La entrada de Italia en la SGM el 10 de junio de 1940 fue una apuesta calculada de Benito Mussolini para sentarse a la mesa de los vencedores sin haber pagado el precio de la victoria. Con Francia al borde del colapso y Gran Bretaña aparentemente derrotada, el Duce declaró la guerra convencido de que el conflicto terminaría en semanas. Se equivocó por completo. La participación italiana en la guerra reveló las debilidades profundas de un régimen que había construido su imagen sobre una retórica grandiosa respaldada por una realidad militar mediocre.

La declaración de guerra: 10 de junio de 1940
Desde el balcón del Palazzo Venezia en Roma, ante una multitud congregada en la piazza, Mussolini anunció que Italia declaraba la guerra a Francia y Gran Bretaña. El momento estaba cuidadosamente elegido: las tropas alemanas ya habían cruzado el Sena y París caería cuatro días después. El presidente Roosevelt calificó la jugada con una frase memorable: "La mano que sostenía el puñal la ha hundido en la espalda de su vecino".
Italia llevaba meses vacilando. Cuando Alemania invadió Polonia en septiembre de 1939, Mussolini declaró la "no beligerancia" —no la neutralidad, un término que consideraba indigno— alegando que las fuerzas armadas italianas no estaban preparadas. Y no lo estaban. El ejército italiano sufría de un equipamiento anticuado, una doctrina táctica obsoleta, una logística deficiente y un cuerpo de oficiales en el que la lealtad política pesaba más que la competencia profesional.
Pero Mussolini temía llegar tarde al reparto del botín. Quería Niza, Córcega, Túnez, Yibuti y el control del Mediterráneo. Necesitaba "unos miles de muertos para sentarse a la mesa de la paz como beligerante", según confesó al jefe de su estado mayor. Esa frase brutal resume la frivolidad criminal con la que Italia entró en la guerra.
La campaña contra Francia: una humillación
El 20 de junio de 1940, diez días después de la declaración de guerra y apenas dos días antes del armisticio franco-alemán, Italia lanzó su ofensiva contra el sureste de Francia. Treinta y dos divisiones italianas atacaron las posiciones francesas en los Alpes, defendidas por solo seis divisiones que, además, ya habían recibido la orden de no reforzar sus líneas.
El resultado fue bochornoso. Las tropas italianas avanzaron apenas unos kilómetros contra una defensa francesa que, pese a estar numéricamente superada y moralmente devastada por la derrota ante Alemania, resistió con eficacia en el terreno montañoso. Italia sufrió más de 6.000 bajas, incluyendo centenares de casos de congelación en los pasos alpinos, mientras que las bajas francesas fueron mínimas. El armisticio del 24 de junio concedió a Italia una zona de ocupación insignificante.
La campaña contra Francia reveló inmediatamente las carencias del ejército italiano: falta de coordinación entre armas, ausencia de apoyo aéreo eficaz, logística caótica y una moral que no resistía el contacto con el enemigo. Estos problemas se repetirían en todos los frentes donde Italia combatiría durante los años siguientes.
La guerra en el norte de África
Mussolini veía en el norte de África la oportunidad de construir un imperio mediterráneo. Italia contaba con una fuerza considerable en Libia —más de 200.000 soldados bajo el mando del mariscal Graziani— frente a los escasos 36.000 hombres del general Wavell en Egipto. En septiembre de 1940, Graziani cruzó la frontera egipcia y avanzó unos 100 kilómetros hasta Sidi Barrani, donde se detuvo para establecer una línea de campamentos fortificados.
En diciembre de 1940, los británicos lanzaron la Operación Compass, un contraataque limitado que se convirtió en una victoria espectacular. En dos meses, las fuerzas de Wavell avanzaron 800 kilómetros a lo largo de la costa libia, capturaron más de 130.000 prisioneros italianos y destruyeron diez divisiones con pérdidas mínimas. La humillación fue tan completa que Hitler se vio obligado a enviar a Erwin Rommel y el Afrika Korps para evitar que Italia perdiera toda su colonia norteafricana.
La dependencia de la ayuda alemana se convirtió en una constante de la participación italiana en la guerra. Mussolini, que había soñado con una guerra paralela en la que Italia lucharía por sus propios objetivos sin subordinarse a Berlín, acabó convertido en un socio menor que necesitaba a Alemania para sostenerse en cada frente.
El desastre de Grecia
El 28 de octubre de 1940, Mussolini lanzó lo que pretendía ser una campaña relámpago contra Grecia desde Albania, ocupada por Italia desde 1939. La invasión fue preparada con una negligencia asombrosa: los servicios de inteligencia subestimaron al ejército griego, los suministros eran insuficientes y el ataque se lanzó en pleno otoño, cuando las lluvias y el barro convertían las montañas del Epiro en un terreno intransitable.
Los griegos, bajo el mando del general Papagos, no solo detuvieron la ofensiva italiana en dos semanas sino que lanzaron una contraofensiva que empujó a los italianos de vuelta a Albania. Para diciembre de 1940, las tropas griegas habían penetrado en territorio albanés y los italianos se enfrentaban a una derrota catastrófica. Mussolini tuvo que pedir socorro a Hitler, quien en abril de 1941 lanzaría la invasión de Grecia y Yugoslavia para rescatar a su aliado.
La debacle griega tuvo consecuencias estratégicas que trascendieron los Balcanes. Hitler tuvo que desviar fuerzas hacia el sureste de Europa, lo que probablemente retrasó varias semanas el lanzamiento de la Operación Barbarroja contra la Unión Soviética. Ese retraso —aunque los historiadores discuten su importancia exacta— pudo haber sido decisivo en el fracaso alemán ante Moscú en diciembre de 1941.
Las fuerzas armadas italianas: entre el mito y la realidad
La imagen de un ejército italiano uniformemente incompetente es un estereotipo que distorsiona la realidad. Muchas unidades italianas combatieron con valor y eficacia, especialmente la División Folgore de paracaidistas, los Bersaglieri y los marineros de la Regia Marina. Los pilotos italianos volaban aviones inferiores a los de sus adversarios, pero lo hacían con una habilidad que sus enemigos reconocían.
El problema no estaba en los soldados sino en el sistema. Italia carecía de la base industrial para sostener una guerra moderna. Su producción de acero era una fracción de la alemana o la británica. Sus tanques eran ligeros y estaban mal blindados. Su artillería era anticuada. Sus comunicaciones dependían de cables telefónicos en una era que exigía radio. Y, sobre todo, la cadena de mando era disfuncional: Mussolini tomaba decisiones militares por motivos políticos, los generales competían entre sí y la coordinación entre el ejército, la marina y la fuerza aérea era prácticamente inexistente.
Italia en 1940: el principio del fin del fascismo
La entrada de Italia en la guerra en 1940 comenzó un camino que llevaría, tres años después, a la capitulación de Italia en septiembre de 1943, a la caída de Mussolini, a la guerra civil y a la ocupación alemana. Cada campaña que Mussolini iniciaba terminaba en desastre o en dependencia de Alemania.
Para el pueblo italiano, la guerra significó racionamiento, bombardeos, pérdida de hijos y maridos, y la creciente conciencia de que el régimen fascista los había arrastrado a una catástrofe. La retórica imperial de Mussolini se estrellaba cada día contra una realidad de derrotas, hambre y muerte. El Duce que había prometido un nuevo Imperio Romano acabó convertido en un títere de Hitler, rescatado por paracaidistas alemanes tras su arresto y ejecutado por partisanos italianos en los últimos días de la guerra.
Junio de 1940 fue el momento en que las ambiciones desmedidas de un dictador condenaron a un país entero. Italia pagó un precio altísimo por la vanidad de un hombre que quiso jugar a la guerra sin tener con qué ganarla.