividida, empezaba a inclinarse hacia la intervención. Las encuestas mostraban que una mayoría creciente de norteamericanos apoyaba ayudar a Gran Bretaña, aunque aún rechazaba enviar tropas.

En la Unión Soviética, Stalin recibió la Carta con desconfianza. Los principios de autodeterminación y no anexión contradecían directamente sus planes para Europa del Este. Aunque la URSS se adhirió formalmente a la Carta en septiembre de 1941, junto con otros nueve gobiernos aliados y en el exilio, las tensiones sobre su aplicación marcarían toda la diplomacia de la posguerra.

Los movimientos de independencia de Asia y África vieron en la Carta del Atlántico una promesa de liberación colonial. Si todos los pueblos tenían derecho a la autodeterminación, ¿no se aplicaba también a la India, Birmania, Indochina o las colonias africanas? Churchill intentó limitar el alcance del documento, afirmando que se refería solo a los países europeos ocupados por el Eje. Pero el gato ya estaba fuera de la bolsa. Líderes como Gandhi, Ho Chi Minh y Kwame Nkrumah citarían la Carta como justificación de sus demandas independentistas durante las décadas siguientes.

De la Carta del Atlántico a la Declaración de las Naciones Unidas

El verdadero legado de la Carta del Atlántico no se materializó en 1941, sino en los años siguientes. Cuando Japón atacó Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941 y Estados Unidos entró formalmente en la guerra, los principios de la Carta pasaron de ser aspiraciones abstractas a convertirse en la base de la coalición aliada.

El 1 de enero de 1942, veintiséis naciones firmaron en Washington la Declaración de las Naciones Unidas, en la que se comprometían a luchar juntas contra las potencias del Eje y a respetar los principios enunciados en la Carta del Atlántico. Fue la primera vez que se utilizó el término "Naciones Unidas", acuñado por el propio Roosevelt. Esta declaración fue el paso intermedio entre la Carta y la creación de la ONU en 1945.

Los ocho principios de la Carta del Atlántico influyeron directamente en la Carta de las Naciones Unidas, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, los Acuerdos de Bretton Woods que crearon el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, y el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), precursor de la Organización Mundial del Comercio. El orden internacional de posguerra —con sus instituciones multilaterales, su énfasis en el libre comercio y su retórica de derechos humanos— es, en gran medida, hijo de aquel documento redactado en cuatro días a bordo de un buque de guerra frente a las costas de Terranova.

Las contradicciones de la Carta

La Carta del Atlántico fue un documento visionario, pero también profundamente contradictorio. Sus firmantes proclamaban la autodeterminación de los pueblos mientras gobernaban los dos mayores imperios coloniales del planeta. Gran Bretaña controlaba la India, Birmania, Malasia, amplias zonas de África y Oriente Medio. Estados Unidos mantenía Filipinas como territorio dependiente y ejercía una influencia hegemónica sobre América Latina. La promesa de libertad para todos los pueblos chocaba frontalmente con la realidad imperial de ambas potencias.

Churchill fue explícito al respecto: la Carta, dijo ante la Cámara de los Comunes, no se aplicaba al Imperio británico. Roosevelt, más ambiguo, presionó discretamente a favor de la descolonización, aunque sin llegar a exigirla. Esta tensión entre principios universales y prácticas imperiales acompañó a la diplomacia aliada durante toda la guerra y estalló con fuerza en la posguerra.

Tampoco se cumplió la promesa de un mundo sin bloques económicos cerrados ni esferas de influencia. La Guerra Fría dividió el mundo en dos bloques antagónicos, y tanto Estados Unidos como la Unión Soviética crearon sus propias áreas de dominio. El ideal de cooperación económica universal tardó décadas en materializarse parcialmente, y aún hoy sigue siendo una aspiración más que una realidad.

La Carta del Atlántico en perspectiva

A pesar de sus contradicciones, la Carta del Atlántico fue uno de los documentos más influyentes del siglo XX. En un momento en que la democracia parecía al borde de la extinción —con la mayor parte de Europa bajo dominio nazi, la URSS tambaleándose y Estados Unidos aún al margen—, dos líderes se reunieron en secreto para imaginar cómo debía ser el mundo cuando la pesadilla terminara. Que muchas de sus promesas se incumplieran no resta importancia al hecho de que fueran formuladas, porque crearon un marco de referencia al que los pueblos oprimidos pudieron apelar durante generaciones.

La Carta del Atlántico demostró que las guerras no se ganan solo con tanques y aviones, sino también con ideas. Roosevelt y Churchill entendieron que para derrotar al fascismo no bastaba con destruir sus ejércitos: había que ofrecer una alternativa moral convincente. Ese fue el verdadero propósito del documento firmado —o, más exactamente, no firmado— en la bahía de Placentia en agosto de 1941.