La batalla de la isla Wake fue uno de los episodios más heroicos y trágicos de los primeros días de la SGM en el Pacífico. Entre el 8 y el 23 de diciembre de 1941, una pequeña guarnición de marines estadounidenses, soldados y trabajadores civiles resistió dos asaltos japoneses contra un minúsculo atolón perdido en medio del océano. Aquella defensa desesperada, que incluyó el hundimiento de los primeros buques de guerra japoneses de la contienda, convirtió Wake en un símbolo de resistencia americana cuando las noticias desde el Pacífico no podían ser peores.

Restos de cazas Wildcat del VMF-211 en la isla Wake tras la captura japonesa
Cazas Grumman F4F-3 Wildcat del VMF-211 destruidos en la pista de la isla Wake tras la rendición. En primer plano, el aparato 211-F-11 del capitán Henry Elrod, que hundió el destructor Kisaragi. U.S. Navy / Naval History and Heritage Command · Dominio público

Posición estratégica de Wake

El atolón de Wake se encuentra en el Pacífico central, a unos 3.700 kilómetros al oeste de Hawái y a medio camino entre las islas Marshall y Midway. Compuesto por tres islotes —Wake, Wilkes y Peale— que apenas suman 6,5 kilómetros cuadrados de superficie, el atolón carecía de agua dulce y recursos naturales. Sin embargo, su posición geográfica lo convertía en una pieza clave para las comunicaciones aéreas y navales transpacíficas.

Desde 1935, Estados Unidos había empezado a desarrollar Wake como base aeronaval. La Pan American Airways lo utilizaba como escala para sus hidroaviones Clipper en la ruta a Filipinas y China. A partir de 1941, el atolón cobró una importancia militar decisiva: la Marina estadounidense aceleró la construcción de una pista de aterrizaje, búnkeres y posiciones defensivas como parte de su estrategia de defensa avanzada en el Pacífico. Para Japón, Wake representaba una amenaza potencial sobre sus bases en las islas Marshall, recién fortificadas, y un obstáculo en su plan de expansión hacia el sur y el este.

La guarnición de Wake

La defensa de Wake recayó sobre una fuerza extraordinariamente reducida. El comandante Winfield Scott Cunningham ejercía como oficial al mando de la base naval, mientras que el mayor James Devereux dirigía el 1.er Batallón de Defensa de Marines, compuesto por unos 450 hombres. Además, la isla contaba con el escuadrón de combate VMF-211, equipado con doce cazas Grumman F4F-3 Wildcat bajo el mando del mayor Paul Putnam.

A estos efectivos militares se sumaban cerca de 1.200 trabajadores civiles de la empresa Morrison-Knudsen, empleados en las obras de construcción de las instalaciones militares. Muchos de ellos desempeñarían un papel crucial durante la batalla, manejando posiciones de combate y asistiendo en la defensa. En total, la guarnición sumaba aproximadamente 1.600 personas, una cifra irrisoria frente a los recursos que Japón iba a desplegar contra el atolón.

Las defensas consistían en seis cañones de 127 mm procedentes de buques de guerra obsoletos, doce cañones antiaéreos de 76 mm y veinticuatro ametralladoras pesadas. La artillería costera se distribuyó entre los tres islotes para cubrir los accesos al atolón, pero la escasez de munición y la falta de radar limitaban seriamente la capacidad defensiva.

Los bombardeos aéreos: 8-10 de diciembre

Solo horas después del ataque a Pearl Harbor , treinta y seis bombarderos bimotores japoneses Mitsubishi G3M procedentes de las islas Marshall atacaron Wake el 8 de diciembre de 1941. La incursión fue devastadora. Siete de los doce Wildcat del VMF-211 fueron destruidos en tierra, junto con gran parte de las instalaciones del aeródromo. Veintitrés marines y diez civiles murieron en aquel primer ataque.

Los bombardeos continuaron los días siguientes con una regularidad brutal. Los japoneses buscaban neutralizar la escasa fuerza aérea defensiva y ablandar las posiciones costeras antes de lanzar el asalto anfibio. A pesar de las pérdidas, los pilotos supervivientes del VMF-211 lograron mantener algunos aparatos operativos gracias a un esfuerzo heroico de canibalización de piezas entre los aviones dañados. Los mecánicos trabajaban bajo los bombardeos para mantener los Wildcat en condiciones de vuelo, una hazaña técnica que permitió a los defensores conservar cierta capacidad de respuesta aérea.

El primer asalto rechazado: 11 de diciembre

El contraalmirante Sadamichi Kajioka reunió una fuerza de invasión compuesta por tres cruceros ligeros, seis destructores, dos patrulleros y dos transportes de tropas con unos 450 soldados de la Fuerza Especial de Desembarco de la Marina japonesa. Confiando en que los bombardeos previos habían neutralizado las defensas, la flota se aproximó a Wake en la madrugada del 11 de diciembre.

El mayor Devereux ordenó a sus artilleros que contuvieran el fuego hasta que los buques estuvieran a tiro efectivo. A las 06:15, cuando la flota japonesa se encontraba a unos 4.000 metros de la costa, las baterías de 127 mm de Wake abrieron fuego. El resultado fue catastrófico para los atacantes. El destructor Hayate recibió un impacto directo en su pañol de municiones y se partió en dos, hundiéndose en menos de dos minutos con la pérdida de toda su tripulación, 168 hombres. El Hayate se convirtió en el primer buque de guerra japonés hundido por fuego de superficie durante la SGM.

Los Wildcat supervivientes del VMF-211 también entraron en acción. El capitán Henry Elrod, pilotando el aparato 211-F-11, atacó al destructor Kisaragi con una bomba de 45 kilogramos que impactó en las cargas de profundidad almacenadas en la popa. La explosión resultante hundió el buque con toda su tripulación. Elrod sería posteriormente condecorado con la Medalla de Honor a título póstumo, la primera otorgada a un aviador de la Marina en la SGM.

Además de los dos destructores hundidos, varios otros buques japoneses resultaron dañados, incluyendo el crucero ligero Yubari, buque insignia de Kajioka. La fuerza de invasión se retiró humillada. Era la primera vez que los japoneses fracasaban en un asalto anfibio durante la guerra y la primera derrota naval nipona desde 1863. La noticia electrizó a una América sumida en el desánimo tras Pearl Harbor.

La leyenda de "Send us more Japs"

Tras el rechazo del primer asalto, la prensa estadounidense publicó un supuesto mensaje enviado desde Wake: "Send us more Japs" (Mándennos más japoneses). La frase se convirtió en un grito de guerra y un símbolo de desafío americano que levantó la moral del país en sus horas más oscuras.

Sin embargo, el mensaje era apócrifo. El comandante Cunningham nunca envió tal despacho. Lo que ocurrió fue que los operadores de comunicaciones en Pearl Harbor añadían texto sin sentido al principio y al final de los mensajes cifrados para dificultar su descifrado por el enemigo. Un operador incluyó la frase como relleno y alguien la tomó por parte del mensaje real. Cunningham se mostró siempre incómodo con la leyenda, consciente de que la situación en Wake era cualquier cosa menos bravuconada: sus hombres se enfrentaban a una muerte casi segura.

La anécdota, aunque ficticia, ilustra la desesperada necesidad de héroes que tenía Estados Unidos en diciembre de 1941 y la importancia de Wake como símbolo de resistencia en un momento en que las fuerzas japonesas parecían imparables en todo el Pacífico.

El segundo asalto: la caída de Wake

Japón no podía permitirse dejar Wake sin conquistar. El almirante Isoroku Yamamoto desvió hacia el atolón a los portaaviones Soryu e Hiryu, dos de los seis que habían participado en el ataque a Pearl Harbor, junto con cruceros pesados y refuerzos de infantería. La nueva fuerza de invasión triplicaba la del primer intento.

Mientras tanto, la Marina estadounidense había organizado una fuerza de socorro en torno al portaaviones Saratoga, pero la indecisión del mando en Pearl Harbor retrasó fatalmente la misión. El vicealmirante Frank Jack Fletcher avanzaba con exasperante lentitud, deteniéndose a repostar combustible, y finalmente recibió la orden de retirarse cuando Wake ya había caído. La decisión de abandonar la guarnición sigue siendo una de las más controvertidas de los primeros meses de la guerra en el Pacífico.

En la madrugada del 23 de diciembre, aproximadamente mil soldados japoneses de la Fuerza Especial de Desembarco desembarcaron en Wake y Wilkes bajo la cobertura de los bombarderos embarcados. A diferencia del primer asalto, esta vez los japoneses aceptaron las pérdidas y lograron establecer cabezas de playa. Los marines y los civiles armados lucharon encarnizadamente, llegando al combate cuerpo a cuerpo en varios puntos del atolón.

En el islote de Wilkes, un contraataque liderado por el capitán Wesley Platt logró aniquilar a toda la fuerza de desembarco japonesa, eliminando a casi un centenar de atacantes. Fue una victoria local espectacular, pero en Wake propiamente dicho la situación se deterioró rápidamente. Con munición casi agotada, los Wildcat destruidos y los heridos acumulándose, el comandante Cunningham tomó la decisión más dolorosa de su carrera: a las 07:00 del 23 de diciembre de 1941, ordenó la rendición de Wake.

El capitán Elrod, que había abandonado su avión destruido para luchar como infante, murió defendiendo su posición en las últimas horas del combate. Devereux recorrió personalmente las posiciones con una bandera blanca, un acto que le atormentaría durante años.

La tragedia de los prisioneros

La captura de Wake dio paso a uno de los episodios más sombríos de la batalla. Los japoneses tomaron prisioneros a unos 470 militares y cerca de 1.150 civiles. Las condiciones iniciales de cautiverio fueron brutales: los prisioneros fueron atados, golpeados y privados de agua y alimento durante días.

La mayoría de los prisioneros militares y parte de los civiles fueron trasladados a campos de prisioneros en China y Japón, donde sufrieron los horrores habituales del cautiverio japonés: hambre, trabajos forzados, enfermedades y palizas. Muchos no sobrevivirían a los casi cuatro años de cautiverio.

Sin embargo, el destino más trágico recayó sobre 98 trabajadores civiles que los japoneses retuvieron en Wake como mano de obra forzada para fortificar el atolón. El 7 de octubre de 1943, ante un posible ataque estadounidense, el contraalmirante Shigematsu Sakaibara ordenó la ejecución de todos ellos. Los 98 civiles fueron vendados, atados y ametrallados al borde de una fosa común junto a la playa. Un prisionero logró escapar y grabó la inscripción "98 US PW 5-10-43" en un coral cercano antes de ser recapturado y decapitado personalmente por Sakaibara. Tras la guerra, Sakaibara fue juzgado por crímenes de guerra y ejecutado en 1947.

Balance militar y legado

La batalla de Wake costó a Japón entre 820 y 1.000 bajas, dos destructores hundidos, un submarino dañado y veintiún aviones derribados. Los defensores sufrieron 120 muertos (52 militares y 70 civiles) durante los combates, a los que se sumaron los 98 civiles ejecutados en 1943.

Más allá de las cifras, Wake tuvo un impacto estratégico y moral significativo. La feroz resistencia obligó a Japón a desviar fuerzas que podrían haberse empleado en otras operaciones durante las primeras y cruciales semanas de la guerra. Los portaaviones Soryu e Hiryu, enviados a Wake como refuerzo, no pudieron participar en otras ofensivas durante ese período, aunque ambos serían hundidos meses después en la batalla de Midway .

Para Estados Unidos, Wake proporcionó un ejemplo de valor y sacrificio en el momento más oscuro de la guerra. La defensa del atolón demostró que las fuerzas japonesas no eran invencibles y que un puñado de hombres decididos podía infligir pérdidas inaceptables a una fuerza muy superior. El lema no oficial de los marines, "Remember Wake Island", se convirtió en grito de motivación durante las campañas posteriores en el Pacífico.

La isla Wake permaneció en manos japonesas hasta el final de la guerra, sometida a bombardeos aéreos y navales estadounidenses que la aislaron por completo. La guarnición japonesa, reducida al hambre y la desesperación, se rindió el 4 de septiembre de 1945, dos días después de la ceremonia formal de rendición de Japón a bordo del USS Missouri. Hoy, un memorial en el atolón recuerda a los marines, soldados y civiles que defendieron Wake y a los 98 prisioneros masacrados, un recordatorio permanente del precio de la resistencia y de la crueldad de la guerra.