El 25 de octubre de 1944, frente a las costas de la isla de Samar en Filipinas, se produjo el combate naval más desigual y heroico de toda la SGM. Una pequeña unidad de portaaviones de escolta estadounidenses, conocida como Taffy 3, se encontró de pronto cara a cara con la Fuerza Central japonesa: cuatro acorazados —incluido el temible Yamato, el más grande jamás construido—, seis cruceros pesados y dos cruceros ligeros con sus destructores de escolta. Lo que siguió fue una lucha desesperada en la que destructores y escoltas de destructor se lanzaron contra acorazados, pilotos atacaron sin bombas ni torpedos y un chaparrón tropical se convirtió en el mejor aliado de los estadounidenses. La batalla del mar de Samar es, con justicia, la mayor hazaña de David contra Goliat en la historia naval.

El contexto: la batalla del golfo de Leyte
La batalla del mar de Samar fue uno de los cuatro enfrentamientos que compusieron la batalla del golfo de Leyte , la mayor batalla naval de la historia. El plan japonés, conocido como Sho-Go 1, era ambicioso: utilizar la flota de portaaviones del almirante Ozawa como señuelo para atraer a la poderosa Tercera Flota del almirante Halsey hacia el norte, mientras la Fuerza Central del vicealmirante Takeo Kurita atravesaba el estrecho de San Bernardino para caer sobre los transportes de desembarco aliados en el golfo de Leyte.
El plan funcionó a la perfección. El 24 de octubre, la Fuerza Central de Kurita sufrió ataques aéreos en el mar de Sibuyán que hundieron al acorazado Musashi, pero las demás naves siguieron adelante. Esa misma noche, Halsey mordió el anzuelo y se dirigió al norte con toda su flota para perseguir a los portaaviones de Ozawa, dejando el estrecho de San Bernardino completamente desprotegido. Ni siquiera informó a la Séptima Flota del almirante Kinkaid, que asumía que Halsey vigilaba el estrecho. Fue uno de los errores de comunicación más graves de toda la guerra del Pacífico.
Las fuerzas enfrentadas
La Fuerza Central japonesa
La flota del vicealmirante Kurita que emergió del estrecho de San Bernardino al amanecer del 25 de octubre era formidable. La encabezaba el acorazado Yamato , con sus cañones de 460 mm capaces de disparar proyectiles de 1.460 kilogramos a más de 42 kilómetros. Le acompañaban los acorazados Nagato, Kongō y Haruna, seis cruceros pesados —Chōkai, Haguro, Kumano, Suzuya, Chikuma y Tone—, dos cruceros ligeros y once destructores. En total, la Fuerza Central desplazaba más de 130.000 toneladas y podía lanzar una andanada combinada de miles de kilogramos de acero por salva.
Taffy 3: la unidad más vulnerable
Frente a este monstruo naval, lo único que se interponía era la Task Unit 77.4.3, apodada Taffy 3. Estaba compuesta por seis portaaviones de escolta —pequeños buques construidos sobre cascos de cargueros mercantes, sin blindaje y con una velocidad máxima de 18 nudos—: el USS Fanshaw Bay (buque insignia del contraalmirante Clifton Sprague), el USS St. Lo, el USS White Plains, el USS Kalinin Bay, el USS Kitkun Bay y el USS Gambier Bay. Su escolta consistía en tres destructores (USS Hoel, USS Heermann y USS Johnston) y cuatro escoltas de destructor (USS Samuel B. Roberts, USS Dennis, USS John C. Butler y USS Raymond).
Los portaaviones de escolta no estaban diseñados para el combate de superficie. Sus aviones —cazas Wildcat y torpederos Avenger— llevaban bombas de fragmentación y cargas de profundidad para apoyar desembarcos y combatir submarinos, no para atacar acorazados. Los destructores y escoltas de destructor eran buques pequeños, con torpedos limitados y cañones de 127 mm que no podían penetrar el blindaje de un crucero pesado, mucho menos el de un acorazado.
El primer contacto: pánico en el puente
A las 06:37 de la mañana, el radar del Fanshaw Bay detectó contactos de superficie al noroeste. Minutos después, los vigías avistaron las inconfundibles pagodas de los mástiles de acorazados japoneses en el horizonte. A las 06:58, el Yamato abrió fuego con sus cañones principales desde más de 30 kilómetros. Los proyectiles japoneses levantaron columnas de agua teñidas con colorante —rojo, azul, amarillo— para que cada nave corrigiera su propia puntería.
El contraalmirante Sprague envió un mensaje desesperado por radio: «Estamos siendo atacados por cruceros y acorazados sin blindaje ni protección de superficie. Solicito ayuda inmediata». La respuesta fue el silencio. La Tercera Flota de Halsey estaba a más de 500 kilómetros al norte, persiguiendo portaaviones vacíos.
Sprague tenía tres opciones, y ninguna buena: huir hacia el sur a 18 nudos —imposible contra buques que doblaban esa velocidad—, rendirse, o luchar. Eligió luchar. Ordenó a sus portaaviones virar hacia el este, rumbo al viento para lanzar aviones, y lanzar cortinas de humo. Además, pidió a sus destructores algo que iba más allá del deber: atacar a la flota japonesa.
La carga suicida de los destructores
USS Johnston: el primero en la brecha
Sin esperar órdenes, el comandante Ernest E. Evans del USS Johnston lanzó su destructor a toda máquina contra la línea japonesa. Evans, un cheroqui-estadounidense que había dicho a su tripulación al asumir el mando que «este barco va a ir al combate; quien no quiera luchar, que se baje ahora», cumplió su palabra. El Johnston se lanzó solo contra cruceros pesados y acorazados, disparando sus cañones de 127 mm y lanzando sus diez torpedos contra el crucero pesado Kumano, arrancándole la proa y sacándolo del combate.
El contraataque japonés fue devastador. Un impacto de 356 mm del Kongō destrozó la sala de máquinas del Johnston, reduciéndolo a la mitad de su velocidad. Tres impactos de 152 mm le siguieron. Con media nave destruida, Evans se negó a retirarse. Cuando Sprague ordenó a los demás destructores atacar, el Johnston, ya malherido, se unió de nuevo a la carga. Durante más de dos horas, Evans maniobró su buque dañado entre los japoneses, disparando contra cruceros pesados y confundiendo sus ataques con cortinas de humo. Finalmente, rodeado por cruceros y destructores enemigos, el Johnston fue hundido a las 10:10. Evans, que había perdido dos dedos de la mano izquierda por un impacto de metralla, fue visto por última vez organizando la lucha desde el puente descubierto. Nunca fue rescatado. Recibió la Medalla de Honor a título póstumo.
USS Hoel y USS Heermann
El USS Hoel, al mando del comandante Leon Kintberger, atacó a continuación. Se abalanzó directamente contra la línea de acorazados, lanzando torpedos contra el Kongō, que se vio obligado a virar diez kilómetros para esquivarlos, sacándolo temporalmente de la persecución. El Hoel absorbió más de 40 impactos antes de hundirse, con su bandera aún ondeando. De sus 339 tripulantes, 253 murieron.
El USS Heermann, el único destructor que sobrevivió, protagonizó una carga igualmente audaz. Con solo cuatro torpedos, se lanzó directamente contra el Yamato. El acorazado más grande del mundo se vio obligado a virar bruscamente para esquivar los torpedos, alejándose diez minutos del combate y desbaratando la coordinación de la flota japonesa. El Heermann, con apenas 300 toneladas de desplazamiento menos que un crucero pesado japonés de armamento, combatió a distancias tan cortas que los cañones del Yamato no podían deprimirse lo suficiente para alcanzarlo.
Samuel B. Roberts: el escolta que luchó como un acorazado
El USS Samuel B. Roberts (DE-413), un escolta de destructor de apenas 1.350 toneladas, escribió una de las páginas más extraordinarias de la historia naval. Al mando del teniente comandante Robert W. Copeland, el "Sammy B" se lanzó voluntariamente contra el crucero pesado Chōkai, un buque que lo superaba diez veces en desplazamiento. Copeland dijo a su tripulación por el intercomunicador: «Vamos a hacer un ataque con torpedos. Nos van a disparar desde todos los ángulos. Pero les vamos a hacer todo el daño posible».
El Samuel B. Roberts se acercó a menos de 4.000 metros del Chōkai, lanzó tres torpedos y martilleó al crucero con su único cañón de 127 mm, disparando más de 600 rondas y alcanzándolo en la superestructura y la sala de máquinas. El pequeño escolta sobrevivió durante más de una hora contra cruceros pesados antes de que un impacto de 356 mm lo partiera prácticamente en dos. Se hundió a las 09:35. De sus 224 tripulantes, 89 murieron. La Marina de Estados Unidos lo recordaría para siempre como «el escolta de destructor que luchó como un acorazado».
Aviones sin armas: la desesperación hecha combate
Mientras los destructores se sacrificaban, los pilotos de Taffy 3 protagonizaron su propia epopeya. Los Avenger y Wildcat despegaron con lo que tenían disponible: bombas de fragmentación, cargas de profundidad e incluso sin munición alguna. Algunos pilotos realizaron pasadas en seco sobre los buques japoneses, simplemente para distraer a los artilleros. Otros lanzaron cargas de profundidad sobre las cubiertas de los cruceros, causando daños inesperados.
Los pilotos de las unidades vecinas Taffy 1 y Taffy 2 también respondieron a la llamada de auxilio, armándose con lo que encontraron en sus portaaviones. A lo largo de la mañana, cientos de salidas aéreas hostigaron a la flota japonesa sin descanso. Aunque las pequeñas bombas y las ametralladoras de calibre .50 no podían hundir acorazados, sí lograron dañar la superestructura de cruceros, destruir equipos de dirección de tiro y, sobre todo, forzar a los capitanes japoneses a maniobrar constantemente para esquivar los ataques, desbaratando cualquier formación coordinada.
El chaparrón providencial
A las 07:15, un violento chaparrón tropical envolvió a los portaaviones de escolta, ocultándolos durante casi media hora de la flota japonesa. Este intervalo fue crucial: permitió a Taffy 3 ganar distancia, reorganizarse y lanzar más aviones. Combinado con las cortinas de humo que los destructores y escoltas habían tendido, el chaparrón convirtió el campo de batalla en una confusión de visibilidad limitada que favorecía enormemente al bando más débil.
A pesar del chaparrón, el crucero pesado Chikuma alcanzó al portaaviones de escolta USS Gambier Bay, que se hundió a las 09:07, el único portaaviones estadounidense hundido por fuego de superficie durante toda la guerra del Pacífico.
La retirada inexplicable de Kurita
A las 09:20, cuando parecía que la destrucción de Taffy 3 era solo cuestión de tiempo, ocurrió lo impensable: Kurita ordenó a toda su flota cesar la persecución y reagruparse al norte. Los supervivientes de Taffy 3 no podían creer lo que veían. Los buques japoneses, que estaban a punto de aplastar a los portaaviones de escolta, viraron y se alejaron.
Las razones de la retirada de Kurita siguen siendo uno de los grandes debates de la historia militar. Varios factores confluyeron. La ferocidad de la resistencia de Taffy 3 convenció a Kurita de que se enfrentaba a portaaviones de flota, no de escolta, y a cruceros, no a destructores. Las comunicaciones japonesas estaban desorganizadas tras horas de maniobras evasivas. Kurita llevaba días sin dormir y su buque insignia, el crucero pesado Atago, había sido hundido por submarinos dos días antes, obligándole a trasbordar al Yamato. Además, interceptó mensajes de radio estadounidenses que sugerían la llegada inminente de aviones desde bases terrestres.
Lo cierto es que Kurita tenía la victoria al alcance de la mano. Más allá de Taffy 3, los transportes de desembarco en el golfo de Leyte —repletos de tropas, munición y suministros— estaban prácticamente indefensos. Si los hubiera alcanzado, las consecuencias para la campaña de Filipinas habrían sido catastróficas. Su retirada salvó no solo a Taffy 3, sino posiblemente a toda la operación de Leyte.
Los primeros kamikazes organizados
La batalla del mar de Samar fue también escenario de los primeros ataques kamikazes organizados de la guerra. Ese mismo día, aviones del Cuerpo Especial de Ataque japonés se lanzaron en picado contra los portaaviones de escolta. El USS St. Lo fue alcanzado por un Zero que penetró la cubierta de vuelo y detonó la munición almacenada debajo. Las explosiones secundarias destrozaron el buque, que se hundió en menos de media hora con la pérdida de 113 tripulantes. Fue el primer buque hundido por un ataque kamikaze organizado, inaugurando una táctica que causaría estragos en los meses finales de la guerra.
Otros portaaviones de escolta sufrieron impactos kamikaze ese día —el Kalinin Bay fue alcanzado pero sobrevivió—, una señal ominosa de lo que esperaba a la flota aliada en Iwo Jima y Okinawa.
Balance y bajas
El coste humano de la batalla fue terrible para Taffy 3. Se perdieron dos portaaviones de escolta (Gambier Bay y St. Lo), dos destructores (Hoel y Johnston) y un escolta de destructor (Samuel B. Roberts). Más de 1.500 estadounidenses murieron, incluyendo muchos que perecieron durante los dos días que pasaron en el agua esperando rescate, acosados por tiburones y deshidratación.
Del lado japonés, tres cruceros pesados fueron hundidos (Chōkai, Chikuma y Suzuya) y otros tres buques sufrieron daños graves. La Fuerza Central, aunque no destruida, quedó tan desorganizada y debilitada que nunca volvió a representar una amenaza significativa. Kurita se retiró por el estrecho de San Bernardino esa noche, perdiendo otro crucero por ataques aéreos durante la retirada.
Legado de la batalla
La batalla del mar de Samar es recordada como la acción de superficie más valiente en la historia de la Marina de Estados Unidos. Los hombres de Taffy 3 lucharon con todo lo que tenían —y con mucho que no tenían— contra una fuerza que los superaba en todos los aspectos posibles: tonelaje, blindaje, calibre, velocidad y número. Su sacrificio no solo salvó los transportes del golfo de Leyte, sino que demostró que el coraje, la iniciativa y la determinación pueden alterar el resultado de una batalla incluso cuando las probabilidades son absolutamente abrumadoras.
El comandante Evans del Johnston y el capitán del Samuel B. Roberts, Robert Copeland, se convirtieron en símbolos del heroísmo extremo. Evans recibió la Medalla de Honor; el Samuel B. Roberts ha dado nombre a dos buques de guerra posteriores. En 2022, los restos del Johnston fueron localizados en el fondo del mar de Filipinas a más de 6.200 metros de profundidad, convirtiéndolo en el naufragio más profundo jamás descubierto.
Cada 25 de octubre, los supervivientes y sus descendientes conmemoran la batalla. La lección del mar de Samar perdura: cuando la rendición no es opción, hombres comunes pueden realizar actos extraordinarios.