La conferencia de Teherán, celebrada entre el 28 de noviembre y el 1 de diciembre de 1943 en la capital iraní, fue la primera reunión presencial de los tres grandes líderes aliados: Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill y Iósif Stalin. Fue el encuentro donde se tomaron las decisiones que determinaron el curso final de la guerra y la configuración política del mundo de posguerra. En Teherán se acordó la apertura del segundo frente en Francia para mayo de 1944, se esbozaron las fronteras de la futura Polonia, se discutió el desmembramiento de Alemania y se sentaron las bases de la relación triangular que definiría la Guerra Fría. Lo que ocurrió en los salones de la embajada soviética en Teherán moldeó el mundo durante medio siglo.

Roosevelt, Churchill y Stalin en la conferencia de Teherán en 1943
Los tres grandes reunidos por primera vez en Teherán, noviembre de 1943. Fotógrafo desconocido · Dominio público

El camino hacia la cumbre

La reunión de los tres grandes había sido largamente solicitada por Stalin, que desde la invasión alemana de 1941 presionaba sin descanso para la apertura de un segundo frente en Europa occidental que aliviara la presión sobre el Ejército Rojo. Las conferencias previas —Casablanca (enero de 1943), Washington, Quebec— habían sido reuniones anglo-estadounidenses a las que Stalin no asistió, alegando que la situación militar en el frente oriental le impedía abandonar Moscú.

La elección de Teherán como sede fue un compromiso. Stalin se negaba a viajar lejos de la Unión Soviética y propuso Irán, ocupado conjuntamente por británicos y soviéticos desde 1941 para asegurar una ruta de suministro de Préstamo y Arriendo. Roosevelt habría preferido El Cairo o Basora; Churchill, cualquier lugar del Mediterráneo. Pero Stalin, sabiendo que la posición militar soviética le daba ventaja negociadora, impuso su preferencia.

El viaje fue una aventura logística y de seguridad. Roosevelt cruzó el Atlántico en barco y voló a Teherán desde El Cairo. Churchill llegó también desde El Cairo. Las precauciones de seguridad fueron extremas: los servicios de inteligencia aliados habían interceptado indicios de un posible complot nazi para asesinar a los tres líderes, aunque la realidad de esta amenaza sigue siendo debatida.

Las sesiones plenarias

Las reuniones se celebraron en la embajada soviética de Teherán, donde Roosevelt se alojó por invitación de Stalin (alegando razones de seguridad, lo que también permitió a los soviéticos espiar las conversaciones del presidente). Churchill se alojó en la embajada británica, contigua a la soviética.

El tema central fue la apertura del segundo frente. Stalin exigió una fecha concreta para la invasión de Francia a través del Canal de la Mancha. Roosevelt apoyó la operación, que llevaba meses planificándose como Overlord. Churchill, que prefería una estrategia mediterránea con operaciones en Italia y los Balcanes, se vio finalmente presionado por Roosevelt y Stalin a aceptar mayo de 1944 como fecha objetivo.

La decisión sobre Overlord fue el acuerdo más importante de la conferencia. Stalin prometió lanzar una ofensiva simultánea en el frente oriental para impedir que Alemania transfiriera tropas al oeste. También confirmó que la Unión Soviética declararía la guerra a Japón tras la derrota de Alemania, un compromiso que Roosevelt consideraba esencial para acelerar el final de la guerra en el Pacífico.

La cuestión polaca

La discusión sobre el futuro de Polonia fue uno de los temas más delicados y reveló las tensiones latentes entre los aliados. Stalin insistió en que la frontera oriental de Polonia debía establecerse en la Línea Curzon, lo que implicaba que la Unión Soviética retendría los territorios polacos orientales anexionados en 1939 en virtud del pacto Molotov-Ribbentrop. Como compensación, Polonia sería expandida hacia el oeste a expensas de Alemania.

Churchill y Roosevelt, conscientes de que el Ejército Rojo ya ocupaba o pronto ocuparía estos territorios, no estaban en posición de imponer una solución diferente. Roosevelt, además, tenía en cuenta el voto de los estadounidenses de origen polaco en las elecciones de 1944 y evitó comprometerse públicamente. La cuestión se pospuso formalmente, pero el resultado estaba implícitamente decidido.

El gobierno polaco en el exilio en Londres, que no fue invitado a Teherán, se enteró con consternación de que sus aliados occidentales habían aceptado de facto la pérdida de la mitad oriental de su país. La relación entre Stalin y el gobierno polaco en el exilio, ya envenenada por la revelación de la masacre de Katyn , se rompería definitivamente en 1944.

El futuro de Alemania

Los tres líderes discutieron el desmembramiento de Alemania tras la guerra. Roosevelt propuso dividir el país en cinco estados independientes. Churchill sugirió separar Prusia del resto de Alemania y crear una confederación del sur (Baviera, Austria, Hungría). Stalin prefirió un desmembramiento más radical que impidiera permanentemente que Alemania volviera a ser una amenaza.

No se alcanzó un acuerdo concreto, pero la dirección era clara: Alemania sería dividida, desarmada y sometida a una ocupación prolongada. Las decisiones definitivas se pospondrían hasta las conferencias de Yalta y Potsdam .

Las relaciones personales

Teherán fue también un ejercicio de diplomacia personal. Roosevelt, convencido de que podía ganarse la confianza de Stalin, intentó establecer una relación bilateral directa que marginara a Churchill. El presidente estadounidense buscó deliberadamente distanciarse del primer ministro británico en las interacciones sociales, llegando a bromear sobre Churchill en presencia de Stalin para arrancar una sonrisa al dictador soviético.

Churchill, que se encontró en una posición de creciente debilidad entre los dos colosos emergentes, percibió con amargura que el poder británico estaba siendo eclipsado. En una famosa frase posterior, describió la conferencia con la metáfora de un burrito entre el oso ruso y el búfalo americano.

Stalin, por su parte, desplegó una mezcla calculada de firmeza en las negociaciones y afabilidad en los encuentros sociales. Propuso brindar por la ejecución de 50.000 oficiales alemanes, una sugerencia que Churchill rechazó con indignación (Roosevelt intentó suavizar la situación sugiriendo que quizá 49.000 serían suficientes, un comentario de humor dudoso).

El legado

La conferencia de Teherán fue el momento en que las tres potencias aliadas pasaron de coordinar la guerra a planificar la paz. Las decisiones tomadas —o eludidas— en Teherán configuraron el orden de posguerra: la división de Europa en esferas de influencia, el destino de Polonia, la futura partición de Alemania y el compromiso soviético de entrar en guerra contra Japón.

Vista en perspectiva, Teherán fue también el momento en que se hicieron evidentes las fisuras que producirían la Guerra Fría. Roosevelt creía que podía mantener la cooperación con Stalin mediante la diplomacia personal; Churchill desconfiaba de las intenciones soviéticas pero carecía de poder para imponer una alternativa; Stalin negociaba con la seguridad de que el Ejército Rojo le daría en el terreno lo que no consiguiera en la mesa de negociaciones.

Las decisiones de Teherán fueron confirmadas y ampliadas en Yalta y Potsdam, pero el patrón se estableció en la capital iraní: el mundo de posguerra sería moldeado por tres potencias, dos de las cuales se convertirían pronto en rivales irreconciliables. El inicio de la Guerra Fría estaba inscrito en la dinámica que Teherán puso de manifiesto.