La conferencia de Yalta fue la reunión que definió el mapa político del mundo durante la segunda mitad del siglo XX. Celebrada entre el 4 y el 11 de febrero de 1945, congregó a los tres líderes más poderosos del planeta —Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill y Iósif Stalin— en un palacio de veraneo de los zares en la península de Crimea. Con la guerra en Europa a punto de concluir, los tres grandes debían resolver una cuestión que no admitía demora: cómo reorganizar un continente devastado y qué hacer con la Alemania derrotada.

Churchill, Roosevelt y Stalin sentados durante la conferencia de Yalta, febrero de 1945
Los tres grandes en la conferencia de Yalta, febrero de 1945. U.S. Army Signal Corps / National Archives · Dominio público

El contexto: una Europa al borde del colapso

En febrero de 1945, la SGM entraba en su fase final. El Ejército Rojo había expulsado a la Wehrmacht de la Unión Soviética y avanzaba imparable hacia Berlín, habiendo ya liberado Polonia, Rumanía, Bulgaria y gran parte de Hungría. En el frente occidental, los aliados habían recuperado Francia y Bélgica tras el desembarco de Normandía, aunque la contraofensiva alemana en las Ardenas acababa de demostrar que la Wehrmacht aún podía morder.

La situación militar condicionaba las negociaciones. Stalin llegaba a Yalta desde una posición de fuerza: el Ejército Rojo ocupaba la mayor parte de Europa del Este y se encontraba a poco más de setenta kilómetros de Berlín. Roosevelt y Churchill, en cambio, estaban aún al oeste del Rin. Quien controlara el terreno al final de la guerra tendría la última palabra sobre su futuro político, y los tres líderes lo sabían.

Roosevelt llegó a Yalta gravemente enfermo. El presidente estadounidense, reelegido para un cuarto mandato solo tres meses antes, padecía una insuficiencia cardíaca avanzada que se reflejaba en su aspecto demacrado y su evidente agotamiento. Moriría apenas dos meses después, el 12 de abril de 1945. Churchill, más lúcido sobre las intenciones de Stalin, se sentía cada vez más relegado a un papel secundario ante el creciente poder de las dos superpotencias emergentes. El Imperio británico estaba exhausto tras seis años de guerra y su influencia menguaba frente a los colosos estadounidense y soviético.

Stalin, por su parte, era el anfitrión en territorio soviético y jugaba con ventaja. Había elegido deliberadamente Crimea como sede —el largo viaje en avión debilitaría a un Roosevelt ya enfermo y alejaría a los líderes occidentales de su zona de confort—. El dictador soviético era un negociador implacable, paciente y dispuesto a esperar hasta obtener lo que deseaba. Y lo que deseaba era claro: una zona de seguridad en Europa del Este que protegiera a la URSS de cualquier futura invasión desde Occidente.

La cuestión alemana: división y desnazificación

El primer gran tema sobre la mesa fue el destino de Alemania. Los tres líderes coincidían en que el país debía ser completamente derrotado, ocupado y desnazificado, pero las discrepancias sobre cómo hacerlo eran profundas.

Se acordó la división de Alemania en zonas de ocupación. Estados Unidos, la Unión Soviética y el Reino Unido recibirían cada uno una zona, y Churchill insistió en que Francia obtuviera también la suya, recortada de las zonas británica y estadounidense. Stalin aceptó a regañadientes: consideraba que Francia no había hecho lo suficiente en la guerra para merecer ese estatus, pero cedió ante la insistencia británica.

Berlín, situada en el centro de la zona soviética, también quedaría dividida en cuatro sectores. Esta decisión, que parecía lógica en 1945, se convertiría en uno de los puntos de fricción más peligrosos de la Guerra Fría, culminando en el bloqueo de 1948 y la construcción del muro en 1961.

Los tres grandes acordaron además la desmilitarización completa de Alemania, la disolución del partido nazi y sus organizaciones asociadas, y el procesamiento de los criminales de guerra. Este último punto derivaría meses después en los juicios de Núremberg, el primer tribunal internacional de la historia encargado de juzgar crímenes contra la humanidad.

La cuestión de las reparaciones fue más espinosa. Stalin exigía una compensación masiva: la URSS había sufrido una destrucción sin precedentes, con más de veinte millones de muertos y la devastación de miles de ciudades y pueblos. La cifra propuesta por los soviéticos era de veinte mil millones de dólares en reparaciones, de los cuales la mitad iría a la URSS. Roosevelt aceptó esta cifra como base de discusión, mientras que Churchill se mostró más cauto, recordando cómo las reparaciones excesivas del Tratado de Versalles habían alimentado el resentimiento alemán tras la Primera Guerra Mundial. Finalmente se acordó crear una comisión que definiría los detalles, tomando la cifra soviética como punto de partida.

La declaración sobre la Europa liberada

Uno de los acuerdos más importantes —y más incumplidos— de Yalta fue la Declaración sobre la Europa Liberada. Este documento comprometía a los tres aliados a respetar el derecho de los pueblos liberados del yugo nazi a elegir libremente su forma de gobierno mediante elecciones democráticas.

Roosevelt consideraba esta declaración un triunfo diplomático. Creía sinceramente que Stalin cumpliría su palabra y que la cooperación de la guerra podría prolongarse en la paz. Churchill era más escéptico, pero carecía del peso suficiente para imponer condiciones más estrictas.

La realidad demostró que la declaración era papel mojado. En los meses y años siguientes, la Unión Soviética procedió a instalar regímenes comunistas títere en todos los países que el Ejército Rojo había liberado. Polonia, Rumanía, Bulgaria, Hungría y Checoslovaquia pasaron, uno tras otro, a la órbita soviética. Las elecciones libres prometidas en Yalta nunca se celebraron —o cuando se celebraron, estuvieron amañadas hasta el punto de ser una farsa—.

El caso de Polonia fue el más doloroso y el que generó más debate en Yalta. Para Stalin, Polonia era una cuestión de vida o muerte: a través de su territorio habían llegado las invasiones de Napoleón y de Hitler, y el dictador soviético estaba decidido a que no volviera a ser una vía de acceso al corazón de Rusia. Los aliados occidentales habían entrado en guerra en 1939 precisamente para defender la independencia de Polonia, y el gobierno polaco en el exilio en Londres esperaba poder regresar a un país libre.

Stalin impuso su solución: el gobierno provisional establecido en Lublin, controlado por los comunistas, se ampliaría para incluir a algunos políticos democráticos del exilio, y se celebrarían elecciones libres lo antes posible. Churchill y Roosevelt aceptaron, pero las elecciones no llegaron hasta 1947, y para entonces el Partido Obrero Unificado Polaco —es decir, los comunistas— controlaba todos los resortes del poder. El resultado estaba decidido de antemano.

Las fronteras de Polonia también se redibujaron. El país se desplazó literalmente hacia el oeste: la Unión Soviética se quedó con los territorios orientales polacos que había ocupado en 1939 en virtud del pacto Ribbentrop-Mólotov, y Polonia fue compensada con territorios alemanes al este de la línea Óder-Neisse. Millones de personas fueron desplazadas en el proceso, en una de las mayores migraciones forzosas de la historia.

La conferencia de Yalta y las Naciones Unidas

Otro de los grandes acuerdos de Yalta fue la creación de una nueva organización internacional que sustituyera a la fracasada Sociedad de Naciones. Roosevelt era el principal impulsor de lo que se convertiría en las Naciones Unidas , un proyecto en el que había invertido enorme capital político.

La estructura básica ya se había esbozado en la conferencia de Dumbarton Oaks en 1944, pero quedaba un punto crucial por resolver: el derecho de veto en el Consejo de Seguridad. Stalin insistía en que las grandes potencias debían tener capacidad de veto sobre cualquier resolución que las afectara directamente. Roosevelt y Churchill aceptaron, estableciendo así el sistema de los cinco miembros permanentes con derecho de veto que sigue vigente en el siglo XXI.

Stalin también pidió que las dieciséis repúblicas soviéticas tuvieran representación individual en la Asamblea General, lo que habría dado a la URSS un peso desproporcionado. Tras intensas negociaciones, se llegó a un compromiso: Ucrania y Bielorrusia obtendrían asientos separados, elevando a tres las representaciones soviéticas. Era una concesión menor, pero simbólicamente significativa.

Se fijó la fecha de la conferencia fundacional de las Naciones Unidas para el 25 de abril de 1945 en San Francisco. Roosevelt no viviría para verla: murió trece días antes de su inauguración.

Los acuerdos secretos sobre el Pacífico

Mientras Europa dominaba la agenda pública, los acuerdos más delicados de Yalta se negociaron en secreto entre Roosevelt y Stalin, sin la participación directa de Churchill ni del gobierno chino de Chiang Kai-shek. La guerra en el Pacífico estaba lejos de terminar: Japón combatía con ferocidad fanática y las estimaciones estadounidenses preveían cientos de miles de bajas aliadas en una eventual invasión del archipiélago japonés.

Roosevelt necesitaba que la Unión Soviética declarara la guerra a Japón para aliviar la presión sobre las fuerzas estadounidenses. Stalin accedió a entrar en la guerra contra Japón entre dos y tres meses después de la rendición de Alemania, pero a cambio exigió un precio considerable: la recuperación de los territorios perdidos por Rusia en la guerra ruso-japonesa de 1905. Esto incluía la mitad sur de la isla de Sajalín, las islas Kuriles, el arrendamiento del puerto de Port Arthur como base naval y ciertos derechos sobre el ferrocarril del Este de China y el puerto de Dalián.

Roosevelt aceptó estas condiciones sin consultar a China. Era un acuerdo de viejo estilo imperialista, el tipo de diplomacia secreta que el propio Roosevelt había criticado públicamente. Pero el presidente estadounidense consideraba que la entrada soviética en la guerra del Pacífico salvaría decenas de miles de vidas estadounidenses, y ese cálculo primaba sobre cualquier consideración de principios.

La ironía es que cuando la URSS finalmente declaró la guerra a Japón el 8 de agosto de 1945, las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki ya habían hecho innecesaria la intervención soviética. Pero Stalin cobró igualmente el precio acordado en Yalta, ocupando Manchuria y los territorios pactados en una campaña relámpago de apenas dos semanas.

El legado de Yalta: mito y realidad

La conferencia de Yalta ha sido objeto de una de las controversias históricas más duraderas del siglo XX. Para sus críticos —especialmente en Estados Unidos durante los años de la Guerra Fría—, Yalta fue una traición: Roosevelt, debilitado por la enfermedad, habría entregado Europa del Este a Stalin en bandeja de plata. Esta interpretación alimentó el mito de una rendición occidental ante el comunismo y fue utilizada políticamente durante décadas.

La realidad es más matizada. En febrero de 1945, el Ejército Rojo ocupaba la mayor parte de Europa del Este. Roosevelt y Churchill no cedieron esos territorios en Yalta porque nunca estuvieron en posición de impedirlo. Sin declarar la guerra a la URSS —algo impensable cuando millones de soldados soviéticos luchaban contra la Wehrmacht—, los aliados occidentales carecían de medios para evitar que Stalin impusiera su voluntad en los países que sus tropas habían liberado.

Lo que sí puede reprocharse a Roosevelt es un exceso de ingenuidad. El presidente estadounidense creía genuinamente que podía ganarse la confianza de Stalin mediante concesiones personales y que la cooperación de guerra podría mantenerse en la paz. Churchill, con una visión más realista del poder soviético, intentó endurecer las condiciones, pero el peso relativo de Gran Bretaña era ya insuficiente para contrarrestar la voluntad conjunta de las dos superpotencias.

Yalta no fue el origen del telón de acero ni de la división de Europa, como a menudo se afirma. Esa división era la consecuencia inevitable de una guerra que había dejado a dos potencias con ideologías incompatibles como dueñas del continente. Lo que Yalta sí hizo fue formalizar esa realidad y darle un marco diplomático, creando las condiciones que llevarían al inicio de la Guerra Fría .

El palacio de Livadia: escenario de la historia

La conferencia se celebró en el palacio de Livadia, la residencia de verano de los últimos zares de Rusia, situada a pocos kilómetros de la ciudad de Yalta, en la costa sur de Crimea. El palacio, construido en estilo neorrenacentista italiano en 1911 para el zar Nicolás II, había sido devastado durante la ocupación alemana y fue restaurado apresuradamente para la ocasión.

Roosevelt se alojó en el propio palacio de Livadia, donde también se celebraron las sesiones plenarias. Churchill se instaló en el palacio de Vorontsov, a unos veinte kilómetros, y Stalin en el palacio de Yusúpov, situado entre ambos. Las distancias, los caminos en mal estado y la necesidad de desplazarse entre los tres palacios complicaron la logística, pero también permitieron a cada delegación mantener cierta privacidad para sus deliberaciones internas.

Las condiciones no eran ideales. El personal de los aliados occidentales se quejaba de las chinches en las camas, la comida extraña y las sospechas de que todas las habitaciones estaban microfonadas por los servicios secretos soviéticos. A pesar de todo, las sesiones plenarias se desarrollaron con una mezcla de cordialidad diplomática y tensión contenida, acompañadas de banquetes opulentos regados con vodka y champán en los que los tres líderes brindaban por la victoria mientras negociaban, cada uno, por sacar el mayor provecho posible.

Una conferencia que dividió el siglo XX

La conferencia de Yalta fue el último intento serio de mantener la alianza que había derrotado al nazismo. Apenas unos meses después, la muerte de Roosevelt, el fin de la guerra en Europa y la emergencia de la bomba atómica alterarían radicalmente el equilibrio de poder. La siguiente cumbre, en Potsdam, ya se celebró en un clima de desconfianza abierta.

Los acuerdos de Yalta, con sus ambigüedades calculadas y sus promesas incumplidas, trazaron las líneas que dividirían Europa y el mundo durante más de cuatro décadas. La división de Alemania, las fronteras de Polonia, el derecho de veto en la ONU y la expansión soviética en Europa del Este fueron consecuencias directas de aquellos ocho días de negociaciones en un palacio de Crimea.

Para bien o para mal, los tres hombres que se sentaron ante las cámaras en Yalta en febrero de 1945 tomaron decisiones que afectaron a cientos de millones de personas durante generaciones. La conferencia de Yalta no fue una traición ni una victoria: fue el reflejo brutal de un mundo en el que el poder, y no los principios, determinaba el destino de las naciones.