Japón entró en el siglo XX como la única potencia industrial de Asia, un logro extraordinario para un archipiélago que apenas medio siglo antes vivía en un feudalismo autoimpuesto. Sin embargo, ese mismo proceso de modernización acelerada creó una dependencia estructural de materias primas importadas que definiría la política exterior japonesa durante décadas. Petróleo, hierro, caucho, estaño, algodón: los recursos esenciales para mantener la industria y el ejército japonés procedían casi en su totalidad del extranjero. Cuando la Gran Depresión de 1929 sacudió la economía mundial, cerró mercados y amenazó las líneas de suministro, los sectores militaristas japoneses encontraron el argumento definitivo para su proyecto: solo la expansión territorial garantizaría la supervivencia económica del imperio. Esta lógica conduciría a Japón desde la invasión de Manchuria en 1931 hasta el ataque a Pearl Harbor en 1941, arrastrando a Asia y al Pacífico a una guerra devastadora.

Tropas japonesas en Nankín durante la segunda guerra sino-japonesa en 1937
Soldados japoneses avanzan por Nankín durante la segunda guerra sino-japonesa (1937) Autor desconocido · Dominio público

Un imperio sin recursos

La geografía imponía a Japón una limitación fundamental. El archipiélago, con una superficie total inferior a la de España, carecía de la mayoría de los recursos naturales necesarios para sostener una economía industrial moderna. Japón no producía petróleo en cantidades significativas, dependiendo casi por completo de las importaciones estadounidenses, que representaban aproximadamente el ochenta por ciento de su consumo. El hierro, el carbón de calidad, el caucho, el estaño, el níquel y el algodón debían importarse de China, el Sudeste Asiático, las Indias Orientales Neerlandesas y Estados Unidos.

Esta vulnerabilidad era perfectamente conocida por los estrategas japoneses. La Restauración Meiji de 1868 había transformado a Japón en una potencia industrial y militar siguiendo el modelo occidental, pero no había podido cambiar la geología del archipiélago. Cada fábrica de municiones, cada astillero naval, cada acería dependía de materias primas que cruzaban el océano. En caso de bloqueo marítimo, la maquinaria industrial japonesa se detendría en cuestión de meses.

Las victorias militares de finales del siglo XIX y principios del XX habían proporcionado a Japón sus primeras colonias: Taiwán tras la guerra con China en 1895, Corea como protectorado en 1905 y formalmente anexionada en 1910, y las islas del Pacífico arrebatadas a Alemania durante la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, estas posesiones no bastaban para satisfacer las necesidades de una economía en rápido crecimiento. El problema de los recursos seguía sin resolverse.

El impacto de la Gran Depresión

La Gran Depresión golpeó a Japón con particular dureza. La economía japonesa, orientada en gran medida a la exportación, sufrió el colapso de los mercados internacionales. Las exportaciones de seda, que constituían una fuente de ingresos vital para millones de familias campesinas, se desplomaron cuando la demanda estadounidense se hundió. El desempleo creció, los salarios cayeron y las zonas rurales padecieron una miseria que alimentó el descontento social.

La crisis económica desacreditó a los partidos políticos civiles y a la democracia parlamentaria de la era Taishō, que muchos japoneses asociaban con la corrupción, la debilidad y la sumisión a los intereses occidentales. Los tratados navales de Washington (1922) y Londres (1930), que limitaban la flota japonesa a una proporción inferior a las de Estados Unidos y Gran Bretaña, eran percibidos por los militaristas como una humillación impuesta por potencias que no consideraban a Japón como un igual.

En este caldo de cultivo prosperaron los movimientos ultranacionalistas y las facciones radicales dentro del ejército. La solución que proponían era simple y atractiva: en lugar de depender del comercio internacional para obtener recursos, Japón debía construir un imperio autosuficiente que le garantizara el acceso directo a las materias primas necesarias. Manchuria, con sus vastos recursos minerales y agrícolas, era el objetivo más evidente.

El militarismo y la toma del poder

A diferencia de Alemania o Italia, donde el fascismo llegó al poder mediante movimientos políticos con líderes carismáticos, en Japón el proceso fue más difuso. No hubo un golpe de Estado formal ni un dictador que asumiera el mando. En su lugar, el poder se deslizó progresivamente hacia las manos de los militares mediante una combinación de asesinatos políticos, insubordinación institucionalizada y presión sobre el gobierno civil.

La década de 1930 fue testigo de una serie de incidentes que erosionaron la autoridad del gobierno constitucional. En 1932, jóvenes oficiales de la Marina asesinaron al primer ministro Inukai Tsuyoshi por su intento de frenar la aventura militar en Manchuria. El incidente del 26 de febrero de 1936 fue aún más espectacular: un grupo de oficiales del ejército ocupó el centro de Tokio y asesinó a varios altos cargos del gobierno en un intento de golpe de Estado. Aunque el golpe fracasó, la facción del "control" dentro del ejército aprovechó la purga posterior para consolidar su dominio.

El emperador Hirohito ocupaba una posición ambigua. Formalmente era el soberano absoluto cuya voluntad era ley, pero en la práctica su capacidad de intervención estaba limitada por la estructura de poder militar. Los historiadores siguen debatiendo hasta qué punto Hirohito fue cómplice activo del expansionismo o un monarca constitucional atrapado por circunstancias que no controlaba. Lo que resulta indiscutible es que bajo su reinado Japón se embarcó en una espiral de agresión que culminaría en la catástrofe.

La invasión de Manchuria y el Manchukuo

El paso decisivo hacia el expansionismo se produjo en septiembre de 1931, cuando oficiales del Ejército de Kwantung escenificaron un sabotaje ferroviario cerca de Mukden (actual Shenyang) para justificar la invasión de Manchuria. El gobierno civil japonés no había autorizado la operación, pero fue incapaz de detenerla. En pocos meses, las fuerzas japonesas controlaban toda Manchuria, un territorio tres veces mayor que Japón.

En marzo de 1932, Japón proclamó la creación del Estado del Manchukuo, nominalmente independiente bajo el reinado del último emperador chino, Puyi, pero en realidad un protectorado japonés controlado por el Ejército de Kwantung. Manchuria ofrecía exactamente lo que Japón necesitaba: carbón, hierro, soja, tierras cultivables y espacio para la colonización japonesa. La Compañía de Ferrocarriles del Sur de Manchuria, instrumento económico del imperialismo japonés, se encargó de explotar sistemáticamente los recursos de la región.

La reacción internacional fue tibia. La Sociedad de Naciones envió la Comisión Lytton, que condenó la agresión japonesa en un informe publicado en octubre de 1932. Japón respondió abandonando la Sociedad de Naciones en marzo de 1933, un gesto que anticiparía las retiradas de Alemania e Italia y que reveló la impotencia del organismo internacional para frenar la agresión. Ni Estados Unidos, que mantenía la Doctrina Stimson de no reconocimiento de conquistas territoriales, ni ninguna otra potencia tomaron medidas concretas más allá de la condena verbal.

La guerra con China

La escalada siguiente fue la invasión de China a gran escala. Tras el incidente del puente de Marco Polo en julio de 1937, las fuerzas japonesas lanzaron una ofensiva masiva que capturó Pekín, Shanghái y Nankín en rápida sucesión. La caída de Nankín en diciembre de 1937 vino acompañada de una de las atrocidades más terribles del siglo XX: durante semanas, los soldados japoneses perpetraron asesinatos masivos, violaciones y saqueos que costaron la vida a centenares de miles de civiles y prisioneros de guerra.

Japón esperaba una victoria rápida que obligara al gobierno nacionalista chino de Chiang Kai-shek a capitular, pero subestimó la resistencia china. Chiang trasladó su capital a Chongqing, en el interior del país, y continuó la guerra apoyado por la vasta extensión del territorio chino y por la ayuda exterior, primero soviética y después estadounidense. El conflicto se convirtió en una guerra de desgaste que consumía recursos japoneses sin producir una resolución decisiva.

La guerra sino-japonesa era, en sí misma, un conflicto de dimensiones mundiales: millones de soldados, decenas de millones de víctimas civiles y un territorio en disputa mayor que toda Europa occidental. Sin embargo, la atención internacional se centraba en Europa, donde las crisis de los Sudetes y la invasión de Checoslovaquia acaparaban los titulares. Esta relativa indiferencia occidental hacia la agresión japonesa en Asia reforzó la convicción de los militaristas japoneses de que las democracias no intervendrían.

La Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental

Para dar un barniz ideológico al expansionismo, el gobierno japonés formuló en 1940 el concepto de la Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental. Según esta doctrina, Japón lideraría un bloque económico y político autárquico que abarcaría China, el Sudeste Asiático, las Indias Orientales Neerlandesas y potencialmente la India y Australia. Los pueblos asiáticos se liberarían del colonialismo occidental para formar una comunidad de naciones bajo la guía benévola de Japón.

En la práctica, la Esfera de Coprosperidad era un eufemismo para el dominio imperial japonés. Los territorios conquistados fueron sometidos a una explotación económica brutal, sus recursos naturales extraídos para alimentar la maquinaria bélica japonesa y sus poblaciones forzadas a trabajar en condiciones de semiesclavitud. La administración japonesa de los territorios ocupados fue frecuentemente más represiva que el colonialismo occidental al que decía sustituir.

Sin embargo, la propaganda de la Coprosperidad tuvo un impacto real. La idea de que Asia debía pertenecer a los asiáticos resonó en muchos países sometidos al colonialismo europeo. En Birmania, Indonesia, la India y Filipinas, algunos movimientos nacionalistas colaboraron inicialmente con Japón esperando que la derrota de las potencias coloniales europeas abriera el camino a la independencia. Esta esperanza resultó generalmente ilusoria durante la guerra, pero el debilitamiento del dominio colonial europeo que provocó la conquista japonesa sí aceleró los procesos de descolonización en la posguerra.

El embargo de petróleo y el camino a Pearl Harbor

La escalada que condujo directamente a la guerra del Pacífico se desencadenó tras la caída de Francia en junio de 1940. La derrota francesa dejó indefensas sus colonias en Indochina, y Japón aprovechó para ocupar el norte de la Indochina francesa en septiembre de 1940, obteniendo bases aéreas y navales estratégicas. Cuando en julio de 1941 las fuerzas japonesas ocuparon el sur de Indochina, amenazando directamente a las Indias Orientales Neerlandesas, Malasia británica y Filipinas, la reacción de Washington fue contundente.

El presidente Franklin Roosevelt decretó la congelación de los activos japoneses en Estados Unidos y, en coordinación con Gran Bretaña y los Países Bajos, impuso un embargo total de petróleo a Japón. Esta medida fue un golpe mortal para la estrategia japonesa. Sin petróleo estadounidense, las reservas japonesas se agotarían en aproximadamente un año y medio. La flota de guerra, la aviación y el transporte militar quedarían paralizados.

Japón se encontraba ante un dilema existencial. Podía ceder a las demandas estadounidenses, que incluían la retirada de China e Indochina, lo que los militaristas consideraban inaceptable después de años de guerra y sacrificios. O podía atacar hacia el sur para apoderarse de los campos petrolíferos de las Indias Orientales Neerlandesas y los recursos del Sudeste Asiático, lo que significaba inevitablemente la guerra con Estados Unidos y Gran Bretaña.

Las negociaciones diplomáticas entre Washington y Tokio durante el otoño de 1941 estaban condenadas al fracaso. Ninguna de las partes estaba dispuesta a ceder en lo fundamental. El 7 de diciembre de 1941, la Armada Imperial japonesa lanzó el ataque a Pearl Harbor , destruyendo la flota de acorazados estadounidenses en el Pacífico e iniciando una guerra que Japón sabía que no podía ganar a largo plazo, pero que consideraba la única alternativa a una capitulación económica que habría significado el fin del imperio.

La lógica económica de la derrota

La ironía fundamental del expansionismo japonés fue que la búsqueda de autosuficiencia económica condujo precisamente al resultado que pretendía evitar. Al atacar a Estados Unidos, Japón se enfrentó a una potencia cuya capacidad industrial era diez veces superior. Las conquistas iniciales en el Sudeste Asiático proporcionaron momentáneamente los recursos anhelados, pero la guerra submarina estadounidense y la superioridad aeronaval aliada cortaron las líneas de suministro entre los territorios conquistados y el archipiélago japonés.

Para 1944, las importaciones de petróleo a Japón se habían reducido a una fracción de las necesidades. La flota combinada carecía de combustible para operar, los pilotos no podían entrenarse por falta de gasolina de aviación y las fábricas reducían su producción por escasez de materias primas. La misma vulnerabilidad económica que había empujado a Japón a la guerra se convirtió en la causa directa de su derrota, agravada infinitamente por haberse enfrentado a la mayor potencia industrial del mundo.

La economía japonesa y su expansionismo ofrecen una lección amarga sobre las consecuencias de buscar la seguridad mediante la agresión. Cada conquista generaba nuevos enemigos, cada nuevo territorio exigía más recursos para defenderse y cada escalada provocaba reacciones que empeoraban la posición estratégica de Japón. Lo que comenzó como un intento de garantizar el acceso a materias primas acabó con dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki y la destrucción total del imperio que los militaristas habían prometido edificar para la eternidad.