El 7 de diciembre de 1941, la Armada Imperial Japonesa lanzó un ataque sorpresa contra la base naval estadounidense de Pearl Harbor, en la isla de Oahu (Hawái). En apenas dos horas, oleadas de cazas, bombarderos en picado y torpederos japoneses destruyeron o dañaron gravemente la mayor parte de la flota del Pacífico de la US Navy . Con más de 2.400 estadounidenses muertos y una flota devastada, el ataque provocó la entrada inmediata de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y transformó un conflicto que hasta entonces había sido principalmente europeo y asiático en una guerra verdaderamente global.

El expansionismo japonés y la tensión con Estados Unidos
Para comprender el ataque a Pearl Harbor es necesario retroceder una década. Desde la invasión de Manchuria en 1931, Japón había emprendido una política expansionista agresiva en Asia oriental. La guerra contra China, iniciada en 1937, consumía enormes recursos sin que se vislumbrara un final. El Imperio japonés necesitaba petróleo, caucho, estaño y otros recursos naturales que no poseía en su territorio, y los codiciados yacimientos del sudeste asiático —en las Indias Orientales Neerlandesas, Malasia británica e Indochina francesa— parecían la solución.
El problema era Estados Unidos. Washington veía con creciente alarma la expansión japonesa y respondió con sanciones económicas cada vez más duras. En julio de 1941, tras la ocupación japonesa del sur de Indochina, el presidente Roosevelt congeló los activos japoneses en Estados Unidos y estableció un embargo total de petróleo. Esta medida fue devastadora para Japón, que importaba más del 80 % de su petróleo de Estados Unidos. Sin acceso al crudo estadounidense, la maquinaria militar japonesa quedaría paralizada en cuestión de meses.
Los líderes japoneses se encontraron ante un dilema: aceptar las exigencias estadounidenses de retirarse de China y abandonar sus ambiciones imperiales, o asegurar por la fuerza los recursos del sudeste asiático, lo que inevitablemente significaría la guerra con Estados Unidos, Gran Bretaña y los Países Bajos. El primer ministro Hideki Tōjō y la cúpula militar optaron por la guerra, convencidos de que un golpe demoledor al inicio del conflicto les daría tiempo suficiente para consolidar un perímetro defensivo infranqueable antes de que la capacidad industrial estadounidense pudiera reaccionar.
La planificación: la apuesta del almirante Yamamoto
El cerebro detrás del ataque fue el almirante Isoroku Yamamoto , comandante en jefe de la Flota Combinada japonesa. Yamamoto conocía bien a los estadounidenses —había estudiado en Harvard y servido como agregado naval en Washington— y era plenamente consciente del enorme potencial industrial de Estados Unidos. Sabía que Japón no podía ganar una guerra prolongada. Su estrategia se basaba en asestar un golpe tan destructivo a la flota del Pacífico que Estados Unidos necesitara meses, quizá años, para recuperarse, tiempo durante el cual Japón consolidaría sus conquistas y negociaría la paz desde una posición de fuerza.
La idea de atacar Pearl Harbor con aviación embarcada era revolucionaria y extremadamente arriesgada. La flota de ataque debía cruzar más de 6.000 kilómetros de océano Pacífico norte sin ser detectada, en una de las rutas marítimas más tormentosas del mundo. Muchos oficiales del Estado Mayor japonés se opusieron al plan por considerarlo una apuesta suicida, pero Yamamoto amenazó con dimitir si no se aprobaba.
La planificación comenzó a principios de 1941 y fue meticulosa. Los japoneses estudiaron las defensas de Pearl Harbor, entrenaron a sus pilotos en condiciones similares a las del objetivo y desarrollaron torpedos aéreos modificados capaces de funcionar en las aguas poco profundas del puerto. Un obstáculo técnico importante era que los torpedos convencionales necesitaban al menos 23 metros de profundidad para estabilizarse tras el lanzamiento, pero Pearl Harbor tenía apenas 12 metros en algunos puntos. Los ingenieros japoneses añadieron aletas de madera a los torpedos para solucionar el problema.
La fuerza de ataque, conocida como Kidō Butai, estaba compuesta por seis portaaviones —Akagi, Kaga, Sōryū, Hiryū, Shōkaku y Zuikaku—, que transportaban 353 aviones de combate, además de dos acorazados, tres cruceros, nueve destructores y varios submarinos. Era la mayor concentración de portaaviones que se había reunido jamás hasta ese momento.
La travesía secreta
El 26 de noviembre de 1941, la Kidō Butai zarpó de la bahía de Hitokappu, en las islas Kuriles, rumbo a Hawái. La flota siguió una ruta septentrional alejada de las rutas comerciales habituales para evitar ser detectada. Durante los once días de travesía, los buques mantuvieron silencio de radio absoluto y navegaron en condiciones meteorológicas adversas que, paradójicamente, les proporcionaron cobertura natural.
Mientras la flota se aproximaba a su objetivo, las negociaciones diplomáticas entre Japón y Estados Unidos continuaban en Washington. Los embajadores japoneses Kichisaburō Nomura y Saburō Kurusu se reunían con el secretario de Estado Cordell Hull, aparentando buscar una solución pacífica. En realidad, estas conversaciones servían como cobertura para el ataque inminente. El gobierno japonés planeaba entregar una declaración formal de ruptura de negociaciones treinta minutos antes del ataque, para mantener una apariencia de legalidad internacional, aunque la realidad fue muy distinta.
Los servicios de inteligencia estadounidenses habían descifrado parcialmente los códigos diplomáticos japoneses —el llamado proyecto MAGIC— y sabían que las relaciones se deterioraban con rapidez. Sin embargo, los analistas no fueron capaces de interpretar correctamente las señales que apuntaban a un ataque inminente contra Pearl Harbor. La atención estaba centrada en Filipinas, Malasia o las Indias Orientales como objetivos probables. Hawái, a más de 6.000 kilómetros de Japón, parecía demasiado lejano y demasiado bien defendido para un ataque aéreo a gran escala.
El ataque: 7 de diciembre de 1941
La madrugada del domingo 7 de diciembre, la flota japonesa se encontraba a unas 230 millas náuticas al norte de Oahu. A las 6:00 de la mañana, hora local, la primera oleada de 183 aviones despegó de los portaaviones. El comandante Mitsuo Fuchida, al mando de la formación, dirigió sus aparatos hacia el sur a través de un cielo parcialmente nublado.
A las 7:02, dos operadores de una estación de radar experimental en Opana Point detectaron una gran formación aérea que se aproximaba desde el norte. Informaron a su oficial de enlace, el teniente Kermit Tyler, quien descartó la alerta asumiendo que se trataba de un grupo de bombarderos B-17 estadounidenses esperados esa mañana desde California. Fue un error fatídico.
A las 7:49, Fuchida dio la orden de ataque con su famosa señal: Tora! Tora! Tora! (tigre, tigre, tigre), que indicaba que se había logrado la sorpresa total. Los torpederos se lanzaron en picado sobre los acorazados fondeados en la llamada Battleship Row (fila de acorazados), mientras los bombarderos en picado atacaban los aeródromos de Wheeler, Hickam, Bellows y la base de hidroaviones de la isla Ford, destruyendo la mayor parte de los aviones estadounidenses en tierra antes de que pudieran despegar.
La primera oleada fue devastadora. Los torpedos japoneses alcanzaron de lleno al USS Oklahoma, que volcó rápidamente atrapando a cientos de marineros en su interior; al USS West Virginia, que se hundió en posición recta; al USS California; y al USS Nevada, que intentó una dramática huida hacia mar abierto antes de ser ordenado a encallar para no bloquear el canal de salida del puerto.
El momento más catastrófico se produjo cuando una bomba perforante de 800 kilos penetró la cubierta blindada del USS Arizona y detonó en el pañol de municiones de proa. La explosión fue colosal: una bola de fuego se elevó cientos de metros y el acorazado se hundió en menos de nueve minutos, llevándose consigo a 1.177 de sus tripulantes. Esta cifra representa casi la mitad de todas las bajas estadounidenses del ataque. Los restos del Arizona permanecen hoy en el fondo del puerto, convertidos en un memorial que sigue vertiendo gotas de fuel más de ochenta años después.
La segunda oleada, compuesta por 167 aviones, llegó aproximadamente a las 8:50 y encontró una resistencia mucho más organizada. Las baterías antiaéreas estaban ya en acción y los artilleros estadounidenses, aunque sorprendidos inicialmente, respondieron con determinación. Algunos pilotos lograron despegar en medio del caos y derribar varios aviones japoneses. A pesar de ello, la segunda oleada completó la destrucción de los aeródromos y causó daños adicionales a la flota.
Hacia las 10:00 de la mañana, el ataque había terminado.
El balance de la destrucción
Las cifras del ataque fueron devastadoras para Estados Unidos. Los japoneses hundieron o dañaron gravemente ocho acorazados: el Arizona y el Oklahoma se perdieron definitivamente; el West Virginia, el California, el Nevada, el Tennessee, el Maryland y el Pennsylvania sufrieron daños de diversa gravedad, aunque seis de ellos serían reparados y volverían al servicio activo. También resultaron dañados tres cruceros, tres destructores y otros buques menores.
En los aeródromos, 188 aviones fueron destruidos y otros 159 dañados, la mayoría sin haber despegado. Las bajas humanas ascendieron a 2.403 muertos y 1.178 heridos.
Las pérdidas japonesas, en comparación, fueron mínimas: 29 aviones derribados, cinco submarinos enanos hundidos y 64 hombres muertos.
Sin embargo, el ataque japonés tuvo dos omisiones críticas que resultarían decisivas. En primer lugar, los tres portaaviones de la flota del Pacífico —el Enterprise, el Lexington y el Saratoga— no estaban en puerto ese día. Los portaaviones, que Yamamoto había colocado como máxima prioridad, escaparon intactos y se convertirían en el arma fundamental de la guerra del Pacífico. En segundo lugar, los japoneses no atacaron las instalaciones de reparación naval, los depósitos de combustible ni los tanques de almacenamiento de petróleo. El almirante Chester Nimitz señalaría después que la destrucción de los depósitos de combustible habría retrasado las operaciones estadounidenses en el Pacífico al menos un año.
El almirante Nagumo , al mando de la fuerza de ataque, rechazó la propuesta de Fuchida de lanzar una tercera oleada contra estas instalaciones estratégicas. Nagumo temía un contraataque de los portaaviones estadounidenses cuya ubicación desconocía, y optó por retirarse con las pérdidas mínimas conseguidas. Esta decisión ha sido debatida intensamente por los historiadores militares.
Estados Unidos entra en la guerra
La noticia del ataque se extendió por Estados Unidos con la velocidad de una onda expansiva. El shock fue absoluto. La población estadounidense, mayoritariamente aislacionista hasta ese momento, pasó del pacifismo a la indignación en cuestión de horas.
El 8 de diciembre de 1941, el presidente Franklin D. Roosevelt se dirigió al Congreso en un discurso que pasaría a la historia. Calificó el 7 de diciembre como una fecha que viviría en la infamia y solicitó una declaración de guerra contra Japón. El Congreso la aprobó casi por unanimidad: 82 votos a favor y ninguno en contra en el Senado; 388 a favor y uno en contra en la Cámara de Representantes. La única voz discrepante fue la de la congresista Jeannette Rankin, pacifista convencida que también había votado en contra de la entrada en la Primera Guerra Mundial.
Tres días después, el 11 de diciembre, Alemania e Italia declararon la guerra a Estados Unidos, cumpliendo sus obligaciones del Pacto Tripartito con Japón. Esta declaración fue otro de los errores estratégicos de Hitler , ya que eliminó cualquier posibilidad de que Estados Unidos concentrara su esfuerzo bélico exclusivamente contra Japón. Roosevelt y Churchill acordaron la estrategia Germany first: priorizar la derrota de Alemania antes de volcar todos los recursos contra Japón.
La entrada de Estados Unidos alteró definitivamente el equilibrio de la guerra. Con su colosal capacidad industrial —capaz de producir un barco Liberty cada 42 días, miles de tanques y aviones al mes—, sus enormes reservas humanas y sus recursos naturales prácticamente ilimitados, Estados Unidos se convirtió en lo que Roosevelt llamó el arsenal de la democracia, ahora ya no solo como proveedor sino como combatiente.
La respuesta estadounidense y el camino hacia la victoria
La recuperación fue más rápida de lo que los japoneses habían previsto. Los astilleros de Pearl Harbor trabajaron sin descanso para reparar los buques dañados. En un esfuerzo titánico, seis de los ocho acorazados hundidos o dañados fueron reparados y devueltos al servicio. La industria estadounidense aceleró la producción naval a un ritmo que los planificadores japoneses habían considerado imposible.
En abril de 1942, apenas cuatro meses después del ataque, el teniente coronel James Doolittle dirigió una audaz incursión aérea sobre Tokio con bombarderos B-25 Mitchell lanzados desde el portaaviones Hornet. Aunque el daño material fue mínimo, el impacto psicológico fue enorme: demostró que Japón era vulnerable y elevó la moral estadounidense en un momento de derrotas consecutivas.
En junio de 1942, la victoria estadounidense en la batalla de Midway —donde fueron hundidos cuatro de los seis portaaviones que habían atacado Pearl Harbor— marcó el punto de inflexión en el Pacífico. A partir de ese momento, Japón pasó a la defensiva y no recuperaría la iniciativa estratégica.
El legado de Pearl Harbor
El ataque a Pearl Harbor transformó la SGM y la historia del siglo XX. Al provocar la entrada de Estados Unidos en el conflicto, selló a largo plazo el destino de las potencias del Eje, aunque la victoria estaba aún a años de distancia y costaría millones de vidas.
Militarmente, Pearl Harbor demostró la supremacía de la aviación naval sobre los acorazados, cerrando una era de la guerra en el mar. Los portaaviones sustituyeron a los acorazados como columna vertebral de las flotas, una revolución doctrinal que definiría las batallas del Pacífico posteriores.
En Japón, la reacción inicial fue de euforia, pero Yamamoto, según la tradición, fue más cauto. Comprendía que el tiempo jugaba en contra de Japón y que despertar al gigante dormido podía tener consecuencias catastróficas.
El USS Arizona Memorial, construido sobre los restos del acorazado hundido en Pearl Harbor, recibe más de un millón de visitantes al año. Los nombres de los 1.177 marineros y marines que perecieron a bordo están inscritos en un muro de mármol blanco. El memorial es un recordatorio permanente de cómo un solo día puede cambiar el rumbo de la historia.