El corredor polaco y la ciudad libre de Danzig fueron dos de las creaciones más polémicas del orden europeo surgido tras la Primera Guerra Mundial. Una franja de territorio que cortaba Alemania en dos y un puerto báltico de mayoría alemana bajo mandato internacional se convirtieron en una fuente inagotable de resentimiento que Adolf Hitler supo explotar con precisión letal. Lo que durante dos décadas fue una disputa diplomática recurrente terminó por convertirse en el pretexto definitivo para desencadenar la SGM: la invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939.

Versalles y la creación del corredor polaco
Cuando las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial se reunieron en París en 1919 para rediseñar el mapa de Europa, uno de los principios rectores fue el derecho de autodeterminación de los pueblos, proclamado por el presidente estadounidense Woodrow Wilson en sus Catorce Puntos. El decimotercer punto establecía explícitamente la necesidad de crear un estado polaco independiente con acceso al mar. Polonia llevaba más de un siglo repartida entre los imperios ruso, austrohúngaro y alemán, y su resurrección como nación soberana exigía resolver un problema geográfico de difícil solución.
El territorio que conectaba el interior de Polonia con la costa báltica atravesaba tierras que Prusia llevaba controlando desde las particiones del siglo XVIII. La región de Pomerania, también llamada Prusia Occidental, tenía una población mixta de polacos y alemanes, con mayoría polaca en las zonas rurales y predominio alemán en las ciudades. El tratado de Versalles otorgó esta franja a la recién creada República de Polonia, creando lo que la prensa internacional bautizó rápidamente como el "corredor polaco": una banda de territorio de unos treinta kilómetros de anchura media que daba a Polonia su salida al Báltico pero, al mismo tiempo, separaba físicamente Prusia Oriental del resto de Alemania.
La decisión no fue arbitraria. Los plebiscitos celebrados en algunas zonas fronterizas confirmaron una presencia polaca mayoritaria en buena parte del corredor. Sin embargo, el resultado dejó a cientos de miles de alemanes bajo soberanía polaca y aisló a más de dos millones de habitantes de Prusia Oriental, que a partir de entonces necesitaban cruzar territorio extranjero —o embarcar por mar— para viajar al resto de su país.
Danzig: una ciudad entre dos mundos
El caso de Danzig —actual Gdańsk— era aún más complejo. La ciudad portuaria, situada en la desembocadura del Vístula, tenía una abrumadora mayoría alemana: más del 90 % de sus habitantes eran germanoparlantes. Entregarla a Polonia habría violado flagrantemente el principio de autodeterminación. Pero dejarla en manos de Alemania habría privado a Polonia de su principal puerto y de la infraestructura necesaria para comerciar con el mundo.
La solución de compromiso fue crear la Ciudad Libre de Danzig (Freie Stadt Danzig), una entidad autónoma bajo protección de la Sociedad de Naciones. Danzig tenía su propio parlamento, su propia moneda —el gulden de Danzig— y su propia policía, pero Polonia controlaba sus asuntos exteriores y su aduana, y disponía de derechos especiales en el puerto. Era un arreglo ingeniosos que no satisfacía plenamente a nadie: los alemanes de Danzig se sentían privados de pertenecer a su nación, y los polacos sospechaban que la ciudad siempre miraría hacia Berlín.
Para reducir su dependencia de Danzig, Polonia construyó en la década de 1920 un puerto enteramente nuevo en la cercana localidad de Gdynia, que en pocos años pasó de ser una pequeña aldea pesquera a convertirse en uno de los puertos más activos del Báltico. El éxito de Gdynia irritó a los alemanes de Danzig, que veían cómo el comercio se desviaba hacia un competidor polaco, y sirvió como prueba para los nacionalistas alemanes de que Polonia pretendía estrangular económicamente a la ciudad libre.
El resentimiento alemán
Pocos aspectos de Versalles generaron tanta amargura en Alemania como la pérdida del corredor polaco y de Danzig. La idea de que Prusia —cuna del estado alemán— hubiera sido mutilada para beneficiar a un país que muchos alemanes consideraban inferior era intolerable para amplios sectores de la sociedad, no solo para los extremistas. Incluso los políticos moderados de la República de Weimar consideraban que la revisión de la frontera oriental era un objetivo legítimo de la política exterior alemana.
Los mapas de la época mostraban constantemente el corredor como una herida en el cuerpo de la nación. Los libros de texto escolares enseñaban a los niños que millones de alemanes vivían "cautivos" bajo dominio polaco. La propaganda no necesitaba exagerar demasiado: la situación era objetivamente incómoda para Prusia Oriental, que funcionaba casi como una isla territorial, y los alemanes étnicos del corredor experimentaron una polonización progresiva que incluyó la pérdida de propiedades y la emigración forzosa de decenas de miles de personas.
Este resentimiento no era un monopolio de la extrema derecha. Todos los partidos alemanes, desde los socialdemócratas hasta los comunistas, coincidían en que la frontera oriental era injusta. La diferencia estaba en los métodos: los moderados confiaban en la diplomacia, mientras que los nacionalistas radicales —y entre ellos, de forma cada vez más prominente, los nazis— exigían una solución por la fuerza.
La política de Weimar y los intentos de revisión pacífica
Durante la década de 1920, los sucesivos gobiernos de Weimar intentaron modificar las fronteras orientales por vías diplomáticas. El canciller Gustav Stresemann, artífice de la reconciliación con Francia mediante los Acuerdos de Locarno de 1925, se negó deliberadamente a garantizar las fronteras orientales de Alemania con la misma firmeza con que aceptó las occidentales. Locarno garantizaba la inviolabilidad de la frontera franco-alemana, pero dejaba abierta la puerta a una revisión pacífica en el este.
Stresemann también negoció acuerdos comerciales que facilitaban el tránsito entre Prusia Oriental y el resto de Alemania a través del corredor, aliviando en parte las dificultades prácticas del aislamiento territorial. Sin embargo, estas medidas eran parches que no resolvían el problema de fondo: Alemania no aceptaba la permanencia del corredor y Polonia no estaba dispuesta a renunciar a su acceso al mar.
En Danzig, la convivencia entre las autoridades locales alemanas y la administración polaca fue una fuente constante de fricciones. Disputas sobre el uso del puerto, los derechos aduaneros, el correo polaco y la presencia de buques de guerra polacos en el puerto generaban crisis diplomáticas recurrentes que la Sociedad de Naciones debía arbitrar con una frecuencia agotadora.
Hitler y la cuestión polaca
Cuando Hitler llegó al poder en enero de 1933, muchos esperaban que la confrontación con Polonia se agudizara de inmediato. En cambio, el dictador sorprendió a todos firmando un pacto de no agresión con Varsovia en enero de 1934. La maniobra era puramente táctica: Hitler necesitaba tiempo para rearmar a Alemania y no podía permitirse una crisis en el este mientras consolidaba su régimen y se preparaba para desafiar las restricciones de Versalles.
El pacto germano-polaco desconcertó tanto a Francia, que perdía a su principal aliado en Europa del Este, como a la Unión Soviética, que sospechaba de un acuerdo entre Varsovia y Berlín a sus expensas. Para Polonia, gobernada por el régimen autoritario del mariscal Józef Piłsudski, el pacto ofrecía una tregua bienvenida y la ilusión de que era posible mantener buenas relaciones simultáneas con Alemania y la URSS, los dos vecinos que amenazaban su existencia.
Durante los siguientes cinco años, Hitler concentró sus ambiciones territoriales en otras direcciones. El Anschluss de Austria en marzo de 1938 y la crisis de los Sudetes en el otoño del mismo año demostraron que la estrategia hitleriana consistía en absorber territorios de forma gradual, empezando por los más vulnerables y los que contaban con menor apoyo internacional. Polonia, con sus tratados de alianza con Francia y su ejército relativamente poderoso, no era un objetivo fácil y quedó para el final.
Las demandas de octubre de 1938
El 24 de octubre de 1938, apenas tres semanas después del Acuerdo de Múnich que entregó los Sudetes a Alemania, el ministro de exteriores alemán, Joachim von Ribbentrop, presentó al embajador polaco Józef Lipski una serie de propuestas que en apariencia eran moderadas: Alemania pedía la devolución de Danzig al Reich, la construcción de una autopista y una línea ferroviaria extraterritoriales a través del corredor para conectar Prusia Oriental con el resto de Alemania, y la adhesión de Polonia al Pacto Anti-Komintern.
A cambio, Alemania ofrecía garantizar las fronteras polacas, extender el pacto de no agresión a veinticinco años y reconocer los derechos económicos de Polonia en Danzig. Vista en el contexto de las relaciones internacionales de la época, la propuesta no era descabellada. Pero los polacos habían aprendido la lección de Checoslovaquia: cada concesión a Hitler solo generaba nuevas demandas. El ministro de exteriores polaco, el coronel Józef Beck, rechazó las propuestas con firmeza. Ceder Danzig sería el primer paso hacia la desaparición de Polonia como estado independiente.
La escalada de 1939
Tras el rechazo polaco, Hitler cambió de estrategia. En marzo de 1939, Alemania ocupó lo que quedaba de Checoslovaquia, demostrando que Múnich no había sido el final de sus ambiciones sino apenas una etapa. Ese mismo mes, Alemania presionó a Lituania para que cediera el territorio de Memel (Klaipėda), otro enclave germánico en el Báltico. La amenaza sobre Polonia se hacía cada vez más explícita.
El 28 de abril de 1939, Hitler pronunció un extenso discurso ante el Reichstag en el que denunció unilateralmente tanto el pacto de no agresión con Polonia como el acuerdo naval anglo-alemán de 1935. En su intervención, repasó con detalle las quejas alemanas sobre el corredor y Danzig, presentando a Alemania como la parte ofendida y a Polonia como un estado intransigente que se negaba a negociar soluciones razonables.
Mientras tanto, en Danzig, el partido nazi local —que había ganado las elecciones al Senado en 1933— intensificaba su actividad. Bajo la dirección del Gauleiter Albert Forster, las milicias nazis se armaban abiertamente, las fortificaciones se reforzaban con ayuda de ingenieros militares alemanes enviados clandestinamente, y la presión sobre la minoría polaca y las instituciones de la Sociedad de Naciones se volvía insoportable. Danzig se preparaba para un golpe de mano que la incorporara al Reich.
La garantía británica y el camino a la guerra
El giro decisivo se produjo el 31 de marzo de 1939, cuando el primer ministro británico Neville Chamberlain anunció en la Cámara de los Comunes que Gran Bretaña garantizaba la independencia de Polonia. Francia se sumó inmediatamente. Era un cambio radical respecto a la política de apaciguamiento que había caracterizado a las democracias occidentales durante los años anteriores: por primera vez, Londres y París trazaban una línea roja que Hitler no podía cruzar sin arriesgarse a una guerra general.
La garantía británica no disuadió a Hitler, pero lo obligó a buscar una cobertura diplomática que neutralizara el riesgo de una guerra en dos frentes. El resultado fue el Pacto Ribbentrop-Mólotov, firmado el 23 de agosto de 1939, que incluía un protocolo secreto para repartirse Polonia entre Alemania y la Unión Soviética. Con la amenaza soviética neutralizada, Hitler tenía las manos libres.
El 1 de septiembre de 1939, a las 4:45 de la madrugada, el acorazado alemán Schleswig-Holstein, que había llegado a Danzig días antes con el pretexto de una visita de cortesía, abrió fuego contra la guarnición polaca de Westerplatte, una pequeña península fortificada en el puerto. Simultáneamente, las tropas alemanas cruzaron la frontera del corredor polaco y de otros puntos de la frontera germano-polaca. La cuestión de Danzig y el corredor se resolvió por la fuerza en cuestión de semanas. El coste fue el inicio de la guerra más destructiva de la historia.
La población del corredor durante la guerra
La ocupación alemana del corredor polaco y de Danzig no trajo la pacificación que la propaganda nazi había prometido. Las autoridades de ocupación implementaron una política brutal de germanización forzosa. La población polaca fue sometida a deportaciones masivas, trabajos forzados y ejecuciones sumarias. En los primeros meses de la guerra, miles de civiles polacos del corredor fueron asesinados en lo que se conoce como la Intelligenzaktion, una campaña sistemática para eliminar a la élite intelectual, religiosa y política polaca.
Los bosques de Piaśnica, cerca de la costa báltica, se convirtieron en uno de los principales lugares de ejecución, donde entre diez mil y doce mil personas —polacos, judíos y enfermos mentales— fueron asesinadas entre el otoño de 1939 y la primavera de 1940. En Danzig, las instituciones polacas fueron disueltas, la oficina de correos polaca fue asaltada el primer día de la guerra —sus defensores, que resistieron durante quince horas, fueron fusilados como francotiradores— y la ciudad fue incorporada formalmente al Reich.
Albert Forster, nombrado jefe del nuevo Reichsgau Danzig-Westpreußen, llevó adelante una campaña de limpieza étnica que expulsó a cientos de miles de polacos de sus hogares para reemplazarlos con colonos alemanes. Las propiedades confiscadas, las escuelas cerradas y la prohibición de hablar polaco en público buscaban borrar cualquier rastro de la presencia polaca en una región que Alemania consideraba suya por derecho histórico.
Danzig después de la guerra
En 1945, cuando el Ejército Rojo llegó a Danzig, la ciudad fue escenario de combates encarnizados. La población alemana huyó en masa ante el avance soviético, en una de las mayores evacuaciones de la guerra. Decenas de miles de refugiados perecieron en el hundimiento de barcos como el Wilhelm Gustloff, la mayor catástrofe marítima de la historia con más de nueve mil muertos.
Tras la rendición de Alemania, la Conferencia de Potsdam asignó Danzig a Polonia. La ciudad fue rebautizada como Gdańsk y su población alemana fue expulsada casi en su totalidad. El corredor polaco dejó de existir como tal, porque toda la antigua Prusia Oriental fue repartida entre Polonia y la Unión Soviética. La frontera germano-polaca se desplazó hacia el oeste hasta la línea Oder-Neisse, y los territorios que habían causado la disputa quedaron integrados de forma definitiva en el estado polaco.
La cuestión del corredor polaco y de Danzig ilustra cómo una decisión tomada con buenas intenciones —dar acceso al mar a un país resucitado— puede generar consecuencias catastróficas cuando se combina con el revanchismo de una potencia humillada y la debilidad de un sistema internacional incapaz de hacer cumplir sus propias reglas. No fue la causa profunda de la SGM, pero fue el pretexto que Hitler eligió para iniciarla. Y eso, en la historia, importa tanto como las causas reales.