El 3 de octubre de 1935, sin declaración de guerra previa, las tropas italianas cruzaron la frontera de Etiopía desde las colonias de Eritrea y la Somalia Italiana. Benito Mussolini había decidido construir un imperio africano que igualara al de las grandes potencias coloniales europeas, y Etiopía, uno de los dos únicos Estados independientes que quedaban en el continente, era la pieza que faltaba para conectar las posesiones italianas en el Cuerno de África. La invasión fue acompañada de una brutalidad extrema que incluyó el uso sistemático de armas químicas contra combatientes y civiles. La reacción internacional se limitó a unas sanciones económicas parciales de la Sociedad de Naciones que no incluyeron el petróleo ni el cierre del canal de Suez, convirtiéndolas en un gesto inútil. La conquista de Etiopía demostró, una vez más, que la agresión militar quedaba impune y aceleró la aproximación entre la Italia fascista y la Alemania nazi que culminaría en la alianza del Eje.

Las ambiciones imperiales de Mussolini
El fascismo italiano nació con una vocación imperial que Mussolini cultivó desde sus primeros años en el poder. La idea de reconstruir la grandeza del Imperio Romano, el concepto de "Mare Nostrum" aplicado al Mediterráneo y la convicción de que Italia merecía un "lugar al sol" comparable al de Gran Bretaña y Francia eran pilares del discurso fascista. Italia había llegado tarde al reparto colonial de África en el siglo XIX y se había quedado con territorios de escaso valor: Eritrea, la Somalia Italiana y Libia, esta última conquistada en una costosa guerra contra el Imperio otomano en 1911-1912.
Etiopía representaba una asignatura pendiente especialmente dolorosa para el orgullo nacional italiano. En 1896, el ejército italiano había sufrido una humillante derrota en la batalla de Adua a manos de las fuerzas etíopes del emperador Menelik II. Fue la mayor derrota militar de una potencia europea a manos de un ejército africano en la era del imperialismo, y la herida nunca cicatrizó. Para Mussolini, vengar Adua y conquistar Etiopía era tanto una cuestión de prestigio nacional como de cálculo geopolítico.
La conquista permitiría conectar Eritrea y la Somalia Italiana en un vasto imperio del África Oriental que controlaría el acceso al mar Rojo y el Cuerno de África. Económicamente, Etiopía ofrecía tierras cultivables, recursos minerales y un mercado cautivo para los productos italianos. Demográficamente, Mussolini imaginaba colonias de asentamiento que absorberían el excedente de población italiana, ofreciendo una alternativa a la emigración masiva hacia las Américas.
El pretexto: el incidente de Ual Ual
Como toda agresión planificada, la invasión de Etiopía necesitaba un casus belli. Mussolini lo encontró en el incidente de Ual Ual, un enfrentamiento armado ocurrido en diciembre de 1934 en la frontera entre Etiopía y la Somalia Italiana. La localización exacta de la frontera era disputada, y las fuerzas italianas habían establecido un puesto militar en Ual Ual, un oasis que Etiopía consideraba parte de su territorio. Cuando tropas etíopes se acercaron al puesto, se produjo un choque armado que dejó víctimas en ambos bandos.
Italia exigió una disculpa formal, una indemnización y el reconocimiento de su soberanía sobre la zona. Etiopía propuso someter la disputa a arbitraje internacional, tal como establecía el tratado de amistad italo-etíope de 1928. Mussolini rechazó el arbitraje porque no buscaba una solución pacífica: buscaba un pretexto para la guerra. Mientras las negociaciones se dilataban ante la Sociedad de Naciones, Italia acumulaba tropas y material bélico en Eritrea y Somalia a un ritmo que no dejaba dudas sobre sus intenciones.
El emperador etíope Haile Selassie, consciente de la amenaza, apeló repetidamente a la Sociedad de Naciones invocando el Artículo 15 del Pacto, que obligaba al Consejo a investigar cualquier disputa que pudiera conducir a la guerra. La respuesta fue dilatoria. Gran Bretaña y Francia, las potencias dominantes en la Sociedad, no querían antagonizar a Italia, a la que consideraban una aliada potencial contra la Alemania de Hitler. En el Frente de Stresa, firmado en abril de 1935, Gran Bretaña, Francia e Italia se habían comprometido a defender la independencia de Austria y a oponerse al revisionismo alemán. Londres y París temían que una condena firme de Italia empujara a Mussolini hacia los brazos de Hitler.
La invasión: octubre de 1935
El ataque comenzó el 3 de octubre de 1935 con una ofensiva simultánea desde dos frentes. Desde Eritrea, al norte, avanzó el grueso del ejército italiano bajo el mando del general Emilio De Bono, con aproximadamente 200.000 soldados regulares y tropas coloniales. Desde la Somalia Italiana, al sureste, un ejército más reducido bajo el general Rodolfo Graziani amenazaba las provincias orientales de Etiopía.
Las fuerzas etíopes eran numéricamente comparables, con un ejército que podía movilizar entre 300.000 y 500.000 combatientes, pero la disparidad tecnológica era abismal. Etiopía carecía prácticamente de aviación, de artillería moderna y de vehículos blindados. La mayoría de los soldados etíopes combatían con armamento obsoleto o con armas tradicionales. No existía una cadena de mando centralizada eficiente, y los ejércitos provinciales respondían más a la lealtad a sus señores feudales que a las órdenes del gobierno central.
Italia desplegó su superioridad tecnológica con brutalidad. La Regia Aeronautica dominó los cielos sin oposición, bombardeando concentraciones de tropas, hospitales de campaña de la Cruz Roja y aldeas civiles. Los tanques y vehículos blindados italianos avanzaron por los valles mientras la artillería pesada destruía las posiciones defensivas etíopes. Pero fue el uso de armas químicas lo que marcó la campaña con un sello de infamia particular.
El uso de armas químicas
En violación flagrante del Protocolo de Ginebra de 1925, que Italia había firmado y ratificado, las fuerzas italianas emplearon gas mostaza de forma sistemática durante toda la campaña. El agente químico se dispersaba mediante bombas de aviación y proyectiles de artillería, pero también mediante pulverización directa desde aviones que volaban a baja altura sobre las tropas y la población civil etíopes.
Los efectos del gas mostaza sobre combatientes que carecían de toda protección fueron devastadores. Las ampollas y quemaduras químicas afectaban la piel, los ojos y las vías respiratorias, causando sufrimientos atroces y una muerte lenta a quienes recibían dosis altas. Las fuentes de agua contaminadas extendieron los efectos más allá del campo de batalla, afectando a civiles que no participaban en los combates. Los hospitales de campaña de la Cruz Roja fueron atacados deliberadamente en varias ocasiones.
Mussolini autorizó personalmente el uso de armas químicas. Los telegramas entre Roma y el frente, desclasificados décadas después, demuestran que la decisión se tomó al más alto nivel y que las órdenes eran explícitas. El mariscal Pietro Badoglio, que sustituyó a De Bono como comandante en jefe en noviembre de 1935, intensificó el uso de gas para romper la resistencia etíope antes de la estación de lluvias.
La resistencia etíope
A pesar de su inferioridad tecnológica, las fuerzas etíopes ofrecieron una resistencia tenaz que sorprendió a los planificadores italianos. La primera fase de la campaña fue más lenta de lo previsto, lo que provocó la destitución de De Bono y su sustitución por Badoglio. Los guerreros etíopes aprovecharon el conocimiento del terreno montañoso para emboscar a las columnas italianas y hostigar sus líneas de abastecimiento.
La batalla de Tembien, en enero-febrero de 1936, fue uno de los enfrentamientos más duros. Las fuerzas etíopes del Ras Kassa y del Ras Seyoum lanzaron un contraataque que puso en serios aprietos al flanco izquierdo italiano. Badoglio respondió con bombardeos masivos de gas mostaza que diezmaron a los atacantes. La batalla de Shire, en febrero de 1936, donde las fuerzas del Ras Imru combatieron con extraordinario valor, también fue decidida por el uso de armas químicas y la superioridad aérea italiana.
La batalla decisiva se libró en Maychew, al norte de Etiopía, entre el 31 de marzo y el 4 de abril de 1936. El emperador Haile Selassie dirigió personalmente a su Guardia Imperial en un último esfuerzo desesperado por frenar el avance italiano. La derrota fue total. Las fuerzas etíopes, diezmadas por el gas, los bombardeos aéreos y la artillería, se desintegraron. Haile Selassie emprendió el camino del exilio, abandonando Addis Abeba el 2 de mayo de 1936 para embarcarse hacia Europa.
El 5 de mayo de 1936, las tropas italianas entraron en Addis Abeba. Cuatro días después, Mussolini proclamó la creación del Imperio italiano y el rey Víctor Manuel III asumió el título de emperador de Etiopía. Italia había conquistado su imperio africano, pero el precio moral y político sería altísimo.
La Sociedad de Naciones y las sanciones fallidas
La respuesta de la Sociedad de Naciones a la invasión fue un ejercicio de ineficacia que selló el destino de la organización. El 7 de octubre de 1935, cuatro días después del inicio de la invasión, el Consejo declaró a Italia Estado agresor en virtud del Artículo 16 del Pacto. Fue la primera y única vez que la Sociedad de Naciones aplicó formalmente sanciones contra un Estado miembro.
Las sanciones, aprobadas el 18 de noviembre, incluían un embargo de armas a Italia, la prohibición de préstamos financieros y la restricción de importaciones de productos italianos. Sin embargo, presentaban lagunas deliberadas que las hacían inoperantes. La más grave era la exclusión del petróleo de la lista de productos embargados. Italia dependía casi por completo del petróleo importado para alimentar su maquinaria bélica, y un embargo petrolero habría paralizado la campaña en cuestión de semanas. Mussolini reconoció privadamente que un embargo de petróleo le habría obligado a retirarse de Etiopía en una semana.
La decisión de no embargar el petróleo respondió a la presión de Gran Bretaña y Francia, que temían que sanciones demasiado severas provocaran una ruptura total con Italia y la empujaran hacia Alemania. El secretario de asuntos exteriores británico, Samuel Hoare, y su homólogo francés, Pierre Laval, negociaron secretamente el Plan Hoare-Laval en diciembre de 1935, que proponía ceder a Italia dos tercios de Etiopía a cambio de detener la guerra. Cuando el plan se filtró a la prensa, provocó un escándalo que forzó la dimisión de Hoare, pero reveló la verdadera disposición de las grandes potencias: estaban dispuestas a sacrificar Etiopía para mantener a Italia como aliada contra Alemania.
El discurso de Haile Selassie
El momento más memorable de la crisis etíope se produjo el 30 de junio de 1936, cuando el emperador Haile Selassie se dirigió a la Asamblea de la Sociedad de Naciones en Ginebra. En un discurso cargado de dignidad y amargura, el emperador describió los horrores de la guerra química, denunció la inacción de la comunidad internacional y advirtió proféticamente que lo que le había ocurrido a Etiopía podía ocurrirle a cualquier nación pequeña.
"Aparte del Reino de Dios, no hay en esta tierra ninguna nación que sea superior a cualquier otra", declaró Haile Selassie ante una audiencia que incluía a los representantes de los mismos países que lo habían abandonado. "¿Qué respuesta daré a mi pueblo?", preguntó. La pregunta quedó sin respuesta. La Sociedad de Naciones levantó las sanciones contra Italia el 4 de julio de 1936, reconociendo implícitamente la conquista.
El discurso de Haile Selassie es considerado uno de los alegatos más poderosos en defensa del derecho internacional y la seguridad colectiva del siglo XX. Su advertencia de que "hoy somos nosotros, mañana seréis vosotros" resultó trágicamente profética: tres años después, las potencias que habían abandonado a Etiopía se encontrarían ellas mismas frente a la agresión militar.
Las consecuencias para el orden internacional
La crisis de Etiopía tuvo consecuencias devastadoras para el sistema de seguridad colectiva. La Sociedad de Naciones quedó fatalmente desacreditada. Si no era capaz de proteger a un Estado miembro frente a una agresión tan flagrante y unilateral, carecía de razón de existir. Las naciones pequeñas comprendieron que las garantías del Pacto eran papel mojado y que solo podían confiar en sí mismas o en alianzas bilaterales con grandes potencias.
El Frente de Stresa, la coalición anglo-franco-italiana contra el revisionismo alemán, se derrumbó. Mussolini, resentido por las sanciones y convencido de que las democracias occidentales eran débiles y poco fiables, giró hacia Hitler . En octubre de 1936, Italia y Alemania firmaron el Eje Roma-Berlín, una alianza que transformó el equilibrio de poder en Europa. La guerra de Etiopía convirtió a la Italia fascista, que hasta entonces había sido un contrapeso potencial contra Alemania, en su aliada más importante.
Hitler observó la crisis etíope con atención y extrajo conclusiones idénticas a las que había sacado de la invasión japonesa de Manchuria: las democracias occidentales no estaban dispuestas a usar la fuerza para hacer cumplir el derecho internacional. En marzo de 1936, mientras la atención mundial se concentraba en Etiopía, Hitler ordenó la remilitarización de Renania, violando el Tratado de Versalles y los Acuerdos de Locarno. La coincidencia temporal no fue casual: Hitler calculó correctamente que Gran Bretaña y Francia, ya enredadas en la crisis etíope, no reaccionarían ante su golpe de mano en Renania.
El legado de Etiopía
La conquista italiana de Etiopía duró apenas cinco años. En 1941, durante la campaña del Este de África, las fuerzas británicas y del Commonwealth, apoyadas por guerrilleros etíopes, liberaron el país y restauraron a Haile Selassie en el trono. La efímera experiencia colonial italiana en Etiopía dejó poco más que infraestructuras rudimentarias y un legado de atrocidades que incluye la masacre de Addis Abeba de febrero de 1937, donde las fuerzas de ocupación asesinaron a miles de civiles en represalia por un intento de asesinato contra el virrey Graziani.
Pero las consecuencias de la crisis etíope para el orden internacional fueron permanentes. La demostración de que la agresión quedaba impune destruyó la credibilidad de la seguridad colectiva y aceleró la carrera hacia la SGM. Manchuria en 1931, Etiopía en 1935, Renania en 1936, Austria en 1938, los Sudetes en 1938: cada episodio de inacción internacional alentó nuevas agresiones más audaces, en una espiral que solo se detuvo cuando la invasión de Polonia hizo imposible seguir mirando hacia otro lado.
La política de apaciguamiento que culminó en la Conferencia de Múnich de 1938 fue, en muchos sentidos, la continuación natural de la actitud adoptada durante la crisis etíope. La misma lógica, la misma esperanza de que las concesiones saciarían al agresor, la misma disposición a sacrificar a los débiles en aras de una paz ilusoria. Etiopía fue la primera víctima de esa lógica, pero no sería la última.