El 1 de septiembre de 1939, la Wehrmacht cruzó la frontera polaca y desencadenó el conflicto armado más devastador de la historia. En apenas seis años, la Segunda Guerra Mundial se cobraría entre 70 y 85 millones de vidas y reconfiguraría por completo el orden mundial. Pero en aquel otoño de 1939, pocos podían imaginar la magnitud de lo que estaba comenzando.

Los meses previos: Europa al borde del abismo
El año comenzó con una Europa que vivía bajo la ilusión de que la paz podía mantenerse. Los Acuerdos de Múnich de septiembre de 1938, en los que Francia y el Reino Unido habían cedido los Sudetes checoslovacos a Alemania, representaban el último gran éxito de la política de apaciguamiento. El primer ministro británico Neville Chamberlain había regresado a Londres proclamando haber asegurado la paz.
Esa ilusión se desvaneció el 15 de marzo de 1939, cuando las tropas alemanas ocuparon el resto de Checoslovaquia, creando el Protectorado de Bohemia y Moravia. Hitler había roto su propia promesa de no realizar más reclamaciones territoriales. Para Londres y París, la evidencia era ya innegable: la diplomacia no podía frenar al Tercer Reich.
En respuesta, el Reino Unido y Francia ofrecieron garantías de seguridad a Polonia, Rumanía y Grecia. Si Alemania atacaba, los aliados occidentales intervendrían. Paralelamente, ambos gobiernos iniciaron negociaciones con la Unión Soviética para formar un frente común, pero las conversaciones avanzaron con una lentitud exasperante. Stalin desconfiaba de las potencias occidentales, que lo habían excluido de Múnich, y no veía garantías firmes de compromiso real.
El pacto Molotov-Ribbentrop: el acuerdo que sorprendió al mundo
El 23 de agosto de 1939, Alemania y la Unión Soviética firmaron el pacto Molotov-Ribbentrop , un acuerdo de no agresión que sacudió los cimientos de la política europea. El ministro de Exteriores alemán Joachim von Ribbentrop y su homólogo soviético Viacheslav Mólotov sellaron un acuerdo que, en su texto público, comprometía a ambas potencias a no atacarse mutuamente.
Sin embargo, el verdadero alcance del pacto estaba en un protocolo secreto que dividía Europa Oriental en esferas de influencia. Polonia quedaría repartida entre ambas potencias. Los estados bálticos (Estonia, Letonia y Lituania), Finlandia y Besarabia caerían en la órbita soviética. Para Hitler, el pacto eliminaba el riesgo de una guerra en dos frentes. Para Stalin, significaba tiempo para rearmar al Ejército Rojo y un colchón territorial en el oeste.
La noticia del acuerdo entre dos regímenes ideológicamente opuestos causó estupor en todo el mundo. Los partidos comunistas occidentales, que hasta entonces habían abanderado el antifascismo, se vieron obligados a justificar lo injustificable. La última barrera diplomática para la invasión de Polonia acababa de caer.
1 de septiembre: la invasión de Polonia
A las 4:45 de la madrugada del 1 de septiembre de 1939, el acorazado alemán Schleswig-Holstein abrió fuego contra la guarnición polaca de Westerplatte, cerca de Danzig. Simultáneamente, 1,5 millones de soldados alemanes cruzaron la frontera polaca en tres direcciones: desde Prusia Oriental al norte, Pomerania al noroeste y Silesia al sur.
La Wehrmacht empleó por primera vez a gran escala la táctica que el mundo conocería como Blitzkrieg o guerra relámpago. Divisiones blindadas penetraban en profundidad por las líneas enemigas, mientras la Luftwaffe destruía la aviación polaca en tierra y bombardeaba infraestructuras, nudos de comunicaciones y columnas de refugiados civiles.
El ejército polaco, aunque combatió con determinación, estaba en clara desventaja. Su doctrina militar seguía basándose en la guerra de posiciones de 1918, sus fuerzas blindadas eran escasas y su aviación quedó neutralizada en los primeros días. La defensa se fue desmoronando ante la velocidad y potencia del ataque alemán, aunque hubo resistencias locales notables como la defensa del correo de Danzig y la resistencia de la guarnición de Westerplatte.
Las declaraciones de guerra aliadas
El 3 de septiembre se produjeron las declaraciones de guerra : tras un ultimátum ignorado por Berlín, el Reino Unido declaró la guerra a Alemania a las 11:00 de la mañana. Francia hizo lo propio seis horas después. Australia y Nueva Zelanda se unieron ese mismo día; Sudáfrica el 6 de septiembre y Canadá el 10.
Sin embargo, las declaraciones de guerra no se tradujeron en ayuda militar inmediata para Polonia. Francia lanzó una tímida ofensiva en el Sarre el 7 de septiembre, avanzando apenas unos kilómetros en territorio alemán antes de detenerse y replegarse. Ni la aviación británica ni la francesa bombardearon objetivos militares alemanes. Polonia luchaba sola.
17 de septiembre: la puñalada soviética
Cuando la resistencia polaca se desmoronaba en el oeste, el Ejército Rojo invadió Polonia por el este el 17 de septiembre. La justificación oficial soviética fue la protección de las poblaciones ucranianas y bielorrusas, pero la realidad era la ejecución del protocolo secreto del pacto Molotov-Ribbentrop.
Atrapado entre dos invasores, el gobierno polaco cruzó la frontera rumana el 17 de septiembre y marchó al exilio. Varsovia resistió hasta el 27 de septiembre bajo un devastador bombardeo aéreo y artillero. La última resistencia organizada polaca cesó el 6 de octubre. Polonia quedó dividida: Alemania se anexionó el oeste e incorporó el centro como Gobierno General; la Unión Soviética absorbió las regiones orientales.
La campaña de Polonia costó aproximadamente 66.000 muertos y 134.000 heridos polacos, con 694.000 prisioneros. Las pérdidas alemanas fueron de unos 16.000 muertos y 30.000 heridos. Las soviéticas, mínimas.
La drôle de guerre: la guerra sin combates
Tras la caída de Polonia, el frente occidental entró en una fase de inactividad que los franceses bautizaron como drôle de guerre (guerra de broma), los británicos llamaron Phoney War (guerra falsa) y los alemanes Sitzkrieg (guerra sentada). Desde septiembre de 1939 hasta mayo de 1940, los ejércitos francés y británico permanecieron atrincherados tras la Línea Maginot, sin lanzar operaciones ofensivas significativas.
Este periodo de inacción tuvo consecuencias profundas. Permitió a Alemania trasladar el grueso de sus fuerzas al oeste tras la campaña polaca, consolidar sus conquistas y planificar la siguiente ofensiva. También erosionó la moral aliada y la confianza de la opinión pública en sus gobiernos, que habían declarado una guerra que parecían no querer combatir.
En el mar, sin embargo, la guerra era bien real. Los submarinos alemanes iniciaron una campaña contra el comercio marítimo británico desde el primer día. El 17 de septiembre, el portaaviones HMS Courageous fue torpedeado con la pérdida de 519 vidas. El 14 de octubre, el submarino U-47 penetró en la base naval de Scapa Flow y hundió el acorazado HMS Royal Oak, matando a 833 tripulantes. La batalla del Atlántico había comenzado.
La guerra de Invierno: Finlandia contra la Unión Soviética
El 30 de noviembre de 1939, la Unión Soviética invadió Finlandia tras el fracaso de las negociaciones sobre cesiones territoriales. Stalin esperaba una campaña rápida contra un país pequeño, pero se encontró con una resistencia feroz que humilló al Ejército Rojo ante el mundo.
Los finlandeses, superados en número de forma abrumadora (la Unión Soviética desplegó más de un millón de hombres contra unos 340.000 finlandeses), compensaron su inferioridad numérica con un conocimiento superior del terreno, tácticas de guerrilla invernal y una moral inquebrantable. Las tropas soviéticas, mal equipadas para el frío extremo, con oficiales inexpertos (la Gran Purga de 1937-38 había diezmado el cuerpo de oficiales), sufrieron derrotas devastadoras en batallas como Suomussalmi y Raate Road.
La Guerra de Invierno tuvo dos consecuencias trascendentales. Primero, expuso las debilidades del Ejército Rojo, lo que reforzó la convicción de Hitler de que la Unión Soviética era un coloso con pies de barro, una percepción que influyó directamente en la decisión de lanzar la Operación Barbarroja en 1941. Segundo, provocó la expulsión de la Unión Soviética de la Sociedad de Naciones, el único país expulsado de la organización por agresión.
Finlandia firmó la paz en marzo de 1940, cediendo el istmo de Carelia y otras regiones, pero conservando su independencia. Las pérdidas soviéticas fueron enormes: entre 126.000 y 168.000 muertos frente a unos 26.000 finlandeses.
El frente doméstico: los primeros cambios
En los países beligerantes, la guerra transformó la vida cotidiana desde sus primeros días. En el Reino Unido, el gobierno implementó el racionamiento de alimentos y el blackout nocturno, apagando todas las luces para dificultar los bombardeos aéreos. Más de un millón de niños fueron evacuados de las grandes ciudades en la llamada Operación Pied Piper.
En Alemania, el régimen nazi intensificó la persecución contra los judíos. El programa de eutanasia Aktion T4, iniciado en octubre de 1939, comenzó el asesinato sistemático de personas con discapacidades físicas y mentales, un ensayo de los métodos que más adelante se emplearían en el Holocausto.
En Polonia, la ocupación alemana impuso un régimen de terror desde el primer día. Intelectuales, sacerdotes, profesores y líderes comunitarios fueron ejecutados en operaciones planificadas de antemano. La población judía fue concentrada en guetos. La ocupación soviética del este de Polonia también trajo deportaciones masivas a Siberia.
Balance de 1939
Al cerrar 1939, la SGM aún era un conflicto esencialmente europeo, limitado al este y al norte del continente. Francia y el Reino Unido estaban en guerra pero no combatían. Estados Unidos mantenía su neutralidad formal, aunque la Ley de Neutralidad revisada permitía la venta de armas a los beligerantes bajo el principio cash and carry. La Unión Soviética había asegurado su esfera de influencia pactada con Hitler, pero la campaña finlandesa había revelado vulnerabilidades alarmantes.
Nadie podía prever que en apenas meses la guerra relámpago alemana arrasaría Europa occidental, que Francia caería en seis semanas o que el conflicto acabaría extendiéndose a todos los continentes. El año 1939 fue solo el prólogo de una catástrofe que tardaría seis años en resolverse y que dejaría el mundo irreconocible.