El asedio de Leningrado fue el bloqueo militar más largo y mortífero de la historia moderna. Durante 872 días, desde septiembre de 1941 hasta enero de 1944, la Wehrmacht y el ejército finlandés mantuvieron cercada la segunda ciudad de la Unión Soviética, condenando a su población civil a una hambruna que mató a más de un millón de personas. Lo que ocurrió dentro de la ciudad sitiada fue una combinación de sufrimiento extremo, heroísmo cotidiano y una determinación de resistir que desafía la comprensión.

El cerco se cierra: septiembre de 1941
Cuando la Operación Barbarroja se lanzó el 22 de junio de 1941, Leningrado era uno de los tres objetivos principales del ataque alemán, junto con Moscú y Kiev. El Grupo de Ejércitos Norte, bajo el mando del mariscal von Leeb, avanzó a una velocidad vertiginosa a través de los estados bálticos, cubriendo más de 700 kilómetros en dos meses.
El 8 de septiembre de 1941, las tropas alemanas capturaron Shliselburg, en la orilla sur del lago Ládoga, completando el cerco terrestre de Leningrado. La ciudad quedó aislada del resto de la Unión Soviética. Dentro del anillo de hierro había casi tres millones de civiles —entre ellos 400.000 niños— además de las tropas del Frente de Leningrado.
Hitler había decidido que Leningrado no sería conquistada por asalto, sino destruida por hambre y bombardeo. La ciudad que llevaba el nombre de Lenin tenía un valor simbólico inmenso para la propaganda nazi: su aniquilación demostraría la superioridad del Reich sobre el bolchevismo. Las órdenes alemanas eran explícitas: no aceptar la rendición aunque fuera ofrecida. La población debía morir.
El primer invierno: hambre y muerte
Nada en la experiencia humana moderna puede compararse con lo que Leningrado sufrió durante el invierno de 1941-1942. Las reservas de alimentos de la ciudad eran escasas: los almacenes de Badáyev, que contenían gran parte de las provisiones, habían sido destruidos por bombarderos alemanes el 8 de septiembre. Las raciones se redujeron progresivamente hasta alcanzar niveles de inanición.
En noviembre de 1941, la ración diaria de pan para los trabajadores era de 250 gramos; para los dependientes —niños, ancianos, enfermos—, apenas 125 gramos. Ese pan contenía más celulosa, serrín y otros aditivos que harina. Las calorías disponibles por persona oscilaban entre 500 y 600 diarias, menos de un tercio de lo necesario para sobrevivir.
La gente comió todo lo que pudo encontrar: cuero de cinturones y zapatos hervido, pegamento de papel pintado, gelatina técnica, aceite de máquinas. Los animales domésticos desaparecieron. Las palomas y los gorriones fueron cazados hasta la extinción local. Se documentaron casos de canibalismo, tanto de cadáveres como de personas asesinadas para ser devoradas. La policía soviética creó una unidad especial para investigar estos crímenes.
El frío agravó la catástrofe. El invierno de 1941-1942 fue excepcionalmente severo, con temperaturas que descendieron por debajo de los 40 grados bajo cero. La calefacción central dejó de funcionar porque no había combustible. Los habitantes quemaban muebles, libros y marcos de las puertas para calentarse. El agua corriente se congeló y había que recoger agua del Nevá o de los agujeros causados por los bombardeos.
Entre noviembre de 1941 y febrero de 1942, morían entre 3.000 y 4.000 personas al día. Los cadáveres se amontonaban en las calles porque los vivos no tenían fuerza para enterrarlos. Los cementerios estaban helados y era imposible cavar tumbas individuales: se excavaban fosas comunes con dinamita. Se estima que solo durante ese primer invierno murieron más de 600.000 personas, casi todas de hambre.
La Ruta de la Vida: el camino sobre el hielo
La única conexión de Leningrado con el exterior era el lago Ládoga, al noreste de la ciudad. En noviembre de 1941, cuando el lago se congeló, los soviéticos abrieron una ruta de transporte sobre el hielo que bautizaron como la Doroga Zhizni, la Ruta de la Vida. Camiones cargados de alimentos y suministros cruzaban el lago helado bajo el bombardeo constante de la artillería y la aviación alemanas.
La ruta era extraordinariamente peligrosa. El hielo a menudo era demasiado delgado y los camiones se hundían. Los conductores conducían con las puertas abiertas para poder saltar si el hielo cedía. Centenares de camiones se perdieron en las aguas heladas del Ládoga. Pero cada camión que llegaba significaba miles de raciones de pan, y la ruta salvó a Leningrado de la aniquilación total.
En la dirección contraria, la Ruta de la Vida permitió evacuar a centenares de miles de civiles: niños, ancianos, enfermos y trabajadores especializados que la industria bélica necesitaba en la retaguardia. Las evacuaciones se realizaban en condiciones atroces, con personas debilitadas por meses de hambre transportadas en camiones abiertos a temperaturas árticas.
La ciudad que no se rindió
Pese al horror, Leningrado no se rindió ni dejó de funcionar. Las fábricas de la ciudad continuaron produciendo tanques, municiones y equipamiento militar. Los obreros trabajaban turnos de doce horas con raciones de hambre, desmayándose junto a las máquinas. La Orquesta Filarmónica de Leningrado interpretó la Séptima Sinfonía de Shostakóvich en agosto de 1942, un acto de desafío cultural que se retransmitió por altavoces hacia las líneas alemanas.
Stalin envió al general Gueorgui Zhúkov a Leningrado en septiembre de 1941 para organizar la defensa. Zhúkov estabilizó el frente con su brutalidad característica, amenazando con fusilar a cualquier comandante que retrocediera. Pero fue la resistencia de la población civil, más que las decisiones militares, la que definió el carácter del asedio.
La Operación Iskra y el fin del bloqueo
En enero de 1943, el Ejército Rojo lanzó la Operación Iskra (Chispa), un ataque coordinado desde el interior y el exterior del cerco que abrió un estrecho corredor terrestre al sur del lago Ládoga. El corredor, de apenas 10 kilómetros de ancho y bajo fuego constante de la artillería alemana, permitió construir una línea ferroviaria que alivió el suministro de la ciudad.
El asedio no se levantó completamente hasta enero de 1944, cuando una gran ofensiva soviética empujó a los alemanes lejos de la ciudad. Cuando por fin terminó el bloqueo, Leningrado había sido sometida a 872 días de sitio. La cifra de muertos civiles se estima entre 800.000 y 1,5 millones de personas, la mayoría por hambre. Fue la mayor pérdida de vidas civiles en una sola ciudad durante toda la SGM.
El sitio de Leningrado en la memoria
El asedio de Leningrado fue uno de los capítulos más terribles de la SGM y una de las mayores tragedias de la historia humana. Ningún otro evento del conflicto combinó durante tanto tiempo un sufrimiento tan extremo con una resistencia tan obstinada. La ciudad recibió el título de Ciudad Heroica de la Unión Soviética, y el cementerio de Piskarévskoye, donde descansan medio millón de víctimas en fosas comunes, se convirtió en uno de los memoriales más sobrecogedores del mundo.
En el contexto de 1941, el inicio del asedio marcó el carácter brutal que la guerra en el frente oriental tendría durante los cuatro años siguientes. No se trataba de una guerra convencional con reglas y prisioneros: era una guerra de aniquilación en la que la población civil era un objetivo deliberado. Leningrado fue la primera gran demostración de esa realidad.