La Segunda Guerra Mundial asestó un golpe mortal a los imperios coloniales europeos. En 1939, Gran Bretaña, Francia, los Países Bajos, Bélgica y Portugal controlaban vastos territorios en Asia, África y Oriente Medio. Apenas dos décadas después de la guerra, la mayor parte de esos imperios se habían desmoronado y decenas de nuevas naciones independientes habían surgido en el mapa. La descolonización fue una de las transformaciones más profundas y aceleradas de la historia moderna, y sus consecuencias siguen modelando el mundo actual.

Lord Mountbatten jura a Jawaharlal Nehru como primer ministro de la India independiente el 15 de agosto de 1947
Lord Mountbatten jura a Nehru como primer ministro de la India, 15 de agosto de 1947. Autor desconocido · Dominio público

Los imperios antes de la guerra

Para comprender la rapidez con que se derrumbaron los imperios coloniales es necesario medir su extensión antes de la guerra. El Imperio británico abarcaba una cuarta parte de la superficie terrestre y gobernaba sobre 450 millones de personas. Francia administraba un imperio que se extendía desde Indochina hasta el norte de África y el África subsahariana. Los Países Bajos controlaban las Indias Orientales (la actual Indonesia), un archipiélago de extraordinaria riqueza. Bélgica poseía el Congo, un territorio 77 veces mayor que la propia metrópoli. Y Portugal, el más antiguo de los imperios coloniales, mantenía posesiones en África, Asia y Oceanía.

Estos imperios se sostenían sobre varios pilares: superioridad militar y tecnológica, control económico de los recursos coloniales, y una ideología que presentaba la dominación europea como una misión civilizadora. Los movimientos independentistas existían antes de 1939 —Gandhi llevaba décadas luchando por la independencia de la India, y los nacionalistas árabes se oponían al dominio europeo en Oriente Medio—, pero carecían de la fuerza suficiente para desafiar el orden colonial.

La SGM destruyó todos esos pilares simultáneamente.

Cómo la guerra debilitó a los imperios

La derrota de las potencias coloniales europeas a manos de Japón, que ya estaba inmerso en la guerra chino-japonesa , fue el primer golpe. En apenas unos meses entre 1941 y 1942, el ejército japonés conquistó Malasia, Birmania, las Indias Orientales Neerlandesas, Filipinas e Indochina francesa. La caída de Singapur en febrero de 1942 —considerada la mayor rendición de la historia militar británica— destruyó el mito de la invencibilidad europea. Los pueblos colonizados comprobaron que los hombres blancos podían ser derrotados, y esa revelación fue irreversible.

Japón fomentó deliberadamente los movimientos nacionalistas en los territorios ocupados, creando ejércitos y gobiernos títeres que proporcionaron a las élites locales experiencia en la administración y en el combate. Cuando Japón fue derrotado en 1945, esas estructuras no desaparecieron: se convirtieron en el núcleo de los movimientos de liberación nacional.

La guerra también arruinó económicamente a las metrópolis. Gran Bretaña terminó el conflicto endeudada hasta las cejas, con una deuda de 21.000 millones de libras. Francia había sido ocupada durante cuatro años. Los Países Bajos habían sufrido una ocupación devastadora. Ninguna de estas naciones tenía ya los recursos para mantener sus imperios por la fuerza.

Finalmente, la guerra deslegitimó moralmente el colonialismo. Las potencias europeas habían luchado contra el racismo nazi invocando la libertad y la autodeterminación de los pueblos. La Carta del Atlántico, firmada por Roosevelt y Churchill en 1941, proclamaba el derecho de todos los pueblos a elegir su forma de gobierno. Era difícil defender esos principios en Europa y negarlos en Asia y África sin caer en una contradicción flagrante.

La independencia de la India: el primer dominó

La India fue el caso más emblemático de la descolonización. El movimiento independentista indio, liderado por Mahatma Gandhi y Jawaharlal Nehru a través del Congreso Nacional Indio, llevaba décadas presionando por la autonomía. Durante la guerra, el movimiento Quit India de 1942 había desafiado abiertamente la autoridad británica, provocando una represión masiva que encarceló a los principales líderes nacionalistas pero no logró sofocar las aspiraciones independentistas.

Al terminar la guerra, el gobierno laborista de Clement Attlee comprendió que mantener la India por la fuerza era imposible. Los soldados indios que habían combatido en la guerra —más de dos millones sirvieron en el ejército británico— regresaron con una conciencia política nueva y la determinación de no seguir siendo súbditos coloniales. El motín de la Marina Real India en febrero de 1946 demostró que Londres ya no podía confiar en la lealtad de sus tropas coloniales.

Attlee envió a lord Mountbatten como último virrey con la misión de organizar la transferencia de poder. El proceso fue caótico y precipitado. La imposibilidad de conciliar las demandas del Congreso Nacional Indio (mayoritariamente hindú) con las de la Liga Musulmana de Muhammad Ali Jinnah condujo a la partición: el 15 de agosto de 1947 nacieron dos estados independientes en lo que se conoce como la partición de la India .

La partición provocó una de las mayores catástrofes humanitarias del siglo XX. Entre 10 y 20 millones de personas se desplazaron en ambas direcciones cruzando las nuevas fronteras, y la violencia intercomunitaria entre hindúes, musulmanes y sijs causó entre 200.000 y dos millones de muertos, según las distintas estimaciones. Gandhi, que había dedicado su vida a la no violencia y a la unidad entre comunidades, fue asesinado en enero de 1948 por un extremista hindú que lo consideraba demasiado favorable a los musulmanes.

El sureste asiático: independencia y revolución

La ola descolonizadora se extendió rápidamente por todo el sureste asiático. En cada territorio, las circunstancias fueron distintas, pero el resultado fue el mismo: el fin del dominio europeo.

Indonesia proclamó su independencia el 17 de agosto de 1945, apenas dos días después de la rendición japonesa. Sukarno y Hatta, líderes nacionalistas que habían colaborado con los japoneses durante la ocupación, lideraron la nueva república. Los Países Bajos intentaron recuperar su colonia por la fuerza, desencadenando una guerra que duró cuatro años. La presión internacional —especialmente de Estados Unidos, que amenazó con retirar la ayuda del Plan Marshall a los Países Bajos— forzó finalmente el reconocimiento de la independencia indonesia en diciembre de 1949.

En Indochina, la situación fue más compleja y sangrienta. Ho Chi Minh, líder comunista del Viet Minh, proclamó la independencia de Vietnam el 2 de septiembre de 1945, citando la Declaración de Independencia estadounidense en su discurso. Francia se negó a reconocer la independencia y envió tropas para restaurar su autoridad colonial. El resultado fue la guerra de Indochina (1946-1954), un conflicto brutal que culminó con la derrota francesa en Dien Bien Phu y la partición de Vietnam. Los ecos de esa guerra resonarían durante décadas, conduciendo directamente a la intervención estadounidense y a la guerra de Vietnam.

Birmania obtuvo la independencia de Gran Bretaña en enero de 1948. Ceilán (actual Sri Lanka) siguió poco después. Malasia tuvo que esperar hasta 1957, en parte debido a la insurgencia comunista que Gran Bretaña combatió durante la llamada emergencia malaya.

Oriente Medio: mandatos, petróleo y conflictos

La descolonización en Oriente Medio tuvo características propias, marcadas por los intereses petroleros y el conflicto árabe-israelí. Los mandatos que la Sociedad de Naciones había otorgado a Gran Bretaña y Francia tras la Primera Guerra Mundial sobre Siria, Líbano, Irak, Transjordania y Palestina se desmoronaron tras la SGM.

Siria y Líbano obtuvieron la independencia de Francia entre 1943 y 1946. Transjordania se independizó del mandato británico en 1946. Pero el caso más conflictivo fue Palestina. Gran Bretaña, incapaz de conciliar las demandas del movimiento sionista con las de la población árabe, remitió el problema a las Naciones Unidas. La ONU aprobó un plan de partición en noviembre de 1947, y cuando Gran Bretaña abandonó el territorio en mayo de 1948, se proclamó el Estado de Israel. La guerra árabe-israelí que estalló inmediatamente provocó la primera de varias olas de refugiados palestinos y creó un conflicto que sigue sin resolverse.

Egipto, formalmente independiente desde 1922 pero bajo fuerte influencia británica, no logró liberarse completamente del control de Londres hasta la revolución de los Oficiales Libres en 1952 y la crisis de Suez de 1956, cuando la intervención franco-británica para recuperar el canal fue bloqueada por la oposición conjunta de Estados Unidos y la URSS.

África: la última ola

La descolonización de África fue más tardía pero igualmente transformadora. Antes de la SGM, Etiopía y Liberia eran los únicos estados independientes del continente. En 1945, la situación apenas había cambiado. Pero a partir de la década de 1950, el proceso se aceleró de forma imparable.

Ghana, bajo el liderazgo de Kwame Nkrumah, se convirtió en 1957 en el primer país del África subsahariana en obtener la independencia del dominio colonial británico. Su ejemplo inspiró a todo el continente. En 1960 —el llamado año de África—, diecisiete naciones africanas accedieron a la independencia, la mayoría de ellas antiguas colonias francesas. Charles de Gaulle, comprendiendo que el colonialismo era insostenible, optó por una descolonización controlada que mantuviera la influencia francesa en la región a través de acuerdos económicos y militares.

No todas las transiciones fueron pacíficas. En Argelia, la guerra de independencia (1954-1962) fue un conflicto extraordinariamente violento que causó cientos de miles de muertos y provocó una crisis política que derribó la IV República Francesa. En Kenia, la rebelión Mau Mau (1952-1960) contra los colonos británicos fue reprimida con dureza. En el Congo belga, la independencia precipitada de 1960 sumió al país en el caos, con secesiones, guerras civiles e intervenciones extranjeras que dejaron cicatrices profundas.

Las colonias portuguesas —Angola, Mozambique, Guinea-Bisáu— tuvieron que esperar hasta la década de 1970 para liberarse, tras largas guerras de guerrillas que contribuyeron al derrocamiento de la dictadura portuguesa en la Revolución de los Claveles de 1974.

Las dos superpotencias y la descolonización

La Guerra Fría convirtió la descolonización en un campo de batalla entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Ambas superpotencias intentaron atraer a los nuevos estados independientes a su órbita, ofreciendo ayuda económica, armas y apoyo diplomático.

Estados Unidos se encontraba en una posición contradictoria. Como antigua colonia que había conquistado su independencia luchando contra un imperio, la tradición anticolonial estaba profundamente arraigada en su identidad nacional. Pero al mismo tiempo, muchas de las potencias coloniales eran sus aliados en la OTAN, y Washington temía que los movimientos de liberación nacional, a menudo con componentes marxistas, llevaran a los nuevos estados al campo soviético.

La Unión Soviética, por su parte, apoyó activamente los movimientos de liberación como una forma de debilitar a Occidente y extender su influencia. Moscú proporcionó armas, formación militar y apoyo diplomático a numerosos movimientos independentistas, desde Vietnam hasta Angola.

Muchos de los nuevos estados intentaron navegar entre ambos bloques adoptando una posición de no alineamiento. La conferencia de Bandung (Indonesia) en 1955 reunió a representantes de veintinueve naciones de Asia y África que rechazaban tanto el capitalismo occidental como el comunismo soviético. De aquella conferencia nació el Movimiento de Países No Alineados, una tercera vía que en la práctica demostró ser difícil de mantener ante las presiones de las dos superpotencias.

El legado de la descolonización

La descolonización transformó el mapa político del mundo. En 1945, las Naciones Unidas tenían 51 miembros. En 1970 eran 127, la mayoría de ellos estados surgidos de la descolonización. La composición de la Asamblea General de la ONU cambió radicalmente, dando voz a los pueblos del llamado Tercer Mundo.

Pero la independencia política no siempre trajo la prosperidad ni la estabilidad. Muchos de los nuevos estados heredaron fronteras artificiales trazadas por las potencias coloniales sin respetar las realidades étnicas, lingüísticas y culturales de las poblaciones locales. Las instituciones coloniales, diseñadas para la extracción de recursos, no estaban preparadas para gobernar naciones soberanas. La falta de cuadros técnicos y administrativos —las metrópolis rara vez habían formado élites locales— complicó la transición.

El neocolonialismo sustituyó en muchos casos al colonialismo formal. Las antiguas metrópolis mantuvieron su influencia económica a través del control de los recursos naturales, acuerdos comerciales desiguales y, en algunos casos, intervenciones militares directas. Francia, en particular, mantuvo una presencia militar permanente en África y no dudó en intervenir para proteger sus intereses o sostener a gobiernos afines.

Una revolución irreversible

A pesar de todas sus contradicciones y sus tragedias, la descolonización fue una de las revoluciones más profundas del siglo XX. En apenas dos décadas, un orden mundial que había perdurado durante siglos se derrumbó. Pueblos que habían sido gobernados como posesiones conquistaron su soberanía y reclamaron su lugar en la comunidad internacional.

La SGM fue el catalizador decisivo de ese proceso. Al destruir el mito de la superioridad europea, arruinar económicamente a las metrópolis y consagrar los principios de libertad y autodeterminación como valores universales, la guerra hizo inevitable lo que antes parecía imposible. Los imperios coloniales, que en 1939 parecían eternos, resultaron ser más frágiles de lo que nadie imaginaba.

El mundo que emergió de la descolonización era más diverso, más complejo y más conflictivo que el orden colonial que lo precedió. Pero era también, por primera vez en la historia moderna, un mundo en el que la inmensa mayoría de los seres humanos vivía en estados formalmente soberanos. Esa transformación, con todas sus imperfecciones, fue una consecuencia directa de la guerra más destructiva que la humanidad ha conocido.