La caída de Francia en 1940 fue uno de los acontecimientos más impactantes de la SGM y de toda la historia militar moderna. En apenas seis semanas, entre el 10 de mayo y el 22 de junio, la Wehrmacht destruyó al ejército que se consideraba el más poderoso de Europa, ocupó París sin disparar un solo tiro y obligó al gobierno francés a firmar un armisticio humillante en el mismo vagón de tren donde Alemania había capitulado en 1918. La derrota francesa no solo cambió el curso de la guerra: transformó el equilibrio de poder mundial y dejó al Reino Unido como único adversario de Hitler en el continente europeo.

Tropas alemanas a caballo desfilan por la avenida Foch de París en junio de 1940
Tropas alemanas desfilan por la avenida Foch de París tras la caída de Francia, junio de 1940. Bundesarchiv / Heinz Fremke · CC BY-SA 3.0

Francia antes de la caída: la falsa seguridad de 1940

Cuando estalló la guerra en septiembre de 1939, Francia se sentía preparada. El ejército francés era el más grande de Europa occidental, con más de cinco millones de hombres movilizados, una flota de blindados numéricamente superior a la alemana y la Línea Maginot, una cadena de fortificaciones que se extendía a lo largo de la frontera con Alemania desde Suiza hasta Luxemburgo. La confianza en esta línea defensiva era casi absoluta: sus búnkeres de hormigón, sus cañones retráctiles y sus galerías subterráneas se consideraban inexpugnables.

Sin embargo, la Línea Maginot no cubría la frontera con Bélgica. Los estrategas franceses asumían que cualquier ataque alemán por el norte sería detenido enviando al grueso del ejército aliado —franceses y británicos— a Bélgica para establecer una línea defensiva a lo largo de los ríos Dyle y Mosa. Este supuesto resultaría fatal.

Los meses entre septiembre de 1939 y mayo de 1940, conocidos como la drôle de guerre o guerra de broma, erosionaron la moral francesa. No hubo combates significativos en el frente occidental. Los soldados se aburrían en sus posiciones, la población civil se preguntaba si la guerra era realmente necesaria y la clase política estaba dividida entre quienes querían luchar y quienes preferían negociar. Cuando el ataque llegó, Francia no estaba psicológicamente preparada para la violencia que se le venía encima.

La ofensiva alemana: el plan que nadie esperaba

El 10 de mayo de 1940, Alemania lanzó simultáneamente su ofensiva contra Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Francia. La operación tenía tres ejes de ataque coordinados que funcionaban como una trampa gigantesca.

En el norte, el Grupo de Ejércitos B atacó Holanda y Bélgica con paracaidistas y divisiones de infantería. Su objetivo no era la victoria decisiva, sino actuar como señuelo: atraer a los mejores ejércitos aliados hacia el norte, exactamente como los franceses habían planeado. Y funcionó. En cuanto comenzó el ataque, el Primer Ejército francés y la Fuerza Expedicionaria Británica avanzaron hacia Bélgica según lo previsto, adentrándose en la trampa.

Mientras tanto, el golpe principal —el Sichelschnitt o corte de hoz— lo asestaba el Grupo de Ejércitos A a través de las Ardenas. Siete divisiones Panzer se abrieron paso por las estrechas carreteras boscosas de las Ardenas luxemburguesas y belgas, un terreno que el alto mando francés consideraba intransitable para formaciones blindadas. Los franceses habían dejado este sector cubierto únicamente por divisiones de reserva de segunda categoría.

Holanda capituló el 14 de mayo, solo cuatro días después de la invasión, tras el devastador bombardeo de Róterdam que destruyó el centro de la ciudad y mató a cientos de civiles.

La ruptura en Sedán: el punto de no retorno

El 13 de mayo de 1940 se produjo el momento decisivo de toda la campaña. Las divisiones Panzer de Guderian alcanzaron el río Mosa a la altura de Sedán —la misma ciudad donde Francia había sufrido su gran derrota frente a Prusia en 1870— y lanzaron un cruce bajo un bombardeo masivo de la Luftwaffe.

Cientos de Stukas se turnaron durante horas machacando las posiciones francesas en la orilla sur. Los defensores, soldados de reserva con escaso entrenamiento, soportaron un castigo aéreo sin precedentes. Cuando los zapadores alemanes cruzaron el río en botes de goma y los primeros tanques comenzaron a pasar por pontones improvisados, las unidades francesas del sector se derrumbaron. El pánico se extendió como un incendio forestal. Soldados que habían resistido horas de bombardeo simplemente abandonaron sus posiciones y huyeron hacia el sur.

Los contraataques franceses fueron insuficientes y mal coordinados. La aviación aliada intentó destruir los puentes sobre el Mosa, pero la Luftwaffe y la artillería antiaérea alemana causaron pérdidas devastadoras entre los bombarderos británicos y franceses. En un solo día, la RAF perdió más de cuarenta aviones en ataques suicidas contra los puentes de Sedán sin lograr destruir ninguno.

La brecha se ensanchó con rapidez. Para el 15 de mayo, los blindados alemanes habían penetrado más de cincuenta kilómetros en territorio francés y avanzaban hacia el oeste a una velocidad que alarmaba incluso al propio alto mando alemán. El general Guderian, desoyendo las órdenes de detenerse, empujó a sus divisiones hacia el canal de la Mancha con una audacia que rozaba la temeridad.

La carrera hacia el mar y la trampa de Dunkerque

Entre el 15 y el 20 de mayo, la Blitzkrieg demostró todo su potencial destructivo. Las divisiones Panzer atravesaron el norte de Francia como un cuchillo caliente en mantequilla, cortando las comunicaciones entre los ejércitos aliados del norte y el resto de Francia. El 20 de mayo, la 2.ª División Panzer alcanzó Abbeville, en la desembocadura del río Somme, llegando al canal de la Mancha. Los ejércitos aliados desplegados en Bélgica —más de un millón de soldados franceses, británicos y belgas— quedaron atrapados en una bolsa que se encogía por horas.

El primer ministro francés, Paul Reynaud, telefoneó desesperado a Winston Churchill , recién nombrado primer ministro británico, para decirle: "Hemos sido derrotados. Hemos perdido la batalla". Churchill, incrédulo, voló a París el 16 de mayo y encontró a los generales franceses quemando archivos en los jardines del Quai d'Orsay. Fue entonces cuando comprendió la magnitud del desastre.

Los intentos de contraataque fueron demasiado escasos y tardíos. El 21 de mayo, una fuerza británica lanzó un ataque blindado en Arras que sorprendió a las tropas de Rommel y causó un momento de pánico en el mando alemán, pero carecía de la fuerza necesaria para invertir la situación. El ejército belga, presionado desde el este, capituló el 28 de mayo.

La evacuación de Dunkerque, entre el 26 de mayo y el 4 de junio, salvó a más de 338.000 soldados aliados —unos 215.000 británicos y 123.000 franceses— transportándolos a través del canal de la Mancha en una flota improvisada de destructores, barcos mercantes y embarcaciones civiles. Fue un éxito logístico extraordinario, pero también una derrota militar: todo el equipamiento pesado quedó abandonado en las playas. Churchill advirtió con lucidez: "Las guerras no se ganan con evacuaciones".

La caída de París y el derrumbe final

Tras Dunkerque, Alemania lanzó la segunda fase de la campaña, denominada Fall Rot (Caso Rojo), el 5 de junio de 1940. Las fuerzas francesas que quedaban intentaron organizar una línea defensiva a lo largo de los ríos Somme y Aisne, pero estaban desmoralizadas, mal equipadas y numéricamente inferiores tras las pérdidas del mes anterior.

La resistencia fue desigual. Algunas unidades francesas combatieron con tenacidad notable, infligiendo bajas significativas a los atacantes. Los cadetes de la escuela militar de Saumur defendieron los puentes sobre el Loira durante dos días contra fuerzas muy superiores. Pero estos actos de valor aislados no podían cambiar el resultado de una campaña ya perdida.

El gobierno francés abandonó París el 10 de junio, declarándola ciudad abierta para evitar su destrucción. Cuatro días después, el 14 de junio, las tropas alemanas entraron en una capital desierta y silenciosa. Los soldados de la Wehrmacht desfilaron por los Campos Elíseos ante las miradas atónitas de los pocos parisinos que quedaban. La bandera con la esvástica ondeó sobre el Arco de Triunfo.

El mismo día que los alemanes entraban en París, Italia declaró la guerra a Francia y atacó por el sureste, aunque sus tropas apenas lograron avanzar contra la resistencia francesa en los Alpes. Mussolini quería sentarse a la mesa de los vencedores sin haber pagado el precio de la victoria.

Millones de civiles franceses huían hacia el sur en el éxodo de 1940 , una de las mayores migraciones forzadas de la historia europea. Entre seis y diez millones de personas —hombres, mujeres, niños, ancianos— atestaban las carreteras con carros, bicicletas, coches y a pie, bombardeados periódicamente por la Luftwaffe. El caos del éxodo colapsó las comunicaciones militares francesas y aceleró el derrumbe.

El armisticio: la humillación en el vagón de Compiègne

El mariscal Philippe Pétain, héroe de Verdún en la Primera Guerra Mundial, asumió la jefatura del gobierno el 16 de junio de 1940 y solicitó inmediatamente un armisticio. El general Charles de Gaulle, que se había distinguido como uno de los pocos comandantes que lograron éxitos tácticos con sus blindados durante la campaña, huyó a Londres y el 18 de junio lanzó por la BBC su célebre llamamiento a la resistencia: "Francia ha perdido una batalla, pero no ha perdido la guerra".

Hitler impuso deliberadamente una ceremonia de rendición cargada de simbolismo. El armisticio se firmó el 22 de junio de 1940 en el claro del bosque de Compiègne, en el mismo vagón de ferrocarril donde Alemania había firmado su propia rendición el 11 de noviembre de 1918. Hitler asistió en persona, sentándose en la misma silla que había ocupado el mariscal Foch veintidós años antes. Tras escuchar el preámbulo, se levantó y se marchó, dejando que sus generales completaran los detalles. La venganza simbólica por la humillación de 1918 era total.

Las condiciones del armisticio eran severas. Francia quedó dividida en dos zonas: el norte y la costa atlántica bajo ocupación alemana directa, y el sur bajo un gobierno colaboracionista con sede en la ciudad termal de Vichy, presidido por Pétain. El ejército francés fue desmovilizado salvo una fuerza simbólica. Francia debía pagar los costes de la ocupación alemana, una suma ruinosa que sangraba la economía del país. La flota francesa, una de las más poderosas del mundo, debía permanecer en sus puertos bajo supervisión alemana, aunque Alemania prometió no utilizarla, una promesa en la que los británicos no confiaron.

Las causas de la derrota: más allá de la Blitzkrieg

La caída de Francia no se explica únicamente por la superioridad táctica alemana. Fue el resultado de una combinación de factores militares, políticos y psicológicos que se reforzaron mutuamente.

En lo militar, el alto mando francés bajo el general Gamelin cometió errores estratégicos decisivos. La confianza ciega en la Línea Maginot y la subestimación de las Ardenas como ruta de invasión fueron fallos de inteligencia y planificación que la audacia alemana explotó al máximo. La doctrina francesa era rígida y lenta: los comandantes esperaban órdenes de arriba antes de actuar, mientras que los oficiales alemanes tomaban decisiones sobre el terreno con agresividad e iniciativa. La aviación francesa era numéricamente inferior y estaba dispersa, sin capacidad para concentrar su fuerza donde más se necesitaba.

En lo político, Francia llegó a la guerra dividida. La sociedad estaba fracturada entre izquierda y derecha, entre partidarios de resistir y partidarios de negociar, entre quienes veían en Hitler al enemigo y quienes veían en el comunismo soviético la verdadera amenaza. Esta división paralizó la toma de decisiones en los momentos críticos.

En lo psicológico, el recuerdo de la Primera Guerra Mundial pesaba como una losa. Francia había perdido 1,4 millones de hombres entre 1914 y 1918. Una generación entera estaba marcada por aquel trauma. La voluntad de evitar otra carnicería —comprensible y humana— se tradujo en una mentalidad defensiva que resultó incompatible con la velocidad y violencia de la guerra moderna.

Consecuencias de la caída de Francia

La derrota francesa transformó la SGM. Lo que había comenzado como un conflicto europeo localizado se convirtió en una lucha por la supervivencia del mundo libre. Con Francia fuera de combate, el Reino Unido quedó solo frente a una Alemania que controlaba la mayor parte de Europa occidental, desde el Ártico noruego hasta los Pirineos.

Churchill rechazó cualquier negociación y preparó a su país para resistir. La batalla de Inglaterra, que comenzaría semanas después, decidiría si Hitler podía completar su dominio sobre Europa occidental o si la isla resistiría como base para una futura liberación del continente.

El imperio colonial francés quedó dividido entre los leales a Vichy y los que se unieron a la Francia Libre de De Gaulle. Esta fractura tendría consecuencias que se prolongarían mucho más allá de la guerra.

Para Alemania, la victoria en Francia fue el momento de máximo triunfo del Tercer Reich. Hitler alcanzó un prestigio entre los alemanes que ningún líder había tenido desde Bismarck. Los generales que habían dudado de sus planes quedaron silenciados. La confianza en la invencibilidad de la Wehrmacht se convirtió en un dogma peligroso que conduciría, apenas un año después, a la desastrosa decisión de invadir la Unión Soviética.

La caída de Francia en 1940 demostró que ninguna potencia, por poderosa que parezca, es invulnerable cuando la complacencia estratégica se encuentra con un enemigo decidido a explotar cada debilidad. Fue una lección que el mundo no olvidaría.