El 27 de mayo de 1941, el acorazado alemán Bismarck se hundió en las aguas del Atlántico Norte tras una persecución de tres días que movilizó a decenas de buques de la Royal Navy. La cacería del Bismarck fue uno de los episodios navales más dramáticos de la SGM, una historia de orgullo, error de cálculo y determinación que costó la vida a más de 2.000 marineros alemanes y a 1.415 británicos del HMS Hood .

El coloso de la Kriegsmarine
El Bismarck era el buque de guerra más poderoso que Alemania había construido jamás. Botado en febrero de 1939 en presencia de Hitler , desplazaba más de 50.000 toneladas a plena carga, montaba ocho cañones de 380 mm en cuatro torretas dobles y estaba protegido por un cinturón blindado de hasta 320 mm de espesor. Su velocidad máxima de 30 nudos le permitía superar a la mayoría de los acorazados aliados.
La Kriegsmarine lo destinó a la guerra corsaria contra los convoyes atlánticos. El plan, denominado Operación Rheinübung, consistía en que el Bismarck y el crucero pesado Prinz Eugen se adentraran en el Atlántico Norte para atacar el comercio marítimo británico. Si tenían éxito, podrían estrangular las líneas de abastecimiento que mantenían vivas a las islas británicas.
El almirante Günther Lütjens, un oficial experimentado pero pesimista sobre las posibilidades de la misión, recibió el mando de la fuerza. Lütjens habría preferido esperar a que el acorazado gemelo Tirpitz estuviera operativo para operar en pareja, pero el mando naval insistió en actuar cuanto antes.
La salida y la detección
El 18 de mayo de 1941, el Bismarck y el Prinz Eugen zarparon de Gotenhafen (actual Gdynia, Polonia) hacia el Atlántico. La inteligencia británica, alertada por descifrados de Enigma y por informes de agentes en Escandinavia, sospechaba que algo se preparaba. El 21 de mayo, un avión de reconocimiento de la RAF fotografió ambos buques en un fiordo noruego cerca de Bergen.
El Almirantazgo británico reaccionó de inmediato. El vicealmirante Lancelot Holland, a bordo del crucero de batalla HMS Hood, recibió la orden de interceptar a los alemanes en el estrecho de Dinamarca, el paso entre Islandia y Groenlandia. Le acompañaba el flamante acorazado HMS Prince of Wales, que aún no había completado sus pruebas de mar y llevaba técnicos civiles a bordo.
Simultáneamente, cruceros de la Royal Navy patrullaban los posibles pasos de salida al Atlántico. El 23 de mayo, el crucero pesado HMS Suffolk detectó al Bismarck y al Prinz Eugen en el estrecho de Dinamarca mediante su nuevo radar. La persecución había comenzado.
El estrecho de Dinamarca: la muerte del Hood
A las 5:52 de la madrugada del 24 de mayo, el Hood y el Prince of Wales avistaron a los buques alemanes y abrieron fuego. Holland eligió un rumbo de aproximación que exponía a sus buques al fuego enemigo durante largos minutos antes de poder emplear toda su artillería, un error táctico que resultaría fatal.
El Bismarck y el Prinz Eugen respondieron con precisión devastadora. A las 6:00, una salva del Bismarck impactó en el Hood. Lo que sucedió a continuación quedó grabado en la memoria de todos los testigos: una inmensa columna de fuego se elevó desde el centro del crucero de batalla, seguida de una explosión catastrófica que partió el buque en dos. El Hood, orgullo de la Royal Navy durante dos décadas, se hundió en menos de tres minutos. De sus 1.418 tripulantes, solo tres sobrevivieron.
El Prince of Wales, dañado por varios impactos y con averías en sus torretas, se retiró bajo una cortina de humo. El Bismarck había sufrido tres impactos: uno en un tanque de combustible de proa que causaba una pérdida de fuel, otro que inundó un compartimento de generadores y un tercero en el casco. Los daños no eran críticos, pero la pérdida de combustible redujo su autonomía.
El hundimiento del Hood conmocionó al Reino Unido. Churchill transmitió una orden que se convirtió en legendaria: hay que hundir al Bismarck. Toda la flota disponible fue lanzada a su persecución.
La persecución
Lütjens separó al Prinz Eugen para que continuara su misión corsaria de forma independiente y puso rumbo al sureste, hacia el puerto francés de Saint-Nazaire, donde podría reparar los daños del Bismarck. Durante horas, los cruceros Suffolk y Norfolk mantuvieron contacto por radar, guiando a las fuerzas británicas que convergían desde múltiples direcciones.
En la tarde del 24 de mayo, aviones torpederos Swordfish del portaaviones HMS Victorious atacaron al Bismarck. Eran biplanos de tela y madera que parecían reliquias de otra época, pero uno de sus torpedos impactó en el cinturón blindado del acorazado. El daño fue mínimo, pero el ataque demostró que la aviación naval podía alcanzar al buque.
Durante la noche del 24 al 25 de mayo, el Bismarck ejecutó un giro brusco que engañó a los cruceros británicos. El contacto por radar se perdió. Durante más de 30 horas, la Royal Navy buscó desesperadamente al acorazado alemán en la vastedad del Atlántico. Los británicos temían que se les escapara: si el Bismarck alcanzaba la cobertura aérea de la Luftwaffe desde Francia, sería prácticamente intocable.
La suerte cambió el 26 de mayo, cuando un hidroavión Catalina de la RAF localizó al Bismarck a unas 700 millas al oeste de Brest. Solo un buque británico estaba en posición de interceptarlo antes de que llegara a aguas protegidas: el portaaviones HMS Ark Royal, que operaba con la Fuerza H desde Gibraltar.
El torpedo que cambió la guerra
En la tarde del 26 de mayo, los Swordfish del Ark Royal lanzaron un primer ataque que, por error, fue dirigido contra el crucero HMS Sheffield. Por fortuna, los torpedos fallaron. En un segundo ataque al anochecer, quince Swordfish se lanzaron contra el Bismarck en condiciones meteorológicas atroces.
Uno de los torpedos impactó en la popa del Bismarck, dañando gravemente los timones y las hélices. El acorazado quedó girando en círculos, incapaz de mantener un rumbo recto. Fue el golpe decisivo. Lütjens radiografió a Berlín: buque ingobernable. Toda esperanza de alcanzar Francia se desvaneció.
Durante la noche, destructores británicos acosaron al Bismarck con ataques de torpedos, manteniéndolo en tensión permanente. La tripulación alemana, exhausta tras días de combate y persecución, sabía que el amanecer traería el final.
El hundimiento
A las 8:47 de la mañana del 27 de mayo, los acorazados HMS King George V y HMS Rodney abrieron fuego. A menos de 14.000 metros de distancia, los cañones de 406 mm del Rodney y los de 356 mm del King George V golpearon al Bismarck repetidamente. En menos de media hora, las torretas del acorazado alemán fueron silenciadas una por una.
El Bismarck se convirtió en un infierno de acero retorcido e incendios. Los proyectiles británicos destrozaron las superestructuras, pero el buque se resistía a hundirse. Su blindaje inferior y los mamparos estancos mantenían a flote un casco que absorbía un castigo extraordinario. Los británicos dispararon más de 700 proyectiles de grueso calibre y el crucero Dorsetshire lanzó torpedos antes de que el acorazado se hundiera finalmente a las 10:39.
De los 2.221 tripulantes del Bismarck, solo 114 fueron rescatados por buques británicos. El Dorsetshire y el Maori interrumpieron las operaciones de salvamento al detectar lo que creyó ser un submarino, dejando a cientos de hombres en el agua. Dos supervivientes más fueron recogidos por un submarino alemán y un barco meteorológico. El almirante Lütjens pereció con el buque.
Consecuencias
El hundimiento del Bismarck tuvo un impacto profundo en la estrategia naval de ambos bandos. Hitler, conmocionado por la pérdida, prohibió en adelante operaciones de los grandes buques de superficie en el Atlántico sin su autorización personal. El Tirpitz , gemelo del Bismarck, pasó la mayor parte de la guerra escondido en fiordos noruegos, amenazando con su mera presencia a los convoyes del Ártico pero sin entrar nunca en un combate decisivo.
La Kriegsmarine concentró sus esfuerzos en la guerra submarina , que durante 1941 y 1942 alcanzaría su punto máximo de eficacia contra los convoyes aliados. Los grandes acorazados quedaron relegados a un papel secundario.
Para la Royal Navy, la victoria fue agridulce. El Bismarck había sido hundido, pero el precio incluía al HMS Hood y a más de 1.400 de sus tripulantes. La batalla demostró tanto la vulnerabilidad de los cruceros de batalla con blindaje insuficiente como la creciente importancia de la aviación naval. Fueron los frágiles biplanos Swordfish los que decidieron la suerte del combate al inutilizar el timón del Bismarck, un hecho que aceleró la transición de la guerra naval hacia el dominio del portaaviones.
La saga del Bismarck capturó la imaginación del público en ambos bandos y se convirtió en una de las historias navales más narradas de la SGM. El descubrimiento de los restos del acorazado en 1989, a 4.790 metros de profundidad, confirmó que la tripulación había abierto las válvulas de inundación antes del hundimiento, como los supervivientes siempre habían afirmado.