La creación del estado de Israel en 1948 fue una de las consecuencias más trascendentales y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Sin el Holocausto, sin el colapso del Imperio británico y sin el nuevo orden internacional surgido de la guerra, es difícil imaginar que el proyecto sionista hubiera cristalizado en un estado soberano en el momento y la forma en que lo hizo. La proclamación de independencia el 14 de mayo de 1948 no fue un acontecimiento aislado, sino el resultado de décadas de tensiones acumuladas que la SGM llevó a un punto de no retorno.

David Ben-Gurión proclama la independencia del estado de Israel el 14 de mayo de 1948 en Tel Aviv, bajo un retrato de Theodor Herzl
David Ben-Gurión lee la declaración de independencia de Israel en el Museo de Arte de Tel Aviv, 14 de mayo de 1948. Rudi Weissenstein · Dominio público

El sionismo antes de la guerra

El movimiento sionista, que aspiraba a crear un hogar nacional judío en Palestina, existía desde finales del siglo XIX. Theodor Herzl, periodista austrohúngaro, había fundado el sionismo político en 1897 con la publicación de El estado judío y la convocatoria del primer Congreso Sionista en Basilea. Su tesis era sencilla y radical: el antisemitismo europeo era tan profundo e incorregible que los judíos solo estarían seguros en un estado propio.

Durante las décadas siguientes, oleadas sucesivas de inmigrantes judíos —las llamadas aliyás— se establecieron en Palestina, entonces parte del Imperio otomano. Compraron tierras, fundaron kibbutzim y ciudades como Tel Aviv, y crearon instituciones educativas y culturales en hebreo. Pero el movimiento era minoritario entre los judíos europeos. La mayoría prefería la integración en sus países de residencia o, en todo caso, la emigración a América.

La Primera Guerra Mundial transformó el escenario. El Imperio otomano se desmoronó y Gran Bretaña recibió el mandato de la Sociedad de Naciones sobre Palestina en 1920. Un año antes, la Declaración Balfour (1917) había expresado el apoyo británico a la creación de un hogar nacional judío en Palestina, aunque añadiendo la cláusula de que no debían perjudicarse los derechos de las comunidades no judías existentes. Esa ambigüedad calculada —prometer el mismo territorio a dos pueblos con aspiraciones incompatibles— sembró la semilla de un conflicto que la SGM haría explotar.

Durante el periodo de entreguerras, la inmigración judía a Palestina creció de forma constante. En 1936 vivían allí unos 400.000 judíos frente a aproximadamente 980.000 árabes. La tensión entre ambas comunidades se intensificó con la Gran Revuelta Árabe (1936-1939), una insurrección contra el mandato británico y contra la inmigración judía que fue reprimida con dureza por Londres. En respuesta, el Libro Blanco de 1939 limitó severamente la inmigración judía a Palestina: un máximo de 75.000 personas en cinco años, justo cuando los judíos europeos más desesperadamente necesitaban un refugio.

El Holocausto como catalizador

La Solución Final: el plan nazi de exterminio transformó radicalmente la cuestión judía y el debate sobre Palestina. El exterminio sistemático de seis millones de judíos europeos demostró, de la manera más terrible posible, que la tesis de Herzl no era una exageración: la existencia misma de los judíos como pueblo estaba en peligro en una Europa que había permitido —y en muchos casos colaborado activamente con— el genocidio.

Cuando los campos de concentración y exterminio fueron liberados entre 1944 y 1945, el mundo descubrió la magnitud del horror. Las imágenes de Bergen-Belsen, Buchenwald, Dachau y Auschwitz sacudieron la conciencia internacional. Los supervivientes, que habían perdido a sus familias, sus hogares y sus comunidades, se encontraron en una Europa devastada donde en muchos casos no tenían adónde volver. En Polonia, los pogromos de posguerra —como el de Kielce en julio de 1946, donde una turba asesinó a más de cuarenta judíos supervivientes del Holocausto— demostraron que el antisemitismo no había desaparecido con la derrota nazi.

Cientos de miles de judíos supervivientes se concentraron en campos de personas desplazadas (DP camps) en Alemania, Austria e Italia, administrados por los aliados. Muchos de ellos no querían ni podían regresar a sus países de origen. ¿Adónde irían? Estados Unidos mantenía cuotas de inmigración restrictivas. Otros países tampoco abrían sus puertas. Para un número creciente de supervivientes, Palestina se convirtió en la única opción viable, y el sionismo dejó de ser un movimiento ideológico minoritario para transformarse en una necesidad existencial.

El Holocausto también alteró profundamente la opinión pública internacional. La culpa colectiva por no haber hecho más para detener el genocidio —los aliados conocían la existencia de los campos de exterminio desde 1942 pero no bombardearon las vías férreas que conducían a Auschwitz— generó una simpatía sin precedentes hacia las aspiraciones sionistas. El argumento de que los judíos necesitaban un estado propio para garantizar su supervivencia adquirió una fuerza moral que antes de la guerra no tenía.

Gran Bretaña atrapada en Palestina

El mandato británico en Palestina se convirtió en una pesadilla para Londres después de la guerra. Winston Churchill: el líder que desafió a Hitler , que siempre había simpatizado con el sionismo, perdió las elecciones de 1945 frente al laborista Clement Attlee. El nuevo gobierno se encontró con un problema insoluble: la presión internacional para permitir la inmigración judía a Palestina chocaba frontalmente con la oposición de la población árabe y con los intereses estratégicos británicos en Oriente Medio.

El presidente estadounidense Harry Truman exigió que Gran Bretaña permitiera la entrada inmediata de 100.000 supervivientes del Holocausto en Palestina. Londres se negó, argumentando que una inmigración masiva provocaría una guerra civil. La política británica intentó un equilibrio imposible: contentar a los árabes manteniendo las restricciones migratorias del Libro Blanco de 1939, sin alienar completamente a los sionistas ni a Estados Unidos.

La respuesta de las organizaciones sionistas fue la lucha armada. La Haganá, milicia semioficial del yishuv (la comunidad judía en Palestina), organizó la inmigración clandestina a gran escala. Barcos cargados de supervivientes del Holocausto intentaban burlar el bloqueo naval británico para llegar a las costas palestinas. El caso más célebre fue el del Exodus, un barco con 4.500 refugiados que en julio de 1947 fue interceptado por la Royal Navy y devuelto a Alemania, provocando un escándalo internacional que erosionó gravemente la imagen de Gran Bretaña.

Paralelamente, organizaciones paramilitares como el Irgún (liderado por Menájem Beguín) y el Leji (conocido como banda Stern) llevaron a cabo una campaña de atentados contra las fuerzas británicas. El más devastador fue la voladura del hotel King David de Jerusalén el 22 de julio de 1946, sede del cuartel general británico, que causó 91 muertos. Estos ataques, junto con la creciente resistencia árabe y el coste económico de mantener más de 100.000 soldados en el territorio, convencieron a Londres de que el mandato era insostenible.

En febrero de 1947, el gobierno británico anunció que remitiría el problema de Palestina a las recién creadas Naciones Unidas. Era una admisión de derrota.

La partición de la ONU

Creación de la ONU: el nacimiento de un nuevo orden asumió la responsabilidad de decidir el futuro de Palestina. La Asamblea General creó el Comité Especial de las Naciones Unidas para Palestina (UNSCOP), integrado por representantes de once países que viajaron al territorio para estudiar la situación sobre el terreno.

El UNSCOP presentó su informe en septiembre de 1947. La mayoría de sus miembros recomendó la partición de Palestina en dos estados —uno judío y otro árabe— con Jerusalén bajo administración internacional. El plan asignaba el 56 % del territorio al estado judío, a pesar de que los judíos constituían solo un tercio de la población y poseían menos del 7 % de la tierra. El estado árabe recibiría el 43 % del territorio, y Jerusalén quedaría como corpus separatum bajo control internacional.

El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de la ONU votó la Resolución 181, aprobando el plan de partición con 33 votos a favor, 13 en contra y 10 abstenciones. Estados Unidos y la Unión Soviética votaron a favor, en una de las escasas coincidencias de la incipiente Guerra Fría. Los países árabes votaron unánimemente en contra. Gran Bretaña se abstuvo.

La Agencia Judía aceptó el plan, aunque muchos sionistas lo consideraban insuficiente. Los líderes árabes lo rechazaron categóricamente, argumentando que la ONU no tenía derecho a dividir un territorio contra la voluntad de su población mayoritaria. La comunidad árabe palestina, que había rechazado todos los planes de partición anteriores, vio en la resolución una injusticia impuesta por potencias extranjeras que premiaba la inmigración colonial.

La guerra civil y la proclamación del estado

La aprobación del plan de partición desencadenó una guerra civil inmediata entre las comunidades judía y árabe de Palestina. Entre diciembre de 1947 y mayo de 1948, mientras las fuerzas británicas se retiraban progresivamente, ambos bandos lucharon por controlar el mayor territorio posible antes de la fecha prevista para el fin del mandato.

Las fuerzas sionistas, mejor organizadas y armadas que las milicias árabes palestinas, tomaron la iniciativa militar a partir de abril de 1948 con el Plan Dalet, una ofensiva destinada a asegurar el control del territorio asignado al estado judío y de las rutas estratégicas. Durante esta fase se produjeron episodios de extrema violencia, como la masacre de Deir Yassin el 9 de abril de 1948, donde combatientes del Irgún y el Leji mataron a más de cien habitantes de una aldea árabe cerca de Jerusalén. La noticia de la masacre provocó el pánico entre la población árabe y aceleró un éxodo que ya había comenzado semanas antes.

El 14 de mayo de 1948, horas antes de que expirara el mandato británico, David Ben-Gurión proclamó la independencia del estado de Israel en una ceremonia en el Museo de Arte de Tel Aviv. La declaración invocaba el derecho natural del pueblo judío a su autodeterminación, la Resolución 181 de la ONU y el sufrimiento del Holocausto como fundamentos del nuevo estado. Estados Unidos reconoció a Israel once minutos después de la proclamación. La Unión Soviética lo hizo tres días más tarde.

La guerra árabe-israelí de 1948

Al día siguiente de la declaración de independencia, los ejércitos de Egipto, Transjordania, Siria, Irak y Líbano invadieron el territorio del antiguo mandato. La primera guerra árabe-israelí había comenzado. Los estados árabes declararon que intervenían para proteger a la población árabe palestina y revertir la partición, aunque cada uno perseguía también sus propios intereses territoriales. El rey Abdulá de Transjordania, en particular, había negociado secretamente con los sionistas la anexión de la parte árabe de Palestina a su reino.

Israel, a pesar de estar rodeado y en aparente inferioridad numérica, contaba con ventajas decisivas. La Haganá, transformada en las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), era una fuerza cohesionada con experiencia de combate adquirida durante la SGM —miles de judíos palestinos habían servido en la Brigada Judía del ejército británico— y durante la guerra civil de los meses anteriores. Checoslovaquia, con respaldo soviético, suministró armas decisivas, incluyendo aviones de combate. Los ejércitos árabes, por el contrario, estaban mal coordinados entre sí, con liderazgos rivales y objetivos contradictorios.

Tras varios meses de combates, interrumpidos por treguas mediadas por la ONU, Israel no solo conservó el territorio asignado por el plan de partición, sino que lo amplió considerablemente. Cuando se firmaron los armisticios en 1949, el nuevo estado controlaba el 78 % de la Palestina del mandato, frente al 56 % originalmente previsto. Transjordania se anexionó Cisjordania y la parte oriental de Jerusalén, incluyendo la Ciudad Vieja. Egipto ocupó la franja de Gaza. El estado árabe palestino previsto por la Resolución 181 nunca llegó a existir.

La Nakba: el drama de los refugiados palestinos

Para los palestinos árabes, los acontecimientos de 1948 constituyen la Nakba —la catástrofe—. Entre 700.000 y 750.000 palestinos abandonaron o fueron expulsados de sus hogares durante la guerra civil y la guerra posterior. Las causas del éxodo siguen siendo objeto de intenso debate historiográfico: fueron una combinación de pánico ante los combates, expulsiones deliberadas por fuerzas israelíes, propaganda de ambos bandos y el colapso de las estructuras sociales palestinas.

Los refugiados se dispersaron por los países árabes vecinos —Líbano, Siria, Transjordania, Egipto, Irak—, donde fueron acogidos en campos que se concibieron como temporales pero que, décadas después, siguen existiendo. La Resolución 194 de la ONU, aprobada en diciembre de 1948, estableció el derecho de los refugiados a regresar a sus hogares o a recibir compensación. Israel rechazó aplicarla, argumentando que el retorno de los refugiados destruiría el carácter judío del estado. Los países árabes, por su parte, rechazaron integrar a los refugiados en sus sociedades, manteniéndolos como símbolo viviente de la injusticia de la partición.

La cuestión de los refugiados palestinos se convirtió en uno de los problemas más intratables del conflicto, y lo sigue siendo. Los descendientes de aquellos 700.000 desplazados suman hoy varios millones de personas registradas como refugiados por la UNRWA, la agencia de la ONU creada específicamente para atenderlos.

Las raíces en la SGM

El nacimiento del estado de Israel es inseparable de la Segunda Guerra Mundial. Sin el Holocausto, el movimiento sionista probablemente habría seguido siendo una corriente minoritaria entre los judíos europeos, y la comunidad internacional no habría respaldado la partición de Palestina. Sin el agotamiento del Imperio británico tras la guerra, Londres habría mantenido el mandato y controlado la inmigración. Sin la creación de la ONU, no habría existido el foro internacional donde se votó la partición. Y sin la Guerra Fría, ni Estados Unidos ni la Unión Soviética habrían tenido incentivos para apoyar al nuevo estado.

Pero las consecuencias de esa creación fueron tan complejas y dolorosas como las circunstancias que la provocaron. Lo que para los judíos fue la realización de un sueño milenario y la respuesta legítima al horror del Holocausto, para los palestinos fue una catástrofe que los despojó de su tierra y los condenó al exilio. Esa doble narrativa, enraizada en el sufrimiento de ambos pueblos, es la razón por la que el conflicto nacido en 1948 sigue desafiando cualquier solución sencilla.

La SGM no solo redibujó las fronteras de Europa; también sembró las semillas de uno de los conflictos más prolongados y difíciles del mundo contemporáneo. El nacimiento de Israel fue, en última instancia, tanto una consecuencia de la guerra como el comienzo de una nueva historia de disputas que el paso de las décadas no ha logrado resolver.