El fin de la Segunda Guerra Mundial redibujó por completo el orden geopolítico mundial, dando paso a una era de bipolaridad entre Estados Unidos y la Unión Soviética. El Telón de Acero dividió Europa en dos bloques antagónicos, y Alemania se convirtió en el símbolo más visible de esa fractura con su partición en dos estados. La Guerra Fría definió las relaciones internacionales durante casi medio siglo, marcando la política, la economía y la cultura de todo el planeta.
Las semillas de la nueva configuración mundial se sembraron en las grandes conferencias aliadas de Teherán, Yalta y Potsdam, donde Roosevelt, Churchill y Stalin negociaron el reparto de esferas de influencia. Las decisiones tomadas en esas reuniones determinaron las fronteras de la posguerra, el destino de las naciones liberadas y las zonas de ocupación de Alemania. Lo que comenzó como cooperación entre aliados se transformó rápidamente en rivalidad entre dos sistemas irreconciliables.
La división de Alemania en cuatro zonas de ocupación cristalizó en la creación de dos estados en 1949: la República Federal de Alemania, alineada con Occidente, y la República Democrática Alemana, satélite de la URSS. Berlín, enclavada en territorio oriental, quedó igualmente dividida. El Bloqueo de Berlín de 1948-1949, primer gran enfrentamiento de la Guerra Fría, demostró que las tensiones entre los antiguos aliados podían escalar hasta el borde del conflicto armado.
El Telón de Acero, expresión acuñada por Churchill en 1946, describía la frontera ideológica y física que separaba la Europa occidental democrática de la Europa oriental bajo dominio soviético. Países como Polonia, Checoslovaquia, Hungría y Rumanía pasaron de la ocupación nazi a la órbita soviética sin transición democrática, intercambiando un totalitarismo por otro.
En Asia, la ocupación estadounidense de Japón transformó al antiguo enemigo en un aliado estratégico, mientras la revolución comunista en China (1949) y la Guerra de Corea (1950-1953) extendían la lógica bipolar al continente asiático. El mundo ya no se dividía entre vencedores y vencidos, sino entre dos bloques nucleares cuya rivalidad condicionaría la política internacional hasta la caída del Muro de Berlín en 1989.