El 7 de abril de 1939, cinco meses antes del estallido de la SGM, las fuerzas armadas italianas invadieron Albania, un pequeño reino balcánico que llevaba dos décadas bajo la creciente influencia de Roma. La operación, concebida como un paseo militar que reforzara el prestigio de Benito Mussolini tras el espectacular éxito de Hitler con la anexión de Checoslovaquia, fue ejecutada con una torpeza logística que avergonzó al ejército italiano. Pese a la escasa resistencia albanesa, los desembarcos fueron caóticos y las tropas tardaron varios días en asegurar el control del país. Albania fue anexionada como parte de la corona italiana, y el rey Zog I huyó al exilio con el tesoro nacional. La invasión fue la última adquisición territorial del Eje antes de la guerra y sirvió de trampolín para la desastrosa invasión italiana de Grecia en octubre de 1940.

Albania bajo influencia italiana
Albania había sido un estado independiente desde 1912, pero su soberanía fue siempre precaria. El país, uno de los más pobres de Europa, carecía de infraestructuras modernas, industria y un ejército capaz de defender sus fronteras. Desde los años veinte, Italia había ejercido una influencia económica y política creciente sobre Albania, convirtiéndola en un protectorado de facto.
El rey Zog I, un antiguo caudillo tribal que se había proclamado monarca en 1928, mantuvo una relación ambivalente con Roma. Aceptó la ayuda económica italiana —préstamos, inversiones en infraestructuras, asesores militares— pero intentó preservar un margen de independencia que irritaba a Mussolini. Los acuerdos de Tirana de 1926 y 1927 habían convertido a Albania en un satélite italiano, pero Zog resistía las presiones para ceder completamente la soberanía.
La economía albanesa dependía casi enteramente de Italia. El Banco Nacional de Albania estaba controlado por capital italiano, las principales obras públicas eran financiadas por Roma y los oficiales italianos entrenaban al ejército albanés. Cuando Zog intentó diversificar sus relaciones exteriores acercándose a Yugoslavia y Grecia, Mussolini decidió que había llegado el momento de formalizar el control italiano sobre el país.
La decisión de invadir
La motivación inmediata de la invasión fue el deseo de Mussolini de competir con Hitler. La anexión alemana de Checoslovaquia en marzo de 1939, ejecutada sin disparar un solo tiro, había humillado a Italia al demostrar que Alemania podía expandirse impunemente mientras Mussolini se limitaba a observar. El Duce necesitaba una conquista propia para mantener su prestigio ante Hitler y ante la opinión pública italiana.
Albania era el objetivo más fácil disponible. El país era pequeño, débil militarmente, ya estaba bajo influencia italiana y su conquista no provocaría una reacción internacional significativa. Mussolini presentó la operación como una formalización del vínculo existente entre ambos países, no como una agresión.
El ministro de Exteriores italiano, el conde Galeazzo Ciano —yerno de Mussolini—, fue el principal promotor de la invasión. Ciano veía Albania como una plataforma para la expansión italiana en los Balcanes y como una demostración de la capacidad militar italiana. Su diario revela un entusiasmo juvenil por la operación que contrastaba con la chapuza logística que se produjo.
La invasión: 7 de abril de 1939
La operación fue planificada apresuradamente. El ejército italiano reunió una fuerza de unos 22.000 hombres, apoyados por la marina y la aviación, para desembarcar en los puertos albaneses de Durrës, Vlorë, Sarandë y Shëngjin. La expectativa era que el ejército albanés, de apenas 15.000 hombres mal equipados, no ofrecería resistencia significativa.
La ejecución fue caótica. Los desembarcos anfibios, realizados bajo unas condiciones meteorológicas favorables, sufrieron problemas logísticos embarazosos: barcos que llegaban al puerto equivocado, tropas que desembarcaban sin su equipamiento, comunicaciones deficientes entre las unidades y una coordinación entre el ejército, la marina y la aviación que dejaba mucho que desear.
La resistencia albanesa fue desigual pero existió. En algunos puntos, como Durrës, los defensores opusieron una resistencia que retrasó el avance italiano durante horas. Pequeñas unidades del ejército albanés y civiles armados combatieron en varios puntos del país. Sin embargo, la superioridad numérica y material italiana era abrumadora, y la resistencia organizada se derrumbó en pocos días.
El rey Zog, su esposa la reina Geraldine —que había dado a luz apenas dos días antes— y su séquito huyeron hacia Grecia con parte del tesoro nacional. Zog no regresaría jamás a Albania; murió en el exilio en Francia en 1961.
La anexión
El 12 de abril, una asamblea constituyente albanesa convocada por los italianos ofreció la corona de Albania al rey Víctor Manuel III de Italia, creando una unión personal entre ambos reinos. Albania se convirtió en un protectorado italiano con un gobierno títere encabezado por el primer ministro Shefqet Vërlaci.
La administración italiana procedió a integrar Albania en el sistema imperial fascista. Se construyeron carreteras, puentes y edificios públicos. Se envió a colonos italianos. Se reorganizó el ejército albanés bajo mando italiano. Los recursos minerales del país —cromo, petróleo, cobre— fueron explotados para beneficio de Italia.
Para la población albanesa, la anexión fue recibida con sentimientos mixtos. Algunos sectores, especialmente las élites urbanas y los grupos próximos a Italia, aceptaron la situación como inevitable e incluso beneficiosa. Otros, especialmente en las zonas rurales del norte, mantuvieron una hostilidad latente que se transformaría en resistencia armada durante la guerra.
La reacción internacional
La reacción internacional fue predeciblemente débil. El Reino Unido y Francia protestaron formalmente pero no tomaron medidas concretas. La política de apaciguamiento hacia las potencias del Eje seguía vigente, aunque los acontecimientos de 1939 estaban agotando rápidamente la paciencia de las democracias occidentales.
Sin embargo, la invasión de Albania tuvo un efecto indirecto importante: convenció al Reino Unido de ofrecer garantías de seguridad a Grecia y Rumanía, comprometiéndose a defender su independencia en caso de agresión. Estas garantías, similares a las ofrecidas a Polonia el 31 de marzo, ampliaron el perímetro de compromisos británicos en Europa oriental y los Balcanes.
Albania como trampolín: la invasión de Grecia
La consecuencia más importante de la conquista de Albania fue que proporcionó a Italia una base para la invasión de Grecia en octubre de 1940. Mussolini, celoso de los éxitos militares de Hitler, decidió lanzar su propia guerra de conquista sin consultar a su aliado alemán.
La invasión de Grecia desde Albania fue un desastre militar de proporciones históricas para Italia. El ejército griego, más pequeño pero motivado y bien dirigido, no solo detuvo la ofensiva italiana sino que contraatacó y penetró en territorio albanés, infligiendo una humillación que obligó a Alemania a intervenir en los Balcanes en abril de 1941 para rescatar a su aliado.
El legado
La invasión de Albania revelaba las debilidades estructurales del fascismo italiano: ambiciones imperiales desproporcionadas respecto a la capacidad militar real, una planificación deficiente, un liderazgo político que priorizaba el espectáculo sobre la eficacia y una cadena de mando plagada de rivalidades y cortesanismo. Estos mismos defectos se manifestarían con consecuencias mucho más graves en Grecia, el norte de África y Rusia.
Para Albania, la invasión de 1939 fue el inicio de un periodo de dominación extranjera que se prolongaría, bajo diferentes formas, durante décadas. La resistencia antifascista albanesa durante la guerra, liderada por el movimiento comunista de Enver Hoxha, condujo al establecimiento de una dictadura estalinista que gobernaría el país hasta 1991. La invasión italiana de 1939 fue, en ese sentido, el inicio de un largo ciclo de opresión.