Mientras la batalla de Berlín acaparaba la atención del mundo en las últimas semanas de la guerra, otra ciudad alemana resistía un asedio brutal que duraría casi tres meses. La batalla de Breslavia —la actual Wrocław polaca— fue uno de los episodios más destructivos y menos conocidos de los últimos compases de la SGM. Declarada festung (fortaleza) por Hitler , la capital de Silesia fue defendida hasta el 6 de mayo de 1945, cuatro días después de la caída de Berlín y apenas dos antes de la rendición incondicional de Alemania. Cuando los combates cesaron, la ciudad que había sido una joya del patrimonio centroeuropeo estaba destruida en un 70%.

Breslavia: una ciudad en la encrucijada
Breslavia era en 1945 la mayor ciudad alemana al este del Oder, con una población que antes de la guerra superaba los 600.000 habitantes. Capital de la provincia de Baja Silesia, era un importante nudo ferroviario, centro industrial y plaza fuerte con una larga historia militar. Su posición estratégica, en la confluencia de los ríos Oder y Ohlau, la convertía en un bastión natural que controlaba las rutas hacia el corazón de Alemania.
A principios de 1945, tras el éxito de la Operación Bagration y las ofensivas soviéticas de verano y otoño de 1944, el Ejército Rojo se encontraba ya en territorio alemán. La ofensiva Vístula-Oder , lanzada el 12 de enero de 1945, avanzó con una velocidad arrolladora y en apenas dos semanas las tropas soviéticas alcanzaron el Oder, amenazando directamente Breslavia.
La declaración de festung y la evacuación
El gauleiter Karl Hanke, fanático nazi que gobernaba Silesia, se negó durante semanas a ordenar la evacuación de la población civil, considerándola una muestra de derrotismo. Cuando finalmente autorizó la huida el 20 de enero de 1945, con las temperaturas nocturnas por debajo de los 20 grados bajo cero, cientos de miles de personas se lanzaron a las carreteras en condiciones desesperadas.
La evacuación fue caótica y mortal. Se estima que unas 90.000 personas murieron durante la marcha forzada hacia el oeste, muchas de ellas por congelación, agotamiento o bombardeos aéreos soviéticos sobre las columnas de refugiados. Fue una de las tragedias humanitarias más graves de los últimos meses de la guerra, pero quedó eclipsada por los acontecimientos de Berlín y Dresde.
El 15 de febrero de 1945, las tropas soviéticas del 6.º Ejército del general Vladímir Gluzdovski completaron el cerco de Breslavia. En el interior de la ciudad quedaban unos 80.000 defensores —una mezcla heterogénea de tropas regulares de la Wehrmacht, Volkssturm (milicia popular), Juventudes Hitlerianas y policía— junto a unos 200.000 civiles que no habían podido o querido escapar.
El asedio: 80 días de destrucción
Las primeras semanas
Los soviéticos intentaron inicialmente tomar la ciudad por asalto directo, pero la resistencia alemana resultó mucho más tenaz de lo esperado. Las tropas defensoras, lideradas por el general Hermann Niehoff desde el 5 de marzo, aprovecharon los sólidos edificios de piedra y ladrillo para crear posiciones defensivas que convertían cada manzana en una pequeña fortaleza. Los canales y ríos que atravesaban la ciudad dificultaban aún más el avance soviético.
Ante la imposibilidad de un asalto rápido, los soviéticos optaron por una estrategia de desgaste: bombardeos artilleros constantes, ataques aéreos y avances metódicos barrio a barrio. La artillería soviética lanzaba miles de proyectiles diarios sobre la ciudad, reduciendo progresivamente los edificios a escombros.
La pista de aterrizaje improvisada
Uno de los episodios más dramáticos del asedio fue la construcción de una pista de aterrizaje improvisada en el centro de la ciudad. Tras el cierre del cerco, la única forma de reabastecer la guarnición era por aire. El gauleiter Hanke ordenó demoler edificios enteros en la Kaiserstraße para crear una pista lo suficientemente larga para que aterrizaran aviones de transporte. Miles de civiles fueron obligados a trabajar en la demolición bajo el fuego de la artillería soviética, y muchos murieron durante las obras.
La pista, operativa desde mediados de marzo, permitió el envío limitado de municiones, medicinas y refuerzos, así como la evacuación de heridos. Sin embargo, los continuos ataques aéreos soviéticos y la artillería antiaérea hacían de cada aterrizaje una operación extremadamente peligrosa. Varios aviones de transporte fueron derribados en la aproximación.
La guerra subterránea
Los combates en Breslavia adquirieron un carácter particularmente brutal cuando ambos bandos recurrieron a la guerra subterránea. Los alemanes utilizaron el sistema de alcantarillado y los sótanos conectados para mover tropas y lanzar contraataques por sorpresa. Los soviéticos respondieron con zapadores que abrían túneles bajo las posiciones alemanas para colocar cargas explosivas.
Edificios enteros volaban por los aires sin previo aviso, enterrando a defensores y atacantes por igual. Los combatientes luchaban en la oscuridad de los sótanos y las cloacas, a menudo cuerpo a cuerpo, con granadas, lanzallamas y armas cortas. Las condiciones sanitarias eran espantosas, y las enfermedades —tifus, disentería, infecciones— causaban tantas bajas como los combates.
El terror de Hanke
El gauleiter Karl Hanke gobernó Breslavia durante el asedio con un fanatismo que rayaba en la locura. Impuso la ley marcial más estricta y ordenó la ejecución sumaria de cualquier persona sospechosa de derrotismo, deserción o intento de rendición. Se estima que cientos de soldados y civiles alemanes fueron ahorcados o fusilados por orden de Hanke durante los meses del asedio.
Hanke se negó repetidamente a considerar la rendición, incluso cuando la situación militar era claramente desesperada. Mientras los civiles morían de hambre y los soldados se quedaban sin munición, él vivía en un búnker relativamente cómodo y enviaba mensajes delirantes al cuartel general del Führer prometiendo resistir indefinidamente. Hitler, en uno de sus últimos actos antes de suicidarse, nombró a Hanke Reichsführer-SS en sustitución de Heinrich Himmler, un cargo que resultaba completamente absurdo a esas alturas de la guerra.
El 5 de mayo de 1945, con la ciudad reducida a escombros y la rendición de Alemania a horas de producirse, Hanke huyó de Breslavia en un avión ligero Fieseler Storch, abandonando a su suerte a los soldados y civiles que había obligado a resistir. Fue capturado semanas después por partisanos checos y murió en circunstancias confusas, probablemente linchado.
La rendición y el balance
El general Niehoff rindió la guarnición de Breslavia el 6 de mayo de 1945, un día después de que las hostilidades cesaran en la mayor parte de Europa. Breslavia fue la última gran ciudad en rendirse en el frente oriental, junto con Praga. La resistencia había durado exactamente 80 días.
El balance del asedio fue devastador. Las bajas alemanas se estiman en unos 6.000 muertos entre las fuerzas combatientes, más un número indeterminado de milicianos del Volkssturm y civiles armados. Los soviéticos sufrieron aproximadamente 8.000 muertos y más de 30.000 heridos. Pero las cifras más trágicas corresponden a la población civil: se calcula que entre 80.000 y 170.000 civiles murieron durante el asedio y la evacuación previa, por causa de los bombardeos, el hambre, el frío, las enfermedades y las ejecuciones.
La destrucción material fue colosal. El 70% de los edificios de la ciudad quedaron destruidos o gravemente dañados. Barrios enteros desaparecieron bajo los escombros. Iglesias medievales, palacios barrocos, la universidad, los museos y las bibliotecas que habían hecho de Breslavia una de las ciudades más bellas de Centroeuropa fueron reducidos a ruinas.
De Breslau a Wrocław: la transformación de posguerra
Tras la rendición, el destino de Breslavia quedó sellado por las decisiones de la conferencia de Yalta y la conferencia de Potsdam. Silesia fue transferida a Polonia como compensación por los territorios orientales que la Unión Soviética se había anexionado. La población alemana que sobrevivió al asedio fue expulsada hacia el oeste en los meses siguientes, y la ciudad fue repoblada con colonos polacos, muchos de ellos procedentes de Leópolis y otras ciudades del este de Polonia incorporadas a la URSS.
Breslau pasó a llamarse Wrocław y comenzó una lenta reconstrucción que se prolongaría durante décadas. La ciudad fue reconstruida siguiendo en parte los planos originales y en parte con la arquitectura socialista de la época. Hoy, Wrocław es una de las ciudades más dinámicas de Polonia, con más de 640.000 habitantes, y conserva memoriales que recuerdan los horrores del asedio de 1945.
Legado de la batalla de Breslavia
La batalla de Breslavia es un ejemplo extremo de la política de las festungen promovida por Hitler en los últimos meses de la guerra. La idea de declarar ciudades como fortalezas inexpugnables que debían resistir a toda costa fue una decisión estratégica desastrosa que solo sirvió para prolongar el sufrimiento sin alterar el resultado de la guerra. Stalingrado había demostrado los peligros de aferrarse a posiciones insostenibles, pero Hitler repitió el mismo error en Breslavia, Königsberg , Budapest y otras ciudades.
El asedio ilustra también la brutalidad que el régimen nazi ejerció sobre su propia población. La negativa de Hanke a evacuar a tiempo, las ejecuciones sumarias de supuestos derrotistas y el uso de civiles como mano de obra forzada bajo el fuego enemigo muestran que para los fanáticos del partido, la vida de los alemanes era tan prescindible como la del enemigo. En Breslavia, la guerra no terminó por falta de voluntad del adversario, sino por la destrucción total de todo lo que había que defender.
Para los historiadores militares, Breslavia ofrece un caso de estudio sobre guerra urbana prolongada: la improvisación defensiva, la construcción de infraestructura bajo fuego, la guerra subterránea y el impacto psicológico de un asedio sobre combatientes y civiles. Sus lecciones han sido estudiadas en el contexto de conflictos urbanos posteriores, confirmando que la batalla por una ciudad es siempre la forma más costosa y destructiva de hacer la guerra.