Las declaraciones de guerra de 1939 transformaron un conflicto regional en una conflagración mundial. Lo que comenzó como la invasión alemana de Polonia el 1 de septiembre desencadenó una cascada de ultimátums, discursos radiofónicos y sesiones parlamentarias de urgencia que, en apenas diez días, arrastraron a más de una docena de naciones al abismo. Cada declaración tuvo su propio contexto político, sus vacilaciones internas y sus consecuencias inmediatas. Esta es la cronología de cómo el mundo entró en la SGM.

Vendedor de periódicos con un cartel anunciando que Gran Bretaña ha declarado la guerra a Alemania en septiembre de 1939
Un vendedor de prensa muestra el cartel con la declaración de guerra británica, septiembre de 1939. Imperial War Museum · Dominio público

El detonante: la invasión de Polonia y la cuestión de Danzig

La crisis que condujo a las declaraciones de guerra de 1939 tenía raíces profundas. Desde la primavera de ese año, Adolf Hitler había intensificado sus exigencias sobre el corredor polaco y la ciudad libre de Danzig , reclamando la incorporación de ambos al Tercer Reich. Polonia se negó a ceder, respaldada por las garantías de seguridad que el Reino Unido y Francia habían ofrecido el 31 de marzo de 1939.

La firma del pacto Molotov-Ribbentrop el 23 de agosto eliminó el último obstáculo para la agresión. Con la neutralidad soviética garantizada, Hitler fijó la fecha del ataque para el 26 de agosto, aunque la pospuso cinco días al conocer la firma del tratado de asistencia mutua entre el Reino Unido y Polonia el 25 de agosto.

El 31 de agosto, las SS escenificaron el incidente de Gleiwitz: un falso ataque polaco contra una emisora de radio alemana en la frontera, que serviría como pretexto para la invasión. A las 4:45 de la madrugada del 1 de septiembre, los cañones del acorazado Schleswig-Holstein abrieron fuego contra Westerplatte, y 1,5 millones de soldados alemanes cruzaron la frontera polaca. La maquinaria bélica estaba en marcha.

1 de septiembre: Polonia pide ayuda a sus aliados

Mientras las bombas de la Luftwaffe caían sobre Varsovia, el gobierno polaco activó las cláusulas de asistencia mutua firmadas con el Reino Unido y Francia. El embajador polaco en Londres, Edward Raczyński, se reunió de urgencia con el secretario de Exteriores Lord Halifax para exigir una respuesta inmediata.

En París, el embajador Juliusz Łukasiewicz transmitió el mismo mensaje al gobierno de Édouard Daladier. Francia tenía una alianza militar con Polonia desde 1921, reforzada en mayo de 1939 con un protocolo que comprometía a París a lanzar una ofensiva terrestre contra Alemania en los quince días siguientes a una agresión.

La respuesta, sin embargo, no fue inmediata. Tanto en Londres como en París se vivieron horas de vacilación. Algunos políticos albergaban la esperanza de que Mussolini pudiera mediar una conferencia de paz de última hora, como había ocurrido en Múnich un año antes. Esa ilusión retrasó los ultimátums un día crucial.

2 de septiembre: el día de la vacilación

El 2 de septiembre fue, paradójicamente, el día más tenso en Londres y París. No lo fue por la guerra en Polonia, sino por la batalla política interna sobre cuándo y cómo responder.

En la Cámara de los Comunes, la sesión vespertina del 2 de septiembre se convirtió en un momento de crisis parlamentaria. El primer ministro Neville Chamberlain pronunció un discurso ambiguo en el que todavía dejaba la puerta abierta a una negociación si Alemania retiraba sus tropas. La reacción fue explosiva. Arthur Greenwood, líder interino del Partido Laborista, se levantó para responder y el conservador Leo Amery le gritó desde su escaño: «¡Habla por Inglaterra, Arthur!». Era una reprimenda pública al propio gobierno.

Greenwood declaró que cada hora de retraso era una hora de peligro para la civilización. Los diputados de todos los partidos presionaron para que el ultimátum se enviase esa misma noche. Chamberlain, acorralado, comprendió que no podía demorar más sin arriesgar la caída de su gobierno. El gabinete se reunió de urgencia a las 23:30 y acordó enviar un ultimátum final a Alemania con un plazo de expiración a las 11:00 del día siguiente.

En París, las vacilaciones fueron aún mayores. El gobierno de Daladier se debatía entre la presión británica para actuar coordinadamente y la resistencia del ministro de Exteriores Georges Bonnet, que seguía buscando desesperadamente una salida diplomática. Los militares franceses, conscientes de que necesitaban tiempo para movilizar sus reservas, pedían retrasar la declaración de guerra. Bonnet llegó a proponer un ultimátum con un plazo de 48 horas, lo que habría retrasado la entrada francesa en guerra hasta el 5 de septiembre.

3 de septiembre: el Reino Unido declara la guerra

A las 9:00 de la mañana del 3 de septiembre, el embajador británico en Berlín, Sir Nevile Henderson, entregó al intérprete de Hitler, Paul Schmidt, una nota que constituía el ultimátum final: si Alemania no daba garantías satisfactorias de retirar sus tropas de Polonia antes de las 11:00, el Reino Unido se consideraría en estado de guerra.

Schmidt llevó el documento al despacho de Hitler en la Cancillería del Reich. Según su testimonio posterior, al terminar de leer, se hizo un silencio prolongado. Hitler se quedó inmóvil, mirando al vacío, y finalmente preguntó a su ministro de Exteriores, Joachim von Ribbentrop, que permanecía junto a la ventana: «¿Y ahora qué?». Ribbentrop respondió en voz baja: «Supongo que los franceses nos entregarán un ultimátum similar en las próximas horas». En la antesala, cuando Schmidt comunicó la noticia a los jerarcas nazis reunidos, Hermann Göring murmuró: «Si perdemos esta guerra, que Dios se apiade de nosotros».

A las 11:15, Neville Chamberlain se dirigió al pueblo británico por radio desde el número 10 de Downing Street. Su voz cansada y solemne pronunció las palabras que marcaron el inicio de una nueva era: «Les hablo desde la sala del gabinete en el número 10 de Downing Street. Esta mañana, el embajador británico en Berlín entregó al gobierno alemán una nota final estableciendo que, a menos que se nos comunicara antes de las 11:00 que estaban preparados para retirar sus tropas de Polonia, existiría un estado de guerra entre nosotros. Debo decirles que no se ha recibido tal compromiso y que, en consecuencia, este país está en guerra con Alemania».

El discurso de Chamberlain transmitía una mezcla de desolación personal y deber público. El hombre que había dedicado su carrera a evitar la guerra reconocía abiertamente su fracaso: «Podéis imaginar el golpe tan amargo que esto supone para mí. Todo aquello por lo que trabajé, todo aquello en lo que creí durante mi vida pública se ha derrumbado». Era el epitafio de la política de apaciguamiento.

Minutos después del discurso, las sirenas antiaéreas sonaron sobre Londres. Los ciudadanos corrieron a los refugios creyendo que el bombardeo alemán era inminente, pero resultó ser una falsa alarma provocada por un avión francés no identificado. Fue un anticipo del miedo que dominaría la vida cotidiana británica durante los años siguientes.

3 de septiembre: Francia entra en guerra

Francia declaró la guerra a Alemania a las 17:00 del 3 de septiembre, seis horas después que el Reino Unido. El retraso no fue casual. El gobierno de Daladier necesitó esas horas adicionales para completar la movilización general, ordenada el 1 de septiembre, y para agotar las últimas maniobras diplomáticas de Bonnet.

El ultimátum francés, entregado por el embajador Robert Coulondre en Berlín, expiró al mediodía, pero la declaración formal se retrasó hasta las cinco de la tarde. Daladier se dirigió a la nación por radio con un discurso más combativo que el de Chamberlain: «Francia y sus Fuerzas Armadas deben cumplir sus compromisos. Entramos en guerra porque nos la han impuesto». A diferencia del tono melancólico británico, Daladier intentó proyectar resolución, aunque su gobierno era consciente de la debilidad militar francesa.

La entrada de Francia en la guerra activaba automáticamente una vasta red de alianzas coloniales. El imperio colonial francés —Argelia, Indochina, África Occidental Francesa, Madagascar, Siria, Líbano y decenas de territorios más— quedó también en estado de guerra. Lo mismo ocurría con el imperio británico, aunque algunos dominios tendrían sus propios procesos de declaración.

La cascada de los dominios británicos

Las declaraciones de guerra de 1939 no se limitaron a las grandes potencias europeas. Los dominios del imperio británico entraron en la contienda siguiendo sus propios procedimientos constitucionales, lo que reveló el grado de autonomía que habían alcanzado tras el Estatuto de Westminster de 1931.

Australia y Nueva Zelanda declararon la guerra el mismo 3 de septiembre, casi simultáneamente con el Reino Unido. El primer ministro australiano Robert Menzies anunció por radio: «Es mi triste deber informar oficialmente de que, como consecuencia de la persistencia de Alemania en su invasión de Polonia, Gran Bretaña ha declarado la guerra, y como resultado, Australia también está en guerra». Nueva Zelanda siguió el mismo camino sin debate parlamentario significativo.

Sudáfrica vivió un proceso más conflictivo. El primer ministro James Barry Hertzog, de tendencia aislacionista y simpatizante del nacionalismo afrikáner, propuso la neutralidad. El debate parlamentario del 4 de septiembre fue ferozmente disputado. Jan Smuts, vicepresidente y líder de la facción probritánica, presentó una moción a favor de la guerra que ganó por 80 votos contra 67. Hertzog dimitió y Smuts se convirtió en primer ministro. Sudáfrica declaró la guerra el 6 de septiembre.

Canadá fue el último dominio en declarar la guerra, el 10 de septiembre, deliberadamente una semana después que el Reino Unido. El primer ministro William Lyon Mackenzie King quiso demostrar que Canadá entraba en guerra por decisión propia del Parlamento canadiense, no por obligación imperial. El debate en la Cámara de los Comunes fue breve pero simbólico: Canadá ya no era un apéndice automático de la política exterior británica, sino una nación soberana que elegía luchar.

India, por el contrario, entró en guerra sin ser consultada. El virrey Lord Linlithgow declaró la guerra en nombre de la India el 3 de septiembre sin consultar a los líderes indios ni a las legislaturas provinciales. Esta decisión unilateral provocó una crisis política que marcaría el rumbo del independentismo indio: el Congreso Nacional Indio exigió que se le consultara, y al no obtener respuesta satisfactoria, ordenó la dimisión de todos sus ministros provinciales. Gandhi y Nehru condenaron el fascismo pero rechazaron participar en una guerra en nombre de la libertad mientras la India permanecía sometida al dominio colonial.

Las declaraciones de guerra que no llegaron

Tan reveladoras como las declaraciones de guerra fueron las que no se produjeron en septiembre de 1939. Italia, aliada de Alemania en el Pacto de Acero firmado apenas tres meses antes, se declaró «no beligerante» el 1 de septiembre. Mussolini había prometido a Hitler apoyo militar, pero sabía que Italia no estaba preparada para una guerra a gran escala. La «no beligerancia» —un término inventado por la diplomacia fascista para evitar la humillación de declararse neutral— duró hasta junio de 1940, cuando Mussolini entró en la guerra al ver a Francia derrotada.

Estados Unidos proclamó su neutralidad oficial el 5 de septiembre. El presidente Franklin D. Roosevelt se dirigió a la nación por radio y declaró: «Esta nación permanecerá neutral», aunque añadió una frase significativa: «Pero no puedo pedir que todos los estadounidenses permanezcan neutrales también en pensamiento». Era una señal sutil de hacia dónde se inclinaban las simpatías norteamericanas. En noviembre, Roosevelt logró que el Congreso aprobara la revisión de la Ley de Neutralidad, permitiendo la venta de armas a los beligerantes bajo el principio de cash and carry, que en la práctica solo beneficiaba a Francia y al Reino Unido.

La Unión Soviética, cómplice silenciosa de la destrucción de Polonia a través de su pacto con Alemania, no declaró la guerra a nadie en septiembre de 1939. Stalin se limitó a ejecutar su parte del acuerdo, invadiendo el este de Polonia el 17 de septiembre.

España, recién salida de su propia guerra civil, se declaró neutral. El régimen de Franco, aunque ideológicamente próximo al fascismo, tenía un país devastado y sin capacidad militar para intervenir. Japón, que ya mantenía su propia guerra en China desde 1937, tampoco se involucró en el conflicto europeo en este momento.

Winston Churchill vuelve al Almirantazgo

Una de las consecuencias inmediatas de las declaraciones de guerra fue la remodelación del gabinete británico. Chamberlain, obligado a formar un gobierno de guerra, nombró a Winston Churchill como primer lord del Almirantazgo, el mismo cargo que había ocupado al inicio de la Primera Guerra Mundial.

El 3 de septiembre, el Almirantazgo envió un mensaje telegráfico a toda la flota: «Winston ha vuelto». La frase resumía la expectación que generaba el regreso del político más belicista del parlamento, el hombre que durante años había advertido sobre el peligro nazi mientras sus colegas lo marginaban como un alarmista. Churchill aportaba energía, visión estratégica y una determinación que contrastaba con la melancolía de Chamberlain.

En los meses siguientes, Churchill se convertiría en la voz dominante del gabinete de guerra, eclipsando progresivamente a un Chamberlain debilitado por la enfermedad y el fracaso de su política. La declaración de guerra del 3 de septiembre puso en marcha el mecanismo que llevaría a Churchill al número 10 de Downing Street en mayo de 1940.

El significado de las declaraciones de guerra de 1939

Las declaraciones de guerra de septiembre de 1939 no fueron un acto único sino un proceso escalonado que reveló las fracturas políticas, las dudas estratégicas y las realidades coloniales de la época. El Reino Unido y Francia entraron en guerra por honor y por obligación, pero sin un plan militar para ayudar a Polonia. Los dominios británicos demostraron grados variables de entusiasmo y autonomía. Las grandes potencias que eligieron la neutralidad —Estados Unidos, Italia, la Unión Soviética, Japón— acabarían entrando todas en la guerra en los dos años siguientes, ampliando el conflicto hasta convertirlo en verdaderamente mundial.

El contraste entre las palabras solemnes de los discursos radiofónicos y la inacción militar posterior definió los primeros meses de la SGM. Francia y el Reino Unido habían declarado la guerra pero no la combatieron de forma efectiva, dejando a Polonia a su suerte. Esa contradicción —declarar la guerra sin hacer la guerra— marcaría el periodo conocido como la drôle de guerre y sembraría las semillas del desastre militar de mayo de 1940.

Las declaraciones de 1939 fueron, en definitiva, el momento en que los países democráticos reconocieron que la diplomacia del apaciguamiento había fracasado. Llegaban tarde, llegaban sin preparación suficiente, pero llegaban. La SGM había comenzado oficialmente.