La batalla de Iwo Jima, librada entre el 19 de febrero y el 26 de marzo de 1945, fue uno de los enfrentamientos más feroces y costosos del teatro del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. En aquella diminuta isla volcánica de apenas 21 kilómetros cuadrados, más de 70.000 marines estadounidenses se enfrentaron a una guarnición japonesa de 21.000 hombres atrincherados en un laberinto subterráneo de túneles, búnkeres y casamatas. La batalla de Iwo Jima se prolongó durante 36 días de combates brutales que dejaron casi 7.000 marines muertos y más de 19.000 heridos, mientras que la guarnición japonesa fue prácticamente aniquilada. La icónica fotografía del izado de la bandera en el monte Suribachi se convirtió en el símbolo más reconocible de la guerra en el Pacífico.

Marines estadounidenses izando la bandera de Estados Unidos en la cima del monte Suribachi, Iwo Jima, 23 de febrero de 1945
El izado de la bandera en el monte Suribachi, 23 de febrero de 1945. La fotografía más famosa de la guerra en el Pacífico. Joe Rosenthal / Associated Press · Dominio público

Importancia estratégica de Iwo Jima

Iwo Jima —que en japonés significa «isla del azufre»— era un punto estratégico vital en la cadena de islas que separaba las bases aéreas estadounidenses en las Marianas del archipiélago japonés. La isla disponía de tres aeródromos y se encontraba casi exactamente a medio camino entre Saipán y Tokio, a unos 1.200 kilómetros de la capital nipona. Desde allí, los cazas japoneses interceptaban los bombarderos B-29 Superfortress que despegaban de las Marianas para bombardear las ciudades japonesas, y una estación de radar en la isla alertaba a las defensas antiaéreas de Japón con antelación suficiente para prepararse.

Para los planificadores estadounidenses, la captura de Iwo Jima resolvía varios problemas a la vez. Los aeródromos servirían como base de emergencia para los B-29 dañados que regresaban de sus misiones sobre Japón, y los cazas P-51 Mustang podrían escoltar a los bombarderos hasta sus objetivos. Además, la isla eliminaría una amenaza para la retaguardia aliada de cara a la invasión planeada de Okinawa y, eventualmente, del propio Japón. El alto mando estadounidense estimaba que la operación duraría entre cinco y diez días. Se equivocaba gravemente.

Las defensas del general Kuribayashi

El teniente general Tadamichi Kuribayashi, comandante de la guarnición japonesa, era un militar excepcional que había vivido en Estados Unidos como agregado militar y conocía perfectamente el potencial industrial y la determinación de su enemigo. A diferencia de otros comandantes japoneses que confiaban en las defensas de playa y los contraataques banzái, Kuribayashi diseñó una estrategia radicalmente distinta centrada en la defensa en profundidad.

Durante meses, los japoneses excavaron un sistema de túneles de más de 18 kilómetros de longitud en la roca volcánica de la isla. Las galerías conectaban cientos de posiciones fortificadas, búnkeres con paredes de hormigón armado de hasta un metro de espesor, nidos de ametralladoras con campos de tiro cruzados y posiciones de artillería camufladas. Las temperaturas en el interior de los túneles superaban los 40 grados por la actividad volcánica, y los vapores de azufre hacían irrespirable el aire en muchos tramos, pero los soldados japoneses soportaron estas condiciones durante meses mientras preparaban la isla para la defensa.

Kuribayashi ordenó expresamente que no hubiera ataques suicidas ni cargas banzái. Cada soldado debía matar al menos diez enemigos antes de morir. Las posiciones estaban diseñadas para que, cuando una cayera, el fuego se concentrara automáticamente desde otras posiciones sobre los atacantes que la ocupaban. El objetivo no era rechazar la invasión —Kuribayashi sabía que eso era imposible—, sino infligir tantas bajas como fuera posible para disuadir a los estadounidenses de invadir el archipiélago japonés.

El bombardeo previo y el desembarco

La aviación y la armada estadounidenses bombardearon Iwo Jima durante 74 días antes del desembarco, con más de 6.800 toneladas de bombas y miles de proyectiles navales. Los marines solicitaron diez días de bombardeo naval intensivo previo a la invasión, pero el almirante Raymond Spruance solo autorizó tres días, ya que necesitaba los acorazados para apoyar otras operaciones. La realidad demostró que incluso aquel castigo brutal apenas dañó las fortificaciones subterráneas japonesas.

El 19 de febrero de 1945 —designado como Día D—, la V Fuerza Anfibia del Cuerpo de Marines desembarcó en las playas del sureste de Iwo Jima. Las primeras oleadas encontraron una resistencia engañosamente débil. La arena volcánica negra, suelta y empinada dificultaba el avance de los hombres y los vehículos, pero los disparos enemigos eran esporádicos. Kuribayashi había ordenado dejar desembarcar a los marines y permitir que se acumularan en las playas antes de abrir fuego.

Cuando las playas estuvieron abarrotadas de hombres, vehículos y suministros, las defensas japonesas cobraron vida. Un diluvio de fuego de artillería, morteros y ametralladoras cayó sobre las playas. Los marines quedaron atrapados entre el mar a sus espaldas y las defensas japonesas al frente, sin apenas cobertura en la arena volcánica. Las bajas del primer día fueron devastadoras: más de 2.400 hombres entre muertos y heridos. Aun así, los marines lograron establecer una cabeza de playa precaria y cortar la isla en dos, aislando el monte Suribachi en el extremo sur.

La conquista del monte Suribachi

El monte Suribachi, un volcán extinto de 169 metros de altura que dominaba toda la isla y las playas de desembarco, era el primer objetivo prioritario. Desde su cima y sus laderas, los observadores japoneses dirigían un fuego mortífero sobre las playas. Mientras el grueso de las fuerzas avanzaba hacia el norte, el 28.º Regimiento de Marines recibió la misión de tomar Suribachi.

La lucha por el volcán duró cuatro días de combate cuerpo a cuerpo entre posiciones fortificadas. Los marines avanzaban metro a metro bajo fuego constante, usando lanzallamas, cargas de demolición y granadas para reducir cada búnker y cada cueva. Los japoneses disparaban desde aberturas camufladas y desaparecían por los túneles para reaparecer en otra posición a espaldas de los atacantes.

El 23 de febrero, una patrulla del 2.º Batallón del 28.º Regimiento alcanzó la cima del Suribachi y enarboló una pequeña bandera estadounidense. Más tarde ese mismo día, se izó una bandera más grande que pudiera verse desde toda la isla. Fue este segundo izado el que captó el fotógrafo de la Associated Press Joe Rosenthal en la imagen que se convertiría en una de las fotografías más famosas de la historia. En los barcos fondeados frente a la costa, la visión de la bandera ondeando en la cima provocó vítores y sirenas. Sin embargo, la caída de Suribachi, lejos de significar el final, fue solo el comienzo de la fase más sangrienta de la batalla.

El avance hacia el norte: la meseta de la muerte

La parte norte de Iwo Jima era un terreno accidentado de crestas, barrancos, cuevas y afloramientos rocosos donde Kuribayashi había concentrado el grueso de sus defensas. Los marines bautizaron esta zona con nombres como «el anfiteatro», «la picadora de carne» o «el desfiladero de la muerte», denominaciones que reflejaban la brutalidad de los combates.

El avance se medía en metros, no en kilómetros. Cada cresta, cada cueva y cada posición fortificada debían ser tomadas individualmente con un coste enorme en vidas humanas. Los japoneses, conectados por la red de túneles, abandonaban las posiciones bajo presión y reaparecían en otras ya supuestamente conquistadas, atacando por la retaguardia a los marines. Las noches eran particularmente peligrosas: infiltradores japoneses se deslizaban entre las líneas para lanzar ataques con cuchillos y granadas.

Los lanzallamas se convirtieron en el arma más eficaz para reducir las posiciones subterráneas. Tanques Sherman equipados con lanzallamas —los temidos «Zippos»— avanzaban hasta las entradas de los túneles y lanzaban chorros de fuego líquido al interior. Los zapadores sellaban las aberturas con cargas de demolición. Pero por cada posición destruida surgían tres más que habían permanecido ocultas.

Las condiciones de los combatientes eran atroces. El calor volcánico, el hedor del azufre, la falta de agua potable y la visión constante de cadáveres minaban la moral. Los equipos médicos trabajaban sin descanso atendiendo a los heridos bajo fuego. Muchos sanitarios —los corpsmen de la Armada asignados a los marines— murieron mientras intentaban socorrer a los caídos. El agotamiento físico y psicológico era extremo: algunas compañías perdieron más del 75 % de sus efectivos.

La resistencia japonesa hasta el final

La guarnición de Kuribayashi luchó con una determinación que asombró incluso a los veteranos más curtidos. Los soldados japoneses sabían que no habría evacuación ni rendición: su misión era morir matando al mayor número posible de enemigos. Apenas 216 de los aproximadamente 21.000 defensores fueron capturados con vida, la mayoría inconscientes o gravemente heridos. El resto pereció en combate o se suicidó.

Kuribayashi dirigió la defensa con una eficiencia implacable, desplazando tropas por los túneles hacia los puntos de mayor presión y manteniendo las comunicaciones a pesar del bombardeo constante. Sus mensajes a Tokio describían con precisión la situación desesperada pero también el elevado coste que estaban imponiendo al enemigo. El cuartel general imperial le ascendió a general durante la batalla, un honor poco frecuente.

A medida que el cerco se estrechaba, los defensores fueron empujados hacia el extremo norte de la isla. Los combates en la «garganta de Kuribayashi», como la denominaron los marines, fueron de los más encarnizados de toda la guerra del Pacífico. El general japonés envió su último mensaje el 23 de marzo y se cree que murió poco después, aunque las circunstancias exactas de su muerte nunca se han confirmado. Algunos historiadores sostienen que lideró un último ataque nocturno contra las líneas estadounidenses; otros creen que se suicidó siguiendo el ritual del seppuku.

El balance de la batalla de Iwo Jima

La isla fue declarada oficialmente asegurada el 26 de marzo de 1945, tras 36 días de combate. El balance fue estremecedor para ambos bandos. Los marines sufrieron 6.821 muertos y 19.217 heridos, cifras que hicieron de Iwo Jima la batalla más sangrienta en la historia del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos hasta esa fecha. De los 21.000 defensores japoneses, apenas sobrevivieron poco más de 200. Fue una de las pocas batallas del Pacífico en las que las bajas estadounidenses superaron a las japonesas.

Se concedieron 27 Medallas de Honor a marines y sanitarios navales por sus acciones en Iwo Jima, más que en cualquier otra batalla de la SGM. El almirante Chester Nimitz resumió el sacrificio con una frase célebre: «En Iwo Jima, el valor fue una virtud común».

La captura de los aeródromos justificó el coste de la operación en términos estrictamente militares. Antes del final de la guerra, 2.251 bombarderos B-29 con 24.761 tripulantes realizaron aterrizajes de emergencia en Iwo Jima, lo que probablemente salvó miles de vidas que se habrían perdido en amerizajes forzosos en el Pacífico. Los cazas P-51 comenzaron a escoltar las misiones de bombardeo sobre Japón desde la isla, reduciendo significativamente las pérdidas de B-29 frente a los interceptores japoneses.

Consecuencias y legado

La batalla de Iwo Jima tuvo profundas repercusiones en la estrategia aliada. Las escalofriantes cifras de bajas, combinadas con las que se producirían poco después en la guerra del Pacífico , alimentaron el debate sobre si una invasión directa de Japón era viable. Las estimaciones de bajas para la Operación Downfall —la invasión prevista del archipiélago nipón— oscilaban entre cientos de miles y más de un millón de soldados aliados, proyecciones que influyeron en la decisión de emplear las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki.

Para Japón, la pérdida de Iwo Jima significó que la última línea de defensa exterior había caído. El territorio metropolitano quedaba ahora al alcance directo de los bombarderos enemigos sin posibilidad de alerta temprana ni interceptación eficaz. La destrucción sistemática de las ciudades japonesas mediante bombardeos incendiarios se intensificó dramáticamente tras la caída de la isla.

La fotografía de Joe Rosenthal trascendió su contexto militar para convertirse en un icono cultural. Sirvió como modelo para el Monumento a los Marines del Cuerpo de Guerra en Arlington, Virginia, y se reprodujo en sellos postales, carteles y todo tipo de homenajes. De los seis marines que aparecen en la imagen, tres murieron en combate durante las semanas siguientes en Iwo Jima, un dato que subraya la brutalidad de una batalla que continuó durante más de un mes después de aquel momento.

La guerra en el Pacífico, que había comenzado con el ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941, se acercaba a su desenlace. Iwo Jima demostró que Japón estaba dispuesto a luchar hasta la aniquilación total, una lección que pesó enormemente en las decisiones que siguieron. Hoy, la isla —devuelta a Japón en 1968 y rebautizada con su nombre original, Iōtō— alberga un pequeño destacamento militar japonés y es escenario de ceremonias anuales de reconciliación en las que veteranos y familiares de ambos bandos honran juntos a los caídos.