En septiembre de 1943, el armisticio italiano abrió una ventana de oportunidad en el Mediterráneo oriental. Las islas del Dodecaneso, un archipiélago estratégico en el mar Egeo dominado por Italia desde 1912, quedaron de pronto en un limbo militar. Winston Churchill vio en ellas la llave para abrir un nuevo frente en los Balcanes, arrastrar a Turquía a la guerra y golpear a Alemania desde el sureste. Lo que siguió fue una de las derrotas más humillantes del ejército británico en toda la SGM: la pérdida sucesiva de Cos, Leros y Samos, con miles de prisioneros y la evidencia de que el dominio aéreo lo decidía todo.

Contexto: la obsesión de Churchill por el Mediterráneo oriental
Desde el inicio de la guerra, Churchill había defendido una estrategia periférica frente al choque frontal en Europa occidental que preferían los estadounidenses. Para el primer ministro británico, el Mediterráneo oriental era un teatro donde se podía debilitar al Eje con relativo poco coste. Su visión incluía presionar a Turquía para que abandonase la neutralidad, amenazar los Balcanes y cortar las rutas de suministro de petróleo rumano a Alemania.
La rendición de Italia el 8 de septiembre de 1943 pareció confirmar que el momento había llegado. Las guarniciones italianas del Dodecaneso —unas 40.000 tropas repartidas entre Rodas, Cos, Leros, Samos y otras islas menores— podían ser convertidas en aliadas de la noche a la mañana. Si los británicos actuaban con rapidez, podrían controlar el archipiélago sin apenas combatir.
Sin embargo, Churchill chocó frontalmente con el mando aliado. El general Dwight Eisenhower y los jefes de estado mayor estadounidenses se negaron a desviar recursos de la campaña de Italia, que consideraban prioritaria. La negativa fue tajante: ni aviones de transporte, ni cazas de largo alcance, ni buques de desembarco serían asignados al Egeo. Churchill tendría que arreglárselas con los medios limitados del mando de Oriente Medio, una decisión que sellaría el destino de la campaña.
La carrera por las islas
El plan británico dependía de Rodas, la isla más grande y mejor defendida del archipiélago. Si Rodas caía en manos aliadas, sus aeródromos proporcionarían la cobertura aérea necesaria para todo el Dodecaneso. Pero Rodas tenía una guarnición alemana de unos 7.000 hombres, y cuando el general italiano Inigo Campioni intentó negociar la rendición de la isla, los alemanes actuaron primero. El 11 de septiembre, la guarnición germana desarmó a los italianos y tomó el control de Rodas sin apenas resistencia.
Con Rodas en manos enemigas, la campaña británica perdió su pilar fundamental. Sin embargo, Churchill insistió en seguir adelante. Entre el 15 y el 18 de septiembre, pequeños destacamentos del Special Boat Squadron, el Long Range Desert Group y tropas regulares del Regimiento Real de Kent Oriental fueron enviados a Cos, Leros y Samos. Las guarniciones italianas de estas islas habían permanecido leales a los aliados y recibieron a los británicos con alivio.
Los británicos establecieron su cuartel general en Leros, donde existían baterías costeras italianas y un pequeño puerto en la bahía de Alinda. Cos ofrecía un aeródromo funcional, el único del archipiélago fuera del control alemán, y fue reforzado con un escuadrón de Spitfires. Pero estas posiciones estaban a solo 30 minutos de vuelo de las bases de la Luftwaffe en Rodas y el continente griego, una desventaja que resultaría fatal.
Operación Oso Polar: la reacción alemana
El alto mando alemán reconoció inmediatamente el peligro y respondió con determinación. Adolf Hitler ordenó la recuperación del Dodecaneso, y el general Friedrich-Wilhelm Müller fue designado para dirigir las operaciones. La Luftwaffe concentró bombarderos y cazas en las bases de Rodas, Creta y el Peloponeso, estableciendo una superioridad aérea aplastante sobre el archipiélago.
La caída de Cos (3-4 de octubre de 1943)
La primera isla en caer fue Cos. La Operación Oso Polar (Unternehmen Eisbär) combinó un asalto anfibio con un lanzamiento de paracaidistas del Brandenburger Regiment y la 22.ª División de Infantería. Al amanecer del 3 de octubre, mientras los bombarderos destruían el aeródromo de Antimachia y los escasos Spitfires británicos en tierra, los Fallschirmjäger saltaron sobre los puntos clave de la isla.
La guarnición de Cos, compuesta por unos 1.500 soldados británicos del Regimiento de Durham y 3.500 italianos, fue rápidamente desbordada. Sin cobertura aérea y con comunicaciones rotas, la resistencia organizada se desmoronó en menos de 48 horas. El 4 de octubre, Cos se rindió. Los alemanes capturaron a 1.388 prisioneros británicos y más de 3.000 italianos.
Lo que siguió a la rendición fue una brutalidad que anticipó las masacres de la campaña. Los alemanes ejecutaron sumariamente a unos 90 oficiales italianos que habían combatido contra ellos, considerándolos traidores por haber luchado al lado de los aliados tras el armisticio. Esta práctica se repetiría en otras islas del archipiélago.
La batalla de Leros (12-16 de noviembre de 1943)
Tras la caída de Cos, Leros quedó como el principal bastión aliado en el Dodecaneso. La isla fue reforzada hasta contar con unos 3.000 soldados británicos de la Brigada 234.ª y más de 5.000 italianos bajo el mando del contraalmirante Luigi Mascherpa. El brigadier Robert Tilney asumió el mando general aliado.
Leros es una isla montañosa y estrecha, apenas 15 kilómetros de largo y entre 1 y 6 de ancho, con tres bahías profundas que la dividen en sectores casi independientes. Las baterías costeras italianas eran formidables, pero la isla carecía de aeródromo y dependía totalmente de los suministros navales, cada vez más difíciles bajo el acoso aéreo constante.
Durante semanas, la Luftwaffe sometió Leros a un bombardeo sistemático. Los destructores británicos que intentaban abastecer la isla sufrían ataques continuos: el HMS Eclipse fue hundido por una mina el 24 de octubre con la pérdida de 134 vidas, y varios otros buques resultaron dañados o destruidos.
El asalto alemán comenzó el 12 de noviembre. La Operación Taifun combinó desembarcos anfibios por las tres bahías con un lanzamiento de paracaidistas sobre las alturas centrales de la isla. Los primeros días fueron caóticos para ambos bandos: los paracaidistas alemanes sufrieron bajas severas al aterrizar bajo fuego directo, y varias cabezas de playa anfibias fueron rechazadas.
La defensa británica e italiana fue tenaz. Contraataques locales lograron recuperar posiciones y en varios momentos la situación alemana pareció desesperada. Pero la superioridad aérea fue decisiva: la Luftwaffe proporcionaba apoyo táctico continuo mientras los defensores no recibían ninguna cobertura desde el aire. Los refuerzos alemanes llegaban por mar y aire sin interrupción, mientras los defensores agotaban munición y sufrían bajas crecientes.
El 16 de noviembre, tras cinco días de combate encarnizado, el brigadier Tilney se rindió. Los alemanes capturaron 3.200 prisioneros británicos y 5.350 italianos. Las bajas alemanas rondaron los 1.000 hombres entre muertos y heridos, un precio alto que reflejaba la fiereza de la defensa. Una vez más, los alemanes ejecutaron a oficiales italianos tras la rendición, perpetuando el patrón de represalias contra quienes consideraban desertores.
La evacuación de Samos (noviembre de 1943)
Con Cos y Leros perdidas, Samos quedó insostenible. La isla fue evacuada sin combate entre el 19 y el 20 de noviembre. La Royal Navy logró extraer a la mayor parte de la guarnición británica, pero la operación se realizó bajo presión aérea constante y con la pérdida de varias embarcaciones menores. La guarnición italiana de Samos, unos 2.500 hombres, fue abandonada a su suerte y capturada por los alemanes.
Las masacres de la guarnición italiana
Uno de los aspectos más oscuros de la campaña fue el trato dispensado por los alemanes a los soldados italianos. Hitler había ordenado que los militares italianos que combatiesen contra Alemania tras el armisticio fuesen considerados traidores y tratados en consecuencia. En el Dodecaneso, esta orden se aplicó con especial brutalidad.
Además de las ejecuciones sumarias en Cos y Leros, se produjeron matanzas en otras islas del archipiélago. En la vecina Creta , la División Acqui también sufrió represalias, aunque la masacre más conocida de este tipo fue la de Cefalonia, en las islas Jónicas. En total, cientos de oficiales y soldados italianos fueron ejecutados en el Dodecaneso tras rendirse, un crimen de guerra que permanece poco conocido fuera de Italia.
Churchill contra Eisenhower: un desacuerdo estratégico
La campaña del Dodecaneso expuso una fractura profunda en la alianza angloamericana. Churchill presionó repetidamente para que se desviaran recursos hacia el Egeo, incluso tras la caída de Cos. En la conferencia aliada que siguió, el primer ministro argumentó que la pérdida de las islas dañaría el prestigio británico en todo el Mediterráneo oriental y frustraría la posibilidad de atraer a Turquía a la guerra.
Eisenhower y el jefe de estado mayor estadounidense, George Marshall, rechazaron cada petición. Para ellos, la campaña de Italia absorbía todos los recursos disponibles, y cualquier desvío hacia el Egeo era una dispersión inaceptable de fuerzas. Franklin Roosevelt respaldó a sus generales. Churchill se quedó solo, y la campaña prosiguió sin los medios necesarios para tener éxito.
Este episodio reforzó la percepción estadounidense de que Churchill perseguía objetivos políticos imperiales —mantener la influencia británica en el Mediterráneo y Oriente Medio— disfrazados de estrategia militar. Para los críticos, el Dodecaneso fue el ejemplo perfecto de cómo la obsesión de Churchill con la periferia podía conducir al desastre cuando no se acompañaba de los recursos adecuados.
Balance y legado de la campaña
Las cifras del desastre fueron contundentes. Los británicos perdieron unos 4.800 hombres como prisioneros de guerra, además de varios cientos de muertos y heridos. La Royal Navy perdió seis destructores y dos submarinos, junto con numerosas embarcaciones menores. La RAF perdió 115 aviones. En el bando alemán, las bajas fueron considerablemente menores, aunque la batalla de Leros demostró que incluso una victoria podía resultar costosa.
La campaña del Dodecaneso tiene una distinción poco envidiable: fue la última victoria ofensiva significativa de Alemania en la SGM. A partir de noviembre de 1943, la Wehrmacht solo combatiría en retirada o en defensa. Paradójicamente, los alemanes lograron esta victoria aplicando contra los británicos la misma fórmula que los aliados estaban perfeccionando en otros teatros: concentración de poder aéreo y acción conjunta de fuerzas terrestres, navales y aerotransportadas.
Para Churchill, el Dodecaneso se convirtió en una herida personal. En sus memorias, dedicó considerable espacio a justificar la campaña y a culpar a los estadounidenses por su fracaso. La prensa y los historiadores británicos acuñaron el término "la locura de Winston" (Winston's folly) para referirse a la aventura del Egeo, un calificativo que el primer ministro nunca aceptó.
La lección estratégica fue clara: en la guerra moderna, intentar operaciones terrestres sin superioridad aérea era una receta para el desastre. Los mismos británicos que habían aplicado esta lección en el norte de África y Sicilia la ignoraron en el Egeo, con resultados previsibles. El Dodecaneso demostró que ni la voluntad política más férrea podía sustituir al poder aéreo, y que las campañas secundarias, cuando se emprenden sin recursos suficientes, no producen victorias baratas sino derrotas caras.