La batalla de Kwajalein, librada entre el 31 de enero y el 3 de febrero de 1944, fue el primer ataque estadounidense contra territorio japonés anterior a la guerra y una demostración de cómo las sangrientas lecciones de Tarawa podían transformar un asalto anfibio en una victoria aplastante. En apenas cuatro días, las fuerzas de Estados Unidos conquistaron el mayor atolón del mundo, aniquilaron una guarnición de más de 8.000 defensores japoneses y abrieron la puerta hacia el corazón del Pacífico central, todo ello con unas pérdidas notablemente reducidas en comparación con el carnicero precedente de las islas Gilbert.

Soldados estadounidenses inspeccionan un búnker japonés en la isla de Enubuj, atolón de Kwajalein, febrero de 1944
Soldados de la 7.ª División de Infantería inspeccionan un búnker japonés destruido en el atolón de Kwajalein, 1 de febrero de 1944 U.S. Army Signal Corps · Dominio público

Contexto estratégico: las Islas Marshall

Tras la conquista de las islas Gilbert en noviembre de 1943, el siguiente objetivo del avance por el Pacífico central eran las Islas Marshall, un vasto archipiélago de atolones coralinos que Japón administraba como mandato de la Sociedad de Naciones desde el final de la Primera Guerra Mundial. Durante más de dos décadas, los japoneses habían fortificado estos atolones, convirtiéndolos en bases aéreas y navales que constituían el perímetro exterior de su imperio en el Pacífico.

El plan original contemplaba atacar los atolones exteriores de Wotje y Maloelap, mejor conocidos por la inteligencia aliada. Sin embargo, el almirante Chester Nimitz tomó una decisión audaz: saltar directamente al corazón del archipiélago y atacar Kwajalein, el atolón más grande del mundo, situado en el centro de las Marshall. Esta maniobra dejaría a las guarniciones japonesas de los atolones exteriores aisladas y neutralizadas sin necesidad de combatir por ellas, ahorrando vidas y tiempo.

La decisión de Nimitz encontró resistencia entre sus subordinados, incluidos los almirantes Raymond Spruance y Richmond Kelly Turner, que temían que las bases aéreas japonesas en los atolones periféricos pudieran amenazar la fuerza de invasión. Nimitz se mantuvo firme. La inteligencia de señales y el reconocimiento fotográfico aéreo le daban confianza en que los atolones exteriores podían ser neutralizados desde el aire mientras la fuerza principal atacaba Kwajalein.

La Operación Flintlock

El plan de asalto, bautizado como Operación Flintlock, dividía la fuerza invasora en dos grupos que atacarían simultáneamente los extremos norte y sur del atolón de Kwajalein. Al norte, la 4.ª División de Marines asaltaría las islas gemelas de Roi y Namur, donde los japoneses habían construido una importante base aérea. Al sur, la 7.ª División de Infantería del Ejército atacaría la isla de Kwajalein propiamente dicha, el centro administrativo del atolón y la isla más grande de todo el archipiélago.

En total, más de 40.000 soldados y marines participaron en el asalto, apoyados por una formidable flota que incluía doce portaaviones de escolta, ocho acorazados, tres cruceros pesados y numerosos destructores. La superioridad aérea y naval era absoluta: la aviación japonesa en las Marshall había sido prácticamente destruida en las semanas previas mediante ataques aéreos sistemáticos contra las bases de los atolones exteriores.

Las lecciones de Tarawa

El sangriento asalto a Tarawa, apenas dos meses antes, había expuesto graves deficiencias en la doctrina anfibia estadounidense. Las lecciones aprendidas se aplicaron meticulosamente en Kwajalein, transformando cada aspecto de la operación.

El bombardeo preparatorio fue radicalmente diferente. En Tarawa, el bombardeo naval había durado apenas unas horas y resultó insuficiente para destruir las fortificaciones japonesas. En Kwajalein, el bombardeo comenzó días antes del desembarco. Los acorazados y cruceros machacaron las posiciones defensivas durante tres días consecutivos, empleando un volumen de munición muy superior y concentrando el fuego con mayor precisión gracias a la información del reconocimiento aéreo. La aviación embarcada complementó el bombardeo con ataques continuos con bombas y cohetes.

La gestión de las mareas, que había causado tantas bajas en Tarawa cuando los lanchas Higgins quedaron varadas en el arrecife, fue resuelta con la asignación masiva de tractores anfibios LVT (Landing Vehicle Tracked). Estos vehículos oruga podían trepar sobre los arrecifes de coral y depositar a las tropas directamente en la playa, eliminando la necesidad de vadear cientos de metros bajo fuego enemigo. En Kwajalein se emplearon cientos de LVT, suficientes para transportar a todas las oleadas de asalto iniciales.

Otra innovación crucial fue la captura previa de islotes adyacentes. Antes de asaltar los objetivos principales, pequeñas unidades de infantería ocuparon islotes menores dentro del atolón desde los que la artillería de campaña podía batir directamente las posiciones japonesas en Roi-Namur y Kwajalein. Esta táctica, que se convertiría en procedimiento estándar en los asaltos anfibios posteriores, proporcionó un apoyo de fuego devastador que las defensas japonesas no podían contrarrestar.

El asalto a Roi-Namur

El 1 de febrero de 1944, la 4.ª División de Marines, en su bautismo de fuego, desembarcó en las islas gemelas de Roi y Namur, conectadas por una estrecha franja de arena y un terraplén. Roi albergaba la pista de aterrizaje y estaba relativamente poco fortificada más allá de las instalaciones aeroportuarias. Namur, en cambio, concentraba las posiciones defensivas, depósitos de munición y búnkeres de la guarnición.

El bombardeo previo había sido tan eficaz que la isla de Roi cayó en pocas horas. Los marines avanzaron con relativa facilidad a través de un paisaje lunar de cráteres, edificios destrozados y posiciones defensivas aplastadas. La pista de aterrizaje fue capturada intacta y operativa en cuestión de días.

Namur presentó más resistencia. La vegetación densa y los búnkeres ocultos entre las palmeras obligaron a los marines a combatir posición por posición. Un momento dramático se produjo cuando una carga explosiva de demolición detonó un depósito de municiones japonés, provocando una explosión colosal que mató a más de veinte marines e hirió a un centenar. A pesar de este contratiempo, Namur cayó al día siguiente. La guarnición de unas 3.500 tropas japonesas fue prácticamente aniquilada: solo 91 prisioneros fueron capturados, la mayoría trabajadores coreanos.

La conquista de la isla de Kwajalein

En el extremo sur del atolón, la 7.ª División de Infantería llevó a cabo un asalto metódico y devastadoramente eficaz contra la isla de Kwajalein. Esta unidad, veterana de la campaña de las Aleutianas, demostró una disciplina y coordinación que reflejaban la meticulosa planificación de la operación.

Antes del desembarco principal, la artillería emplazada en los islotes capturados la víspera había convertido las defensas japonesas en escombros. Cuando los soldados desembarcaron desde los LVT, encontraron una resistencia desorganizada pero tenaz. Los japoneses, aturdidos por el bombardeo, combatieron desde las ruinas de sus posiciones con la determinación suicida característica de la guerra del Pacífico.

El avance por la isla fue lento pero constante. La 7.ª División empleó una táctica de avance coordinado que combinaba tanques Sherman, infantería, lanzallamas y equipos de demolición para reducir cada posición japonesa. Los tanques avanzaban por las calles destruidas aplastando búnkeres y proporcionando fuego de cobertura mientras la infantería limpiaba los escombros edificio por edificio. Los lanzallamas, que en Tarawa habían demostrado ser el arma más eficaz contra las posiciones fortificadas, se emplearon con profusión.

El combate duró cuatro días. La guarnición japonesa de Kwajalein, compuesta por unos 5.000 hombres entre tropas de combate y personal de apoyo, fue aniquilada casi en su totalidad. Al final de la batalla, solo 79 japoneses y 165 trabajadores coreanos fueron capturados con vida. El resto había muerto combatiendo o se había suicidado antes de caer prisionero.

El balance: una victoria aplastante

Las cifras de la batalla de Kwajalein ilustran la magnitud de la victoria estadounidense y la eficacia de las lecciones aprendidas en Tarawa. De los aproximadamente 8.700 defensores japoneses en todo el atolón, más de 7.800 murieron. Las bajas estadounidenses fueron de 372 muertos y unos 1.500 heridos, una proporción de pérdidas radicalmente inferior a la de Tarawa, donde los marines habían sufrido más de mil muertos para conquistar un islote mucho más pequeño.

Esta desproporción no se debió a que los japoneses lucharan con menos determinación —se batieron con el mismo fanatismo suicida que en todas las batallas del Pacífico—, sino a la abrumadora superioridad en potencia de fuego, la mejor coordinación entre armas combinadas y las innovaciones tácticas que transformaron la doctrina anfibia estadounidense tras el trauma de Tarawa.

La rapidez de la conquista sorprendió incluso a los planificadores estadounidenses. La reserva de la fuerza expedicionaria, la 22.ª División de Marines, no fue necesaria en Kwajalein y pudo ser empleada inmediatamente para atacar el atolón de Eniwetok , 550 kilómetros al noroeste, adelantando el calendario de operaciones en varias semanas.

Consecuencias y legado

La caída de Kwajalein tuvo repercusiones estratégicas inmediatas. Las Islas Marshall quedaron efectivamente en manos estadounidenses, proporcionando bases aéreas y navales que permitían proyectar poder hacia las Islas Carolinas y las Marianas, los siguientes eslabones en la cadena de avance hacia Japón. Las guarniciones japonesas en los atolones exteriores de Wotje, Maloelap, Mili y Jaluit quedaron aisladas y sometidas a un bloqueo aéreo y naval que las condenó a la inanición y la irrelevancia militar sin necesidad de asaltarlas.

La decisión de Nimitz de golpear directamente el corazón de las Marshall en lugar de avanzar gradualmente por los atolones exteriores quedó plenamente justificada. Esta audacia estratégica se convertiría en un modelo para operaciones posteriores en el Pacífico, donde el concepto de saltar posiciones enemigas fuertemente defendidas para atacar objetivos más importantes y menos esperados se perfeccionó hasta convertirse en la esencia misma de la estrategia del salto de islas.

Desde el punto de vista táctico, Kwajalein consolidó las innovaciones nacidas del desastre de Tarawa. El bombardeo preparatorio prolongado, la captura previa de islotes para artillería, el uso masivo de LVT y la coordinación de armas combinadas se convirtieron en procedimiento estándar para todos los asaltos anfibios posteriores del Pacífico, desde las campañas insulares hasta el asalto final a Okinawa.

La batalla de Kwajalein demostró que la guerra anfibia en el Pacífico podía librarse con eficacia y a un coste asumible cuando se aplicaban las lecciones del combate real. Para los miles de marines y soldados que desembarcaron en los arrecifes de coral de las Marshall aquel febrero de 1944, la conquista del atolón más grande del mundo fue la confirmación de que la máquina de guerra estadounidense había aprendido a dominar uno de los tipos de combate más difíciles de la SGM: el asalto anfibio contra posiciones fortificadas en islas del Pacífico.

La victoria en Kwajalein fue, sobre todo, una victoria de la adaptación. Donde Tarawa había revelado fallos devastadores, Kwajalein demostró que esos fallos podían corregirse. Donde Midway había cambiado el equilibrio estratégico del Pacífico, Kwajalein confirmó que Estados Unidos poseía la capacidad operativa para conquistar el vasto imperio insular japonés isla por isla, atolón por atolón, hasta llegar a las puertas de Tokio.