La segunda guerra chino-japonesa, librada entre julio de 1937 y septiembre de 1945, fue el mayor conflicto del teatro asiático de la SGM y una de las guerras más destructivas del siglo XX. Más de 20 millones de personas murieron —la inmensa mayoría civiles chinos— en ocho años de combates, masacres, bombardeos, hambrunas y epidemias. La guerra comenzó como una agresión japonesa para someter a China y acabó fusionándose con el conflicto global cuando Japón atacó Pearl Harbor en diciembre de 1941. Sin la guerra chino-japonesa, la SGM en el Pacífico no habría ocurrido: fue la necesidad de recursos para sostener la guerra en China lo que empujó a Japón a enfrentarse a las potencias occidentales.

Soldados durante la guerra chino-japonesa
La segunda guerra chino-japonesa (1937-1945) causó más de 20 millones de víctimas, la mayoría civiles chinos. U.S. Army Center of Military History · Dominio público

Los antecedentes: de Manchuria a Marco Polo

La agresión japonesa contra China no comenzó en 1937. Desde la invasión de Manchuria en 1931, Japón había ido extendiendo su control sobre el norte de China mediante una combinación de presión militar, creación de estados títeres y provocaciones diseñadas para obtener concesiones territoriales.

El Ejército de Kwantung, la poderosa fuerza japonesa estacionada en Manchuria, operaba con una autonomía que bordeaba la insubordinación. Sus oficiales más agresivos buscaban provocar incidentes que justificaran nuevas conquistas. En 1933, Japón ocupó la provincia de Jehol y estableció una zona desmilitarizada al sur de la Gran Muralla. En 1935, mediante el Acuerdo He-Umezu, obligó a China a retirar sus tropas de varias provincias del norte.

El gobierno nacionalista de Chiang Kai-shek , enfrentado simultáneamente a la amenaza japonesa y a la insurgencia comunista de Mao Zedong, adoptó una estrategia de contemporización con Japón mientras concentraba sus fuerzas contra los comunistas. Esta política de «primero pacificación interna, después resistencia exterior» fue impopular y generó un creciente resentimiento nacionalista contra el régimen.

El incidente del puente de Marco Polo

El 7 de julio de 1937, un intercambio de disparos entre tropas japonesas y chinas junto al puente de Marco Polo (Lugouqiao), a las afueras de Pekín, desencadenó la guerra a gran escala. Como en Manchuria, el incidente fue probablemente provocado por los japoneses para crear un casus belli.

A diferencia de crisis anteriores, esta vez el gobierno chino decidió resistir. Chiang Kai-shek, presionado por la opinión pública, por los comunistas y por la humillación de años de concesiones, declaró que China no cedería un centímetro más de territorio. La decisión fue tomada sabiendo que el ejército chino era muy inferior al japonés en equipamiento, entrenamiento y capacidad industrial.

La movilización japonesa fue rápida y masiva. En pocas semanas, el norte de China fue invadido y Pekín cayó el 29 de julio. Los japoneses esperaban que una demostración de fuerza abrumadora obligara a China a negociar, como había ocurrido en crisis anteriores. Se equivocaron: la resistencia china, aunque militarmente desigual, fue tenaz y prolongada.

La batalla de Shanghái y la masacre de Nankín

Chiang Kai-shek decidió abrir un segundo frente en Shanghái para atraer la atención internacional y demostrar que China estaba dispuesta a luchar. La batalla de Shanghái (agosto-noviembre de 1937) fue uno de los combates urbanos más sangrientos del periodo de entreguerras: más de 250.000 soldados chinos y 40.000 japoneses cayeron en tres meses de lucha encarnizada.

Tras la caída de Shanghái, el ejército japonés avanzó hacia Nankín, la capital de la China nacionalista. La masacre de Nankín de diciembre de 1937 fue uno de los episodios más horribles de la guerra: durante seis semanas, las tropas japonesas se entregaron a una orgía de violencia contra la población civil que incluyó asesinatos masivos, violaciones sistemáticas y destrucción generalizada. Las estimaciones de víctimas oscilan entre 100.000 y 300.000 personas.

La masacre de Nankín tuvo un efecto paradójico: en lugar de quebrar la voluntad de resistencia china, la endureció. La brutalidad japonesa convenció a millones de chinos de que la rendición no era una opción. Chiang Kai-shek trasladó la capital a Chongqing, en el interior del país, y declaró que China lucharía hasta el final.

La guerra de desgaste

A partir de 1938, la guerra se estancó en un patrón que se mantendría durante años. Japón controlaba las ciudades costeras, las líneas ferroviarias y las principales vías de comunicación. China controlaba el vasto interior rural, donde las fuerzas japonesas no podían penetrar en profundidad sin estirar peligrosamente sus líneas de suministro.

La estrategia china era conscientemente defensiva: cambiar espacio por tiempo, desgastar al ejército japonés y esperar la ayuda internacional. Chiang Kai-shek confiaba en que, tarde o temprano, Japón se enfrentaría a Estados Unidos y el Reino Unido, lo que convertiría a China en aliada de las mayores potencias industriales del mundo.

Los comunistas de Mao Zedong, nominalmente aliados con los nacionalistas desde el incidente de Xi'an de 1936, libraban su propia guerra de guerrillas en el norte. La táctica comunista era fundamentalmente diferente: evitar batallas frontales, hostigar al enemigo con emboscadas y sabotajes, y ganarse el apoyo de la población campesina. La cooperación entre nacionalistas y comunistas fue siempre frágil y llena de desconfianza mutua.

El frente unido y la ayuda internacional

La ayuda internacional a China fue limitada pero crucial en los momentos más difíciles. La Unión Soviética proporcionó aviones, pilotos voluntarios, armas y asesores militares entre 1937 y 1941, cuando la invasión alemana forzó a Stalin a concentrar sus recursos en el frente occidental. Alemania, paradójicamente, había sido el principal proveedor de armas y asesor militar de China hasta 1938, cuando la alianza con Japón obligó a Berlín a retirar a sus asesores.

Tras el ataque a Pearl Harbor, China se convirtió formalmente en aliada de Estados Unidos y el Reino Unido. La ayuda estadounidense, canalizada a través de la peligrosa ruta del Himalaya (the Hump) después de que Japón cortara la carretera de Birmania, incluía armas, municiones, combustible y la presencia de asesores militares como el abrasivo general Joseph Stilwell.

Las víctimas y la destrucción

Las cifras de la guerra chino-japonesa son estremecedoras. China sufrió entre 15 y 20 millones de muertos, de los cuales la mayoría fueron civiles. Japón perdió más de un millón de soldados en el teatro chino. La destrucción económica fue catastrófica: ciudades arrasadas, infraestructuras destruidas, millones de hectáreas de cultivo devastadas y una inflación galopante que destruyó la economía.

La brutalidad japonesa fue sistemática. Además de la masacre de Nankín, el ejército japonés ejecutó la estrategia de los tres todos (sanko sakusen): matar todo, quemar todo, saquear todo, una política de tierra quemada aplicada contra las zonas rurales sospechosas de apoyar a la guerrilla. Las armas químicas y biológicas fueron utilizadas extensamente: la Unidad 731 realizó experimentos atroces con prisioneros chinos y desplegó armas bacteriológicas contra poblaciones civiles.

El legado

La guerra chino-japonesa fue el conflicto que conectó la agresión regional japonesa con la SGM global. Sin la guerra en China, Japón no habría necesitado los recursos del sudeste asiático, no habría enfrentado el embargo petrolero estadounidense y no habría atacado Pearl Harbor. La guerra en China fue, en ese sentido, una de las causas directas de la SGM en el Pacífico.

Para China, la guerra fue una experiencia formativa que moldeó la política del siglo XX. La resistencia contra Japón fortaleció tanto al movimiento nacionalista como al comunista, pero la devastación de ocho años de guerra dejó al país exhausto. La guerra civil entre nacionalistas y comunistas, reanudada en 1946, fue en gran medida un conflicto entre dos fuerzas que habían sido forjadas y debilitadas por la guerra chino-japonesa. La victoria comunista de 1949 fue, en muchos sentidos, una consecuencia diferida del conflicto con Japón.