El 12 de marzo de 1938, las tropas alemanas cruzaron la frontera austriaca sin encontrar resistencia. Al día siguiente, Adolf Hitler , nacido en Braunau am Inn cuarenta y nueve años antes, entró triunfalmente en Viena ante una multitud enfervorizada que lo aclamaba como libertador. Austria dejó de existir como nación independiente y se convirtió en una provincia más del Tercer Reich. El Anschluss —término alemán que significa "conexión" o "anexión"— fue la primera gran expansión territorial de la Alemania nazi y una señal inequívoca de que Hitler estaba dispuesto a rediseñar el mapa de Europa por la fuerza o por la intimidación.

El sueño de la Gran Alemania
La idea de unir a todos los pueblos de habla alemana en un solo estado no era una invención de Hitler. El concepto de Großdeutschland (Gran Alemania) había sido un tema recurrente en la política germánica desde las revoluciones de 1848, cuando los delegados del Parlamento de Fráncfort debatieron si la futura Alemania unificada debía incluir a los territorios austriacos del Imperio de los Habsburgo.
Cuando se proclamó el Imperio alemán en 1871, Bismarck optó por la solución de la "Pequeña Alemania" (Kleindeutschland), que excluía a Austria. Pero la aspiración de reunir a todos los germanoparlantes no desapareció. Tras el fin de la Primera Guerra Mundial y la disolución del Imperio austrohúngaro, la recién creada República de Austria Alemana intentó unirse a la República de Weimar. El tratado de Versalles prohibió expresamente esta unión: las potencias vencedoras no estaban dispuestas a permitir que Alemania, pese a su derrota, aumentara su territorio y su población absorbiendo Austria.
Para Hitler, nacido en Austria pero convertido en ciudadano alemán, la unificación con su país natal era una obsesión personal y un objetivo político fundamental. Las primeras páginas de Mein Kampf proclamaban que la unión de Alemania y Austria era una tarea que debía cumplirse por todos los medios posibles. No se trataba de una cuestión económica ni estratégica, sino de lo que Hitler consideraba un imperativo racial: reunir a la sangre alemana en un solo Reich.
Austria en el periodo de entreguerras
La Austria que surgió de la Primera Guerra Mundial era un estado frágil. Reducida a un pequeño país alpino de menos de siete millones de habitantes, había perdido el vasto imperio multiétnico que le daba sentido económico y político. Viena, una capital imperial diseñada para gobernar cincuenta millones de personas, se encontraba ahora al frente de un estado diminuto que muchos consideraban inviable.
La política austriaca de entreguerras estuvo marcada por una violenta polarización entre socialdemócratas, que dominaban Viena, y conservadores cristianos, fuertes en las zonas rurales. En 1934, el canciller Engelbert Dollfuss, un católico autoritario, aplastó una insurrección socialdemócrata en Viena y estableció un régimen corporativista que suprimió tanto a la izquierda como a los nazis austriacos. Dollfuss, pese a ser un dictador, era un patriota austriaco opuesto al Anschluss.
En julio de 1934, los nazis austriacos intentaron un golpe de Estado. Asesinaron a Dollfuss, pero el golpe fracasó gracias a la rápida intervención de Mussolini, que desplegó tropas en el paso del Brennero como advertencia a Hitler. En 1934, Italia aún no era aliada de Alemania, y Mussolini consideraba a Austria un estado tapón necesario entre Alemania e Italia.
El sucesor de Dollfuss, Kurt Schuschnigg, continuó la línea autoritaria y antiannexionista, pero su posición se fue debilitando a medida que la Alemania nazi crecía en poder e influencia. La formación del Eje Roma-Berlín en 1936 privó a Austria de su principal protector: Mussolini, ahora aliado de Hitler, ya no estaba dispuesto a defender la independencia austriaca.
La presión nazi sobre Austria
Hitler utilizó una combinación de presión diplomática, intimidación y subversión interna para socavar la independencia austriaca. El Partido Nazi austriaco, aunque ilegalizado, operaba clandestinamente con financiación y directrices de Berlín. Sus militantes organizaban manifestaciones, distribuían propaganda, cometían actos de sabotaje y hostigaban a los opositores, creando un clima de inestabilidad deliberada.
En febrero de 1938, Hitler convocó a Schuschnigg a su residencia de Berchtesgaden para una reunión que fue, en realidad, una sesión de intimidación. Rodeado de generales, Hitler sometió al canciller austriaco a un torrente de amenazas y exigencias durante horas. Le acusó de oprimir a la población alemana de Austria y le exigió la legalización del Partido Nazi austriaco, la amnistía para los presos nazis y el nombramiento de Arthur Seyss-Inquart, un abogado pronazi, como ministro del Interior con control sobre la policía y la seguridad.
Schuschnigg, consciente de que Austria no podía resistir militarmente a Alemania sin apoyo exterior, cedió ante la mayoría de las demandas. Pero al regresar a Viena tomó una decisión desesperada: convocar un plebiscito para el 13 de marzo de 1938 en el que los austriacos votarían si deseaban mantener la independencia. La pregunta estaba formulada de manera favorable al voto por la independencia, y Schuschnigg confiaba en que una clara mayoría rechazaría la unión con Alemania.
El golpe final
La convocatoria del plebiscito enfureció a Hitler, que no podía permitir que un voto democrático demostrara que los austriacos no querían ser absorbidos por el Reich. El 11 de marzo, Alemania lanzó un ultimátum: Schuschnigg debía cancelar el plebiscito y dimitir, o las tropas alemanas invadirían Austria. Schuschnigg pidió ayuda a Francia, Reino Unido e Italia. Las tres potencias se desentendieron. Mussolini ni siquiera respondió al teléfono.
Abandonado por todos, Schuschnigg canceló el plebiscito y dimitió esa misma noche en un emotivo discurso radiofónico en el que declaró que Austria cedía ante la fuerza para evitar un derramamiento de sangre. Seyss-Inquart, el hombre de Hitler, se autoproclamó canciller e inmediatamente invitó a las tropas alemanas a entrar en Austria para "restablecer el orden", una farsa legal diseñada para dar apariencia de legitimidad a la invasión.
La entrada de las tropas alemanas
El 12 de marzo de 1938, a primera hora de la mañana, las columnas de la Wehrmacht cruzaron la frontera. La operación militar fue caótica: muchos tanques y vehículos se averiaron en la carretera de Linz a Viena, y la logística fue un desastre que habría resultado catastrófico si hubiera existido cualquier forma de resistencia. Pero no la hubo. Las tropas alemanas fueron recibidas con flores, banderas nazis y multitudes exultantes.
Hitler cruzó la frontera hacia su país natal y se detuvo en Linz, donde había pasado parte de su juventud. La recepción fue tan entusiasta que Hitler, que inicialmente había contemplado una forma más gradual de unión —quizá una federación bajo liderazgo alemán—, decidió sobre la marcha la absorción total de Austria. El 13 de marzo, se promulgó la ley que declaraba a Austria una provincia del Reich alemán. El país dejó de existir: pasó a llamarse Ostmark (marca oriental) y fue dividido en distritos administrativos alemanes.
El plebiscito controlado
El 10 de abril de 1938, se celebró un plebiscito en toda la Gran Alemania para ratificar retroactivamente el Anschluss. Los resultados oficiales fueron del 99,73 % a favor en Austria y del 99,08 % en la antigua Alemania. Estas cifras, evidentemente manipuladas, no reflejaban una votación libre: los judíos y los opositores conocidos no pudieron votar, las papeletas no eran verdaderamente secretas, y el aparato de propaganda y de intimidación nazi estaba en pleno funcionamiento.
No obstante, sería un error asumir que el Anschluss no contó con un apoyo genuino entre amplios sectores de la población austriaca. El pangermanismo tenía raíces profundas, la situación económica era precaria, y muchos austriacos veían en la unión con una Alemania aparentemente próspera y poderosa una salida a sus problemas. El nacionalsocialismo austriaco era un movimiento de masas real, no una simple importación alemana.
Las consecuencias inmediatas
Para los judíos austriacos, el Anschluss fue una catástrofe instantánea. Las leyes raciales de Núremberg se aplicaron de inmediato, pero en Austria la persecución fue aún más brutal y rápida que en Alemania. Turbas de simpatizantes nazis obligaron a judíos a limpiar las aceras de rodillas con cepillos mientras la multitud se burlaba y aplaudía. Las tiendas y negocios judíos fueron saqueados y marcados. Miles de judíos fueron detenidos, golpeados y enviados a campos de concentración, especialmente a Dachau. Adolf Eichmann instaló en Viena una Oficina Central para la Emigración Judía, un eufemismo que encubría un sistema de expolio y expulsión forzosa.
De los aproximadamente 200.000 judíos que vivían en Austria antes del Anschluss, unos 130.000 lograron emigrar antes de que las fronteras se cerraran definitivamente. Más de 65.000 fueron asesinados en el Holocausto.
Los opositores políticos corrieron una suerte similar. Socialdemócratas, comunistas, monárquicos y conservadores patriotas fueron arrestados en masa. Schuschnigg fue encarcelado y pasó la guerra en campos de concentración, primero en Dachau y luego en Sachsenhausen. Miles de austriacos fueron enviados a Mauthausen, un campo de concentración construido poco después del Anschluss en las afueras de Linz.
Impacto estratégico
La anexión de Austria proporcionó a Alemania beneficios estratégicos considerables. Incorporó siete millones de personas al Reich, incluyendo cientos de miles de hombres en edad militar que serían reclutados para la Wehrmacht. Añadió las reservas de divisas, oro y materias primas del banco central austriaco, recursos valiosos para financiar el programa de rearme. Geográficamente, Alemania rodeaba ahora Checoslovaquia por tres lados, convirtiendo las defensas fronterizas checas en los Sudetes en un saliente vulnerable.
La industria austriaca, especialmente la siderurgia y la minería de hierro de Estiria, se integró en la economía de guerra alemana. Viena, con su tradición bancaria y comercial, se convirtió en un centro financiero al servicio del Reich. Las fábricas austriacas de armamento, como la Steyr-Daimler-Puch, pasaron a producir material bélico para la Wehrmacht.
La reacción internacional
La reacción de las potencias occidentales fue de impotencia calculada. Gran Bretaña, bajo el gobierno de Neville Chamberlain, adoptó una política de apaciguamiento basada en la premisa de que satisfacer las demandas razonables de Hitler evitaría una nueva guerra. La unión de dos pueblos de habla alemana podía presentarse como la aplicación del principio de autodeterminación wilsoniano, y muchos británicos consideraron que el Anschluss era un asunto interno germánico.
Francia, debilitada por sus propias divisiones internas, no tenía ni la voluntad ni la capacidad militar para actuar sola. La Unión Soviética protestó formalmente, pero estaba demasiado lejos y demasiado aislada diplomáticamente para intervenir. La Sociedad de Naciones, ya desacreditada, no hizo nada. Nadie fue a la guerra por Austria.
Esta pasividad envió un mensaje claro a Hitler: las potencias occidentales no estaban dispuestas a usar la fuerza para mantener el orden internacional. Solo seis meses después del Anschluss, Hitler exigió la cesión de los Sudetes checoslovacos en lo que se conoce como la crisis de los Sudetes , y en la conferencia de Múnich de septiembre de 1938, Chamberlain y Daladier se los entregaron a cambio de una promesa de paz que Hitler no tenía intención de cumplir.
Austria entre la complicidad y la víctima
La cuestión de la responsabilidad austriaca en el nazismo es un tema históricamente complejo. Después de la SGM, Austria se presentó con éxito como la primera víctima de la agresión nazi, una narrativa respaldada por la Declaración de Moscú de 1943, en la que los aliados proclamaron que la anexión de Austria era nula. Esta versión permitió a Austria eludir durante décadas el examen de su propia complicidad.
La realidad fue más matizada. Hitler era austriaco, y la proporción de austriacos en las SS, la Gestapo y la maquinaria del Holocausto fue desproporcionadamente alta en relación con su porcentaje de la población del Reich. Austriacos ocuparon puestos clave en el aparato de exterminio: Ernst Kaltenbrunner dirigió la Oficina Central de Seguridad del Reich, y Adolf Eichmann, aunque nacido en Alemania, se crio en Austria y organizó desde Viena las deportaciones judías.
No fue hasta 1991 cuando el canciller austriaco Franz Vranitzky reconoció oficialmente que Austria había sido tanto víctima como perpetradora. Este reconocimiento tardío abrió la puerta a una revisión histórica más honesta que continúa hasta nuestros días.
El Anschluss como precedente
El Anschluss estableció un patrón que Hitler repetiría en los meses siguientes: identificar una población alemana en un país vecino, fomentar la agitación, exigir concesiones, amenazar con la fuerza y, finalmente, consumar la anexión ante la pasividad internacional. Los Sudetes, Memel y Danzig siguieron el mismo guion. Cada éxito alimentaba la confianza de Hitler en su propia infalibilidad y la desmoralización de quienes podrían haberle detenido.
La anexión de Austria demostró que el tratado de Versalles y el sistema de seguridad colectiva de la Sociedad de Naciones estaban muertos. Ninguna potencia estaba dispuesta a arriesgar una guerra para defender el statu quo europeo. Esta certeza fue el combustible que impulsó a Hitler por el camino que condujo, apenas dieciocho meses después del Anschluss, al estallido de la SGM.