Entre enero y abril de 1942, la península de Bataan se convirtió en el escenario de una de las resistencias más desesperadas de la SGM en el Pacífico. Tras el ataque a Pearl Harbor , las fuerzas japonesas invadieron Filipinas con una rapidez devastadora, obligando a las tropas estadounidenses y filipinas a replegarse hacia la estrecha península de Bataan, en la isla de Luzón. Allí, sin suministros, enfermos de malaria y hambrientos, cerca de 80.000 soldados resistieron durante casi cuatro meses contra un enemigo superior en número y recursos. Su rendición el 9 de abril de 1942 constituyó la mayor capitulación de tropas estadounidenses en la historia y dio paso a una de las peores atrocidades de la guerra: la Marcha de la Muerte de Bataan .

La invasión japonesa de Filipinas
Solo diez horas después del bombardeo de Pearl Harbor, el 8 de diciembre de 1941, la aviación japonesa atacó las bases aéreas estadounidenses en Filipinas. A pesar de que las autoridades militares habían recibido la noticia del ataque a Hawái, la respuesta fue desastrosa. En Clark Field, la principal base aérea de Luzón, los bombarderos y cazas estadounidenses fueron destruidos en tierra cuando los aviones japoneses los sorprendieron alineados en las pistas. En cuestión de horas, la Fuerza Aérea del Lejano Oriente de Estados Unidos quedó prácticamente aniquilada, y Japón obtuvo la superioridad aérea sobre Filipinas.
El 22 de diciembre, el grueso de las fuerzas de invasión japonesas desembarcó en el golfo de Lingayén, al norte de Manila, bajo el mando del teniente general Masaharu Homma . El XIV Ejército japonés avanzó rápidamente hacia el sur con unos 43.000 soldados experimentados, veteranos de la campaña en China. Simultáneamente, otra fuerza desembarcó en Lamon Bay, al sureste de Manila, ejecutando una maniobra de pinza que amenazaba con atrapar a las fuerzas defensoras en la capital.
El general Douglas MacArthur , comandante de las Fuerzas del Ejército de Estados Unidos en el Lejano Oriente (USAFFE), se enfrentaba a una situación desesperada. Su ejército sobre el papel sumaba unos 130.000 hombres, pero la realidad era mucho menos alentadora. Solo 22.000 eran soldados regulares estadounidenses o scouts filipinos bien entrenados. El resto lo componían divisiones del ejército filipino recién movilizadas, con apenas unas semanas de instrucción, armamento obsoleto y escasa experiencia de combate.
La retirada a Bataan: el War Plan Orange
Ante la imposibilidad de defender las playas y con Manila amenazada por dos frentes, MacArthur tomó la decisión más crítica de la campaña: activar el War Plan Orange-3 (WPO-3), un plan defensivo diseñado décadas antes que contemplaba la retirada ordenada de todas las fuerzas hacia la península de Bataan y la isla fortificada de Corregidor. El plan preveía resistir allí hasta que la flota del Pacífico pudiera enviar refuerzos, algo que, tras Pearl Harbor, ambos bandos sabían que no iba a ocurrir.
MacArthur había rechazado inicialmente el WPO-3, convencido de que podía rechazar la invasión en las playas, y este retraso en la decisión tuvo consecuencias devastadoras. Cuando finalmente ordenó la retirada el 23 de diciembre, los depósitos de suministros estaban dispersos por toda Luzón. Los almacenes de Fort Stotsenburg y Cabanatuan, con miles de toneladas de alimentos, munición y material médico, no pudieron ser trasladados a tiempo a Bataan. MacArthur declaró Manila ciudad abierta el 26 de diciembre para evitar su destrucción, pero eso significó abandonar los depósitos de la capital.
A pesar de estos problemas, la retirada fue una hazaña logística notable. En dos semanas, unos 80.000 soldados y 26.000 civiles convergieron en la península a través de un complejo movimiento de retaguardia, cruzando puentes y desfiladeros mientras las unidades de cobertura frenaban el avance japonés. Las fuerzas del norte y del sur se unieron en la línea defensiva de Bataan justo a tiempo, volando los puentes tras de sí. El 6 de enero de 1942, la línea defensiva estaba establecida.
El asedio: hambre, malaria y resistencia
La península de Bataan, con unos 50 kilómetros de largo y 30 de ancho, era un terreno montañoso y selvático ideal para la defensa. Las fuerzas aliadas establecieron dos líneas defensivas sucesivas aprovechando las cordilleras montañosas del monte Natib y los montes Samat. Sin embargo, la ventaja del terreno quedaba anulada por un problema devastador: la falta absoluta de suministros.
Las raciones se redujeron a la mitad desde el primer día del asedio. Para mediados de febrero, los soldados recibían apenas 1.000 calorías diarias, la mitad de lo necesario para combatir en condiciones tropicales. Los hombres comenzaron a comer cualquier cosa disponible: caballos de las unidades de caballería, mulas, carabaos, monos, serpientes, iguanas e incluso hojas de la selva. El arroz, cuando llegaba, estaba infestado de gorgojos que los soldados dejaron de retirar porque aportaban proteínas.
La malaria fue aún más devastadora que el hambre. En una zona endémica y sin suministros de quinina, la enfermedad se propagó de forma imparable. Para marzo, entre 500 y 1.000 soldados caían enfermos cada día. Los hospitales de campaña, desbordados, se extendían bajo los árboles de la selva en lo que se conoció como Hospital Número 1 y Hospital Número 2, atendiendo a miles de pacientes sin medicinas ni equipamiento quirúrgico adecuado. La disentería, el beriberi y el dengue completaban el cuadro sanitario.
A pesar de estas condiciones, los defensores de Bataan rechazaron los ataques japoneses con una tenacidad que sorprendió al alto mando nipón. El general Homma había previsto conquistar Filipinas en 50 días, pero Bataan resistía semana tras semana. La primera gran ofensiva japonesa, lanzada el 9 de enero, se estrelló contra las defensas aliadas. Los contraataques filipinos y estadounidenses recuperaron terreno perdido e infligieron duras bajas al enemigo. El propio ejército japonés sufrió miles de bajas por malaria y enfermedades tropicales, lo que obligó a Homma a solicitar refuerzos a Tokio.
Los "bastardos combatientes de Bataan"
Aislados, sin esperanza de rescate y abandonados a su suerte, los defensores de Bataan desarrollaron un espíritu de resistencia amargo pero inquebrantable. Un periodista o soldado anónimo compuso un poema que se convirtió en el himno no oficial de la guarnición y que reflejaba con cruel ironía su situación:
"Somos los bastardos combatientes de Bataan, sin mamá, sin papá, sin el tío Sam, sin tías, sin tíos, sin primos, sin sobrinas, sin aviones, sin artillería, sin plan. Y nadie da un maldito."
El poema, conocido como el de los Battling Bastards of Bataan, expresaba la frustración de unos hombres que sabían que no llegaría ningún convoy de rescate. La flota del Pacífico estaba destruida, Australia se encontraba a miles de kilómetros y las pocas noticias que llegaban por radio hablaban de desastres aliados en todas partes: la caída de Singapur , la pérdida de las Indias Orientales Neerlandesas, el avance japonés en Birmania.
Los submarinos lograron entregar algunos suministros de forma esporádica, pero las cantidades eran insignificantes para alimentar a 80.000 personas. Los intentos de enviar barcos de superficie desde las islas del sur fracasaron ante el dominio aéreo y naval japonés. Bataan estaba completamente aislada.
La evacuación de MacArthur
La situación se volvió políticamente insostenible cuando quedó claro que Bataan caería. El presidente Roosevelt, decidido a que MacArthur no fuera capturado por los japoneses, le ordenó abandonar Filipinas el 22 de febrero de 1942. MacArthur se resistió inicialmente, pero finalmente obedeció. En la noche del 11 de marzo, el general, su esposa, su hijo pequeño y un reducido grupo de oficiales escaparon de Corregidor en lanchas torpederas PT a través de las aguas patrulladas por la marina japonesa.
Tras una travesía peligrosa de 560 millas hasta Mindanao, MacArthur voló a Australia en un bombardero B-17. Al llegar, pronunció la frase que se convertiría en una de las más célebres de la guerra: "I shall return" ("Volveré"). Para los hombres que dejó atrás en Bataan y Corregidor, la promesa sonaba hueca. Muchos sintieron que su comandante los había abandonado, y el resentimiento perduró durante décadas. El mando de las fuerzas en Filipinas pasó al teniente general Jonathan Wainwright.
La ofensiva final japonesa
El 3 de abril de 1942, reforzado con tropas frescas y con un poderoso apoyo aéreo y artillero, el general Homma lanzó la ofensiva definitiva contra Bataan. Los bombarderos japoneses machacaron las posiciones aliadas durante horas, seguidos de un intenso bombardeo de artillería que destrozó las ya debilitadas defensas. Las tropas atacantes, descansadas y bien alimentadas, se enfrentaron a soldados que apenas podían tenerse en pie por el hambre y la enfermedad.
La línea defensiva se desmoronó en cuestión de días. Las unidades filipinas, diezmadas por la malaria y con soldados que llevaban semanas sin una comida completa, cedieron ante la presión. Los contraataques desesperados fracasaron por falta de reservas y munición. El 8 de abril, el mayor general Edward P. King Jr., comandante de las fuerzas terrestres en Bataan, llegó a la conclusión de que continuar la resistencia solo provocaría una masacre sin sentido.
La mayor rendición estadounidense de la historia
El 9 de abril de 1942, sin consultar al general Wainwright en Corregidor, King tomó la decisión más difícil de su vida y envió emisarios con bandera blanca a las líneas japonesas. Aproximadamente 75.000 soldados —12.000 estadounidenses y 63.000 filipinos— se rindieron al ejército japonés. Fue la mayor capitulación de tropas estadounidenses en la historia, superando incluso la rendición de Harpers Ferry durante la guerra civil (12.500 hombres en 1862).
King intentó negociar condiciones dignas para sus hombres, invocando la Convención de Ginebra. El coronel japonés Motoo Nakayama, que recibió la rendición, rechazó cualquier condición: sería una rendición incondicional o nada. King, consciente de que sus hombres morirían de hambre si no se rendía, aceptó.
Lo que siguió fue una de las peores atrocidades de la SGM. Los prisioneros, ya debilitados hasta el extremo por meses de inanición y enfermedad, fueron obligados a marchar unos 100 kilómetros hacia el norte, hasta el campo de prisioneros de Camp O'Donnell. Durante la Marcha de la Muerte de Bataan , miles murieron por ejecuciones sumarias, palizas, deshidratación y agotamiento. Las estimaciones varían, pero entre 6.000 y 18.000 prisioneros perecieron durante la marcha o en los días inmediatamente posteriores.
Corregidor y la caída definitiva
Tras la rendición de Bataan, la resistencia continuó en la isla fortificada de Corregidor, en la entrada de la bahía de Manila. El general Wainwright y unos 11.000 soldados resistieron un bombardeo constante durante casi un mes más. El 5 de mayo, los japoneses desembarcaron en la isla y, tras intensos combates, Wainwright se rindió el 6 de mayo de 1942. Con la caída de Corregidor, la conquista japonesa de Filipinas quedó completada.
Wainwright fue obligado por los japoneses a transmitir por radio una orden de rendición general a todas las fuerzas aliadas en Filipinas. Pasaría los siguientes tres años y medio en campos de prisioneros en Manchuria, donde sufrió malnutrición y humillaciones constantes.
Legado de la batalla de Bataan
La defensa de Bataan, aunque terminó en derrota, tuvo un impacto estratégico significativo. Los cuatro meses de resistencia retrasaron el calendario de conquistas japonés y obligaron a Tokio a desviar tropas y recursos que podrían haberse utilizado en otros frentes. El plan japonés de conquistar Filipinas en 50 días se extendió a cinco meses, y este retraso contribuyó a que las fuerzas aliadas consolidaran posiciones en Australia y Nueva Guinea.
En Estados Unidos, la caída de Bataan y los relatos de la Marcha de la Muerte, que fueron filtrándose a la prensa a lo largo de 1942 y 1943, generaron una oleada de indignación que reforzó la determinación del país. "Recordad Bataan" se convirtió en un grito de guerra que alimentó el reclutamiento y el esfuerzo bélico.
MacArthur cumplió su promesa. En octubre de 1944, las fuerzas estadounidenses desembarcaron en Leyte e iniciaron la reconquista de Filipinas. Cuando las tropas aliadas liberaron los campos de prisioneros en enero de 1945, encontraron a los supervivientes de Bataan convertidos en esqueletos vivientes, con un peso medio de 40 kilos. De los 75.000 que se rindieron en abril de 1942, miles habían muerto en cautiverio por hambre, enfermedad, trabajos forzados y brutalidad japonesa.
El 9 de abril se conmemora en Filipinas como el Día del Valor (Araw ng Kagitingan), en honor a los soldados filipinos y estadounidenses que resistieron en Bataan. En Estados Unidos, la batalla ocupa un lugar destacado en la memoria de la SGM como ejemplo de sacrificio extremo y de las consecuencias de la falta de preparación militar. Los veteranos de Bataan, los que sobrevivieron, cargaron durante toda su vida con las cicatrices físicas y psicológicas de una batalla en la que el enemigo más implacable no fueron los japoneses, sino el hambre y la enfermedad.