La liberación de París fue la culminación de cuatro años de ocupación alemana y una de las batallas urbanas más cargadas de simbolismo de la SGM. Entre el 19 y el 25 de agosto de 1944, la capital francesa vivió un levantamiento popular armado, combates callejeros entre la resistencia francesa y la guarnición alemana, y la entrada triunfal de la 2.ª División Blindada del general Philippe Leclerc. La batalla terminó con la rendición del comandante alemán Dietrich von Choltitz y un desfile de la victoria por los Campos Elíseos que marcó el renacer simbólico de Francia como nación libre.

Multitudes en los Campos Elíseos contemplan los blindados de la 2.ª División Blindada de Leclerc tras la liberación de París, 26 de agosto de 1944
Multitudes de parisinos celebran la liberación mientras los blindados de la 2.ª División Blindada de Leclerc desfilan por los Campos Elíseos, 26 de agosto de 1944. Jack Downey, U.S. Office of War Information · Dominio público

París bajo la ocupación

Desde junio de 1940, cuando las tropas alemanas habían entrado en una París declarada ciudad abierta durante la batalla de Francia , la capital vivía bajo el peso de la ocupación. La esvástica ondeaba sobre el Senado, el Hotel Meurice albergaba el cuartel general del comandante militar alemán y los soldados de la Wehrmacht paseaban por los bulevares como turistas armados.

Para el verano de 1944, la situación había cambiado radicalmente. Tras el desembarco de Normandía el 6 de junio, los ejércitos aliados habían roto las defensas alemanas y avanzaban hacia el este. La guarnición de París — unos 20.000 soldados alemanes bajo el mando del general Dietrich von Choltitz — se encontraba cada vez más aislada. Los suministros escaseaban, las comunicaciones con el alto mando se deterioraban y la moral caía a medida que las noticias del frente empeoraban.

La resistencia parisina, organizada en las Fuerzas Francesas del Interior (FFI), se había fortalecido durante los meses previos. Bajo el liderazgo del coronel Henri Rol-Tanguy, los grupos de resistencia acumulaban armas, reclutaban combatientes y preparaban un levantamiento. La cuestión no era si se producirían los combates, sino cuándo.

El levantamiento: 19 de agosto

El 19 de agosto de 1944, la resistencia parisina lanzó su insurrección. La decisión fue precipitada en parte por la cercanía de los ejércitos aliados y en parte por el temor de que los alemanes destruyeran la ciudad antes de retirarse, como habían hecho en Varsovia semanas antes.

La policía de París, que se había declarado en huelga el 15 de agosto, se unió al levantamiento. Los combatientes de las FFI ocuparon la Prefectura de Policía, el Ayuntamiento y otros edificios públicos. Barricadas improvisadas brotaron en calles y bulevares — más de 600 en toda la ciudad —, construidas con adoquines, coches volcados, árboles talados y muebles sacados de las casas. El eco de la Revolución Francesa resonaba en cada esquina.

Los combates fueron intensos pero desiguales. Los resistentes disponían de fusiles, pistolas, algunas ametralladoras ligeras y cócteles molotov, pero carecían de armas pesadas. La guarnición alemana contaba con tanques, artillería y soldados profesionales. En los primeros días del levantamiento, los alemanes controlaban los puntos fuertes — el Luxemburgo, la plaza de la Concordia, la rue de Rivoli — mientras los resistentes dominaban los barrios y las calles secundarias.

La tregua y sus tensiones

El 19 de agosto, el cónsul sueco Raoul Nordling negoció una tregua entre Von Choltitz y la resistencia. El acuerdo fue frágil y controvertido: los comunistas de las FFI, liderados por Rol-Tanguy, se opusieron a cualquier alto el fuego que diera tiempo a los alemanes para reforzarse o destruir la ciudad. Los gaullistas, representados por Alexandre Parodi, delegado del gobierno provisional de Charles de Gaulle, preferían una pausa que permitiera la llegada de las tropas regulares francesas.

La tregua se rompió repetidamente. Hubo tiroteos esporádicos, emboscadas y escaramuzas en toda la ciudad. Los alemanes lanzaron columnas blindadas contra las barricadas más importantes, pero evitaron un asalto generalizado. Von Choltitz se encontraba en una posición imposible: Hitler le había ordenado destruir París antes de abandonarla — volar los puentes del Sena, incendiar los edificios públicos, arrasar los monumentos — pero el general alemán sabía que la guerra estaba perdida y dudaba en ejecutar una orden que lo convertiría en el destructor de una de las ciudades más bellas del mundo.

La marcha de la 2.ª División Blindada

Mientras París se batía, el general Eisenhower , comandante supremo aliado, debatía si liberar la capital o rodearla. La estrategia original contemplaba dejar París para más adelante y perseguir a los ejércitos alemanes en retirada. Alimentar a una ciudad de cuatro millones de habitantes requeriría miles de toneladas de suministros que los aliados necesitaban para mantener su avance.

Pero la insurrección cambió el cálculo. Si la resistencia era aplastada, el coste político y humano sería devastador. De Gaulle presionó con urgencia para que tropas francesas liberaran la capital — era impensable que fueran los americanos quienes entraran primero en París. El 22 de agosto, Eisenhower autorizó el avance de la 2.ª División Blindada francesa del general Leclerc , reforzada por la 4.ª División de Infantería estadounidense.

La 2.ª DB partió de Argentan a toda velocidad. La columna avanzó 200 kilómetros bajo una lluvia torrencial, sorteando bolsas de resistencia alemana y siendo recibida con delirio por la población civil en cada pueblo que atravesaba. Leclerc dividió sus fuerzas en tres columnas que convergían sobre París desde el sur y el oeste.

Los combates del 24 y 25 de agosto

La tarde del 24 de agosto, la vanguardia de la 2.ª DB alcanzó las puertas de París. Un destacamento de blindados — la columna del capitán Raymond Dronne, con sus carros de combate tripulados en parte por republicanos españoles de la Nueve — entró en la ciudad por la Porte d'Italie y llegó hasta el Ayuntamiento al anochecer. Las campanas de Notre-Dame y de todas las iglesias de París repicaron anunciando la liberación. La ciudad entera estalló de júbilo.

El 25 de agosto, la batalla decisiva. Las tres columnas de la 2.ª DB entraron en París desde distintas direcciones y se dirigieron hacia los puntos fuertes alemanes. Los combates fueron duros en varios puntos. En la plaza de la Concordia, tanques Sherman franceses se enfrentaron a posiciones alemanas atrincheradas en el Hotel de la Marina y los jardines de las Tullerías. En el Luxemburgo, la guarnición del Senado resistió durante horas antes de rendirse. En la Escuela Militar y en varios cuarteles, los enfrentamientos se prolongaron toda la mañana.

Los resistentes parisinos combatieron junto a los soldados regulares. Francotiradores alemanes — y los temidos milicianos colaboracionistas — disparaban desde tejados y ventanas. Los civiles guiaban a los tanques por atajos, señalaban posiciones enemigas y llevaban munición a las barricadas. La línea entre combatientes y civiles se difuminó por completo.

La rendición de Von Choltitz

A primera hora de la tarde del 25 de agosto, soldados de la 2.ª DB llegaron al Hotel Meurice, en la rue de Rivoli, cuartel general de Von Choltitz. Tras un breve tiroteo, el general alemán fue capturado en su despacho. Los soldados lo condujeron a la Prefectura de Policía, donde firmó la rendición de la guarnición de París ante el general Leclerc y el coronel Rol-Tanguy, que insistió en figurar como cosignatario en representación de la resistencia interior.

Von Choltitz no había cumplido la orden de Hitler de destruir París. Los puentes del Sena estaban intactos. Los monumentos seguían en pie. Las cargas explosivas que los ingenieros alemanes habían colocado en el Senado, la Cámara de Diputados y otros edificios no fueron detonadas. Las motivaciones de Von Choltitz — pragmatismo militar, humanidad, o simple cálculo de que destruir París no cambiaría el resultado de la guerra — siguen siendo objeto de debate. Él mismo afirmaría después que no quiso pasar a la historia como el destructor de la Ciudad de la Luz.

La rendición no significó el fin inmediato de los combates. Pequeños grupos de soldados alemanes siguieron resistiendo en puntos aislados durante el 25 y el 26 de agosto. Francotiradores dispararon incluso durante el desfile de la victoria por los Campos Elíseos, provocando escenas de pánico entre la multitud que se había congregado para celebrar.

El desfile de la victoria: 26 de agosto

El 26 de agosto, Charles de Gaulle encabezó un desfile triunfal desde el Arco del Triunfo hasta la catedral de Notre-Dame. Cientos de miles de parisinos se agolparon a lo largo de los Campos Elíseos en una explosión de alegría que contrastaba con la desolación de los cuatro años anteriores. Los blindados de la 2.ª DB desfilaron entre una multitud que lloraba, cantaba la Marsellesa y lanzaba flores a los soldados.

De Gaulle caminó erguido por la avenida, proyectando una imagen de autoridad que buscaba consolidar su posición como líder legítimo de Francia. La presencia de las FFI y de la 2.ª DB a su lado reforzaba el mensaje: Francia se había liberado a sí misma, con la ayuda de los aliados pero con protagonismo francés.

En Notre-Dame, varios disparos interrumpieron la ceremonia religiosa. Se produjeron ráfagas de ametralladora dentro y fuera de la catedral. De Gaulle permaneció impasible, consolidando su imagen de líder inquebrantable. Nunca se determinó con certeza si los disparos procedían de francotiradores alemanes rezagados, milicianos colaboracionistas o del fuego nervioso de los propios combatientes de la resistencia.

El coste humano

La liberación de París costó la vida a entre 1.500 y 3.000 combatientes de la resistencia, según las fuentes. Unos 130 soldados de la 2.ª DB murieron durante los combates del 24 y 25 de agosto. Las bajas civiles se estiman en cerca de 600 muertos. Del lado alemán, unos 3.200 soldados de la guarnición murieron y alrededor de 12.800 fueron capturados.

Las cifras, aunque significativas, fueron moderadas comparadas con lo que habría ocurrido si Hitler hubiera conseguido que su orden de destrucción se ejecutara, o si los aliados hubieran tenido que tomar la ciudad mediante un asalto convencional. La combinación del levantamiento de la resistencia, la entrada de la 2.ª DB y la decisión de Von Choltitz de no destruir la ciudad evitaron una carnicería que habría rivalizado con la destrucción de Varsovia.

Significado y legado

La liberación de París tuvo un impacto que trascendió con mucho su importancia militar. Estratégicamente, la capital no era un objetivo prioritario — Eisenhower habría preferido rodearla y seguir persiguiendo a los ejércitos alemanes en retirada. Pero simbólicamente, la caída de París ante los aliados fue un golpe devastador para la moral alemana y un impulso extraordinario para la causa aliada en toda Europa.

Para Francia, la liberación de París significó el fin de la humillación iniciada en junio de 1940. De Gaulle se apresuró a establecer la autoridad de su gobierno provisional, evitando tanto el vacío de poder como la posibilidad de que los aliados administraran Francia como territorio ocupado. En los días siguientes, el gobierno provisional se instaló en los ministerios y comenzó a restaurar el funcionamiento del Estado.

La liberación también dejó heridas. En las semanas posteriores se desató una ola de depuración — la épuration — contra los colaboracionistas reales o presuntos. Mujeres acusadas de relaciones sentimentales con alemanes fueron rapadas públicamente. Milicianos y delatores fueron juzgados sumariamente, y en algunos casos ejecutados sin juicio. La justicia de la liberación fue a menudo brutal e imperfecta.

La batalla por París demostró que una insurrección popular, coordinada con un avance militar convencional, podía liberar una gran ciudad con un coste relativamente reducido. La resistencia hizo posible que los aliados entraran en una capital que ya se había sublevado, en lugar de tener que conquistarla edificio por edificio. Y la decisión de un general alemán de desobedecer una orden criminal salvó uno de los patrimonios arquitectónicos más valiosos de la humanidad. En la liberación de París convergieron la valentía, el pragmatismo y una dosis de fortuna que evitaron lo peor.