La campaña de las islas Aleutianas constituye uno de los episodios más desconocidos de la SGM en el Pacífico. Entre junio de 1942 y agosto de 1943, fuerzas japonesas y estadounidenses combatieron en un archipiélago remoto de Alaska azotado por niebla perpetua, vientos huracanados y temperaturas bajo cero. Fue la única ocupación japonesa de territorio norteamericano durante toda la contienda y, sin embargo, permanece casi olvidada frente a batallas más célebres como Midway o Guadalcanal.

Tropas estadounidenses en las islas Aleutianas durante la SGM
La campaña de las Aleutianas se libró en condiciones climáticas extremas en el Ártico del Pacífico Fotógrafo desconocido · Dominio público

El contexto estratégico de las Aleutianas

Las islas Aleutianas forman una cadena volcánica que se extiende más de 1.800 kilómetros desde la península de Alaska hacia el oeste, acercándose peligrosamente a las islas Kuriles japonesas. En 1942, ambos bandos comprendían el valor estratégico de este archipiélago: quien controlara las Aleutianas podía amenazar las rutas de navegación del Pacífico Norte y, teóricamente, utilizar las islas como trampolín para una invasión del territorio enemigo.

Para Japón, la operación en las Aleutianas tenía un doble propósito. Por un lado, servía como diversión táctica vinculada a la gran ofensiva contra Midway en junio de 1942. El almirante Yamamoto esperaba que un ataque en Alaska distrajera a la flota estadounidense y dividiera sus fuerzas. Por otro lado, la ocupación de islas en la cadena aleutiana impediría cualquier intento estadounidense de atacar Japón por la ruta del Pacífico Norte, considerada la más corta entre ambos países.

Estados Unidos, por su parte, había reforzado sus defensas en Alaska tras Pearl Harbor, consciente de que el archipiélago representaba una vulnerabilidad. La base de Dutch Harbor, en la isla de Unalaska, se convirtió en el principal bastión defensivo estadounidense en la zona, aunque las condiciones climáticas limitaban severamente las operaciones aéreas y navales.

La invasión japonesa: Attu y Kiska

El 3 de junio de 1942, la aviación naval japonesa bombardeó Dutch Harbor en dos ataques consecutivos. Los daños fueron moderados, pero el bombardeo cumplió su función de alarmar al mando estadounidense. Mientras la atención se centraba en Dutch Harbor, fuerzas japonesas desembarcaron sin oposición en las islas de Attu y Kiska los días 6 y 7 de junio respectivamente.

Attu, la isla más occidental de las Aleutianas habitada por civiles, tenía una población de apenas 45 nativos aleútas y un matrimonio de maestros estadounidenses. Los japoneses capturaron a todos los habitantes y los deportaron a campos de internamiento en Japón, donde muchos murieron por las condiciones de cautiverio. El maestro Charles Foster Jones fue ejecutado, convirtiéndose en una de las primeras víctimas civiles estadounidenses del conflicto en suelo propio.

En Kiska, los japoneses establecieron una guarnición más numerosa y construyeron instalaciones portuarias y una pista de aterrizaje rudimentaria. En su momento de mayor fuerza, la guarnición combinada de ambas islas alcanzó los 8.500 soldados. La ocupación representó un golpe psicológico para Estados Unidos: por primera vez desde la guerra de 1812, una potencia extranjera ocupaba territorio norteamericano.

El infierno climático de las Aleutianas

Las condiciones meteorológicas en las Aleutianas eran, en muchos sentidos, más letales que el propio enemigo. La región es una de las más inhóspitas del planeta, donde convergen corrientes de aire árticas y pacíficas creando un clima impredecible y brutal.

La niebla era omnipresente. Los pilotos apodaron las Aleutianas como el lugar donde «el cielo y el mar se funden en uno solo». La visibilidad podía caer a cero en cuestión de minutos, haciendo que los despegues y aterrizajes fueran extremadamente peligrosos. Se estima que las fuerzas aéreas estadounidenses perdieron más aviones por accidentes relacionados con el clima que por acción enemiga directa.

Los vientos alcanzaban regularmente velocidades de 160 kilómetros por hora, conocidos localmente como «williwaws». Estos vendavales podían volcar vehículos, arrancar tiendas de campaña y hacer imposible cualquier operación al aire libre. Las temperaturas, aunque no tan extremas como en el interior de Alaska, rondaban permanentemente los cero grados con una humedad que calaba hasta los huesos.

El terreno volcánico, cubierto de tundra esponjosa y carente de árboles, ofrecía escasa protección. Los soldados de ambos bandos sufrían congelaciones, pie de trinchera y enfermedades respiratorias. La moral se desplomaba ante un paisaje desolado donde el sol apenas aparecía entre la bruma perpetua.

La reconquista de Attu: mayo de 1943

Tras meses de bombardeos aéreos y navales intermitentes, el mando estadounidense decidió reconquistar las islas. La operación comenzó con Attu el 11 de mayo de 1943, cuando la 7.ª División de Infantería desembarcó en la isla esperando una victoria rápida sobre una guarnición estimada en 2.500 japoneses.

La batalla resultó ser cualquier cosa menos rápida. Los japoneses, bajo el mando del coronel Yasuyo Yamasaki, se habían atrincherado en posiciones elevadas en el interior montañoso de la isla. El terreno empinado, la niebla constante y el frío paralizante ralentizaron el avance estadounidense hasta convertirlo en un combate cuerpo a cuerpo agotador.

Los soldados estadounidenses, muchos de ellos entrenados para el combate en el desierto del norte de África, estaban mal equipados para las condiciones árticas. Las bajas por congelación superaban a las causadas por el fuego enemigo en las primeras jornadas. El avance que se esperaba completar en tres días se prolongó durante casi tres semanas.

El 29 de mayo, acorralados y sin posibilidad de evacuación, los japoneses supervivientes lanzaron una de las mayores cargas banzái de toda la guerra del Pacífico. Cerca de mil soldados japoneses atacaron las líneas estadounidenses en un asalto suicida desesperado que penetró hasta las posiciones de retaguardia, alcanzando incluso un hospital de campaña. La lucha fue brutal y confusa, con combates cuerpo a cuerpo entre heridos y personal médico.

Cuando terminó la batalla de Attu, 2.351 japoneses habían muerto y solo 28 fueron capturados con vida, la mayoría inconscientes. Las bajas estadounidenses sumaron 549 muertos y 1.148 heridos, además de 2.100 bajas por enfermedad y congelación. La proporción de bajas respecto al número de combatientes hizo de Attu la segunda batalla más costosa del Pacífico después de Iwo Jima.

La evacuación fantasma de Kiska

Alarmado por la carnicería de Attu, el mando estadounidense preparó una fuerza mucho mayor para la invasión de Kiska: 34.000 soldados estadounidenses y canadienses, apoyados por un intenso bombardeo naval y aéreo que duró semanas. La operación se lanzó el 15 de agosto de 1943 con toda la potencia disponible.

Sin embargo, cuando las tropas aliadas desembarcaron, descubrieron que la isla estaba desierta. Los japoneses habían evacuado toda su guarnición de 5.183 hombres el 28 de julio, aprovechando una espesa niebla que los ocultó de la vigilancia aérea y naval estadounidense. Fue una de las evacuaciones más exitosas de la guerra, comparable a la evacuación británica de Dunkerque.

La ironía fue trágica. A pesar de que la isla estaba vacía, las fuerzas aliadas sufrieron 313 bajas durante el desembarco. El fuego amigo entre unidades que se confundían en la niebla, las minas terrestres dejadas por los japoneses y las trampas explosivas causaron 21 muertos y 50 heridos. Otros 130 soldados resultaron víctimas de trampas antipersona, y un destructor, el USS Abner Read, se hundió al chocar con una mina japonesa, causando 71 muertos.

El legado olvidado de las Aleutianas

La campaña de las Aleutianas tuvo consecuencias que trascendieron su aparente marginalidad. Demostró las dificultades extremas del combate en entornos árticos y proporcionó lecciones valiosas sobre logística en condiciones climáticas adversas. La experiencia influyó en la planificación militar estadounidense durante la Guerra Fría, cuando Alaska se convirtió en primera línea de defensa frente a la Unión Soviética.

Para la población nativa aleúta, la guerra fue devastadora. Además de los deportados a Japón, el gobierno estadounidense evacuó forzosamente a unos 880 aleútas de otras islas y los internó en campos improvisados en el sureste de Alaska, donde las condiciones eran deplorables. Decenas murieron por enfermedades y negligencia. No fue hasta 1988 cuando el gobierno estadounidense reconoció oficialmente esta injusticia y ofreció compensaciones económicas.

La campaña también reveló fallos graves de inteligencia y coordinación. La evacuación japonesa de Kiska sin ser detectada avergonzó al mando estadounidense y puso en evidencia las limitaciones del reconocimiento aéreo en condiciones meteorológicas adversas. La batalla de Attu, por su parte, anticipó la ferocidad de las cargas suicidas japonesas que caracterizarían las batallas posteriores en el Pacífico.

Hoy, las islas Aleutianas conservan restos oxidados de la guerra: búnkeres japoneses en Kiska, trincheras en Attu y los cascos herrumbrosos de barcos hundidos en las gélidas aguas. Son monumentos silenciosos de una guerra olvidada en el rincón más remoto del Pacífico, donde soldados de ambos bandos descubrieron que su peor enemigo no era el hombre de enfrente, sino la naturaleza implacable que los rodeaba.