El ataque a Pearl Harbor del 7 de diciembre de 1941 fue el acontecimiento que transformó la SGM de un conflicto europeo y asiático en una guerra verdaderamente mundial. En menos de dos horas, la Armada Imperial Japonesa destruyó o dañó gravemente la mayor parte de la flota del Pacífico estadounidense en su base de Hawái. Al día siguiente, Estados Unidos declaró la guerra a Japón. Cuatro días después, la Alemania nazi y la Italia fascista declararon la guerra a Estados Unidos. Lo que había empezado como agresiones regionales se convirtió, en una sola semana de diciembre, en un conflicto que abarcaba todos los océanos y todos los continentes.

El USS Arizona ardiendo durante el ataque japonés a Pearl Harbor, 7 de diciembre de 1941
El acorazado USS Arizona envuelto en llamas durante el ataque a Pearl Harbor, 7 de diciembre de 1941. National Museum of the U.S. Navy · Dominio público

Por qué Japón atacó Pearl Harbor

Para entender el ataque a Pearl Harbor hay que comprender la situación de Japón en 1941. El Imperio japonés llevaba una década expandiéndose por Asia: Manchuria en 1931, China desde 1937. La guerra en China se había convertido en un pantano que consumía recursos sin ofrecer una victoria clara. Japón necesitaba petróleo, caucho y minerales que no poseía, y los yacimientos del sudeste asiático —en las Indias Orientales Neerlandesas, Malasia y las Filipinas— eran la solución.

El obstáculo era Estados Unidos. En julio de 1941, tras la ocupación japonesa del sur de Indochina, el presidente Roosevelt impuso un embargo total de petróleo a Japón. La medida fue demoledora: Japón importaba más del 80 % de su crudo de Estados Unidos. Sin ese suministro, sus fuerzas armadas quedarían inmovilizadas en menos de un año.

Los líderes japoneses se enfrentaron a una disyuntiva brutal: ceder ante las exigencias estadounidenses de retirarse de China o lanzarse a conquistar por la fuerza los recursos del sudeste asiático, lo que significaba la guerra con Estados Unidos. El primer ministro Hideki Tōjō y la cúpula militar eligieron la segunda opción. El almirante Isoroku Yamamoto, arquitecto del plan, sabía que Japón no podía ganar una guerra prolongada contra la potencia industrial estadounidense. Su estrategia consistía en destruir la flota del Pacífico de un solo golpe para ganar tiempo mientras Japón consolidaba un perímetro defensivo en el Pacífico.

El día de la infamia: 7 de diciembre de 1941

A las 7:48 de la mañana, hora local de Hawái, la primera oleada de 183 aviones japoneses apareció sobre Pearl Harbor. La sorpresa fue total. Los torpederos atacaron los acorazados fondeados en Battleship Row, mientras los bombarderos en picado golpeaban los aeródromos para impedir una respuesta aérea. Una segunda oleada de 167 aviones llegó poco después para completar la destrucción.

El ataque a Pearl Harbor duró apenas dos horas, pero sus resultados fueron devastadores. Cuatro acorazados fueron hundidos, incluido el USS Arizona, cuya explosión mató a 1.177 tripulantes. Otros cuatro acorazados resultaron gravemente dañados. Casi 200 aviones estadounidenses fueron destruidos en tierra. En total, 2.403 estadounidenses perdieron la vida y 1.178 resultaron heridos.

Sin embargo, los japoneses cometieron errores que tendrían consecuencias fatales. Los tres portaaviones de la flota del Pacífico —el Enterprise, el Lexington y el Saratoga— estaban en el mar y se salvaron del ataque. Los depósitos de combustible y los talleres de reparación del arsenal permanecieron intactos. Y la tercera oleada, que Yamamoto había previsto para destruir precisamente esas instalaciones, fue cancelada por el vicealmirante Nagumo, que consideró suficiente el daño causado. Esos portaaviones y esas infraestructuras serían decisivos en los meses siguientes.

La entrada de Estados Unidos en la guerra

La mañana del 8 de diciembre, el presidente Roosevelt se dirigió al Congreso y pronunció uno de los discursos más célebres de la historia estadounidense. Calificó el 7 de diciembre como "una fecha que vivirá en la infamia" y solicitó la declaración de guerra contra Japón. El Congreso la aprobó con un solo voto en contra —el de la pacifista Jeannette Rankin— en apenas 33 minutos.

El efecto del ataque sobre la opinión pública estadounidense fue exactamente opuesto al que Yamamoto había calculado. En lugar de desmoralizar a la nación, Pearl Harbor unificó a un país que hasta entonces estaba profundamente dividido sobre la participación en la guerra. El aislacionismo, que había dominado la política exterior estadounidense durante dos décadas, desapareció de la noche a la mañana. Millones de jóvenes se presentaron voluntarios en las oficinas de reclutamiento. Las fábricas comenzaron a reconvertirse para la producción bélica a un ritmo que ni los más optimistas habían previsto.

El 11 de diciembre, Adolf Hitler cometió lo que muchos historiadores consideran su error estratégico más grave: declaró la guerra a Estados Unidos, cumpliendo su pacto con Japón pero sin estar obligado a ello, ya que el Pacto Tripartito solo exigía asistencia mutua en caso de ser atacado, no de atacar. Mussolini siguió su ejemplo el mismo día. De un plumazo, Roosevelt obtuvo lo que había buscado discretamente durante meses: la guerra en dos frentes, tanto contra Japón como contra Alemania, con el apoyo unánime de la nación.

Pearl Harbor en el contexto de 1941

El ataque a Pearl Harbor no fue un hecho aislado, sino el punto culminante de un año que había transformado radicalmente el carácter de la SGM. En junio, la Alemania nazi había lanzado la Operación Barbarroja contra la Unión Soviética, abriendo el frente más devastador de la guerra. En diciembre, justo cuando los aviones japoneses volaban hacia Hawái, el Ejército Rojo lanzaba su contraofensiva en la batalla de Moscú , la primera gran derrota de la Wehrmacht.

Winston Churchill , que llevaba más de un año resistiendo en solitario contra la Alemania nazi, recibió la noticia del ataque con un alivio que no intentó disimular. En sus memorias escribió: "Así que, después de todo, habíamos ganado". Churchill sabía que la entrada de Estados Unidos en la guerra significaba, a largo plazo, la derrota segura del Eje. La capacidad industrial estadounidense era simplemente abrumadora: en 1941, Estados Unidos producía más acero que Alemania, Japón e Italia juntos. Con esa potencia movilizada para la guerra, la cuestión ya no era si los Aliados ganarían, sino cuándo.

Diciembre de 1941 fue, por tanto, el mes que selló la suerte de la SGM. Antes de Pearl Harbor, la guerra tenía dos escenarios separados: Europa y Asia. Después, se convirtió en un conflicto global con dos grandes alianzas enfrentadas. Los Aliados —Estados Unidos, Gran Bretaña, la Unión Soviética y las naciones que se fueron sumando— contaban con una superioridad industrial, demográfica y de recursos que, una vez movilizada, resultaría insuperable.

La ofensiva japonesa tras Pearl Harbor

El ataque a Pearl Harbor fue solo el primer movimiento de una ofensiva coordinada de dimensiones colosales. En las horas y días posteriores al 7 de diciembre, las fuerzas japonesas atacaron simultáneamente Filipinas, Malasia, Hong Kong , Guam, la isla de Wake y Tailandia. En pocas semanas conquistaron un imperio que se extendía desde Birmania hasta las islas del Pacífico central.

En Filipinas, los bombarderos japoneses destruyeron la fuerza aérea estadounidense en Clark Field apenas diez horas después de Pearl Harbor, a pesar de que el general MacArthur ya conocía la noticia del ataque a Hawái. En Malasia, las tropas japonesas avanzaron a una velocidad asombrosa hacia Singapur, considerada inexpugnable. El 10 de diciembre, aviones japoneses hundieron los acorazados británicos Prince of Wales y Repulse frente a las costas de Malaya, demostrando que la era de los grandes buques de guerra había terminado ante el poder de la aviación naval.

En apenas seis meses, Japón se apoderó de un territorio inmenso, rico en petróleo, caucho y otros recursos estratégicos. El perímetro defensivo que Yamamoto había soñado parecía una realidad. Pero la premisa fundamental de su estrategia —que Estados Unidos aceptaría negociar antes que luchar una guerra larga— resultó completamente equivocada.

Las consecuencias a largo plazo

El ataque a Pearl Harbor tuvo repercusiones que trascendieron lo militar. En el frente interno, Estados Unidos internó a más de 120.000 ciudadanos de origen japonés en campos de concentración, uno de los episodios más vergonzosos de la historia estadounidense y una mancha que el gobierno no reconocería oficialmente hasta 1988.

La movilización industrial estadounidense, acelerada por la indignación de Pearl Harbor, alcanzó cifras que desafiaban la imaginación. En 1942, Estados Unidos produjo 49.000 aviones. En 1943, esa cifra subió a 86.000. En 1944, llegó a 96.000. Los astilleros botaron portaaviones, destructores y submarinos a un ritmo que Japón no podía igualar ni remotamente. La industria del automóvil se reconvirtió en fábricas de tanques, jeeps y camiones. Las mujeres entraron masivamente en la fuerza laboral fabril, simbolizadas por la icónica figura de Rosie the Riveter.

En el plano estratégico, Pearl Harbor consolidó la doctrina de que los portaaviones, no los acorazados, serían las armas decisivas de la guerra naval. Los acorazados hundidos en Battleship Row pertenecían a una era que terminaba; los portaaviones que se salvaron del ataque protagonizarían las grandes batallas del Pacífico en los años siguientes: Midway, el mar del Coral, Leyte.

Un punto de no retorno

El 7 de diciembre de 1941 fue uno de esos momentos en los que la historia gira de forma irreversible. Antes de Pearl Harbor, la SGM era un conjunto de conflictos regionales que podían haber desembocado en negociaciones parciales. Después, se convirtió en una guerra total entre dos bloques irreconciliables, destinada a terminar únicamente con la rendición incondicional de uno de ellos.

Japón consiguió su victoria táctica: la flota del Pacífico quedó temporalmente inutilizada. Pero perdió la apuesta estratégica de forma catastrófica. En lugar de ganar tiempo para consolidar su imperio, despertó la furia de la mayor potencia industrial del planeta. El almirante Yamamoto, según la tradición, lo resumió con una frase que resultó profética: "Me temo que lo único que hemos logrado es despertar a un gigante dormido y llenarlo de una terrible determinación". Esa determinación conduciría, tres años y ocho meses después, a la rendición incondicional de Japón en la bahía de Tokio.