La batalla del mar de Filipinas, librada los días 19 y 20 de junio de 1944, fue la mayor batalla aeronaval de la historia y el enfrentamiento decisivo que destruyó el poder aéreo de la Armada Imperial japonesa. En dos días de combate frente a las islas Marianas, la Quinta Flota estadounidense aniquiló a la aviación embarcada japonesa en lo que los pilotos americanos bautizaron como el gran tiroteo de las Marianas. Japón perdió tres portaaviones y más de 600 aviones — la mayoría junto con sus pilotos —, una catástrofe de la que su armada nunca se recuperó.

El portaaviones USS Bunker Hill recibiendo un impacto cercano durante un ataque aéreo japonés en la batalla del mar de Filipinas, 19 de junio de 1944
El portaaviones USS Bunker Hill esquiva un impacto cercano durante un ataque aéreo japonés, 19 de junio de 1944. U.S. Navy · Dominio público

Contexto: la campaña de las Marianas

En junio de 1944, la estrategia de saltos de isla en isla del almirante Chester Nimitz había alcanzado las islas Marianas — Saipán, Guam y Tinián —, situadas a unos 2.400 kilómetros al sur de Tokio. La conquista de estas islas era crucial para los aliados: sus aeródromos permitirían que los bombarderos B-29 Superfortress alcanzaran las ciudades japonesas, una amenaza que Japón no podía tolerar.

El 15 de junio, los marines estadounidenses desembarcaron en Saipán. La Armada Imperial japonesa, que había estado conservando sus fuerzas para una batalla decisiva, decidió que había llegado el momento. El almirante Jisaburō Ozawa recibió órdenes de reunir la Flota Móvil y destruir la flota de invasión estadounidense. Los japoneses llamaron a este plan Operación A-Go: una batalla naval definitiva que revertiría el curso de la guerra en el Pacífico.

Desde la derrota en Midway en junio de 1942, la armada japonesa había reconstruido parcialmente su fuerza de portaaviones. Ozawa disponía de nueve portaaviones con unos 750 aviones, además de 300 aparatos basados en tierra en las propias Marianas y las Carolinas. Confiaba en que la combinación de aviación embarcada y terrestre le daría una ventaja numérica suficiente para derrotar a los americanos.

Las fuerzas enfrentadas

La Quinta Flota estadounidense

El almirante Raymond Spruance comandaba la Quinta Flota, la fuerza naval más poderosa jamás reunida. La Fuerza de Tarea 58, al mando del vicealmirante Marc Mitscher, era su brazo de ataque: 15 portaaviones — 7 de flota y 8 ligeros — con más de 900 aviones embarcados. La escolta incluía 7 acorazados, 21 cruceros y 69 destructores.

Los pilotos americanos eran veteranos curtidos en dos años de guerra. Volaban cazas F6F Hellcat, diseñados específicamente para superar al Zero japonés, con blindaje, tanques autosellantes y mayor potencia de fuego. Sus torpederos TBF Avenger y bombarderos en picado SB2C Helldiver eran máquinas robustas y fiables. Los portaaviones disponían de radar avanzado, sistemas de control de caza por radio y una defensa antiaérea formidable con cañones Bofors de 40 mm y Oerlikon de 20 mm que creaban cortinas de fuego prácticamente impenetrables.

La Flota Móvil japonesa

El almirante Ozawa alineó 9 portaaviones — 5 de flota y 4 ligeros — con unos 473 aviones embarcados, además de 5 acorazados, 11 cruceros pesados, 2 cruceros ligeros y 28 destructores. Sobre el papel, era una fuerza considerable. En la práctica, estaba fatalmente debilitada.

El problema japonés no eran los barcos ni los aviones, sino los pilotos. Los aviadores que habían protagonizado Pearl Harbor , Midway y Guadalcanal habían muerto en su inmensa mayoría. Sus reemplazos tenían una media de apenas 75 horas de vuelo — frente a las más de 300 de los pilotos americanos — y muchos nunca habían aterrizado en un portaaviones en condiciones de combate. El programa de entrenamiento japonés, que antes de la guerra producía pilotos de élite en un proceso largo y selectivo, había sido incapaz de compensar las pérdidas masivas de aviadores experimentados.

Ozawa contaba con dos ventajas teóricas. Primera: los aviones japoneses tenían mayor alcance que los americanos porque carecían de blindaje y tanques autosellantes — lo que los hacía más ligeros pero también mucho más vulnerables. Esto le permitiría lanzar ataques desde fuera del radio de acción de la aviación estadounidense. Segunda: esperaba que los aviones basados en tierra en las Marianas complementaran sus ataques, creando un martillo y un yunque que aplastaría a la flota americana entre dos fuegos.

El primer día: 19 de junio — el gran tiroteo

La mañana del 19 de junio, Ozawa lanzó cuatro oleadas sucesivas de ataques aéreos contra la Fuerza de Tarea 58. En total, 373 aviones japoneses despegaron de los portaaviones y se dirigieron hacia la flota americana.

Lo que siguió fue una masacre aérea sin precedentes. Los cazas F6F Hellcat , dirigidos por los controladores de caza que seguían las formaciones japonesas en las pantallas de radar, interceptaron las oleadas enemigas mucho antes de que alcanzaran los portaaviones. Los pilotos japoneses, inexpertos y desorientados, fueron derribados en cantidades asombrosas.

La primera oleada, de 69 aviones, perdió 42 antes de acercarse a los barcos. La segunda, de 128 aparatos, fue la más numerosa y apenas logró que un puñado de aviones se aproximara a la flota, dañando ligeramente al acorazado South Dakota y al portaaviones Bunker Hill. La tercera oleada, de 47 aviones, perdió siete aparatos y no alcanzó ningún objetivo. La cuarta, de 82 aviones, se dispersó, con algunos grupos atacando por error a sus propios barcos o siendo derribados al intentar aterrizar en las Marianas.

Al final del día, los japoneses habían perdido unos 315 aviones embarcados de los 373 que habían despegado. Los americanos perdieron solo 23 cazas en combate aéreo. La desproporción era tan grotesca que el comandante del grupo aéreo del USS Lexington, el capitán Paul Buie, exclamó: "Es como un viejo tiroteo de pavos" — la expresión que dio nombre a la batalla.

Pero la aviación terrestre japonesa en las Marianas tampoco se salvó. Antes de que los ataques de Ozawa comenzaran, los cazas estadounidenses habían barrido los aeródromos de Guam y Rota, destruyendo en tierra o en el aire a la mayoría de los 300 aviones que debían haber complementado el ataque naval. El segundo brazo de la tenaza de Ozawa fue neutralizado antes de entrar en acción.

Los submarinos: el golpe invisible

Mientras la batalla aérea se desarrollaba, los submarinos estadounidenses asestaron golpes devastadores a la flota japonesa. El USS Albacore torpedeó al portaaviones Taihō — el buque insignia de Ozawa, el portaaviones más nuevo y mejor blindado de Japón — que se hundió horas después cuando los vapores de combustible de aviación acumulados en su interior explotaron. El USS Cavalla torpedeó al Shōkaku, veterano de Pearl Harbor, que se hundió con 1.263 de sus tripulantes.

La pérdida de dos portaaviones por torpedos submarinos sin que Ozawa pudiera responder subrayó la vulnerabilidad de la flota japonesa. Los servicios antisubmarinos nipones eran deficientes, y sus destructores de escolta estaban más preocupados por los ataques aéreos que por la amenaza bajo el agua.

El segundo día: 20 de junio — la persecución

Al amanecer del 20 de junio, Ozawa aún no comprendía la magnitud del desastre. Las comunicaciones eran caóticas y sus oficiales le habían informado erróneamente de que muchos aviones habían aterrizado en las bases de las Marianas. En realidad, esos aviones habían sido destruidos. Cuando finalmente comprendió que le quedaban apenas un centenar de aparatos operativos de los 473 iniciales, ordenó la retirada hacia el noroeste.

El almirante Mitscher lanzó la persecución. A última hora de la tarde del 20 de junio, aviones de exploración localizaron por fin a la flota japonesa en retirada, a unos 475 kilómetros de distancia — al límite del alcance de los aviones estadounidenses. Mitscher tomó una decisión arriesgada: lanzar un ataque a esa distancia extrema significaba que muchos pilotos no tendrían combustible para regresar. Pero sabía que era la última oportunidad de golpear a la flota enemiga.

A las 16:21, 216 aviones despegaron de los portaaviones americanos. Alcanzaron la flota japonesa al atardecer y atacaron en la penumbra. Hundieron el portaaviones Hiyō, dañaron gravemente a otros dos portaaviones — el Zuikaku y el Chiyoda — y destruyeron 65 aviones más. Varios petroleros y un acorazado fueron alcanzados.

El regreso fue dramático. Los pilotos volaron de vuelta en la oscuridad, con los depósitos casi vacíos. Mitscher ordenó encender todas las luces de la flota — proyectores, luces de señales, reflectores — para guiar a los pilotos hasta las cubiertas, a pesar de que esto exponía a los barcos a posibles ataques submarinos. Aun así, 80 aviones se quedaron sin combustible y cayeron al mar. Afortunadamente, las operaciones de rescate durante los días siguientes recuperaron a la mayoría de las tripulaciones: solo se perdieron 16 pilotos y 33 tripulantes.

Balance y consecuencias

La batalla del mar de Filipinas fue una victoria americana aplastante. Los japoneses perdieron tres portaaviones — Taihō, Shōkaku e Hiyō — y unos 600 aviones con la mayoría de sus pilotos. La Armada Imperial conservaba seis portaaviones a flote, pero carecía de pilotos entrenados y de aviones para llenar sus cubiertas de vuelo. Como fuerza aeronaval ofensiva, la flota japonesa dejó de existir el 20 de junio de 1944.

Las pérdidas estadounidenses fueron mínimas en comparación: 123 aviones y 109 aviadores muertos. Ningún barco importante fue hundido. La desproporción reflejaba la brecha tecnológica y de entrenamiento que se había abierto entre ambas marinas desde Midway.

Sin embargo, la batalla no estuvo exenta de controversia en el bando americano. El almirante Spruance fue criticado por algunos por no haber perseguido agresivamente a la flota japonesa desde el primer día. Su prioridad había sido proteger los transportes de tropas que operaban frente a Saipán, y prefirió mantener una posición defensiva en lugar de lanzarse tras Ozawa dejando los desembarcos expuestos. La decisión era prudente — un ataque japonés contra los transportes habría sido catastrófico —, pero los partidarios de una táctica más ofensiva argumentaron que Spruance había desperdiciado la oportunidad de aniquilar completamente la flota enemiga.

Impacto en el curso de la guerra

La destrucción de la aviación naval japonesa tuvo consecuencias que se extendieron hasta el final de la guerra. Sin pilotos entrenados, Japón no pudo regenerar su fuerza aérea embarcada. Cuando la flota japonesa volvió a presentar batalla en octubre de 1944, en Leyte, sus portaaviones sirvieron como señuelo — un cebo deliberado para alejar a los portaaviones americanos — porque ya no tenían aviones suficientes para combatir.

La derrota en el mar de Filipinas también empujó a Japón hacia los ataques kamikazes. Sin pilotos capaces de encontrar, atacar y volver de una misión convencional, la táctica suicida se convirtió en la única forma de causar daño significativo a la flota aliada. Los kamikazes que atormentarían a la armada estadounidense en Okinawa y en Filipinas fueron, en parte, consecuencia directa de la catástrofe del mar de Filipinas.

Con las Marianas aseguradas tras la conquista de Saipán, Guam y Tinián en las semanas siguientes, Estados Unidos obtuvo las bases aéreas que necesitaba para lanzar la campaña de bombardeo estratégico contra Japón. Desde los aeródromos de estas islas, los B-29 comenzaron a reducir a cenizas las ciudades japonesas a partir de noviembre de 1944. Y fue desde Tinián — conquistada gracias a la victoria en el mar de Filipinas — desde donde despegó el Enola Gay en agosto de 1945 con rumbo a Hiroshima. La batalla que los pilotos americanos llamaron el tiroteo de los pavos fue, en retrospectiva, el principio del fin del Japón imperial.