El 3 de julio de 1940, la Royal Navy abrió fuego contra la flota francesa anclada en la base naval de Mers-el-Kébir, cerca de Orán, en la Argelia francesa. En apenas diez minutos de bombardeo, casi 1.300 marineros franceses murieron y varios buques de guerra quedaron destruidos o gravemente dañados. Aliados hasta hacía apenas dos semanas, franceses y británicos se enfrentaban ahora con las armas. El ataque, conocido como Operación Catapult, fue una de las decisiones más controvertidas y dolorosas de Winston Churchill durante la SGM.

Francia capitula: el dilema de la flota
La caída de Francia en junio de 1940 planteó al Reino Unido un problema estratégico de primera magnitud. Tras la batalla de Francia y el armisticio firmado el 22 de junio, la Marina Nacional francesa —la cuarta más poderosa del mundo— quedaba en una situación ambigua. El armisticio establecía que la flota francesa sería desarmada bajo supervisión alemana e italiana, pero el gobierno de Vichy del mariscal Pétain aseguraba que los buques nunca serían entregados al enemigo.
Churchill no podía permitirse confiar en esas garantías. Si Alemania se apoderaba de la flota francesa y la sumaba a la Kriegsmarine y a la Regia Marina italiana, la superioridad naval británica —el pilar fundamental de la defensa del Reino Unido— quedaría comprometida. La flota francesa incluía acorazados modernos como el Dunkerque y el Strasbourg, cruceros pesados y decenas de destructores y submarinos. En manos del Eje, estos buques podían alterar el equilibrio del poder naval en el Atlántico y el Mediterráneo.
El gabinete de guerra británico debatió extensamente la cuestión. La decisión final fue categórica: había que neutralizar la flota francesa por cualquier medio necesario. Churchill lo describió después como la decisión más odiosa y antinatural que jamás tuvo que tomar.
La Operación Catapult
El plan británico contemplaba acciones simultáneas contra los buques franceses en varios puertos. En Portsmouth y Plymouth, los navíos franceses fondeados fueron abordados por fuerzas británicas en operaciones nocturnas que se ejecutaron con relativa facilidad, aunque con momentos de tensión. En Alejandría, el almirante Cunningham negoció con su homólogo francés, el almirante Godfroy, un acuerdo pacífico de desarme. Pero en Mers-el-Kébir, la situación era radicalmente distinta.
La Fuerza H, al mando del vicealmirante James Somerville, se presentó frente a Mers-el-Kébir con el acorazado HMS Hood, los acorazados HMS Valiant y HMS Resolution, el portaaviones HMS Ark Royal y una escolta de cruceros y destructores. Somerville, que sentía una profunda incomodidad ante la misión, envió al capitán Cedric Holland como emisario ante el almirante francés Marcel-Bruno Gensoul.
Holland presentó un ultimátum con varias opciones: unirse a la Royal Navy para continuar la lucha contra Alemania; navegar con tripulaciones reducidas hacia puertos británicos donde los buques serían custodiados hasta el final de la guerra; dirigirse a puertos franceses en las Antillas o a Estados Unidos para ser desarmados; o hundir los propios buques en el plazo de seis horas. Si ninguna opción era aceptada, Somerville tenía órdenes de destruir la flota francesa.
Las negociaciones fallidas
Gensoul se negó a recibir personalmente a Holland y envió a su ayudante, lo que ya indicaba el tono de las conversaciones. El almirante francés consideraba el ultimátum una afrenta intolerable al honor de la Marina Nacional. Informó al Almirantazgo de Vichy de la situación, pero en su comunicación omitió varias de las opciones ofrecidas por los británicos, presentando el ultimátum de forma más cruda de lo que realmente era.
Desde Vichy, el almirante Darlan ordenó a Gensoul resistir y envió refuerzos desde otros puertos del norte de África. Cuando los británicos interceptaron estos mensajes, la ventana para una solución negociada se cerró. El Almirantazgo en Londres presionó a Somerville para que actuara antes de que los refuerzos franceses llegaran.
Las horas transcurrieron en un clima de tensión creciente. Gensoul finalmente accedió a recibir a Holland a las 16:15, pero para entonces Londres había perdido la paciencia. A las 16:54, Somerville dio la orden de abrir fuego.
Diez minutos de fuego
Los acorazados británicos dispararon a una distancia de apenas 15.000 metros contra buques que estaban fondeados y no podían maniobrar con facilidad en el estrecho puerto. El efecto fue devastador.
El acorazado Bretagne recibió varios impactos que provocaron la explosión de sus santabárbaras. El buque se hundió en pocos minutos, arrastrando consigo a 977 de sus tripulantes. Fue la mayor pérdida de vidas en un solo buque durante toda la batalla. El Dunkerque sufrió daños graves y quedó varado. El Provence, alcanzado por varios proyectiles, tuvo que ser embarrancado para evitar su hundimiento. El destructor Mogador perdió la popa por la explosión de sus cargas de profundidad al ser alcanzado.
Sin embargo, el crucero de batalla Strasbourg logró escapar. Aprovechando el humo y la confusión, el buque se abrió paso junto a varios destructores y alcanzó mar abierto. Los aviones torpederos del Ark Royal intentaron interceptarlo, pero el Strasbourg esquivó los torpedos y llegó a Tolón, donde permaneció el resto de la guerra hasta ser hundido por su propia tripulación en noviembre de 1942 para evitar su captura por los alemanes.
En total, 1.297 marineros franceses murieron en Mers-el-Kébir y otros 350 resultaron heridos. Las bajas británicas fueron mínimas: cinco aviones derribados y sus tripulaciones.
Reacciones y consecuencias
La reacción francesa fue de indignación y rabia. El gobierno de Vichy rompió relaciones diplomáticas con el Reino Unido. La aviación francesa con base en el norte de África llevó a cabo un bombardeo de represalia contra Gibraltar, aunque con daños limitados. En toda Francia, el ataque fue presentado por la propaganda de Vichy como prueba de la perfidia británica y alimentó un sentimiento antibritánico que perduraría durante años.
Para muchos militares franceses, Mers-el-Kébir fue una traición imperdonable. Oficiales que podrían haber sido receptivos a la causa de la Francia Libre del general De Gaulle se reafirmaron en su lealtad a Vichy. El propio De Gaulle, aunque comprendía la lógica estratégica de la decisión, la calificó como deplorable y trágica.
En el Reino Unido, la reacción fue más matizada. Churchill presentó el ataque ante la Cámara de los Comunes el 4 de julio. Cuando terminó su discurso, los parlamentarios —incluidos muchos que hasta entonces habían dudado del nuevo primer ministro— se pusieron en pie para aplaudir. El mensaje era claro: Gran Bretaña estaba dispuesta a cualquier cosa para continuar la guerra, incluso a enfrentarse a sus antiguos aliados.
El impacto estratégico
Desde un punto de vista estrictamente militar, Mers-el-Kébir cumplió parcialmente su objetivo. La amenaza de que la flota francesa cayera en manos del Eje se redujo considerablemente, aunque la escapada del Strasbourg y la supervivencia de buques en otros puertos significaban que el riesgo no había desaparecido por completo.
El impacto más profundo fue político y diplomático. El ataque envió un mensaje inequívoco al mundo —y especialmente a Estados Unidos — de que el Reino Unido estaba decidido a luchar hasta el final. En un momento en que muchos observadores internacionales consideraban inevitable la derrota británica, Mers-el-Kébir demostraba una determinación brutal que modificó los cálculos de aliados y enemigos por igual.
Hitler interpretó la acción como prueba de que el Reino Unido no aceptaría una paz negociada, lo que reforzó sus planes para la Operación León Marino y la batalla de Inglaterra . Roosevelt, por su parte, quedó impresionado por la resolución británica y se mostró más dispuesto a aumentar la ayuda a Londres.
Mers-el-Kébir sigue siendo uno de los episodios más debatidos de la SGM. La decisión de disparar contra aliados de ayer era moralmente repugnante, pero la alternativa —permitir que la flota francesa pudiera acabar reforzando al Eje— era estratégicamente inaceptable. Churchill nunca se arrepintió de la orden, aunque reconoció hasta el final de sus días que fue el momento más doloroso de su guerra.