En la noche del 18 de septiembre de 1931, una pequeña explosión en las vías del ferrocarril del sur de Manchuria, cerca de la ciudad china de Mukden, desencadenó una cadena de acontecimientos que transformaría el orden internacional. Los oficiales del Ejército de Kwantung japonés responsables del sabotaje lo atribuyeron a soldados chinos y lo utilizaron como pretexto para lanzar una invasión a gran escala de toda Manchuria. En apenas cinco meses, las fuerzas japonesas controlaban un territorio tres veces mayor que Japón con una población de treinta millones de personas. La conquista de Manchuria fue el primer acto de agresión territorial a gran escala del período de entreguerras, un precedente que la Sociedad de Naciones fue incapaz de detener y que abrió el camino para las expansiones posteriores de la Alemania nazi y la Italia fascista. El fracaso de la comunidad internacional en Manchuria fue el primer paso en el desmoronamiento del orden de posguerra que culminaría en la SGM.

Manchuria: el premio codiciado
Manchuria ocupaba una posición estratégica única en el noreste de Asia. Limitaba con Corea, ya bajo dominio japonés, con la Unión Soviética al norte y con la China interior al sur. Su extensión de más de un millón de kilómetros cuadrados albergaba vastos recursos naturales que convertían la región en el complemento perfecto para la economía japonesa: carbón en abundancia, yacimientos de hierro, tierras agrícolas fértiles productoras de soja y cereales, y bosques madereros de primera calidad.
Japón mantenía intereses en Manchuria desde su victoria en la guerra ruso-japonesa de 1905. El Tratado de Portsmouth le había otorgado el control del Ferrocarril del Sur de Manchuria, una línea que conectaba Dairen (Dalian) en el extremo sur de la península de Liaodong con Changchun en el norte. La Compañía del Ferrocarril del Sur de Manchuria, conocida como Mantetsu, se había convertido en mucho más que una empresa ferroviaria: era un conglomerado económico que operaba minas, fábricas, hoteles y ciudades enteras a lo largo de la línea, y funcionaba como el brazo económico del imperialismo japonés en la región.
El Ejército de Kwantung, la guarnición militar encargada de proteger los intereses japoneses en Manchuria, había desarrollado una autonomía preocupante respecto al gobierno central de Tokio. Sus oficiales, muchos de ellos ultranacionalistas convencidos de que el destino de Japón pasaba por la expansión continental, veían en Manchuria el territorio que resolvería los problemas económicos del imperio y proporcionaría un glacis defensivo contra la amenaza soviética al norte.
El Incidente de Mukden
El detonante de la invasión fue un acto de provocación cuidadosamente planificado por oficiales del Ejército de Kwantung, principalmente el teniente coronel Kanji Ishiwara y el coronel Seishirō Itagaki. En la noche del 18 de septiembre de 1931, una carga explosiva detonó en las vías del ferrocarril del sur de Manchuria a las afueras de Mukden. La explosión fue tan débil que ni siquiera interrumpió el tráfico ferroviario: un tren pasó por el lugar minutos después sin novedad. Sin embargo, el ejército japonés declaró que soldados chinos habían saboteado la línea y lanzó una ofensiva inmediata contra la guarnición china de Mukden.
El ataque había sido planificado con meses de antelación. Los oficiales del Kwantung habían reconocido los objetivos, posicionado tropas y preparado planes operativos sin informar ni al gobierno japonés ni al alto mando militar en Tokio. Cuando el primer ministro Wakatsuki Reijirō y el ministro de guerra ordenaron que las operaciones se limitaran a la zona inmediata de Mukden, los comandantes sobre el terreno simplemente desobedecieron y ampliaron la ofensiva.
La guarnición china, bajo las órdenes del señor de la guerra Zhang Xueliang, prácticamente no opuso resistencia. Zhang había recibido instrucciones del gobierno nacionalista chino de Chiang Kai-shek de evitar provocaciones que pudieran dar pretexto a una escalada japonesa, una política de no resistencia que resultó desastrosa. En pocas horas, las fuerzas japonesas controlaban Mukden y sus alrededores. En los días siguientes, la ofensiva se extendió a otras ciudades de la región.
La conquista relámpago
La resistencia china fue mínima y desorganizada. Las fuerzas de Zhang Xueliang, nominalmente leales al gobierno central de Nankín pero en la práctica un ejército regional con lealtades divididas, se retiraron hacia el sur del Gran Muro sin presentar batalla seria. El ejército de Kwantung, reforzado progresivamente desde Corea y Japón, avanzó con rapidez aprovechando la red ferroviaria que él mismo controlaba.
En noviembre de 1931, las fuerzas japonesas capturaron Tsitsihar (Qiqihar) en el norte, enfrentándose a una breve resistencia del general Ma Zhanshan, cuya defensa del puente del río Nen se convirtió en un símbolo del heroísmo chino frente a la agresión. En enero de 1932, Japón ocupó Jinzhou, completando el control de Manchuria meridional. En febrero cayó Harbin, la última gran ciudad del norte. Para la primavera de 1932, toda Manchuria estaba bajo control japonés.
La facilidad de la conquista reforzó las convicciones de los militaristas japoneses. Con un coste relativamente bajo en vidas y recursos, Japón había adquirido un territorio inmenso y rico. La insubordinación del Ejército de Kwantung, lejos de ser castigada, fue recompensada con ascensos y condecoraciones. El mensaje era claro: la audacia militar producía resultados que la diplomacia nunca conseguiría, y el gobierno civil carecía de autoridad para frenar a los militares.
La creación del Manchukuo
Para dar apariencia de legitimidad a la conquista, Japón creó el Estado del Manchukuo el 1 de marzo de 1932. Se escogió como jefe de Estado a Puyi, el último emperador de la dinastía Qing china, que había sido depuesto de niño en la revolución de 1911 y vivía como una figura decorativa en Tianjín. Puyi aceptó el cargo con la esperanza de restaurar la monarquía manchú, pero pronto descubrió que su papel era puramente ceremonial: el verdadero poder lo ejercían los funcionarios japoneses y el Ejército de Kwantung.
El Manchukuo fue proclamado como un Estado multiétnico basado en la armonía de cinco razas: japoneses, chinos, manchúes, mongoles y coreanos. En la práctica, era un Estado colonial donde los japoneses ocupaban todos los puestos de decisión, los recursos eran explotados para beneficio del imperio y la población local estaba sometida a un régimen policial represivo. En 1934, Puyi fue elevado a emperador del Manchukuo, pero su poder seguía siendo inexistente.
La explotación económica de Manchuria fue sistemática y eficiente. La industria pesada experimentó un crecimiento espectacular bajo la dirección de Yoshisuke Aikawa, fundador del conglomerado Nissan, que trasladó su cuartel general a Manchuria para dirigir la Corporación de Desarrollo Industrial del Manchukuo. Las minas de carbón y hierro, las acerías, las centrales hidroeléctricas y las fábricas de armamento convirtieron al Manchukuo en un polo industrial que complementaba la economía japonesa, aunque a costa de una explotación laboral que incluía el trabajo forzado de prisioneros chinos.
La reacción internacional: el fracaso de la Sociedad de Naciones
La invasión de Manchuria puso a prueba la capacidad de la Sociedad de Naciones para cumplir su función fundamental: mantener la paz internacional. China apeló al Consejo de la Sociedad en septiembre de 1931, solicitando que se condenara la agresión japonesa y se exigiera la retirada de las tropas. Japón argumentó que había actuado en defensa propia ante provocaciones chinas, una versión que pocos delegados creyeron pero que servía para dilatar las deliberaciones.
La Sociedad de Naciones respondió con el instrumento que mejor conocía: una comisión de investigación. En diciembre de 1931 se creó la Comisión Lytton, presidida por el británico Lord Lytton, que viajó a Manchuria para evaluar la situación sobre el terreno. Mientras los comisionados investigaban, Japón continuaba consolidando su control sobre la región y creando el Estado títere del Manchukuo.
El Informe Lytton, publicado en octubre de 1932, fue un documento notable por su lucidez. Reconocía que Japón tenía intereses legítimos en Manchuria, pero concluía que la invasión no podía justificarse como legítima defensa y que el Manchukuo no era un Estado genuinamente independiente. El informe recomendaba la retirada de las tropas japonesas y la creación de un régimen autónomo para Manchuria bajo soberanía china, con protección de los intereses japoneses.
La Asamblea de la Sociedad de Naciones adoptó el informe en febrero de 1933 por una abrumadora mayoría, con Japón como único voto en contra. La respuesta japonesa fue abandonar la Sociedad de Naciones el 27 de marzo de 1933. Yōsuke Matsuoka, el delegado japonés, pronunció un dramático discurso de despedida y salió de la sala seguido por toda la delegación, en una escena que simbolizó el fracaso del sistema de seguridad colectiva.
Las consecuencias inmediatas
La impunidad con que Japón consumó la conquista de Manchuria tuvo repercusiones que trascendieron el ámbito asiático. Para las potencias revisionistas europeas, la lección era meridianamente clara: la Sociedad de Naciones carecía de voluntad y de medios para imponer sanciones efectivas contra un agresor determinado. Adolf Hitler , que llegó al poder en Alemania en enero de 1933, tomó buena nota del precedente manchú cuando planificó sus propias expansiones territoriales. Mussolini citó explícitamente el caso de Manchuria para justificar su invasión de Etiopía en 1935.
En Japón, la conquista de Manchuria fortaleció enormemente a los militaristas. El éxito demostró que la acción unilateral producía resultados y que las consecuencias internacionales eran manejables. La economía se benefició del acceso a los recursos manchúes, el prestigio del ejército se disparó y los políticos civiles que se habían opuesto a la aventura quedaron desacreditados. El asesinato del primer ministro Inukai Tsuyoshi en mayo de 1932 por jóvenes oficiales de la Marina, precisamente por su intento de contener la expansión militar, cerró de facto la era de los gobiernos civiles en Japón.
La relación con la Unión Soviética también se vio afectada. La presencia japonesa en Manchuria creaba una frontera directa entre ambas potencias de más de cuatro mil kilómetros. Las tensiones fronterizas se multiplicaron, culminando en los enfrentamientos de Khalkhin Gol en 1939, donde las fuerzas soviéticas del general Zhúkov infligieron una severa derrota a Japón. Esta derrota fue determinante para que Japón decidiera expandirse hacia el sur, hacia el Sudeste Asiático, en lugar de hacia el norte contra la URSS, una decisión que cambiaría el curso de la SGM.
De Manchuria a la guerra total
La invasión de Manchuria fue el primer eslabón de una cadena de agresiones que condujo inexorablemente a la SGM en Asia. Tras consolidar el control de Manchuria, el ejército japonés presionó para expandirse hacia el norte de China, ocupando la provincia de Jehol en 1933 y estableciendo zonas desmilitarizadas que erosionaban progresivamente la soberanía china. Cada concesión arrancada a China alimentaba nuevas demandas.
En julio de 1937, el incidente del puente de Marco Polo desencadenó la segunda guerra sino-japonesa, una conflagración que se prolongaría hasta 1945 y costaría la vida a millones de personas. La invasión de China a gran escala fue, en muchos sentidos, la extensión lógica de la aventura manchú: los mismos oficiales, la misma mentalidad de que la fuerza resolvía lo que la diplomacia no podía y la misma confianza en que las potencias occidentales no intervendrían.
La línea que conecta el Incidente de Mukden de 1931 con el ataque a Pearl Harbor de 1941 es directa y continua. Manchuria proporcionó la base de recursos y la confianza que permitieron la invasión de China. La guerra en China generó las tensiones con Estados Unidos que condujeron al embargo de petróleo. Y el embargo de petróleo empujó a Japón al ataque desesperado contra la flota estadounidense en Hawái. Cada paso hacía más difícil retroceder y más probable la catástrofe final.
El precedente para el mundo
La invasión de Manchuria merece ser recordada no solo como un episodio de la historia asiática, sino como un momento decisivo para el orden internacional del siglo XX. Fue la primera demostración de que el sistema de seguridad colectiva establecido tras la Primera Guerra Mundial no funcionaba. Las condenas verbales, las comisiones de investigación y las resoluciones de la Asamblea resultaron inútiles frente a una potencia dispuesta a usar la fuerza.
El fracaso en Manchuria envenenó las relaciones internacionales durante toda la década de 1930. Si la comunidad internacional hubiera respondido con firmeza en 1931, imponiendo sanciones económicas efectivas o incluso amenazando con una intervención militar, quizá la historia habría tomado un rumbo diferente. Pero la voluntad política no existía, y las potencias democráticas prefirieron mirar hacia otro lado mientras el orden internacional se desmoronaba.
El orden nacido de Versalles se agrietó en Manchuria y se derrumbó en Europa pocos años después. La lógica fue siempre la misma: un agresor determinado actúa, la comunidad internacional protesta pero no interviene y el siguiente agresor toma nota y actúa con mayor audacia. Manchuria, Etiopía, Renania, Austria, los Sudetes y Checoslovaquia forman una secuencia lógica donde cada episodio de impunidad allanó el camino para el siguiente, hasta que la invasión de Polonia en septiembre de 1939 hizo imposible seguir evitando la guerra.