La batalla de El Alamein, librada en dos fases entre julio y noviembre de 1942 en el desierto egipcio, fue el enfrentamiento decisivo de la campaña del norte de África. La victoria británica puso fin al avance del Afrika Korps de Rommel hacia el canal de Suez y marcó el comienzo de la retirada definitiva de las fuerzas del Eje en el Mediterráneo. Como diría Churchill, antes de El Alamein nunca hubo una victoria; después de El Alamein nunca hubo una derrota.

Tanques Sherman del 9.º Royal Lancers durante la batalla de El Alamein, 5 de noviembre de 1942
Tanques Sherman británicos avanzan durante la segunda batalla de El Alamein, noviembre de 1942. Imperial War Museums · Dominio público

El norte de África: un frente vital

La guerra en el desierto norteafricano no era un teatro secundario. El control de Egipto y el canal de Suez garantizaba a Gran Bretaña la ruta marítima hacia la India, Australia y los campos petrolíferos de Oriente Medio. Si el Eje conquistaba Egipto, la conexión imperial británica quedaría cortada y la maquinaria bélica aliada perdería acceso a recursos energéticos cruciales.

Desde 1940, italianos y británicos se habían enfrentado en una guerra de movimiento a lo largo de la costa libia y egipcia. La llegada de Rommel al frente africano en febrero de 1941, al mando del recién creado Afrika Korps, transformó un conflicto menor en una campaña de alta intensidad. El general alemán, apodado el Zorro del Desierto por su audacia táctica, empujó a los británicos hacia el este en una serie de ofensivas brillantes que culminaron con la captura de Tobruk en junio de 1942.

Tras la caída de Tobruk, donde más de 30.000 soldados aliados cayeron prisioneros, Rommel fue ascendido a mariscal de campo. La moral británica tocó fondo. Hitler y Mussolini soñaban con un avance hasta El Cairo y más allá. El ejército germano-italiano, sin embargo, estaba al límite de sus líneas de suministro, y cada kilómetro hacia el este agravaba el problema logístico que acabaría siendo su perdición.

La línea de El Alamein

El Alamein era una pequeña estación ferroviaria a unos 100 kilómetros al oeste de Alejandría. Su importancia residía en la geografía: entre la costa mediterránea al norte y la depresión de Qattara al sur —un vasto mar de arena blanda intransitable para vehículos— solo quedaba un corredor de unos 60 kilómetros. Era el único punto donde una fuerza defensora podía anclar ambos flancos en obstáculos naturales, impidiendo los movimientos envolventes que habían caracterizado la guerra del desierto.

Aquí, las fuerzas británicas establecieron una posición defensiva preparada con campos de minas, alambradas y posiciones de artillería. Por primera vez en la campaña norteafricana, Rommel no podría recurrir a su maniobra favorita: rodear el flanco sur del enemigo para atacar por la retaguardia.

La primera batalla de El Alamein (julio de 1942)

Cuando las tropas del Eje llegaron a la línea de El Alamein a finales de junio de 1942, estaban agotadas. La larga persecución desde Gazala y Tobruk había estirado las cadenas de suministro hasta el punto de ruptura. Los soldados llevaban semanas de combate continuo, los vehículos necesitaban mantenimiento y la munición escaseaba. Rommel, fiel a su estilo, decidió atacar de inmediato para no dar tiempo a los británicos a reorganizarse.

El 1 de julio de 1942, el Afrika Korps lanzó su ofensiva contra las posiciones británicas. El general Claude Auchinleck , comandante en jefe del 8.º Ejército, dirigió una defensa tenaz que combinaba posiciones estáticas con contraataques locales. Los británicos contaban con una ventaja decisiva: la inteligencia Ultra, que descifraba las comunicaciones alemanas, les permitía anticipar los movimientos de Rommel.

Durante todo julio se sucedieron ataques y contraataques sin que ningún bando lograra un avance significativo. Auchinleck empleó una estrategia inteligente: golpear a las divisiones italianas, más débiles y peor equipadas, para obligar a Rommel a dispersar sus limitadas reservas alemanas para tapar las brechas.

A finales de julio, el frente se estabilizó. La primera batalla de El Alamein no fue una victoria espectacular, pero cumplió su objetivo fundamental: detener el avance del Eje hacia Egipto. El Afrika Korps no volvería a avanzar hacia el este.

Cambio de mando: llega Montgomery

En agosto de 1942, Churchill visitó El Cairo y decidió reorganizar el mando británico en Oriente Medio. El general Bernard Montgomery asumió el mando del 8.º Ejército. Montgomery era un personaje difícil —arrogante, abrasivo, inflexible—, pero poseía exactamente las cualidades que la situación requería: meticulosidad en la preparación, claridad en los objetivos y una capacidad excepcional para transmitir confianza a sus tropas.

Montgomery transformó el 8.º Ejército. Impuso disciplina, mejoró la moral y, sobre todo, se negó categóricamente a atacar hasta que sus fuerzas no estuvieran plenamente preparadas. Cuando Churchill presionó para una ofensiva inmediata, Montgomery se mantuvo firme. No habría otro desastre como Tobruk. La próxima batalla se libraría con superioridad abrumadora o no se libraría.

Mientras tanto, la situación logística favorecía cada vez más a los británicos. Los convoyes del Eje que cruzaban el Mediterráneo desde Italia sufrían pérdidas crecientes por los ataques aéreos y submarinos aliados desde Malta. El Afrika Korps recibía una fracción del combustible, la munición y los repuestos que necesitaba. En cambio, el 8.º Ejército acumulaba refuerzos a través de las líneas de suministro seguras del canal de Suez: tanques Sherman estadounidenses, cañones antitanque de seis libras y enormes cantidades de munición de artillería.

La batalla de Alam Halfa: el ensayo previo

Antes de que Montgomery pudiera lanzar su ofensiva, Rommel intentó un último ataque. A finales de agosto de 1942, el Afrika Korps trató de flanquear las posiciones británicas por el sur, girar hacia el norte y cortar las comunicaciones del 8.º Ejército. Era una repetición de la táctica que tantas veces le había dado resultado.

Esta vez, Montgomery estaba preparado. Gracias a la inteligencia Ultra y al reconocimiento aéreo, conocía el plan de antemano. Las fuerzas británicas esperaban al Afrika Korps en la cresta de Alam Halfa con posiciones defensivas preparadas. Los panzers avanzaron sobre campos de minas no detectados, fueron hostigados por la aviación aliada y se estrellaron contra defensas antitanque bien atrincheradas.

Rommel, enfermo y agotado, ordenó la retirada el 2 de septiembre. La batalla de Alam Halfa fue el último intento ofensivo del Eje en el norte de África. Montgomery, deliberadamente, no persiguió al enemigo en retirada: no quería arriesgar sus fuerzas antes de la gran ofensiva que estaba preparando.

Preparativos para la segunda batalla

Durante septiembre y octubre de 1942, Montgomery acumuló una superioridad material aplastante. Al comenzar la segunda batalla, el 8.º Ejército contaba con unos 195.000 soldados frente a los aproximadamente 104.000 del Eje, de los cuales apenas un tercio eran alemanes. En tanques, la ventaja era aún mayor: más de 1.000 blindados británicos —incluyendo 252 Sherman, los mejores del arsenal aliado en ese momento— contra unos 500 del Eje, muchos de ellos anticuados modelos italianos.

La superioridad aérea era absoluta. La Desert Air Force controlaba los cielos con unos 750 aviones operativos frente a menos de 350 del Eje, muchos de ellos fuera de servicio por falta de repuestos. Y la artillería británica disponía de casi 900 cañones con reservas de munición casi ilimitadas.

El plan de Montgomery era directo: un asalto frontal en el sector norte del frente, precedido por un bombardeo masivo de artillería. Ingenieros abrirían pasillos a través de los extensos campos de minas para que la infantería avanzara primero, seguida por los blindados. No era un plan elegante, pero Montgomery sabía que con su superioridad material podía permitirse una batalla de desgaste que el Eje no podía ganar.

La segunda batalla de El Alamein (octubre-noviembre de 1942)

A las 21:40 del 23 de octubre de 1942, casi 900 cañones británicos abrieron fuego simultáneamente en uno de los bombardeos de artillería más intensos de la guerra hasta ese momento. El rugido era ensordecedor y las líneas del Eje se convirtieron en un infierno de explosiones, arena y metralla. Bajo la protección de este fuego, los ingenieros comenzaron la peligrosa tarea de abrir pasillos a través de los campos de minas, marcando los carriles seguros con cinta blanca y luces.

La operación, denominada Lightfoot, progresó más lentamente de lo previsto. Los campos de minas eran más profundos y complejos de lo esperado, con millones de minas sembradas en un frente de varios kilómetros de profundidad. Conocidos como los Jardines del Diablo, estos campos de minas incluían dispositivos antipersona y antitanque intercalados con trampas explosivas. La infantería avanzó con determinación, pero los blindados se congestionaron en los estrechos pasillos y quedaron expuestos al fuego antitanque.

Los primeros días de batalla fueron confusos y sangrientos. La resistencia del Eje fue feroz, especialmente la de las unidades alemanas y los paracaidistas italianos de la División Folgore, que combatieron con una tenacidad que se ganó el respeto de sus enemigos. Rommel, que se encontraba en Alemania de baja por enfermedad cuando comenzó el ataque, regresó precipitadamente al frente el 25 de octubre y encontró una situación desesperada.

La batalla de desgaste

Montgomery ajustó su plan. Lanzó la operación Supercharge el 2 de noviembre, concentrando su ataque en un sector estrecho del frente para romper las defensas del Eje mediante pura potencia de fuego. La artillería británica volvió a desatar un bombardeo devastador, seguido por oleadas de infantería y blindados.

Los combates fueron brutales. Las unidades blindadas de ambos bandos se enfrentaron a corta distancia entre las minas y las trincheras. El Afrika Korps luchó con su habitual profesionalismo, lanzando contraataques con sus panzers restantes, pero cada tanque alemán destruido era irremplazable, mientras que los británicos recibían refuerzos constantemente.

Rommel comprendió que la batalla estaba perdida. El 2 de noviembre solicitó a Hitler permiso para retirarse. La respuesta fue la orden predecible: resistir hasta el último hombre, ni un paso atrás. Rommel obedeció durante un día, pero el 4 de noviembre, con sus divisiones diezmadas y el frente a punto de colapsar, ordenó la retirada por iniciativa propia. Las unidades motorizadas alemanas lograron escapar, pero las divisiones italianas de infantería, sin transporte, fueron abandonadas a su suerte y capturadas en masa.

La retirada y sus cifras

La segunda batalla de El Alamein costó al Eje unas 50.000 bajas, entre muertos, heridos y prisioneros, además de la destrucción de unos 450 tanques y más de 1.000 cañones. El 8.º Ejército sufrió unas 13.500 bajas y perdió unos 500 tanques, aunque la mayoría pudieron ser reparados gracias al control del campo de batalla.

La retirada del Afrika Korps se convirtió en una carrera hacia el oeste que no se detendría hasta Túnez, más de 2.000 kilómetros de desierto después. Montgomery fue criticado por la lentitud de su persecución —Rommel logró escapar con el núcleo de sus fuerzas—, pero la batalla había cumplido su objetivo estratégico: el Eje nunca volvería a amenazar Egipto ni el canal de Suez.

Apenas dos semanas después de El Alamein, las fuerzas aliadas desembarcaron en Marruecos y Argelia en la Operación Antorcha. El Eje quedó atrapado en una tenaza entre el 8.º Ejército que avanzaba desde el este y las fuerzas angloamericanas que presionaban desde el oeste. La campaña del norte de África concluiría en mayo de 1943 con la rendición de más de 230.000 soldados del Eje en Túnez.

Consecuencias y legado

El Alamein fue el punto de inflexión de la guerra en el Mediterráneo. Junto con Stalingrado en el frente oriental y Midway en el Pacífico, forma la tríada de batallas que marcaron el momento en que la iniciativa pasó definitivamente de las potencias del Eje a los Aliados. El control del norte de África abrió la puerta a la invasión de Sicilia e Italia en 1943, acercando la guerra al corazón de la Europa ocupada.

Para Gran Bretaña, El Alamein tuvo un significado especial. Fue la primera gran victoria terrestre británica contra Alemania en la guerra. Después de años de reveses —Dunkerque, Grecia, Creta, Singapur, Tobruk—, El Alamein demostró que el ejército británico podía vencer a la Wehrmacht en una batalla campal. Las campanas de las iglesias británicas repicaron por primera vez desde 1940 para celebrar la noticia.

Montgomery se convirtió en héroe nacional, aunque las controversias sobre su carácter y sus decisiones perduran hasta hoy. Su cautela fue criticada por quienes consideraban que una persecución más agresiva habría destruido el Afrika Korps por completo. Sus defensores argumentan que su método —preparación meticulosa y superioridad material asegurada antes de atacar— era exactamente lo que el 8.º Ejército necesitaba tras años de improvisación y derrota.

Para Rommel, El Alamein fue el principio del fin de su leyenda africana. Aunque su retirada táctica salvó parte de sus fuerzas, la campaña demostró los límites de la audacia sin logística. El Zorro del Desierto había librado una guerra brillante con recursos insuficientes, pero ninguna genialidad táctica podía compensar la falta de combustible, tanques y aviones.

En el cementerio militar de El Alamein, junto a la carretera costera que atraviesa el desierto egipcio, descansan miles de soldados de ambos bandos. Una inscripción en el memorial alemán resume con sobriedad el destino de quienes combatieron en aquellas arenas: sus nombres perviven aunque sus cuerpos reposen lejos de casa. Es un recordatorio de que detrás de las cifras y las estrategias hubo hombres que lucharon y murieron en uno de los paisajes más inhóspitos de la Tierra.