La batalla de Buna-Gona fue uno de los enfrentamientos más brutales y costosos de la SGM en el teatro del Pacífico. Entre noviembre de 1942 y enero de 1943, fuerzas australianas y estadounidenses intentaron desalojar a los japoneses de sus posiciones fortificadas en la costa norte de Papúa, en Nueva Guinea. Lo que los mandos aliados esperaban que fuese una operación rápida contra un enemigo debilitado se convirtió en semanas de combate cuerpo a cuerpo en condiciones inhumanas, donde la selva tropical, los pantanos y las enfermedades mataron a más soldados que las propias balas.

Obús de 105 mm siendo descargado de un B-17 en el frente de Buna-Gona
El único obús de 105 mm M3A1 utilizado en Buna-Gona, transportado desde Australia en un B-17 Flying Fortress, noviembre de 1942 Clifford Bottomley · Dominio público

Contexto: la campaña de Kokoda y la retirada japonesa

Tras el fracaso de su avance por la pista de Kokoda hacia Port Moresby entre julio y septiembre de 1942, las fuerzas japonesas se vieron obligadas a retirarse hacia la costa norte de Papúa. El objetivo original nipón había sido capturar Port Moresby, la principal base aliada en Nueva Guinea , para amenazar directamente a Australia. Pero la tenaz resistencia australiana en las montañas de Owen Stanley y la creciente presión logística forzaron la retirada.

Los japoneses se replegaron hacia las cabezas de playa de Buna, Gona y Sanananda, en la costa del mar de Salomón. Estas posiciones no eran improvisadas: los ingenieros japoneses habían construido un complejo sistema defensivo aprovechando la geografía hostil de la zona. La franja costera era un laberinto de manglares, pantanos de agua salada, selva impenetrable y kunai —hierba alta y cortante que dificultaba cualquier movimiento.

El mando aliado, encabezado por el general Douglas MacArthur desde su cuartel general en Brisbane, subestimó gravemente la fuerza de las defensas japonesas. Los informes de inteligencia hablaban de un enemigo desmoralizado y en fuga. La realidad era muy distinta.

Las fortificaciones japonesas: búnkeres de troncos de cocotero

Las defensas japonesas en Buna-Gona constituyeron una de las posiciones más formidables que los aliados encontraron en toda la guerra del Pacífico. Los ingenieros japoneses construyeron una red de búnkeres utilizando troncos de cocotero apilados, reforzados con tierra, arena y bidones de petróleo rellenos de arena. Estas estructuras eran prácticamente invulnerables al fuego de armas ligeras y a la artillería de campaña disponible.

Los búnkeres se conectaban mediante trincheras y pozos de tirador, formando un sistema defensivo integrado con campos de fuego cruzado que convertían cualquier aproximación frontal en un suicidio. Las posiciones estaban cuidadosamente camufladas entre la vegetación tropical, haciéndolas casi invisibles hasta que el atacante se encontraba a pocos metros. Muchos soldados aliados fueron abatidos sin haber visto siquiera al enemigo que disparaba.

La guarnición japonesa, compuesta inicialmente por unos 6.500 hombres bajo el mando del general Horii Tomitaro (que murió ahogado durante la retirada por la pista de Kokoda) y posteriormente del contraalmirante Yamagata Tsuyuo, estaba decidida a luchar hasta la muerte. La doctrina japonesa prohibía la rendición, y los defensores cumplieron este principio con una determinación fanática que conmocionó a los atacantes aliados.

Las condiciones: la selva como enemigo mortal

Si las fortificaciones japonesas eran un obstáculo formidable, las condiciones ambientales en Buna-Gona fueron un enemigo igual de letal. La zona de combate era un infierno tropical donde la temperatura superaba los 35 grados con una humedad sofocante. Los soldados combatían sumergidos hasta la cintura en pantanos de agua fétida, entre nubes de mosquitos portadores de malaria y disentería.

La malaria fue la gran asesina de la campaña. Las cifras son elocuentes: durante la batalla, las bajas por enfermedad superaron ampliamente a las causadas por el combate. En algunas unidades australianas y estadounidenses, más del 75 por ciento de los efectivos cayeron enfermos de malaria, disentería, tifus, dengue o úlceras tropicales. Los soldados combatían con fiebres de cuarenta grados, incapaces de mantener el ritmo pero sin posibilidad de ser evacuados.

El suministro era otro problema crítico. No existían carreteras ni puertos en la zona. Todo debía transportarse a pie por senderos embarrados o mediante lanzamientos aéreos poco precisos. La comida escaseaba, el agua potable era un lujo y las municiones llegaban con cuentagotas. Los soldados adelgazaban rápidamente, sus uniformes se pudrían sobre sus cuerpos y muchos combatían descalzos porque sus botas se habían desintegrado en el barro.

El ataque aliado: australianos en Gona, estadounidenses en Buna

El plan aliado dividió el ataque en dos ejes principales. Las fuerzas australianas, veteranas de la campaña de Kokoda y comandadas por el general Edmund Herring, se dirigieron hacia Gona y Sanananda por el noroeste. Las fuerzas estadounidenses de la 32.ª División de Infantería, bajo el mando del general Edwin Harding, atacarían Buna por el este.

La 32.ª División era una unidad de la Guardia Nacional de Wisconsin y Míchigan, sin experiencia de combate previa y con un entrenamiento deficiente para la guerra en la selva. Los soldados habían sido transportados directamente desde Australia sin aclimatación ni preparación adecuada. Carecían de equipamiento apropiado para el terreno tropical y, lo más grave, llegaron al frente sin apoyo de tanques ni artillería pesada.

Gona: la batalla australiana

Los australianos atacaron Gona el 19 de noviembre de 1942. La guarnición japonesa, aunque más pequeña que la de Buna, defendió la posición con una ferocidad extraordinaria. Los australianos, agotados tras semanas de combate en la pista de Kokoda, se encontraron asaltando búnkeres de troncos de cocotero que resistían todo lo que les lanzaban.

Los combates en Gona fueron especialmente salvajes. Los australianos tuvieron que tomar cada búnker de forma individual, arrastrándose bajo el fuego enemigo para lanzar granadas por las aspilleras o usando bayonetas en combate cuerpo a cuerpo dentro de las posiciones. El hedor de los cadáveres en descomposición —tanto aliados como japoneses— impregnaba el campo de batalla y contribuía a la propagación de enfermedades.

Gona cayó finalmente el 9 de diciembre de 1942, después de tres semanas de asaltos continuos. De la guarnición japonesa de aproximadamente 800 hombres, solo sobrevivieron un puñado como prisioneros. Los australianos habían sufrido más de 750 bajas entre muertos y heridos para capturar una posición que no ocupaba más de unos pocos cientos de metros.

Buna: MacArthur pierde la paciencia

La situación en Buna fue aún más problemática. Los primeros ataques de la 32.ª División el 19 de noviembre fracasaron estrepitosamente. Los soldados estadounidenses, sin experiencia, se lanzaron contra las defensas japonesas con tácticas convencionales y fueron rechazados con fuertes pérdidas. La moral se desplomó rápidamente.

MacArthur, impaciente por obtener una victoria que compensara el desastre de las Filipinas y rivalizara con el éxito de los marines en Guadalcanal , presionó brutalmente a sus subordinados. Envió al teniente general Robert Eichelberger al frente con una orden brutal: "Bob, toma Buna o no vuelvas vivo". MacArthur relevó al general Harding del mando de la 32.ª División por considerar que carecía de agresividad suficiente, una decisión controvertida que muchos historiadores consideran injusta, dado que Harding luchaba con recursos completamente inadecuados.

Eichelberger reorganizó las tropas, mejoró la logística y, sobre todo, consiguió lo que Harding había reclamado sin éxito: apoyo blindado. La llegada de un pequeño número de tanques ligeros M3 Stuart en diciembre de 1942 cambió radicalmente la dinámica del combate.

Los tanques Stuart: el punto de inflexión

Los tanques M3 Stuart, aunque ligeros y vulnerables según los estándares europeos, resultaron decisivos en Buna. Su blindaje era suficiente para resistir el fuego de armas ligeras japonesas, y sus cañones de 37 mm podían penetrar los búnkeres de troncos de cocotero que habían resistido semanas de ataques de infantería.

La llegada de los Stuart marcó un antes y un después. Los tanques avanzaban contra las posiciones japonesas aplastando la vegetación, disparando a quemarropa contra las aspilleras de los búnkeres mientras la infantería seguía detrás, eliminando a los defensores aturdidos. Los japoneses, que carecían de armas antitanque eficaces en la zona, no tenían respuesta contra esta combinación.

Sin embargo, el terreno pantanoso limitaba severamente la movilidad de los blindados. Varios Stuart quedaron atascados en el barro o fueron puestos fuera de combate por minas improvisadas y cargas explosivas colocadas por soldados japoneses que se lanzaban contra ellos en ataques suicidas. Aun así, los pocos tanques operativos bastaron para romper la resistencia japonesa posición por posición.

Los intentos japoneses de refuerzo

El mando japonés en Rabaul intentó reforzar las cabezas de playa de Buna-Gona mediante convoyes de destructores que navegaban de noche a lo largo de la costa, siguiendo el mismo patrón que el llamado "Tokyo Express" que operaba en Guadalcanal. Algunos refuerzos lograron desembarcar, prolongando la resistencia japonesa y complicando la tarea aliada.

Sin embargo, la superioridad aérea aliada, operando desde aeródromos en Port Moresby, dificultó cada vez más estos intentos. Los ataques aéreos contra los convoyes y las posiciones de desembarco redujeron progresivamente el flujo de suministros y refuerzos, estrangulando lentamente la guarnición japonesa.

Sanananda: el último bastión

Mientras Gona y Buna caían sucesivamente, la posición intermedia de Sanananda se convirtió en el último bastión japonés. Los combates en Sanananda fueron posiblemente los más difíciles de toda la campaña. El terreno era un pantano casi continuo atravesado por una única pista elevada que los japoneses habían convertido en una trampa mortal.

Las fuerzas australianas y estadounidenses que atacaron Sanananda sufrieron un desgaste terrible. Los asaltos frontales por la pista resultaban suicidas, y los intentos de flanquear las posiciones a través del pantano exponían a los atacantes a horas de vadeo bajo fuego enemigo. La lucha se prolongó hasta el 22 de enero de 1943, cuando los últimos defensores japoneses fueron finalmente eliminados.

El coste de la victoria

La batalla de Buna-Gona fue una victoria aliada extremadamente costosa. Las fuerzas australianas sufrieron aproximadamente 2.700 bajas entre muertos y heridos, mientras que los estadounidenses registraron unas 2.800. Las bajas por enfermedad multiplicaron estas cifras: se estima que más de 12.000 soldados aliados fueron evacuados por malaria y otras enfermedades tropicales durante la campaña.

Del lado japonés, las pérdidas fueron catastróficas. De los aproximadamente 6.500 defensores originales más los refuerzos recibidos, menos de 300 fueron capturados como prisioneros. El resto murió en combate, por enfermedad o por inanición. La doctrina de lucha hasta la muerte se cumplió con una consistencia estremecedora.

Lecciones aprendidas para la guerra en la selva

Buna-Gona proporcionó lecciones durísimas que los aliados aplicarían en campañas posteriores en el Pacífico. La primera y más evidente fue que la guerra en la selva tropical requería un entrenamiento específico, equipamiento adaptado y una logística completamente diferente a la del teatro europeo.

La importancia del apoyo blindado quedó demostrada de forma concluyente. Los tanques, aunque ligeros, podían marcar la diferencia contra fortificaciones que la infantería sola era incapaz de reducir. En futuras operaciones en Nueva Guinea y otras islas del Pacífico, los aliados se asegurarían de contar con apoyo de blindados desde el inicio.

La prevención de enfermedades tropicales se convirtió en una prioridad absoluta. El uso de atabrina como profiláctico contra la malaria, aunque impopular entre los soldados por sus efectos secundarios, se impuso de forma obligatoria. La mejora en la higiene de campaña y el suministro de agua potable redujo significativamente las bajas por enfermedad en operaciones posteriores.

MacArthur también aprendió que los asaltos frontales contra posiciones fortificadas eran un desperdicio de vidas. A partir de Buna-Gona, adoptó cada vez más la estrategia de "saltar" las posiciones japonesas más fuertes, aislándolas y dejándolas marchitarse mientras avanzaba hacia objetivos menos defendidos, una táctica que se conocería como "leapfrogging" o salto de rana.

Legado de la batalla

La batalla de Buna-Gona permanece como uno de los episodios más olvidados y, sin embargo, más significativos de la SGM en el Pacífico. Mientras la atención mediática se centraba en Guadalcanal, los soldados australianos y estadounidenses en Papúa libraban un combate igual de duro, si no más, en condiciones que desafiaban los límites de la resistencia humana.

La victoria aliada en Buna-Gona aseguró el control de la costa norte de Papúa y eliminó la amenaza japonesa directa contra Australia. Junto con la victoria en Guadalcanal, que se produjo casi simultáneamente, marcó el punto de inflexión definitivo en el Pacífico suroccidental. A partir de enero de 1943, serían los aliados quienes llevarían la iniciativa en Nueva Guinea, avanzando laboriosamente a lo largo de la costa norte en una serie de operaciones anfibias que no concluirían hasta 1944.

Para los veteranos supervivientes, Buna-Gona fue una experiencia que los marcó para siempre. El calor sofocante, el hedor de la muerte, los búnkeres invisibles que escupían fuego, los pantanos infestados de malaria: todo ello conformó un paisaje de pesadilla que ningún relato oficial logró capturar en toda su crudeza. Como dijo un veterano australiano: "Si sobreviviste a Buna, podías sobrevivir a cualquier cosa".