Entre septiembre de 1941 y enero de 1944, la ciudad de Leningrado soportó el asedio más largo y devastador de la historia moderna. Durante 872 días, más de dos millones y medio de civiles y varios cientos de miles de soldados soviéticos quedaron atrapados dentro de un cerco tendido por las fuerzas alemanas y finlandesas, sometidos a un bloqueo que cortó prácticamente todas las vías de abastecimiento. El hambre, el frío y los bombardeos constantes mataron a más de un millón de personas, la inmensa mayoría civiles. El sitio de Leningrado no fue solo una operación militar: fue un acto deliberado de exterminio por inanición que constituye uno de los episodios más atroces de la SGM.

Civiles de Leningrado haciendo cola para recoger agua en la Perspectiva Nevski durante el asedio, diciembre de 1941
Habitantes de Leningrado recogiendo agua de los cráteres de obuses en la Perspectiva Nevski, diciembre de 1941. Boris Kudoyarov / RIA Novosti · CC BY-SA 3.0

Leningrado en los planes alemanes

Leningrado, la antigua San Petersburgo y cuna de la Revolución bolchevique de 1917, ocupaba un lugar central en los planes de Adolf Hitler para la conquista de la Unión Soviética. La Operación Barbarroja , lanzada el 22 de junio de 1941, contemplaba tres ejes de avance simultáneos: el Grupo de Ejércitos Norte hacia Leningrado, el Grupo de Ejércitos Centro hacia Moscú y el Grupo de Ejércitos Sur hacia Ucrania y el Cáucaso.

Para Hitler, Leningrado no era solo un objetivo estratégico sino también ideológico. La ciudad era el símbolo del bolchevismo, la segunda urbe más grande de la URSS y un centro industrial vital que albergaba fábricas de armamento, astilleros y la flota del Báltico soviética. Las directivas alemanas eran explícitas: Leningrado no debía ser conquistada ni ocupada, sino destruida. Hitler ordenó que la ciudad fuera cercada y sometida a bombardeos y hambre hasta que dejara de existir. El plan era arrasar Leningrado y entregar el terreno a Finlandia.

El Grupo de Ejércitos Norte, comandado por el mariscal de campo Wilhelm Ritter von Leeb, avanzó con rapidez a través de los países bálticos durante el verano de 1941. Las divisiones Panzer del general Erich Hoepner progresaron a un ritmo vertiginoso, cubriendo los casi mil kilómetros desde la frontera hasta las inmediaciones de Leningrado en apenas dos meses. Para finales de agosto, las tropas alemanas habían cortado la última línea ferroviaria que conectaba la ciudad con el resto de la Unión Soviética.

El cerco se cierra

El 8 de septiembre de 1941, las fuerzas alemanas capturaron la fortaleza de Schlüsselburg, en la orilla sur del lago Ládoga, completando el cerco terrestre de Leningrado. Desde el norte, las tropas finlandesas, que habían entrado en guerra junto a Alemania para recuperar los territorios perdidos en la Guerra de Invierno de 1939-1940, avanzaron hasta las antiguas fronteras soviético-finlandesas pero se detuvieron en el río Svir y en el istmo de Carelia, negándose a atacar directamente la ciudad.

Dentro del anillo de bloqueo quedaron atrapadas aproximadamente 2,8 millones de personas, incluyendo unos 400.000 niños. A ellas se sumaban las tropas de la guarnición y los soldados del Frente de Leningrado, que defendían el perímetro de la ciudad. Los soviéticos habían intentado evacuar a parte de la población civil antes de que se cerrara el cerco, pero las evacuaciones fueron caóticas e insuficientes. Muchos de los evacuados fueron enviados en dirección sur, precisamente hacia la zona por donde avanzaban los alemanes, y tuvieron que regresar a la ciudad.

La situación de Leningrado era desesperada desde el primer momento. La ciudad no disponía de reservas de alimentos suficientes para sostener a una población tan numerosa durante un asedio prolongado. Los depósitos principales de víveres, los almacenes Badáyev, fueron destruidos por un bombardeo aéreo alemán el 8 de septiembre, el mismo día en que se cerró el cerco. Miles de toneladas de harina y azúcar ardieron en un incendio que los leningradenses contemplaron con horror, conscientes de lo que significaba.

El primer invierno: la muerte por hambre

El invierno de 1941-1942 fue el periodo más terrible del asedio. Las temperaturas descendieron hasta los 40 grados bajo cero, mientras las raciones alimentarias se reducían hasta niveles que no permitían la supervivencia. En noviembre de 1941, la ración diaria de pan para los trabajadores había caído a 250 gramos, y para los dependientes, es decir, niños, ancianos y personas sin empleo, a solo 125 gramos. Aquel pan, además, estaba mezclado con serrín, celulosa y otros aditivos que reducían aún más su valor nutritivo.

El hambre se convirtió en el enemigo principal. En diciembre de 1941 y enero de 1942, morían de inanición entre 3.000 y 4.000 personas cada día. Los cadáveres se acumulaban en las calles, en los portales de los edificios y en los apartamentos, porque los vivos carecían de fuerzas para enterrarlos y el suelo helado impedía cavar fosas. Las familias envolvían a sus muertos en sábanas y los dejaban en los patios interiores o en las aceras, donde permanecían semanas hasta que las brigadas funerarias podían recogerlos.

La gente comió todo lo que pudo: pegamento de encuadernar libros, que contenía algo de proteína animal; cinturones y zapatos de cuero hervidos; la pasta de empapelar paredes; gatos, perros, ratas y palomas. Se arrancaba la corteza de los árboles. Se hervían las correas de transmisión de las fábricas. Circularon rumores de canibalismo, y los archivos soviéticos desclasificados después de la caída de la URSS confirmaron que se produjeron casos, algunos de ellos perseguidos y castigados por las autoridades con ejecuciones sumarias.

El frío agravaba la catástrofe. Sin combustible para la calefacción, los apartamentos se convirtieron en cámaras glaciales. Los habitantes quemaban muebles, libros y todo lo que pudiera arder para calentarse brevemente. Las tuberías de agua se congelaron y reventaron, obligando a la población a obtener agua del río Nevá y de los canales helados. La electricidad era intermitente cuando no inexistente. El sistema de transporte público dejó de funcionar. La ciudad se sumió en una oscuridad helada en la que cada día era una lucha por sobrevivir unas horas más.

El camino de la vida

La única vía de comunicación con el exterior que les quedaba a los sitiados era el lago Ládoga. Durante el verano, se utilizaron barcazas para transportar suministros a través del lago, pero la capacidad era insuficiente y los convoyes sufrían constantes ataques de la Luftwaffe. Cuando el lago se heló en noviembre de 1941, los soviéticos organizaron una ruta de transporte sobre el hielo que recibió el nombre oficial de Ruta Militar número 101, pero que los leningradenses bautizaron como el Camino de la Vida (Doroga Zhizni).

El Camino de la Vida era una carretera improvisada de unos 30 kilómetros sobre el hielo del lago Ládoga, desde la orilla occidental controlada por los defensores hasta la orilla oriental, donde comenzaba el territorio soviético no ocupado. Los camiones circulaban con las puertas abiertas para que los conductores pudieran saltar si el hielo cedía, y aun así muchos vehículos se hundieron. Las columnas eran bombardeadas y ametralladas regularmente por la aviación alemana.

A pesar de todas las dificultades, el Camino de la Vida fue lo que impidió la muerte total de Leningrado. Durante el invierno de 1941-1942, se transportaron a la ciudad unas 360.000 toneladas de suministros, insuficientes para alimentar adecuadamente a la población pero suficientes para evitar que la hambruna fuera aún peor. En sentido inverso, se evacuaron alrededor de medio millón de personas, muchas de ellas en un estado de desnutrición tan extremo que murieron durante el viaje o poco después de llegar a su destino.

En los veranos, se tendió un oleoducto y un cable eléctrico por el fondo del lago para llevar combustible y electricidad a la ciudad. Se construyó también una línea de ferrocarril temporal que funcionaba cuando el hielo era lo suficientemente grueso. Cada mejora en la logística del lago Ládoga representaba miles de vidas salvadas.

La defensa militar de la ciudad

Mientras la población civil luchaba contra el hambre, las fuerzas soviéticas mantenían una defensa activa del perímetro de Leningrado. Stalin envió al general Gueorgui Zhúkov a la ciudad en septiembre de 1941, cuando la situación parecía a punto de colapsar. Zhúkov impuso una disciplina brutal, amenazando con fusilar a cualquier comandante que retrocediera sin orden, y estabilizó el frente en pocos días antes de ser enviado a defender Moscú.

Las defensas de Leningrado se apoyaban en una combinación de fortificaciones improvisadas, la artillería naval de la flota del Báltico soviética anclada en el puerto y la resistencia tenaz de tropas y milicias civiles. Se construyeron kilómetros de trincheras, barricadas antitanque y posiciones de ametralladoras. Las fábricas de la ciudad, incluida la célebre planta Kírov, siguieron produciendo tanques y municiones bajo los bombardeos hasta que la falta de electricidad y materias primas las obligó a reducir la producción.

Los alemanes bombardearon Leningrado de forma sistemática con artillería pesada y ataques aéreos. La artillería del 18.º Ejército alemán disparaba sobre la ciudad desde posiciones en las colinas de Pulkovo y otros puntos elevados, apuntando deliberadamente a zonas residenciales, hospitales, escuelas y colas de racionamiento. Los bombardeos mataron a decenas de miles de civiles y destruyeron una parte significativa del patrimonio arquitectónico de la ciudad, aunque muchas obras de arte y monumentos habían sido evacuados o protegidos antes del asedio.

Los soviéticos realizaron varios intentos de romper el cerco durante 1942, todos ellos fracasados y enormemente costosos en vidas. La ofensiva de Siniávino en agosto-octubre de 1942 fue una carnicería que no logró su objetivo. El Segundo Ejército de Choque quedó cercado y destruido, y su comandante, el general Vlásov, fue capturado y acabó colaborando con los alemanes.

La ruptura parcial: la Operación Iskra

El 12 de enero de 1943, los soviéticos lanzaron la Operación Iskra (Chispa), un ataque convergente de los frentes de Leningrado y del Vóljov contra el estrecho corredor alemán que separaba la ciudad del resto del territorio soviético al sur del lago Ládoga. Tras una semana de combates feroces en condiciones invernales, las tropas soviéticas lograron abrir una brecha de apenas diez kilómetros de ancho.

La brecha era estrecha y estaba bajo el fuego constante de la artillería alemana, pero permitió construir una línea de ferrocarril de emergencia que conectó Leningrado con la red ferroviaria soviética. A partir de febrero de 1943, los trenes comenzaron a llevar suministros a la ciudad en cantidades significativamente mayores que las que podía transportar el Camino de la Vida. Las raciones aumentaron y la mortalidad por hambre disminuyó drásticamente, aunque el asedio no había terminado.

La vida en Leningrado mejoró a lo largo de 1943, pero la ciudad seguía bajo el fuego de la artillería alemana y los bombardeos aéreos. La población, reducida por la muerte y las evacuaciones a menos de un millón de personas, aprendió a vivir bajo el fuego: se señalizaron los lados de las calles más peligrosos con carteles que advertían del riesgo de artillería, y los habitantes se acostumbraron a caminar pegados a las fachadas de los edificios para protegerse de la metralla.

El levantamiento definitivo del sitio

La liberación completa de Leningrado llegó con la ofensiva soviética de enero de 1944, conocida como la Ofensiva Leningrado-Nóvgorod. Para entonces, el equilibrio de fuerzas en el frente oriental se había inclinado decisivamente a favor de los soviéticos, que habían derrotado a los alemanes en Stalingrado y Kursk .

El 14 de enero de 1944, los ejércitos soviéticos del Frente de Leningrado y del Frente del Vóljov lanzaron un ataque masivo contra las posiciones del Grupo de Ejércitos Norte alemán. En dos semanas de combates, las tropas soviéticas rompieron las líneas alemanas y empujaron al enemigo decenas de kilómetros hacia el oeste. El 27 de enero de 1944, Leningrado fue declarada oficialmente liberada del asedio.

Aquella noche, la ciudad celebró su liberación con una salva de 324 cañones que iluminó el cielo con fuegos artificiales. Los supervivientes, demacrados por años de hambre y sufrimiento, salieron a las calles a contemplar el espectáculo. Muchos lloraron. Habían sobrevivido 872 días de cerco, el asedio más largo de una gran ciudad en la historia moderna.

El precio humano

Las cifras del sitio de Leningrado son estremecedoras. Se estima que murieron entre 800.000 y 1,5 millones de civiles, la gran mayoría por inanición y enfermedades derivadas de la desnutrición. Las cifras soviéticas oficiales, basadas en investigaciones posteriores a la guerra, sitúan la cifra en torno a 632.000 muertos por hambre y 16.747 por bombardeos, pero la mayoría de los historiadores actuales consideran que estas cifras están significativamente subestimadas y que el total de víctimas civiles superó ampliamente el millón.

A las víctimas civiles hay que sumar las bajas militares soviéticas en la defensa de la ciudad y en los múltiples intentos de romper el cerco. Se estima que las fuerzas soviéticas sufrieron alrededor de un millón de bajas entre muertos, heridos y desaparecidos en las operaciones militares relacionadas con el sitio. Las bajas alemanas y finlandesas fueron también cuantiosas, aunque muy inferiores a las soviéticas.

El sitio de Leningrado fue, en términos de vidas humanas, la batalla más costosa de toda la SGM y posiblemente de toda la historia. Murieron más personas en el asedio de Leningrado que las que perdieron Estados Unidos y el Reino Unido en toda la guerra combinadas. La dimensión de la tragedia supera incluso a las de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

La cultura bajo las bombas

Uno de los aspectos más extraordinarios del sitio fue la determinación de los leningradenses por mantener viva la cultura en medio de la catástrofe. El caso más célebre es el estreno de la Séptima Sinfonía de Dmitri Shostakóvich, conocida como la Sinfonía de Leningrado. Compuesta parcialmente en la ciudad sitiada y completada tras la evacuación del compositor, fue interpretada por la Orquesta de la Radio de Leningrado el 9 de agosto de 1942, mientras la artillería alemana bombardeaba la ciudad. Los músicos, muchos de ellos debilitados por el hambre, tuvieron que ser reforzados con militares que supieran tocar instrumentos. La artillería soviética lanzó un bombardeo preventivo sobre las posiciones alemanas para garantizar el silencio durante el concierto. La transmisión por radio llegó a todo el país y también a las líneas enemigas.

Los museos de la ciudad realizaron esfuerzos heroicos para proteger sus colecciones. El Hermitage evacuó más de un millón de piezas antes de que se cerrara el cerco, y su personal permaneció en el museo durante todo el asedio, cuidando las obras que no pudieron ser trasladadas. Las bibliotecas siguieron abiertas. Los teatros ofrecieron funciones. Las escuelas intentaron mantener las clases. Aquella resistencia cultural fue tanto un acto de desafío como una estrategia de supervivencia psicológica.

Legado y memoria

El sitio de Leningrado dejó una huella indeleble en la identidad rusa. La ciudad recibió el título de Ciudad Heroica, y el sufrimiento de sus habitantes se convirtió en un pilar de la memoria colectiva soviética y rusa sobre la Gran Guerra Patria. El cementerio de Piskarióvskoye, donde están enterradas más de 400.000 víctimas del asedio en fosas comunes, es uno de los memoriales de guerra más impresionantes del mundo.

El debate historiográfico sobre el sitio sigue abierto. Algunos historiadores han señalado que las autoridades soviéticas, tanto centrales como locales, cometieron errores graves que agravaron el sufrimiento de la población: la tardía y caótica evacuación, la destrucción de los almacenes Badáyev por no haberlos dispersado, la corrupción de algunos funcionarios del partido que acapararon alimentos mientras la gente moría de hambre, y la represión contra quienes expresaban cualquier forma de descontento.

El sitio de Leningrado plantea también cuestiones incómodas sobre la naturaleza de la guerra en el frente oriental. El bloqueo alemán fue un acto deliberado de genocidio por inanición, una política consciente de matar a la población civil mediante el hambre. Los documentos alemanes son explícitos al respecto: el objetivo era que Leningrado dejara de existir y sus habitantes murieran. Esa intención genocida sitúa el asedio no solo como un episodio militar sino como un crimen contra la humanidad, aunque los tribunales de Núremberg no lo juzgaron específicamente como tal.

Los 872 días de Leningrado son un testimonio de lo que una población civil es capaz de soportar cuando se enfrenta a una destrucción total. El sufrimiento fue inimaginable, pero la ciudad no se rindió. Ese acto de resistencia colectiva, impulsado tanto por el patriotismo como por la represión soviética, tanto por la voluntad de supervivencia como por la ausencia de alternativas, sigue siendo uno de los episodios más sobrecogedores de la historia contemporánea.