La conferencia de Potsdam, celebrada entre el 17 de julio y el 2 de agosto de 1945 en el palacio de Cecilienhof, a las afueras de Berlín, fue la última reunión de los Tres Grandes aliados durante la SGM. Harry Truman, Iósif Stalin y Winston Churchill —sustituido a mitad de la conferencia por Clement Attlee tras perder las elecciones británicas— se reunieron para decidir el destino de la Alemania derrotada y el nuevo orden de posguerra en Europa. Lo que en teoría debía ser una conferencia de cooperación entre aliados victoriosos se convirtió en el escenario donde empezaron a dibujarse las líneas de fractura de la Guerra Fría.

Churchill, Truman y Stalin en la Conferencia de Potsdam, julio de 1945
Los Tres Grandes en los jardines del palacio de Cecilienhof durante la conferencia de Potsdam, julio de 1945. U.S. National Archives and Records Administration · Dominio público

El contexto: un mundo transformado

La conferencia de Potsdam se desarrolló en un contexto radicalmente distinto al de las conferencias aliadas anteriores. La guerra en Europa había terminado con la rendición incondicional de Alemania el 8 de mayo de 1945. Berlín estaba en ruinas, el Tercer Reich había dejado de existir y millones de refugiados vagaban por un continente devastado. En el Pacífico, la guerra contra Japón continuaba, pero su desenlace era cuestión de semanas.

Los tres líderes que se sentaron a la mesa en Potsdam eran muy diferentes de los que habían negociado en Yalta apenas cinco meses antes. Franklin D. Roosevelt, el presidente estadounidense que había liderado a los aliados occidentales durante la mayor parte de la guerra y que había negociado en la conferencia de Yalta , había muerto el 12 de abril. Su sucesor, Harry Truman, era un político relativamente inexperto en asuntos internacionales que llegó a Potsdam con la determinación de mostrarse firme ante Stalin pero sin la relación personal que Roosevelt había cultivado con el líder soviético.

Churchill, por su parte, asistió a la conferencia en una posición debilitada. Las elecciones generales británicas se habían celebrado el 5 de julio, pero los resultados no se anunciarían hasta el 26 de julio debido al recuento de los votos militares. Cuando los resultados llegaron, la derrota conservadora fue aplastante: el Partido Laborista de Clement Attlee obtuvo una mayoría abrumadora. Churchill, el héroe de guerra, fue rechazado por los electores británicos que querían un gobierno centrado en la reconstrucción social. Attlee y su secretario de Exteriores, Ernest Bevin, asumieron el relevo en Potsdam para las sesiones finales.

Stalin, en cambio, llegaba a Potsdam desde una posición de fuerza sin precedentes. El Ejército Rojo ocupaba la mitad oriental de Europa, desde el Elba hasta el Báltico. La Unión Soviética había soportado el peso principal de la guerra terrestre contra Alemania y había sufrido unas 27 millones de bajas. Stalin estaba decidido a que los sacrificios soviéticos se tradujeran en seguridad territorial y en una esfera de influencia que protegiera a la URSS de cualquier futura agresión desde el oeste.

Las cuatro D: desmilitarización, desnazificación, democratización, descentralización

El acuerdo central de Potsdam sobre Alemania se articuló en torno a los principios conocidos como las cuatro D. En primer lugar, la desmilitarización: las fuerzas armadas alemanas serían completamente disueltas, la industria de armamento desmantelada y cualquier capacidad militar futura impedida. Alemania no volvería a ser una amenaza.

En segundo lugar, la desnazificación: el Partido Nazi y todas sus organizaciones afiliadas serían disueltos, los criminales de guerra perseguidos y juzgados, y los nazis significativos apartados de la vida pública. Este principio conduciría directamente a los juicios de Núremberg, que comenzarían en noviembre de 1945.

En tercer lugar, la democratización: Alemania debía ser reeducada en los valores democráticos. Se restablecerían las libertades políticas, la libertad de prensa y los partidos políticos, aunque dentro de los límites que cada potencia ocupante interpretara a su conveniencia.

En cuarto lugar, la descentralización: la estructura centralizada del Estado alemán sería desmantelada en favor de gobiernos regionales y locales. Los monopolios industriales serían disueltos y la economía reorganizada para evitar la concentración de poder que había facilitado el ascenso del nazismo.

La cuestión de las fronteras

Una de las decisiones más trascendentales de Potsdam fue la relativa a las fronteras orientales de Alemania. Stalin impuso la línea Oder-Neisse como la nueva frontera entre Alemania y Polonia, cediendo a Polonia extensos territorios que habían sido alemanes durante siglos: Silesia, Pomerania, la Prusia Oriental meridional y la parte oriental de Brandeburgo. Estas regiones contenían ciudades importantes como Breslau (hoy Wrocław), Stettin (Szczecin) y Danzig (Gdańsk).

La justificación soviética era doble. Por un lado, compensar a Polonia por los territorios orientales polacos que la URSS se había anexionado en 1939 (y que no tenía intención de devolver). Por otro, debilitar permanentemente a Alemania reduciendo su territorio y su base industrial.

Truman y Churchill aceptaron la línea Oder-Neisse como frontera provisional, sujeta a confirmación en un futuro tratado de paz definitivo con Alemania. En la práctica, la frontera se convirtió en permanente, y el tratado de paz formal no se firmó nunca: las dos Alemanias surgidas de la Guerra Fría no se reunificaron hasta 1990, y el gobierno de la Alemania reunificada reconoció oficialmente la frontera Oder-Neisse en el tratado de noviembre de 1990.

La consecuencia humana inmediata de esta decisión fue la expulsión de entre 12 y 14 millones de alemanes étnicos de los territorios orientales, de Checoslovaquia, de Hungría y de otros países de Europa del Este. Estas expulsiones, que los acuerdos de Potsdam autorizaron exigiendo que se realizaran de forma ordenada y humana, fueron en la práctica brutales y caóticas. Se estima que entre 500.000 y dos millones de personas murieron durante las expulsiones por violencia, hambre, enfermedad y las condiciones de los campos de internamiento.

Las reparaciones de guerra

La cuestión de las reparaciones fue uno de los puntos más conflictivos de la conferencia. La URSS, que había sufrido una destrucción inmensa en su territorio, exigía reparaciones masivas de Alemania. Stalin proponía una cifra de 20.000 millones de dólares, de los cuales la mitad correspondería a la Unión Soviética.

Los occidentales temían que unas reparaciones excesivas repitieran el error del Tratado de Versalles, que había impuesto a Alemania tras la Primera Guerra Mundial una carga financiera insostenible que alimentó el resentimiento y facilitó el ascenso del nazismo. Truman y sus asesores querían evitar que Alemania quedara tan empobrecida que se convirtiera en un foco de inestabilidad permanente o cayera bajo la influencia soviética por desesperación económica.

La solución de compromiso fue ingeniosa pero contenía la semilla de la futura división de Alemania. Cada potencia ocupante extraería reparaciones de su propia zona de ocupación. Además, la URSS recibiría un porcentaje adicional del equipamiento industrial de las zonas occidentales, parte del cual a cambio de suministros agrícolas y materias primas de la zona soviética. En la práctica, este sistema significaba que cada zona se gestionaría de forma cada vez más independiente, prefigurando la división de Alemania en dos estados.

La bomba atómica en la sombra

Un acontecimiento crucial ocurrió durante la conferencia de Potsdam: el 16 de julio de 1945, un día antes de la apertura, Estados Unidos detonó con éxito la primera bomba atómica en la prueba Trinity, en el desierto de Nuevo México. Truman recibió la noticia en Potsdam y la compartió con Churchill, pero decidió mencionar el arma a Stalin solo de forma vaga, diciéndole que Estados Unidos disponía de un arma nueva de poder destructivo excepcional.

La reacción de Stalin fue aparentemente indiferente, lo que desconcertó a Truman y Churchill. Lo que no sabían es que Stalin estaba perfectamente informado del Proyecto Manhattan gracias a sus espías dentro del programa atómico estadounidense. La red de espionaje soviética, que incluía a Klaus Fuchs y otros científicos, había proporcionado a Moscú información detallada sobre la bomba desde años antes.

La posesión de la bomba atómica transformó la posición negociadora de Truman. Algunos historiadores argumentan que el bombardeo posterior de Hiroshima y Nagasaki no fue solo una decisión militar para acabar la guerra contra Japón, sino también una demostración de fuerza dirigida a la Unión Soviética, una señal de que Estados Unidos poseía un poder destructivo sin precedentes. Esta interpretación sigue siendo debatida, pero es indudable que la bomba atómica alteró fundamentalmente el equilibrio de poder entre los aliados.

El 26 de julio, desde Potsdam, Truman, Churchill y Chiang Kai-shek emitieron la Declaración de Potsdam, un ultimátum a Japón exigiendo la rendición incondicional y advirtiendo de una destrucción total en caso de rechazo. Japón ignoró el ultimátum, y diez días después Hiroshima fue arrasada.

Las grietas entre los aliados

La conferencia de Potsdam reveló unas tensiones entre los aliados que la necesidad de derrotar a un enemigo común había mantenido contenidas durante la guerra. La desconfianza mutua entre Truman y Stalin se hizo evidente en múltiples cuestiones.

La situación en Europa del Este fue el principal foco de fricción. Stalin había prometido en Yalta que los países liberados por el Ejército Rojo celebrarían elecciones libres. En la práctica, los soviéticos estaban instalando regímenes comunistas en Polonia, Rumanía, Bulgaria y Hungría, utilizando una combinación de presión militar, manipulación política y represión de la oposición. Truman protestó, pero carecía de medios para obligar a Stalin a cumplir sus compromisos sin arriesgar un conflicto armado con la URSS.

La cuestión de Polonia fue especialmente espinosa. El gobierno polaco en el exilio, con sede en Londres, había sido desplazado por un gobierno provisional dominado por comunistas e instalado por los soviéticos en Varsovia. Los occidentales exigieron la inclusión de políticos no comunistas y la celebración de elecciones libres. Stalin aceptó formalmente estas demandas, pero las elecciones que finalmente se celebraron en enero de 1947 fueron fraudulentas, y Polonia quedó firmemente bajo control soviético.

El legado de Potsdam

La conferencia de Potsdam fue la última reunión de los Tres Grandes y marcó el final de la Gran Alianza que había derrotado al nazismo. Los acuerdos alcanzados, aunque presentados como una solución consensuada para el futuro de Europa, contenían ambigüedades y compromisos que cada parte interpretaría a su conveniencia en los años siguientes.

La división de Alemania en zonas de ocupación, concebida como una medida temporal, se convirtió en permanente. Las zonas occidentales se fusionaron progresivamente y dieron lugar a la República Federal de Alemania en 1949. La zona soviética se convirtió en la República Democrática Alemana ese mismo año. El Muro de Berlín, levantado en 1961, fue la expresión física más brutal de una división que se había gestado en las salas del palacio de Cecilienhof.

Potsdam fue, en definitiva, la conferencia donde el mundo de la posguerra empezó a tomar forma. Las decisiones tomadas allí —las fronteras, las reparaciones, las zonas de ocupación, el equilibrio de poder entre Washington y Moscú— definieron la geopolítica mundial durante las cuatro décadas siguientes. Cuando el Muro de Berlín cayó en noviembre de 1989, fue el orden de Potsdam el que se derrumbó con él.