La batalla de Peleliu, librada entre septiembre y noviembre de 1944, fue uno de los combates más feroces

Contexto estratégico
En el verano de 1944, la ofensiva aliada en el Pacífico avanzaba por dos ejes: el del almirante Nimitz a través de las islas centrales del Pacífico y el del general MacArthur por Nueva Guinea hacia Filipinas. Peleliu, en el archipiélago de las Palau, fue seleccionada como objetivo porque su aeródromo podía supuestamente amenazar el flanco de la invasión de Filipinas.
La decisión de atacar Peleliu fue controvertida desde el principio. El almirante William Halsey, tras reconocimientos aéreos que mostraron escasa resistencia en Filipinas, recomendó cancelar la operación y atacar directamente Leyte. Nimitz, sin embargo, mantuvo la orden. Fue una decisión que muchos veteranos nunca perdonarían.
La nueva doctrina defensiva japonesa
Peleliu marcó un cambio radical en la estrategia defensiva japonesa. El coronel Kunio Nakagawa, comandante de la guarnición de unos 11.000 hombres, había estudiado los fracasos japoneses en Tarawa y Guadalcanal , donde los banzai charges habían desperdiciado tropas en ataques suicidas.
En lugar de defender las playas o lanzarse en cargas frontales, Nakagawa construyó un sistema de defensa en profundidad utilizando las cuevas naturales de coral de la isla. Más de 500 cuevas fueron conectadas por túneles, equipadas con posiciones de ametralladora, mortero y artillería, y fortificadas con puertas de acero. Algunas tenían múltiples niveles y podían albergar cientos de soldados. El punto focal era Umurbrogol, un macizo de crestas de coral conocido por los Marines como "Bloody Nose Ridge" (la cresta de la nariz sangrienta).
El desembarco (15 de septiembre de 1944)
El mayor general William Rupertus, comandante de la 1.ª División de Marines, predijo que la isla caería en cuatro días. Fue un error catastrófico de cálculo.
El bombardeo naval previo, aunque intenso, apenas afectó a las posiciones subterráneas japonesas. Cuando los Marines desembarcaron en la playa White y Orange, fueron recibidos por un fuego devastador desde posiciones que el bombardeo no había destruido. Los vehículos anfibios fueron alcanzados por cañones antitanque ocultos en cuevas, y los Marines que llegaron a la playa se encontraron atrapados bajo un fuego cruzado mortal.
El primer día, los Marines sufrieron más de 1.100 bajas. El calor era asfixiante —más de 45 °C— y el terreno de coral destrozaba las botas y las rodillas. El agua escaseaba y muchos hombres cayeron por insolación y deshidratación antes de ver a un solo enemigo.
La lucha por Umurbrogol
Tras asegurar el aeródromo en los primeros días, la batalla se trasladó a las crestas de Umurbrogol, donde comenzó el verdadero calvario. Las crestas de coral, erosionadas en un laberinto de picos, cañones y cuevas, eran un terreno de pesadilla para el atacante.
Los Marines debían escalar paredes de coral bajo fuego de francotiradores, tomar crestas que resultaban ser solo la primera línea de una defensa en profundidad, y limpiar cuevas una por una. Los japoneses salían por túneles a las espaldas de los Marines, reocupaban posiciones que habían sido tomadas horas antes y disparaban desde troneras casi invisibles en la roca.
Las tácticas para reducir las cuevas eran brutales: lanzallamas, cargas de demolición y tanques que disparaban napalm directamente en las aberturas. En algunos casos, los ingenieros sellaban las cuevas con hormigón, enterrando vivos a los defensores. Cada cueva, cada cresta, cada metro de avance se medía en sangre.
El coronel Lewis "Chesty" Puller, legendario comandante del 1.er Regimiento de Marines, perdió el 70% de sus hombres en Umurbrogol antes de que su unidad fuera relevada. Fue la peor tasa de bajas sufrida por cualquier regimiento de Marines en la guerra.
El relevo por el Ejército
Ante las bajas devastadoras de los Marines, la 81.ª División de Infantería del Ejército fue traída para relevar a la 1.ª División de Marines. Los soldados del Ejército continuaron la reducción metódica de las posiciones de Umurbrogol durante octubre y noviembre.
La resistencia japonesa no cesó. Nakagawa, siguiendo órdenes de luchar hasta el último hombre, mantuvo la defensa organizada hasta finales de noviembre, cuando los últimos defensores fueron eliminados o sellados en sus cuevas. El propio Nakagawa se suicidó el 24 de noviembre tras enviar su último mensaje: "Nuestras espadas están rotas y nuestras flechas agotadas."
Bajas
Las cifras de Peleliu son desproporcionadas para una isla de apenas 13 kilómetros cuadrados. Los estadounidenses sufrieron más de 10.000 bajas: 1.794 muertos y más de 8.000 heridos. La tasa de bajas de la 1.ª División de Marines superó el 60% en las unidades de primera línea.
La guarnición japonesa fue prácticamente aniquilada: de los 11.000 defensores, solo 202 fueron capturados, casi todos trabajadores coreanos y okinawenses. El resto murió combatiendo o se suicidó.
La controversia
Peleliu fue una de las batallas más debatidas de la guerra del Pacífico. El aeródromo capturado apenas se utilizó, y la invasión de Filipinas en Leyte procedió sin que Peleliu hubiera supuesto ninguna diferencia. Muchos historiadores han argumentado que la batalla fue innecesaria y que las vidas perdidas allí se sacrificaron en vano.
El propio Rupertus nunca se recuperó del trauma de su predicción errónea y de las bajas resultantes. Murió de un ataque al corazón pocos meses después.
Legado
La batalla de Peleliu fue un anticipo de lo que esperaba a los estadounidenses en Iwo Jima y Okinawa . La nueva doctrina defensiva japonesa de guerra subterránea, perfeccionada en Peleliu, se repetiría en cada isla sucesiva, con costes cada vez mayores. Fue una de las razones que pesaron en la decisión de usar la bomba atómica: la perspectiva de una invasión del archipiélago japonés, donde cada isla sería un Peleliu multiplicado por mil, era sencillamente aterradora.
Hoy, Peleliu es una isla tranquila donde la vegetación tropical ha cubierto las crestas ensangrentadas de Umurbrogol. Los restos oxidados de tanques y cañones asoman entre la maleza, y las cuevas donde murieron miles de hombres siguen abiertas como bocas silenciosas en la roca de coral.