La partición de la India británica en agosto de 1947, que creó los estados independientes de India y Pakistán, fue una de las consecuencias más dramáticas de la SGM. La guerra había debilitado fatalmente al Imperio británico, y la demanda de independencia del subcontinente —alimentada por décadas de movimiento nacionalista y acelerada por las tensiones del conflicto— se hizo irresistible. Pero la independencia vino acompañada de una tragedia de proporciones catastróficas: la partición del territorio según criterios religiosos provocó el mayor desplazamiento forzoso de la historia —entre 12 y 20 millones de personas— y una violencia sectaria que causó la muerte de entre uno y dos millones de hindúes, musulmanes y sijs. La partición de la India demuestra que el fin de un imperio no garantiza la paz, y que las líneas trazadas en un mapa pueden convertirse en ríos de sangre.

La India en la SGM
La India fue movilizada masivamente durante la SGM sin que se consultara a sus líderes políticos. El virrey lord Linlithgow declaró la guerra en nombre de la India el 3 de septiembre de 1939 sin consultar a la legislatura india ni al Congreso Nacional Indio, el principal movimiento independentista. Esta decisión unilateral radicalizó el movimiento de independencia.
El ejército indio fue el mayor ejército voluntario de la historia: más de 2,5 millones de hombres sirvieron en los frentes de África, Oriente Medio, Italia y el sudeste asiático. Las tropas indias combatieron en El Alamein, en la campaña de Italia, en Birmania y en otros teatros, pagando un precio elevado: más de 87.000 muertos y 64.000 heridos.
En 1942, la campaña Quit India (Abandonen la India), lanzada por Mahatma Gandhi y el Congreso Nacional Indio, desafió abiertamente al dominio británico. Los británicos respondieron con una represión masiva: más de 100.000 personas fueron detenidas, incluyendo a Gandhi y toda la dirección del Congreso. La represión controló la situación a corto plazo, pero la determinación india de alcanzar la independencia era ya irreversible.
La hambruna de Bengala de 1943, que mató a entre dos y tres millones de personas, destruyó la legitimidad moral del dominio británico. La catástrofe fue en gran parte consecuencia de decisiones administrativas coloniales y de las prioridades bélicas que desviaban los recursos alimentarios. Churchill, que priorizaba el esfuerzo de guerra, rechazó las peticiones de ayuda y fue acusado de indiferencia ante el sufrimiento de la población india.
El camino hacia la partición
Tras la guerra, el gobierno laborista de Clement Attlee, que había sustituido a Churchill en julio de 1945, aceptó que la independencia de la India era inevitable. La cuestión ya no era si India sería independiente, sino cómo. Y aquí surgió el problema que condujo a la tragedia: la relación entre la mayoría hindú y la minoría musulmana.
La Liga Musulmana, liderada por Muhammad Ali Jinnah, exigía la creación de un estado musulmán separado: Pakistán. Jinnah argumentaba que hindúes y musulmanes eran dos naciones distintas e irreconciliables, y que un estado indio unitario dejaría a los musulmanes como minoría permanente sometida a la mayoría hindú. El Congreso Nacional Indio de Nehru y Gandhi se oponía a la partición y defendía una India unida y secular.
Los intentos de encontrar una solución federal fracasaron. La violencia comunal se intensificó: la Jornada de Acción Directa convocada por la Liga Musulmana en agosto de 1946 desencadenó las masacres de Calcuta, que dejaron más de 4.000 muertos en cuatro días. La espiral de violencia entre hindúes, musulmanes y sijs convenció a los líderes británicos de que la partición era la única alternativa al caos.
La línea Radcliffe
El gobierno británico envió a lord Louis Mountbatten como último virrey con la misión de transferir el poder. Mountbatten, presionado por la escalada de violencia, aceleró el calendario: la fecha de independencia se adelantó del junio de 1948 originalmente previsto al 15 de agosto de 1947.
La tarea de trazar la frontera entre India y Pakistán fue encomendada a sir Cyril Radcliffe, un abogado británico que nunca había visitado la India. Radcliffe dispuso de apenas cinco semanas para dividir un subcontinente de 400 millones de habitantes. Las fronteras, que atravesaban Punyab y Bengala —las dos regiones más conflictivas— fueron trazadas sobre mapas con información incompleta, y los criterios religiosos se mezclaron con consideraciones económicas, geográficas y políticas.
Las fronteras definitivas no se publicaron hasta dos días después de la independencia, cuando millones de personas descubrieron de repente que estaban en el lado equivocado de una línea que acababa de dividir sus vidas.
La violencia de la partición
La publicación de las fronteras desencadenó una ola de violencia sectaria que constituye uno de los episodios más oscuros del siglo XX. En el Punyab, la región más afectada, las masacres fueron recíprocas y atroces: musulmanes mataban a hindúes y sijs, y hindúes y sijs mataban a musulmanes, en una espiral de venganza que nadie podía controlar.
Los trenes se convirtieron en símbolos del horror: convoyes de refugiados llegaban a su destino con todos los pasajeros asesinados. Pueblos enteros fueron arrasados. Las violaciones masivas de mujeres fueron utilizadas como arma de terror por todas las partes. Se estima que entre 75.000 y 100.000 mujeres fueron secuestradas o violadas durante la partición.
El desplazamiento de población fue de una escala sin precedentes. Entre 12 y 20 millones de personas cruzaron las nuevas fronteras: musulmanes huyendo de India hacia Pakistán, hindúes y sijs huyendo de Pakistán hacia India. Las columnas de refugiados se extendían durante kilómetros por las carreteras, expuestas a ataques, epidemias y agotamiento. Los campos de refugiados improvisados en ambos lados de la frontera albergaron a cientos de miles de personas en condiciones infrahumanas.
El balance
Las cifras de víctimas de la partición siguen siendo objeto de debate. Las estimaciones más conservadoras hablan de 200.000 muertos; las más elevadas superan los dos millones. La cifra más citada en la historiografía reciente es de entre uno y dos millones de muertos, una magnitud que hace de la partición una de las mayores catástrofes humanitarias del siglo XX.
Gandhi, que había dedicado su vida a la unidad hindú-musulmana, quedó destrozado por la violencia. Se negó a participar en las celebraciones de la independencia y emprendió un ayuno para intentar detener las masacres en Calcuta y Delhi. Fue asesinado el 30 de enero de 1948 por un extremista hindú que lo consideraba demasiado favorable a los musulmanes.
El legado
La partición de la India fue una consecuencia directa de la SGM en un sentido profundo. La guerra debilitó al Imperio británico hasta hacerle imposible mantener su dominio sobre el subcontinente. Pero la forma en que se ejecutó la transferencia de poder —apresurada, improvisada, con fronteras trazadas por un extranjero en cinco semanas— convirtió la independencia en tragedia.
La partición creó un conflicto entre India y Pakistán que perdura hasta hoy: tres guerras, una carrera nuclear, la disputa por Cachemira y una rivalidad que ha condicionado la geopolítica del sur de Asia durante casi ocho décadas. La violencia de 1947 dejó traumas transgeneracionales que siguen alimentando la desconfianza y el odio entre comunidades.
La partición de la India es un recordatorio de que la descolonización , proceso necesario e inevitable, fue con frecuencia tan destructiva como el colonialismo que la precedió. Las fronteras trazadas por las potencias coloniales, sin atender a las realidades étnicas, religiosas y culturales sobre el terreno, crearon conflictos que todavía ensangrientan el mundo.